Desprotegidos frente a la ofensiva ultra

La pandemia de coronavirus ha sacado a la luz todos los fallos estructurales de España y en su máxima intensidad. Desde el débil soporte de una economía entregada básicamente al turismo y al ladrillo, a la impunidad absoluta del fascismo-franquismo y cuanto abarca en medio. Sin duda hay bases positivas y gente estupenda en nuestro país, pero esos cimientos podridos nos lastran una y otra vez. Ahora mismo, la sociedad decente sufre el ataque de esos poderes egoístas y ultraconservadores que forman el peculiar sector facha español que viene a ser un fascismo cutre con olor a Chanel y ajo y de una cortedad mental notoria. Ese sector ha encontrado sus más acertados prototipos en Isabel Díaz Ayuso y Pablo Casado, dos seres absolutamente desaprensivos, por el tiempo que sus mentores los quieran seguir exponiendo.

Sufrimos un ataque de este fascio a la vez que una pandemia que se ha llevado ya a más de 27.500 personas, la mayoría de las cuales ha tenido que morir sola –con la única asistencia de unos sanitarios desesperados por el colapso del sistema que la avidez por el dinero de los gobiernos del PP diezmaron. Miles de contagiados, de enfermos, con graves secuelas, más de 11.000 internados en UCI, una crisis económica que el gobierno progresista intenta aminorar con el escudo social, y esta gente acribilla de la mañana a la noche, a través de sus infectos medios de propaganda sin un gramo de dignidad.

Un ataque a la convivencia del calibre del que estamos sufriendo es un síntoma inequívoco de fallos en el Estado de Derecho. Porque en absoluto se trata de críticas a la gestión del Gobierno, sino del deliberado objetivo de tumbarlo. El Ejecutivo lo está haciendo tan bien o mejor que la mayoría. Los que destacan en el mundo por sus errores son los correligionarios de los ultras españoles: Trump y Bolsonaro. Los que priorizan lo que llaman “la economía” a la salud de las personas. Hemos tenido que oír estos días a Ayuso y a Casado exigiendo abrir la actividad y convivir con el coronavirus. Convivir y conmorir,que todos los días siguen falleciendo personas en toda España, y en su Madrid en particular, mientras ellos se hacen fotos y no cesan de soltar su cadena de insidias.

Es de tal desmesura e irracionalidad lo que dicen Casado y Ayuso y buena parte de sus correligionarios ultras que cualquier persona con una mínima perspicacia constata que mienten, pero ahí nos encontramos con otro problema estructural: los estragos que una educación peculiar, la desinformación y la impunidad han causado en ciertos sectores de la población.

El periodismo del espectáculo ha encontrado un filón en los pijos fachas del barrio de Salamanca. Un número insignificante de seres, comparativamente, que están gozando de una promoción mediática espectacular. La que venía cosechando la ultraderecha y algo más. Los afines ideológicamente, los que participan del proyecto de derribar el Gobierno de Sánchez o la coalición al menos, han visto un rayo de esperanza que alivie sus devastadas cuentas por la falta de publicidad y su mal hacer. Hoy toda la caverna anda con el mismo mensaje: la policía actúa para frenar las protestas contra Sánchez. Los rebeldes del barrio de Salamanca. La revolución de las cacerolas. Mientras media España se burla de los cayetanos, los adictos lo tragan.  Si elementos tan descabezados como esta mujer, envuelta en fascismo, se han convencido de que esto es una dictadura y se están matando a miles de personas, denle al menos rigor legal máximo para que compare. Y cierren el grifo de las subvenciones a los medios de la desinformación, no hace falta mucho más.

Manifestantes en Nuñez de Balboa, sin guardar distanciamiento
Manifestantes en Nuñez de Balboa, sin guardar distanciamiento

Interior ha detenido a más de 8.000 personas e incoado expediente de sanción a casi un millón por vulnerar el Estado de Alarma. Es desorbitado, pero qué menos en este caso, que aplicar como escarmiento trabajos de Servicio a la Sociedad y que los infractores limpiaran, por ejemplo, letrinas y a los enfermos como hacen el personal sanitario a quienes quieren privar del aplauso que les seguimos dedicando los ciudadanos agradecidos.

Díaz Ayuso tuvo el valor de enardecer a estas turbas y de amenazar al gobierno: “Esperen a que la gente salga a la calle, porque lo de Núñez de Balboa les va a parecer una broma”,  dijo. Como su asesor Santiago Abascal que así se presentó en la Asamblea de Madrid.  Ayuso desde el pedestal de su incompresible soberbia en alguien tan nefasto en cuanto dice, hace y toca. Qué casualidad, el negocio de alquiler de apartamentos del casero de Ayuso tiene matriz holandesa y recibió créditos millonarios del Gobierno del PP de Rajoy.  Ayuso, pese a la brutal pérdida de votos del PP, llegó a ser presidenta porque probablemente era la candidata idónea para dar la cara en el Régimen de Madrid, del que participan muchos y desde hace muchos años. De ahí que hoy se mantenga en el cargo contra toda lógica tras la cantidad de barbaridades que ha cometido. Desde Madrid el PP y todo el clan rivalizan con el gobierno progresista de España.

Pero todo esto es mucho más que una oposición legítima, con sus legítimas discrepancias, ni mucho menos libertad de expresión, es un ataque organizado que ahoga a una sociedad atribulada a la que no hay derecho a cargarle además con esta angustia fruto de la impotencia. Ha de tener el Estado de Derecho mecanismos para protegernos. Miren la que le montaron a Catalunya por votar civilizadamente en las urnas. La desestabilización que está promoviendo la derecha ultra española es mucho más grave. Esto sí atenta a los cimientos del Estado, porque sabe –y es lo terrible lo podridos que están algunos. Si no fuera así no estaría ocurriendo.

Actúen. Es un martilleo constante e insoportable mientras seguimos viendo las listas de muertos y contagiados. A la derecha española no les importan. Son daños colaterales. A los cayetanos en sí,  menos; no tienen ni cerebro, ni empatía. Y a las élites pues deduzcan de lo dicho por la patronal de Valladolid: lamentan que se retrase la desescalada por tener en cuenta las víctimas en residencias, a las que tacha de “colectivo no productivo”. A toda esta gente habría que exponerles los primeros a las consecuencias de sus consejos, y en todo caso como entrenamiento a limpiar letrinas hospitalarias.

Todo el peso de la Ley. Las medidas restrictivas del gobierno van destinadas a proteger nuestra salud. Claro que habrá que abrir la economía, pero, mejor, con garantías. Sin que la precipitación pudiera causar víctimas hasta en el turismo por ejemplo y hundir el sector por completo. Es casi lo único que modelaron como base productiva de todo un país las políticas neoliberales. Esa debilidad es la causa principal de la mayor incidencia de la crisis en España.

Hay que aplicar el Estado de Derecho. Les están acusando encima, de lo que no hacen. Como venía a decir el periodista Javier Valenzuela, ellos usan bates y zancadillas, veneno añado; y el Gobierno demócrata anda dándole a la pelota de tenis con guante blanco.

 

 

La ira de un PP a la deriva

El Partido Popular se desintegra en una cadena de despropósitos a la que asistimos estupefactos. No por no esperarlo, sino por ver cómo un partido que ha gobernado en España tantos años puede caer a niveles tan bajos. Lo peor es el plus de angustia y dolor que su delirio ha inferido a la sociedad en un momento crítico. Y la forma en la que entorpece la labor del gobierno, junto a los socios ultras que lo absorben. Y, como colofón, el potente grupo de poder y presión que actúa como si todavía el PP tuviera cierta entidad. Sin perder de vista a Vox  como sustituto.

Es tan escandaloso lo que está sucediendo que lo fácil sería limitarse a alimentar el morbo con los disparates que, día tras día, nos brindan los dirigentes del PP, pero el problema es serio y precisamente se inscribe en ese caldo de banalidad social en el que el PP aun cuece. La suma es alarmante.

En la cúspide tenemos a Isabel Díaz Ayuso, Presidenta de la Comunidad de Madrid, que anda despendolada haciendo y diciendo barbaridades cada vez de mayor calibre. Con una soberbia y seguridad que contrasta con su supina ignorancia, va soltando sus perlas ante los medios que las reciben con gozo y la distribuyen sin cesar. No hay dirigente de comunidad que salga más en los Telediarios de TVE, por ejemplo, que la de Madrid.

Ya no sabemos si Ayuso cree en realidad que el COVID-19 está entre nosotros desde hace años transportado por las gomas del pelo que vendían en los comercios chinos o si nació en diciembre y de ahí que le pusieran la D de Disease (enfermedad) que su cabeza confunde y el 19 por el año. O qué le llevo a descubrir que “los techos altos curan el virus”, basada en su experiencia en IFEMA adonde alojó solo casos leves o asintomáticos. Si la auténtica Ayuso es la que reparte cantarina bocadillos de calamares, como muestra una parodia sobre sus palabras auténticas, frente al hospital de campaña de la Feria o si es la doliente virgen y mártir inmaculada que consagró El Mundo. O si depende del aire que le dé cada día.

Al jefe de este desastre le gusta más lo del martirio. José María Aznar bendijo el lunes a Ayuso (bendijo, en serio). Y añadió: “es una satisfacción que sufras el ataque de los hijos de Chávez”. La ahijada aprende del padrino. Ayuso disfruta de un apartamento de lujo cuyo alquiler estaría valorado en 6.000 euros al mes propiedad de un hotelero con intereses en Madrid, el amigo Kike Sarasola. Aunque el empresario le va a hacer un buen precio y, según ha anunciado, le cobrará 80 euros por noche. Y luego resulta que hay un segundo apartamento en el mismo hotel también para la presidenta y un contrato de su gobierno con el hotelero que aparece y desaparece.

A Ayuso le faltó el tiempo además para anunciar un cambio en la ley del Suelo en plena crisis para que los promotores no tengan que pedir licencias y sirva una declaración responsable. Una idea que sin duda hará las delicias del que fuera presidente autor -a medias con Rodrigo Rato- de la ley que infló la burbuja inmobiliaria. La familia es muy aficionada a estos negocios. Hablando de hijos precisamente, el de Aznar se especializó en desahucios de viviendas sociales que gracias a su mamá habían pasado a ser propiedad de Fondos Buitres.

Un individuo que podría estar rindiendo cuentas a la justicia –por lo que se vio y por lo que no se vio de su gestión- mueve hilos en este PP desnortado. Aznar ansía que le llamen a ser, de nuevo, salvador de la patria pero no está ocurriendo. De ahí su incontenible rabia. Pablo Casado se le ha deshecho como un azucarillo. Casado es el modelo Ayuso en masculino. Personajes,  ambos, que no desluzcan a Aznar. Solo un ser carente de todo escrúpulo puede lanzar lo que Casado dice sin pestañear. Ahora resulta que ha hecho una de las más leales oposiciones de Europa.  Cuando le hemos oído insultos que duelen por su injusticia y desmesura a cualquiera que se tenga por honesto. Una tras otra, todos los días, a todas las horas. Y que fuera lo hacen bien, dicen, y aquí “no pueden hacerlo peor”. ¿Basado en qué certezas profiere semejante afirmación? ¿También en gomas del pelo que se estiran y encogen a conveniencia? No hay en Europa una actitud más deleznable e interesada de un partido contra el gobierno.

A Cayetana Álvarez de Toledo la han apartado de primera línea, pasada ya de vueltas. Y Casado airea a su fiel Teodoro García Egea: “Los españoles están solos ante la tremenda responsabilidad que ha dejado de ejercer el Gobierno“. Hablar les cuesta poco, en muchos casos perder el gramo de prestigio que pudiera quedarles.

Los ojos se vuelven entonces hacia Ana Pastor, vicepresidenta del Congreso, mano derecha de Rajoy, que goza de una inmerecida bula. Estos días ha hecho movimientos significativos. Asistir a Pablo Casado en su ruta de promoción y fotos, embozados los dos con mascarilla. Y lanzar un tuit que refleja quién es realmente. Carga culpas contra el gobierno, hasta de fallos que son del propio PP y… ¡Da las gracias a Ayuso! Todo vale en el Partido Popular. A unos niveles que sonrojan de vergüenza ajena.

Ana Pastor Julián

@anapastorjulian

Dos meses en estado de alarma, 26.478 fallecidos, 223.578 contagiados, 47.481 sanitarios con COVID-19, con un Gobierno que ha permitido manifestaciones, tardado en prohibir vuelos, comprado EPIs y test fake…¿Y ahora nos quieren dar lecciones de gestión sanitaria?

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Este martes, Pablo Casado ha presentado a su nuevo gobierno en la sombra, dice, con Pastor de figura destacada, y con el eterno magistrado Enrique López, con quienes asegura que va a “Activar España” . Y ha sobrepasado todo lo admisible al culpar al gobierno español de un problema terrible que tiene el mundo entero. No se puede actuar de una forma tan desaprensiva sin que tenga un coste.

Partido Popular

@populares

👉 @pablocasado_: “La mala respuesta del Gobierno ante la pandemia nos va a hacer convivir con el COVID-19 durante meses o años y además, por los cálculos que tenemos, hasta el 80% de la población no se ha inmunizado, por lo que hay mucho riesgo de repuntes”.

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El PP se les desmorona pero el aparato mediático al servicio de cuanto esa derecha representa, con sus dineros, togas, sotanas y coronas, sigue a pie firme. En las soflamas matutinas de los programas río. Y en las vespertinas y nocturnas. Y a toda hora. En los periódicos llamados así porque salen escritos con una determinada periodicidad. En opinión de un jefe de eso, “Casado es demasiado decente para llegar la Moncloa“. Nada de este delirio colaría en una sociedad adulta y honesta, pero hay una parte que se deja educar así.

Lo preocupante es la televisión pública que también se apunta de forma descarada a favorecer al PP, en los Telediarios básicamente. Sería imprescindible contar con información descontaminada en este gran medio de masas, que RTVE fuera un referente. “Se abusa de informaciones “declarativas”, cortes de voz e imagen de representantes políticos más destacadas cuanto más altisonantes; tras ellas se pasa a otro asunto hurtando al espectador un contexto, un mínimo análisis que complete las opiniones contrapuestas”, escribía Jaime Olmo, un crítico de toda solvencia en Infolibre.  El periodista Juan Tortosa insiste a menudo en el tema: “Ni en los informativos de las teles privadas, de propiedad conservadora todas ellas, gozan los desestabilizadores de tanta repercusión como en Televisión Española”.

Tortosa cuenta también que el equipo que se envió a Córdoba para cubrir la grave enfermedad de Julio Anguita y hacer un directo pero fue obligado a regresar a Madrid sin rodar y se limitaron a dar unas “colas” (imagen sobre voz de locutor). A mí que, a diario me alarman algunas desviaciones impropias, me sorprendió ver unas declaraciones de Casado en la misma promoción por laboratorios para abundar en la idea de preguntar por la lista de expertos para la desescalada. ¿Todo un equipo para esos apenas 15 segundos? ¿En ese escenario? El montaje sobre la cacerolada al gobierno que terminó siendo “al coletas” fue un episodio cumbre que descalifica a la dirección pero la lista es interminable. El ex director de El Periódico Enric Hernández, actúa como Director de Informativos, al no haber nombrado nadie para ese cargo en varios meses. Y, por ejemplo, la editora de “La Noche en 24 Horas” es Elena Sánchez, jefa de prensa de Zaplana en su etapa de ministro y de Ana Botella como  alcaldesa.

Lo peor es constatar que muchos ciudadanos, dudo si también periodistas, desconocen la labor del periodismo. No es objetivo ni plural, como me han dicho, que “dejen hablar a  todos”. Ni siquiera si salieran todas las opiniones y equitativamente. Eso es constituirse en oficinas de prensa de los partidos. El periodismo da noticias y categoriza la información.

La crisis del PP nos lleva a ver la crisis de la sociedad, de ésa que se lanza a las caceroladas desde el Barrio de Salamanca de Madrid, el más rico de la capital. O desde otras zonas menos favorecidas pero altamente abducidas y notoriamente ofuscadas, por el mismo odio ciego.  El que cierra los ojos ante el hambre que intentan paliar los movimientos vecinales, en Aluche, por ejemplo, otro barrio de Madrid. Y  tiene la osadía de criticar la Renta Mínima Vital. Como hace el multimillonario diputado de Ciudadanos Marcos de Quinto que termina llamando “payaso” al vicepresidente Pablo Iglesias. El aludido le contesta. Hay un abismo entre ambos mundos.

La ira de la derecha española, desnortada, hambrienta de poder y venganza es un grave problema a añadir a los que ya padecemos con la pandemia. A pesar de lo que dice, Arrimadas podría cambiar de opinión sobre los pactos que sustentan gobiernos del PP. Ha logrado revitalizar sus exiguos 10 diputados por la torpeza de Pablo Casado y  los intereses de los partidos catalanes. No sería a cambio de nada.

Lo cierto es que la situación de Ayuso es insostenible. Casado y su delirante equipo andan en la cuerda floja. Ha llegado la hora de que los jarrones chinos se dediquen exclusivamente a sus lucrativos negocios y a la buena vida que les paga, si les dejan sus estómagos que sí les dejan. Ayudaría mucho que al menos la televisión pública, RTVE, informara con ecuanimidad. Y que la sociedad extremara su exigencia con lo que mira, oye y apoya.

Hay una pandemia de coronavirus ¿lo saben?

A veces me hago esa pregunta al ver lo que dicen y hacen algunos políticos y periodistas. Y es vital porque tienen en sus manos capacidad de acción e influencia. Cada sesión en el Congreso para decidir sobre una nueva prórroga del estado de alarma o de control al Gobierno es un festival de disparates sobrecogedor. No es posible que sepan lo que está ocurriendo en España quienes usan esa tribuna para decir que la izquierda desprecia secularmente a los homosexuales o para mentar Paracuellos a estas alturas de la Historia. Hijos directos del franquismo y del fascismo, esta gente de Vox tiene una peculiar visión del pasado, pero por encima de todo es que hay que afrontar una enfermedad y sus consecuencias hoy.

Creo que otro diputado sacó al estrado a ETA. Y la guinda, dado que pasa por ser el líder de la oposición, la pone Pablo Casado. Escuché en TVE que había hecho “un discurso muy duro” contra el Gobierno y no quise quedarme a que me cayera en el estómago. Cada vez me irrita más que no se usen las definiciones precisas de los hechos: era una pataleta porque la decisión de Arrimadas de apoyar la medida había dejado al PP y su deseo de acabar con el estado de alarma en la irrelevancia. Pero sí leí lo que había dicho. En esta ocasión, acusó a “Señoría Sr. Sánchez” de querer implantar una “dictadura constitucional”. Casado se negó hace unas semanas, vean, a firmar una carta con 13 partidos del PPE que pedían expulsar a Orbán de la Unión Europea. El ultraderechista líder de Hungría se había cargado a la oposición, la Constitución, y la democracia, al decidir gobernar por decreto de forma indefinida. ¿Para quién habla Casado? ¿Cree que todos los españoles somos idiotas?

Parece una pregunta obvia pero ¿de verdad saben todos estos políticos que hay una pandemia de coronavirus y las consecuencias que está teniendo? Mantener en Madrid como presidenta a esa jaula de grillos que llena sus huecos de prepotencia es una temeridad y un auténtico agravio a los ciudadanos. Y se lo debemos a PP y Ciudadanos, lo de Vox se da por supuesto. A la desastrosa gestión en hospitales y residencias, se une ahora el episodio de la fase 1 del estado de alarma. Tras sus “ahora sí, ahora no”, Ayuso vuelve a pensar que hay que reactivar la economía sea cual sea el estado de la pandemia en Madrid. Le dimite la Directora de Salud porque no quiso firmar el informe para que Madrid entrara en la siguiente fase de la desescalada. Yolanda Fuentes cree que no cumple los requisitos y que habría riesgo de “colapso” de las UCI. Y Ayuso manda la petición, sin firma y concluido el plazo. En estas circunstancias, Sanidad no ha dado el pase a Madrid para el lunes. Mientras se divertía en el Hospital de IFEMA ¿no le alcanzó para ver que allí había enfermos con coronavirus y sanitarios dejándose la piel por curarlos? ¿Se ha enterado del balance de muertos de Madrid? Y sus señorías del Congreso, los de Paracuellos, gays o ETA, ¿saben lo que está pasando y cuál es su obligación?

No solo sufrimos una pandemia sanitaria sino que se avecina una crisis económica de entidad. Más dura aquí por haber fiado todo al turismo y al ladrillo. En tiempos de contagios, es una fatalidad.

Tenemos pues dos problemas de enormes dimensiones y los que de ellos se derivan. La incompetencia de políticos y periodistas no hace sino agravarlos. Porque cierto periodismo también tiene su cuota de responsabilidad en lo que ocurre y en lo que no se resuelve. Lleva demasiado tiempo categorizando la anécdota sobre la información sustancial. Y, tanto o más, sujeto a clichés.

Si por el periodismo con barniz de “progre” fuera, Ciudadanos tendría hace años mayoría absoluta. Aquel espíritu de la serie de encuestas que hundieron hasta el prestigio de la demoscopia para aupar a Albert Rivera se reproducen para elogiar a Inés Arrimadas. La que pedía votar en conciencia en enero para que este gobierno no se formase. Ahora ha sido más lista que Casado y ha pensado en práctico: sabe que en la ultraderecha hay overbooking. En la realidad, sigue sosteniendo a Ayuso, por ejemplo, a través de Aguado.

Acusar a Pedro Sánchez de falta de diálogo cuando tanto él como su gobierno han de operar entre zancadillas y navajazos es vivir en un país o momento inexistentes. ¿Qué tipo de democracia es esta que escenifica un juego parlamentario basado en empujones en busca del !quítate y me pongo yo” o “¿qué hay de lo mío?” Con una pandemia.

El coronavirus causa problemas de salud muy serios. Hay que escuchar a los recuperados y sus familias cuando relatan que a lo largo de las cuatro, o cinco o seis semanas de internamiento hay momentos que se cansan de forzarse a respirar. Ha consagrado además la mala muerte, en soledad, con las manos de muchos sanitarios que suplen por humanidad a la familia que no puede estar. ¿Qué saben de todo este sufrimiento los políticos y periodistas de salón?

Carmen Calvo ha pasado el coronavirus. La vicepresidenta del Gobierno ha dado sobradas muestras de dureza de carácter, demasiado muchas veces. Pues en una entrevista en Los desayunos de RTVE dijo: “He tenido que mirar de frente al COVID y siento lo que está sintiendo mucha gente ahora: miedo, inseguridad, mucho dolor por los fallecidos”. Y dejó como reflexión que “el reto debe ser rehumanizar la sociedad, tener más tiempo para cuidar de los mayores, de los pequeños, para ser más felices”.

Parece que no saben de ese dolor, de esa realidad, los políticos que nos avergüenzan con sus soflamas desde el Congreso o los periodistas que toman partido en los conflictos de intereses o que simplemente no son capaces de mirar lo que quieren, sienten y sufren las personas destinatarias de la información.

 

 

*Publicado en Eldiario el 8 de mayo de 2020

El virus de la derecha española

España vive sometida a dos terribles virus: el de la COVID-19 y una derecha depredadora. Miles de muertos e infectados ha causado el primero; un añadido para el desasosiego es esa oposición que ha atacado a la sociedad en uno de sus momentos más críticos. Porque es la sociedad la que sufre en esa estrategia inmisericorde de desestabilizar al Gobierno durante una devastadora enfermedad. No ha habido tarea similar en toda Europa. Sánchez y su equipo no lo han hecho peor que otros, ni mucho menos. No hay razones objetivas para semejante acoso.

Desplegada por todos los estamentos del poder, más que derecha es un ente que se protege y tapa, si es el caso, mentiras, incumplimientos y hasta corrupción. Debe su arraigo a la impunidad de la que ha gozado y goza. Un país que no puede siquiera investigar a su jefe del Estado anterior, aun sabiendo por la justicia extranjera de sus viajes con un maletín lleno millones de una más que dudosa procedencia para evadirlos, ya lo ha dicho todo.

En realidad, vivimos un espejismo al dar cancha al PP y al conjunto de ese compacto grupo de poder conservador. Todo cuanto representan ha quedado derrotado por el coronavirus, su propagación, tratamiento y consecuencias. La pandemia ha derivado en una enmienda a la totalidad del capitalismo más brutal que se ha adueñado del mundo y que añade un plus cerril en la derecha española. Es un espejismo. Sobrevive ante nuestros ojos por los fuegos fatuos que sus cómplices alimentan. Incluidas las masas de insensatos que les siguen carentes de todo sentido crítico y de toda capacidad para enjuiciar lo que ocurre. Lo que les ocurre también a ellos, y el futuro que les espera si logran mantener en pie al zombi. Las gentes bien intencionadas entre sus filas deberían percatarse de qué están secundando. Es obvio que no hablamos de negar el derecho a una ideología conservadora democrática y homologable, el problema es que no la tenemos. No a nivel nacional, al menos.

El conoravirus ha venido a demostrar que es el Estado quien cuida de la salud en los impactos realmente graves a través de su sanidad pública y que es el Estado el que provee de medidas compensatorias a los más afectados por una crisis así. La pandemia ha destruido muchos mitos. Ha mostrado la necesidad de una serie de profesionales, a menudo menospreciados y mal pagados, que nos han sacado de lo peor de la crisis; incluso salvando vidas, incluso poniendo las suyas en riesgo. Y la torpeza de una sociedad que aceptó que las transacciones financieras especulativas tuvieran más valor que las camas de Cuidados Intensivos y las mascarillas. De ahí que 43 mil sanitarios se hayan infectado de COVID-19, de los que todavía 10.000 están de baja. Se denuncia que hospitales y centros de salud son focos de contagios. ¿No podía Ayuso, por ejemplo, comprar desinfectantes con lo que ahorra en comida dando pizzas en los menús escolares? Y todo esto y más nos lo hemos dejado hacer mirando a las avutardas o a los pajaritos que salían por las ventanas de la tele.

Todo lo que ha destrozado la derecha española y sus cómplices, insisto, se revuelve contra ellos y todavía tienen el valor de ir sacando pecho, dando lecciones y seguir mintiendo. Solo una ciudadanía que escucha los consejos económicos y sociales de un tenista o un cantante trasnochado antes que de cualquier experto, es capaz de mantener este entramado insoportable.

La batalla ahora mismo es la versión neoliberal del viejo “la bolsa o la vida”. En Estados Unidos dice The New York Times que, con la apertura de la actividad, habrá el doble de muertos, pero para la derecha ultra nunca han sido un problema los daños colaterales. En el Estado de Ohio, gobernado por los republicanos de Trump, ya han avisado de que se trabaja sí o sí, cueste lo que cueste. En el Reino Unido, con un presidente desnortado, sindicatos y laboristas presionan para que los empleados puedan negarse a trabajar si ven riesgo para su salud.

Pablo Casado apuesta por primar “la economía” evidentemente y el estado de alarma la condiciona. Las élites empresariales le han dado el visto bueno. La CEOE no quiere ni el ingreso mínimo vital, ni el Decreto que prohíbe despedir durante el estado de alarma. Pide facilidades para la rescisión laboral y bajar salarios. Vivimos una crisis enorme a consecuencia de la pandemia, pero no la pueden pagar los más vulnerables, como sucedió a otro nivel en 2008. Suspender el estado de alarma implica desmantelar buena parte de las medidas de apoyo. Y demoler muchos diques de contención como el viajar por provincias con el virus puesto.

No deja de ser curioso que portadas, editoriales y columnas del 15 de marzo, tras la declaración de la alarma, se llenaran con titulares como “Sanchez, superado. Perdió horas vitales”, “La pugna Sanchez-Iglesias frena el plan antiepidemia”, “Más de 60.000 despidos temporales en España”, y ahora sean tan partidarios de volver a abrir todo, a riesgo de una recaída en los casos de COVID-19.

Casado alejó toda posibilidad de tener en España una derecha homologable. Prohijado por Aznar y Aguirre como Ayuso y Abascal, forman un modelo que ha debilitado al PP –con la ayuda impagable de los medios-. Recuerden que Casado llegó a quedarse con 66 diputados. Y que ahora actúa ya al unísono con Vox cada vez en más acuerdos. Del Vox que dice que las marroquíes varadas se pongan a recolectar fruta para no ser expulsadas.

PP y Vox se proponen desandar la lucha contra el coronavirus, si terminan prematuramente con el estado de alarma. El esfuerzo que nos ha costado, para nada. Más dolor, más incertidumbre. Esto sí que es imperdonable. Las heridas que deja el coronavirus ya son profundas. No hay derecho lo que nos han hecho a todos los ciudadanos no afectados por el virus de la insensatez, de añadir tanta crispación y malestar.

Los porqués del No de ERC tienen que ver más con la cogobernanza o el recorte de libertades que, dicen, implica el Estado de Alarma, con la actitud de Sánchez como cuentan Neus Tomás y Arturo Puente.

Se pregunta Íñigo Sáenz de Ugarte qué pretende el PP: “O parten de que una reaparición de la COVID-19 es imposible o un riesgo asumible. O eso o tienen acciones en las funerarias locales”. Ya se arrepienten los países o provincias que abrieron antes de tiempo. De ahí que el subdirector de eldiario.es concluya: “Evitar más cadáveres o ganar votos. Difícil elección“. Pero quien vota cadáver es el elector. Por cierto, Ayuso ha despejado la ecuación. A la pregunta de si dormiría tranquila en el caso de aumentar el número de muertos si decae el Estado de Alarma, ha respondido: “Todos los días hay atropellos y no por eso prohíbes los coches“.

No va por ahí la lógica que reflexiona sobre lo que nos está ocurriendo y la forma en que ha de venir el futuro. El sociólogo alemán Stephan Lessenich es uno de los muchos pensadores que cree que, con la vida en suspenso, cambian todos los parámetros:

“Tenemos que retomar el control, reivindicar una autoridad pública democrática por encima del sistema y hacer de las finanzas el criado, y no el amo, de las economías nacionales y regionales”, escribía en El País. La economista británica Anne Pettifore añadía que “la COVID-19 se encontró con el capitalismo en estado de zombificación”.

Nunca tanto como en España. La mortaja del dictador que les inspira asoma bajo sus trajes caros, sus corbatas negras y los modelitos para hacerse fotos con vivos y muertos, si se tercia. El capitalismo ha sido derrotado por la evidencia de un virus que ha golpeado en todos sus fallos. Son zombis pero ellos actúan como si no lo supieran. Pero basta un movimiento en el tablero, como el que ha efectuado Inés Arrimadas apoyando la nueva prórroga del Estado de Alarma para que su fuerza y bravuconearía se evaporen.

Es difícil de creer que la hoy presidenta de Ciudadanos  esté regresando al centro político donde nunca estuvo pero ha sido mucho más inteligente que sus socios de la triple derecha. Ya no hay más sitio allí y su deriva ultra les invalida. Arrimadas podría desbaratar numerosos gobiernos presididos por el PP, los de Madrid sin duda y representaría un auténtico vuelco. El fin de Ayuso sería un puro sueño.

De momento, la sucia y desalmada oposición, la desvergüenza de querer desestabilizar al Gobierno y aprovecharse de la vulnerabilidad de toda una ciudadanía, se ha detenido al borde del profundo pozo negro que esa derecha representa.  Habrá que ver los próximos pasos. Seguir vociferando puede ir en su contra. Estos días se ha demostrado que buena parte de la ciudadanía prefiere apostar  por la salud. Cegados de ira, y con pocas luces, tampoco se habían enterado.

 

La soledad y las malas compañías

“¿Logrará Sánchez completar la legislatura o habrá elecciones anticipadas?” Así consultaba a sus lectores el miércoles el ABC, un diario español con más de cien años de historia (fue fundado en 1903). Y daba dos opciones de respuesta. Atentos:

1) Sí, conseguirá completar la legislatura, porque su principal objetivo en política es perdurar en el poder a cualquier precio. Aunque la economía entre en coma, dará a los separatistas y a Podemos todas las concesiones que le pidan con tal de conservar una mayoría de Gobierno y seguir en el cargo. Además, cuenta con el apoyo de las televisiones y trabaja muy bien la propaganda.

2) No, será incapaz de completar la legislatura, porque el descalabro económico se llevará por delante su Gobierno y porque ya está tocado por el modo en que ha gestionado la epidemia de coronavirus. A pesar de que domina las televisiones y el CIS, los ciudadanos españoles ya están empezando a distanciarse de él y su Gobierno. La propaganda no lo salvará.

El viernes, confirmados los datos de la profunda recesión que el coronavirus y sus consecuencias han causado en el mundo entero, ABC remataba en portada con la peor foto que encontraron de la ministra de economía Nadia Calviño y centrando en España lo que es un caída global de la economía. Sus colegas hacían lo propio, uno de ellos mentando incluso un “rescate”.

Esther Palomera en eldiario.es hablaba de la soledad de Sánchez, bunkerizado en La Moncloa. Su plan unilateral de desescalada “provoca un alud de críticas entre oponentes y aliados”, dice. Iñaki Gabilondo en La SER criticaba la víspera que no estábamos sabiendo aprovechar “la extraordinaria estructura de nuestro Estado de las autonomías” y entre las causas estaba “la torpeza de Pedro Sánchez”. A la misma hora exacta de la mañana temprana, Carlos Alsina en Onda Cero utilizaba el comodín Gabriel Rufián para destacar que “hasta Rufián” le fallaba a Sánchez. En la COPE un tertuliano de Herrera, de voz cervecera, ampliaba el espectro para llamar ignorante a Pablo Iglesias entre risotadas, pasando por encima del brillante currículo académico del vicepresidente. Entender España hoy pasa por los resúmenes de prensa. Quizás, por los de “ayer” también.

Y aún faltan un par de apuntes más. Los nacionalistas vascos y catalanes se alejan del Gobierno y amenazan con dejar el decreto de alarma en manos del PP. Es cierto, lo dicen.

“Lo más inteligente es posicionarse en contra del estado de alarma y forzarlo al pacto con el PP o que, simplemente, la prórroga sea rechazada por el Congreso”, escribía el director de ElNacional.cat, José Antich. Según el periodista, anterior director de La Vanguardia, Pedro Sánchez está llevando a cabo “una recentralización en toda regla y un desmantelamiento del Estado de las autonomías”. Cree Antich que “el independentismo y el nacionalismo vasco y catalán, que tuvo en tres de sus formaciones -ERC, PNV y Bildu- un papel activo en la investidura de Pedro Sánchez, está obligado a dar un puñetazo encima de la mesa ya que están en juego cosas más importantes que el futuro político del presidente”.

A la vista de la oportunidad, Casado sondea a la élite económica a ver  qué le conviene más, por si el PP decide tumbar el estado de alarma, según Lainformación.com. Hecho que marcaría una excepción en el mundo entero. El único precedente parecido es el ultraderechista húngaro Orban quien, en el poder, decidió cargarse a la oposición y a la democracia, dado que ha dejado el Estado de Alarma sin límite de tiempo. 

Cosas más importantes. Los datos del coronavirus siguen siendo devastadores. Mucho más de tres millones de casos confirmados en el mundo. 233.000 muertos. De ellos, más de 24.500 en España. Este viernes han fallecido 281 personas. Y hoy, con seguridad, sucumbirán más y seguirán siendo ingresados muchos en los hospitales, pese a estar mejorando la situación. La curva afloja, pero el coronavirus sigue aquí. Y para quedarse por mucho tiempo. Cosas importantes.

La recesión económica también es un hecho. Nadia Calviño prevé una caída del PIB del 9,2%, y un ascenso del paro hasta el 19%, aunque con una salida en V asimétrica, una recuperación de los niveles. Pero hay quienes, en su análisis, olvidan un dato de radical importancia: se ha paralizado la actividad económica, productiva, de consumo, todo lo que era consustancial al modelo. Un parón así de la economía mundial es la primera vez que ocurre. De ahí que falten noticias esenciales para tener una idea más ajustada de la realidad.  El PIB de la Eurozona ha registrado la mayor caída desde que se tienen registros: España, Italia y Francia con cifras más profundas  Alemania anota aumentos del desempleo insólitos: un 13,2% en abril, según la agencia France Press. Más de 30 millones de personas han perdido su trabajo en Estados Unidos. Y esto es el principio. Según la OIT, Organización Internacional del Trabajo, más de la mitad de trabajadores del mundo podrían perder sus medios de subsistencia.

Y las víctimas no están solo en lejanas montañas, no. Hay gente pasando hambre en España, en Madrid probadamente con el aumento de la demanda en comedores sociales que han de ser atendidos con donaciones y voluntarios. Hay incertidumbre y miedo en quienes ahora mismo han visto mermados sus ingresos o no ven entrar dinero alguno en casa, a pesar del esfuerzo del gobierno por paliar  las necesidades de los más vulnerables. Es lo que principalmente incomoda a la derecha: actúan pisando la mano de Sánchez y su equipo hasta cuando activan las ayudas.

Aludir a un rescate sin explicar más ronda lo perverso. La Unión Europea no ha estado a la altura del grave momento que vivimos. No se comporta como un club de países, sino como lo que siempre pareció: un club de empresas. Los ricos del norte –en cabeza el paraíso fiscal holandés se niegan a los eurobonos más equitativos y pretenden seguir con la política de la tijera que dio un golpe fatal a la UE. Tal es así, que el BCE –que no actúa como banco público de la Unión, sino de los bancos privados y que no responde ante nadie-  sigue su tónica. Favorecer a las entidades financieras para que sigan dando crédito a familias y empresas, dicen muy ufanos.

Seguramente sufren más recesión los países con peor soporte económico. Recordemos que España lo fió todo al turismo y al ladrillo, las joyas de las políticas sin visión de futuro ni proyecto de país, pero sí del lucro en la cartera de unos pocos. Les aseguro que los fabricantes de mascarillas, guantes, respiradores no dan abasto a producir. Quién iba a pensar que serían más necesarios que las transacciones financieras especulativas que dieron la vuelta al mercado mundial ¿verdad? España tiene el problema de depender del exterior hasta para componentes de los productos que podrían ser hoy más útiles. Una de cada cinco empresas tuvo que reducir su actividad por falta de suministros del extranjero, como contaba este excelente artículo de Bernardo Bayona. Mucho han de cambiar las cosas si queremos salir adelante y han de hacerlo imprescindiblemente ante el fracaso del más de lo mismo, o algo peor. Otra economía, otra forma de vivir.  Si lo permiten, que claramente hay voluntades que no están por esa labor.

Vienen días duros que necesitan una ciudadanía templada, adulta, que piense por sí misma. Y razone por encima de lo que siente, que analice hasta sus emociones. No son lo mismo los haters descerebrados que quienes persiguen sus propios intereses a menudo torpemente disfrazados.

La soledad de Sánchez, dicen, de su gobierno, ante una pandemia con demoledoras consecuencias económicas mundiales, que no ha provocado. Errores que se magnifican. Y la evidencia de que tener el egoísmo como motor no funciona socialmente.  Para compañía solidaria la de la prensa española en los atentados del 11M, llegado a retocar portadas al gusto de los intereses de Aznar. Tuvimos que informarnos en los medios extranjeros.

A cuenta de miles y miles de vidas que se han quedado por el camino, hemos ido aprendiendo a pensar como adultos, algunos al menos. Un tanto desarbolados desde que, por salud, nos prohibieron abrazarnos. Una suerte de primavera tardía empieza para nosotros este 2 de mayo. Permitirá salir a respirar en las ciudades ese aire limpio que huele a pueblo y llenarnos los pulmones y empezar a sanar de lo que no es coronavirus. No vuelvan a enturbiarlo. Nos queda mucho trecho por andar y se precisan fuerza y lucidez.

 

*Publicado en Eldiario.es

Vivimos un cóctel emocional

Presiento que es un estado anímico bastante extendido. Te levantas un día queriendo luchar contra la adversidad y te vas viniendo abajo. O al contrario: amaneces presa de incertidumbres y vas viendo vías de salida. Vivimos un cóctel emocional sin precedentes, individual y colectivo. Hoy, en la montaña rusa de las sensaciones, ves la luz del final de confinamiento, las salidas a pasear desde el fin de semana y la ruta que nos llevará a la llamada “nueva normalidad”. El dolor sigue en los hospitales, el temor en muchos ciudadanos por lo que queda por recorrer, y la espada en alto de la oposición se da por segura. Habrá que ver cómo se sale de este torbellino y qué huellas deja. Lo urgente ahora es afrontar el presente en esas condiciones. Entenderlo, al menos. Dicen que funciona.

Con datos estadísticos, los casos confirmados de coronavirus, sobrepasan ya los tres millones. Si lo pensamos, son unos tres mil millones los que viven en condiciones de precariedad máxima, con cuanto implica. Con COVID-19 han muerto 212.000 personas. Busco los muertos por el hambre, según organismos internacionales: 24.000 al día. En los dos últimos meses que llevamos sufriendo de cerca la pandemia, habrán sucumbido por hambre 1.440.000 seres humanos, el 75% de ellos niños. Pero estas cifras nunca nos sirvieron, no para estremecer a la mayoría. La mente humana funciona así.

Pero los enfermos, muertos, atribulados sin fin, no son datos estadísticos, son personas. Por eso se comprende a la Consejera de la Junta de Castilla y León que rompió a llorar, después de más de dos horas explicando las medidas de las últimas semanas. Verónica Casado, médica de familia, se quebró al recordar a los sanitarios fallecidos y a lo mucho sufrido por los ciudadanos.

Me cuesta más entender cómo aguantan en pie Pedro Sánchez o Pablo Iglesias. Son las dianas elegidas por la jauría política y mediática -dentro de un gobierno que intenta salvaguardar los derechos de los más vulnerables- y disparan sin tregua y sin reparar en armas. Les contaré que me preguntaron desde un periódico argentino la causa de la dureza de la oposición en España. Y cuesta mucho explicar nuestra historia en unos minutos. Hasta Suecia llegan los ecos de esa feroz derecha que está dando la nota en Europa en momentos tan críticos. “Aquí, en Suecia, en Dinamarca, estamos unidos para afrontar la crisis”, dicen. Portugal es modelo ejemplar con una oposición que piensa en primer lugar en los portugueses.

No parecen ser los ciudadanos la preocupación de la mochila facha española, de sus poderes en la sombra, sus políticos y sus medios e informadores. Es evidente que las continuas zancadillas hacen más costoso el trabajo del Gobierno. Y no debe ser nada cómodo enfrentarse cada día a titulares, fotos y portadas miserables que distan mucho de ser la crítica justa que compete al periodismo.

Como periodista, más de calle que de silla, mucho de afuera y mucho de dentro, durante décadas, he visto grandes desgracias y no pocos triunfos. Nunca me acostumbré. Ahora, la realidad traumática nos rodea como un manto de enorme presencia.. y peso. Y si fuera a elegir entre el cúmulo de penas que nos cercan cuál es la más repulsiva, optaría por los depredadores que husmean entre el dolor para beneficiarse. Porque esa parte no debería venir en el paquete de una pandemia terrible. Eso nos llega “a los españoles de bien” –los de bien somos los humanos- como un extra.

Lo primero que he leído esta mañana ha sido que los servicios sociales de Madrid están desbordados y dependiendo de voluntarios y donaciones para dar de comer. De comer, insisto. Hace pocos días se refería el aumento exponencial de personas que acuden a comedores sociales y bancos de alimentos. Luego, los datos de la EPA (Encuesta de Población Activa) revelan que 285.600 personas han salido de las listas de empleo. Y piensas en autónomos parados y en mil consecuencias que acarrea la pandemia. Y ves que llaman “la paguita” a una renta mínima para necesidades vitales. Y que, entre otros, Díaz-Ayuso la rechaza porque “puede crear dependencia del Estado”, tras haber vivido y estar viviendo ella a la sopa boba del Estado con enjundiosos picatostes. O los obispos de la jerarquía católica española, a los que tampoco les gusta. Los ERTE y prohibir los despidos durante el estado de alarma al menos, fueron una buena idea, saldada con votos en contra de la derecha, críticas y aspavientos.

Cada día pasamos pues por distintos estados de ánimo. Pendientes de los enfermos que se tiran cuatro y cinco semanas hospitalizados, luchando hora tras hora “con el bicho”. “El bicho es muy malo”, dicen. Y lees los síntomas que temes ver en otros seres queridos. Terribles. Esta crónica que no sé ni cómo calificar, informa de unos cuantos que no teníamos registrados en los miedos. Y, sí, ya han muerto casi 24.000 personas en España con coronavirus.

Y cuesta entender esas llamadas a la rebelión y “romper las normas del confinamiento que lanza la derecha mediática, hasta manipulando fotos de portada. Verán, hay una diferencia abismal entre necesitar salir, por salud integral, cumpliendo los requisitos de prevención, y tomar la calle por montera. Las sociedades con solera democrática no necesitan policía para cumplirlos. Algunos gobiernos aconsejan más que prohíben.

Te preguntas cómo pueden dormir por la noche, Pablo, Cayetana, José Mª, Felipe, Anas y Rosas, Susanas y Carlos y tantos otros, si no les despierta su propia imagen descarnada en la verdad de sí mismos. Los ultra-ultras que están ya en otra dimensión como de las tinieblas. Y la masa criada a la sombra de todos ellos y lanzada al odio y la irracionalidad. Las ventanas que aplauden abiertas y hacen sonar los cencerros detrás del alféizar, en una extrema paradoja de la irracionalidad. Lo ha mandado Vox, incluso dejarse de agradecimientos e ir a lo que importa: contra el Gobierno. El objetivo primario es aumentar la zozobra social. No, esto tampoco pasa con tal intensidad al menos en países con mayor tradición democrática.

Y así, del largo catálogo de las emociones, las estamos experimentando casi todas acumuladas en días o en horas. Angustia, esperanza, tristeza, ternura, ira, indignación, temor, inquietud, desasosiego, confianza al menos en algunos puntos sólidos que permanecen, en el calor de los afectos.

Y los logros. Porque también están quienes salen adelante. Y quienes nos ayudan a hacerlo a todos con su entrega, su esfuerzo, su vocación, su dignidad. Con alto coste a veces. Enorme.

La experiencia nos demuestra que las personas tienden a olvidar los malos momentos. Los grandes shocks traumáticos cuestan bastante más. Y este puede ser uno de ellos. Algunas metas ayudan, quizás. Contribuir a que esta sociedad salga del bache con las ideas más claras sobre lo que de verdad importa. Desbaratar con la razón las maniobras de rapiña de los indeseables. Desenmascarar a los fantoches. O, solo y nada menos, salir a pasear y respirar el aire limpio que nos ha quedado. O pensar que un poco más allá llegará por fin ese abrazo pendiente con cuyo calor hasta lo más arduo parece fácil.

 

*Publicado en Eldiario.es

Salir de la madriguera

Muchos niños están manifestando miedo a salir a la calle, como se les permite a partir del domingo, por temor al coronavirus. Han sido seis semanas metidos en casa con la pandemia como tema principal. No es una buena noticia. Hay una diferencia radical entre la prudencia y el miedo, dos actitudes tan diferentes que una implica una posición de atención activa y la otra paraliza y aun retrae. La peligrosidad de la COVID-19 es un hecho. Aunque sujeto a variables como la obtención de una vacuna, el virus está en el mundo para quedarse por un largo período de tiempo. Lo ha advertido la OMS y se aprecia en síntomas claros: en algunos países que parecían haberlo controlado, se ha producido algún repunte.

Algunos expertos, como el economista José Moisés Martín, advierten que la política debería prever “dos años de distanciamiento social“. Sin duda, circunstancias diversas pueden alterar los plazos, pero, si el aislamiento va a ser prolongado, hay que planificar líneas muy claras de actuación. Prever alimento y forma de vida para millones de personas -para lo que parece inevitable retomar la actividad- y atender a los instrumentos que se cuidan de la salud, hoy en precario tras el desmantelamiento de las políticas neoliberales. La salud, integral. Según la definición de la OMS, “la salud es un estado completo de bienestar físico, mental y social, y no sólo la ausencia de enfermedad”. La enfermedad nos ha caído o nos cerca y es terrible, no debemos agravarla con otras carencias esenciales.

Salen los niños, con miedo algunos, como si lo hicieran de la madriguera y entra en desaliento un nutrido grupo de adultos al no ver vía inmediata de dejarla por unas horas. El ministro de sanidad ha dicho que “no hay previstas” nuevas medidas de alivio. No podemos vivir en la madriguera. Si convertimos la vida en algo que no merece la pena ser vivido, no hay mucho más que hablar. Y dentro de las necesidades y libertades de todos, han de ser valoradas las prioridades de cada uno. No es falta de realismo o de comprensión, ni insolidaridad. Urge que los mayores salgan. Los que quieran. Los que no tengan miedo. Y cuantas personas precisen, por salud, la movilidad. Bajo normas y atendiendo a la propia responsabilidad. Una hora al día siquiera, con todas las cautelas.

Los mayores, a no tardar. “Muchos de nosotros padecemos achaques para los que nuestros médicos nos han recomendado una o dos horas de paseo diario. Llevamos más de cinco semanas sin hacerlo, lo que me temo que pueda traducirse en un agravamiento serio de bastantes patologías”, escribía el periodista Javier Valenzuela. Como yo misma, a lo que tenemos miedo no es a salir a la calle protegidos, es a la corriente que busca confinar a los mayores de 60 o 65 años en adelante mucho más tiempo que al resto. Macron y Merkel se oponen, lean. No se puede añadir mucho más confinamiento, con cuanto implica, a la sensación que queda del aberrante balance de muertes en residencias de ancianos, en varios países, además de en España. Aquí, la Comunidad de Madrid ha registrado su absoluto récord insoportable. ¿Cómo se puede dar a personas en el último tramo de la vida el horizonte de quedarse en casa, resintiéndose a muy diferentes niveles, y viendo la calle desde la ventana?

Lo peor es que el coronavirus ha caído sobre una sociedad sujeta a una profunda tarea de infantilización y frivolidad que ha calado en sectores amplios y decisivos. Capaces de llevar al poder a gente como Bolsonaro, o Donald Trump, cuya última ocurrencia es que los enfermos se inyecten desinfectante para curarse del coronavirus. En EEUU se temía afrontar la pandemia con un presidente anticiencia. Los desinfectantes en vena pueden causar una masacre.

Nuevos ídolos plantean delirantes soluciones a los problemas. España, y medio mundo, acapara papel higiénico y luego alcohol y ajos. Acentúan el uso de amuletos rojigualdas colgados en ventanas y balcones. Votan a políticos como Pablo Casado o Díaz Ayuso o a sus correligionarios de la ultraderecha oficial, denuesto de la razón y hasta de la ética a la vista de sus declaraciones. Siguen prestando atención todavía a grandes símbolos de la decadencia moral de la política, jarrones chinos cuarteados que alzan sus voces autoritarias como desde el fondo de una caverna.

El coronavirus llegó a un escenario preexistente equivocado por completo para afrontar necesidades vitales como esta pandemia. Y, sin embargo, el descontento y la incertidumbre pueden cargar la culpa sobre el gobierno en ejercicio sin darse cuenta de quién recoge los frutos. En España, serían precisamente los principales causantes de las carencias previas quienes, sin el menor escrúpulo, procuran acentuar la angustia social para recoger esos amargos frutos. El desenlace sería el más ilógico.

Las más afamadas novelas y películas de ciencia ficción sobre el futuro, nos muestran el fin de la civilización que conocimos sustituida por estados de atroz degradación Las distopías del siglo XX se están cumpliendo desde hace tiempo. Han pervertido el significado de palabras como libertad, democracia o periodismo, en línea a lo anticipado por la neolengua de Orwell. Su Gran Hermano nos vigila hasta el pensamiento. Y la ignorancia habrá borrado su origen hasta creer que es solo un programa de televisión. Los epsilones de Aldous Huxley son hilos conductores de todas las patrañas que quieran difundir. Ya hay mandos de Gilead que usan la mentira para cambiar el orden mundial y oprimir en particular a las mujeres.

Resulta que “El Planeta de los Simios” no estaba en lejanas galaxias sino que se había edificado sobre el fracaso de la civilización humana, mientras el símbolo de la libertad yacía roto en una playa. El progreso sucumbió ante la fuerza oscura. No paro de recordar estos días, mirando por la ventana de cristales o las que se abren a los medios y a las redes sociales, “La Máquina del tiempo” de Herbert George Wells. Concretamente ese mundo del año 802.701 al que llega en su viaje un científico del siglo XIX. La vida aparente son los Eloi que habitan la superficie, sanos, guapos y tontos, juegan y se aman todo el día. En el subterráneo están los triunfadores de las crisis perpetuas: los Morlocks. En las noches sin luna, salen de cacería. Su alimento son los Eloi, que saben han de esconderse muertos de miedo cuando sus vecinos tienen hambre y que de vez en cuando caerá inexorablemente alguno.

Nuestra civilización se encuentra en el camino errático, sin duda. Puede salir de esta devastadora crisis con propósito de enmienda, de construir un mundo respirable y vivible para todos o puede caer en el abismo que previó la literatura a través de los indicios.

No, no es buena noticia que los niños tengan miedo a salir a la calle por el coronavirus. El sector timorato de la sociedad ha hecho una eficaz labor de adoctrinamiento. A veces, en las madrigueras acechan otros peligros. La vida hay que vivirla eligiendo cada paso entre beneficios y riesgos. Una sociedad adulta lo sabe. Déjennos seguir construyendo el futuro dure lo que dure. Y no mirando el mundo solo desde constreñidas ventanas durante todas las horas del día.

*Actualización.
Al final, algunos padres se lanzaron al asalto de las calles y los parques, poniendo en peligro la salida anunciada para el día 2 para hacer deporte o dar paseos los adultos, incluido los mayores.  La portada de ABC reflejaba el aplauso de esa irreponsabilidad, de “la libertad” de enfermar a otros, porque todo les vale para ver si así fastidian al gobierno.

Decidir en tiempos revueltos

Es un silencio denso, inaudito en las ciudades, que se rompe en aplausos una vez al día y, cada vez más, en gritos a toda hora. Un simple virus ha desbaratado a la sociedad mundial como nunca logró hacerlo, en profundidad y extensión, ningún arma premeditada. La verdad de nuestro mundo ha quedado desnuda frente al espejo. Esto no iba bien y se ha demostrado con creces, de la forma más brutal. La sociedad preexistente agudiza sus grandezas y miserias y se descompone por sus extremos más podridos. Es hora de grandes decisiones, en estado precario, para marcar la salida más airosa. Y el enemigo no cesa de poner zancadillas.

La pandemia ha infectado ya a más de dos millones y medio de personas en todo el mundo y ha matado a casi 172.000, en cifras que se incrementan por horas. Las de los fallecidos son apenas las únicas fiables en ese maremágnum de diferentes criterios de evaluación o de ocultaciones más o menos deliberadas. El mismo mapa hace un mes marca una diferencia espectacular, expresión gráfica de la envergadura de la enfermedad a la que nos enfrentamos. El coronavirus mata, y enferma, y destruye. Las víctimas se han incrementado por los colapsos de los sistemas sanitarios que, en buena parte desmantelados por el neoliberalismo, no estaban preparados para una pandemia. La destrucción vino como consecuencia.

Paralizar la actividad ha detenido, sin embargo, el avance de la enfermedad que hubiera sido todavía mayor, exponencialmente mayor. Pero se demuestra que es difícil vivir confinado. La suspensión de la actividad económica tiene ya consecuencias muy negativas y se prevén mayores. La cotización por debajo de cero, por primera vez en la historia, del barril de petróleo norteamericano o los 20$ del Brent, son un símbolo explícito de la parálisis. No hay espacio para almacenar el sobrante. La agricultura, entre tanto, no encuentra manos para recoger las cosechas porque todavía rige la misma ley de oferta y demanda. Un caos.

Añadan que no ha habido ni mascarillas, ni guantes, siquiera para protegerse porque tampoco se pensó en ello. Y que proveedores, básicamente chinos, han engañado a los gobiernos desde España a Portugal, desde Holanda a Francia. No enviando los pedidos, o mandando productos defectuosos, también en los test. Ha habido pirateo de materiales, robados en el tránsito, y la puja en los aeropuertos del que paga más por lo ya contratado por otros. La América grande de Trump lo ha hecho, según se ha informado. Éste es el precioso mundo que tenemos. A conservar, según quieren sus beneficiarios.

La pandemia de coronavirus no es una guerra, pero sí lo son algunas de sus reacciones. Asistimos a presiones, con individuos armados, para que se reanude la actividad. En Brasil y Estados Unidos, países en los que los botarates violentos están perfectamente representados por sus gobiernos. No así el resto. Apavorados, dicen en portugués brasileño, en una palabra enormemente descriptiva. Con motivo.

Aquí, en España, el silencio se rompe por los graznidos de los cuervos que salen a aprovecharse de la pandemia. Por los que aporrean su ira indiscriminada contra una cazuela o los que intentan aplacar su miedo con amuletos como banderas e himnos patrióticos. Todos del mismo sector. También los hay, demasiados, que solo esperan a ver por dónde escampa. Muy tocados por el dolor y la desesperanza.

El gobierno de España tiene que adoptar drásticas decisiones. Ya ha obrado en favor de los más vulnerables, como otros europeos incluso conservadores. Arrostrando los ataques de quienes defienden tirar del carro como estaba sin importar los daños que produzca. Pero le falta reparar errores y frenar las agresiones que vienen disfrazadas hasta de democracia.

El Gobierno ha de proveer de elementos de protección sanitaria. Inexcusablemente. Ya. En particular, al personal sanitario que acumula un 15% de los contagios. Sanidad dice haber repartido 53 millones de mascarillas estos últimos días. Y ha fijado el precio de cada una de ellas en un máximo de 0,96 euros. Y debe exigir a las comunidades autónomas que reabran y refuercen la atención primaria. Los datos confirman que dolencias graves han quedado desatendidas al verse desplazadas por el coronavirus, y esa falta de medios que conocemos.

Se ha de abordar con valentía y prudencia el desconfinamiento. Calibrar pros y contras. Los niños necesitan respirar. En pocas horas, el gobierno ha rectificado y permite salir a los menores de 14 años a pasear, no a acompañar a  un adulto en sus tareas como dijo a mediodía. Los ancianos también necesitan moverse –circulación, respiratorio, digestivo, huesos, lo hacen al caminar- como indispensable fuente de vida. Ya ha habido demasiados muertos en esa franja de edad, insoportablemente demasiados. A todas las edades se precisa oxígeno y movimiento. En tramos de horas, si se quiere. Por itinerarios precisos. La decisión es en extremo difícil, porque el coronavirus –sí- mata, enferma y destruye. Pero seguro que se puede compaginar y convendría ir haciéndolo ya.

Necesitamos salir a la calle y en libertad. Hemos visto, en vídeos, represiones policiales impropias a personas tratadas como delincuentes por vulnerar el confinamiento. No son admisibles ni tal número de multas, ni su cuantía. El Ministro Grande-Marlaska debería escuchar a quien le dice que esa política de represión es de otros tiempos y debe cambiarse, con él o sin él. En resumen: controles a la libertad individual obligados, lo mínimo ni aun en aras de la salud. Delitos, ni uno.

Los bulos existen. La directriz de Interior que ha generado enorme alboroto era errónea aunque probablemente mal esbozada porque el problema es otro. Lo que ocurre es que todo bulo es inadmisible, venga de donde venga y vaya contra quien vaya. La desviación ética que se está imponiendo los cuela como libertad de expresión y para nada lo es. Si se pueden considerar delitos, como dicen los juristas no contaminados, hay que ponerles freno drástico. Los bulos y la desinformación son armas de guerra contra la sociedad.

La derecha española está detrás. Esa maldita mochila facha que lastra secularmente nuestro progreso. Política sucia, indisimulados voceros mediáticos, y esos poderes en la sombra del dinero avaro, las sotanas y las togas. Acabe el Gobierno, con ayuda de los instrumentos legítimos de los que dispone, con el runrún del golpe. Y la sociedad decente deje de prestar a oídos a los agitadores, esos jubilados de la ética curtidos en la soberbia y el odio.

Entiendan de una vez qué busca el Partido Popular de Casado y su fraternal socio ultraderechista al completo. Y que Arrimadas no tiene reciclaje posible. Solo una sociedad desmemoriada y muy poco exigente permitiría la desfachatez de un PP que pretende dar lecciones, habiendo sido quien, con su  “Ley 15/97 de nuevas formas de gestión, fue la raíz más fuerte del deterioro de la sanidad pública”, como recuerda Angels Martínez Castells, aprobada eso sí con un amplio consenso. Dejen de hacerles el juego medios y periodistas si de verdad buscan el derecho a la información de los ciudadanos. Extremen el criterio periodístico en los medios dignos. Deben dar noticias, no cuotas de partidos y propaganda sin contrastar.

Si hay una guerra es ésta. Aquí y fuera, la que pone el sacar tajada por encima de todo, hasta del dolor de una pandemia. Son los que están provocando una continua ansiedad a una ciudadanía golpeada. Por ellos se soporta peor el confinamiento y se ve más negro el futuro. Actúen contra sus delitos, si así los considera la justicia.

La vida no será igual en el futuro, no debe serlo de hecho. Busquemos equilibrios. El aire está más limpio, llenemos los pulmones con él. Desbrocemos la maleza de la vida pública. Porque una cosa son las ideas, y otra esta ignominia perversa que siembra angustia donde ya hay demasiada. Que no llegara a ser -en el peor de los casos- el último sonido la pachanga de los vecinos horteras, ni el berrear miserable de sus cazuelas,  sino los aplausos a los que nos sostienen; ni la última mirada, las insidias de los desestabilizadores. Déjennos respirar. Nos lo deben.

 

El coronavirus nos deja con el esqueleto al aire

La COVID-19 nos ha embestido con las defensas bajas como país, un mal endémico de España. Han sido décadas, siglos tal vez, de pensar más en lemas y emblemas que en contenidos, más en el “Viva España” de corte populista que en el “Viva el progreso”.  Y cuando apenas arrancaba un proyecto de cambios innovadores, nos detiene –esperemos que transitoriamente- un golpe fatal que se lleva vidas, trabajos, y muchos de los avances conseguidos. Por primera vez, la Transición Ecológica contaba hasta con una vicepresidencia en el Gobierno. Lo primero es achicar el agua, atajar en cuanto sea posible los daños sufridos. Si nos dejan.

Porque el coronavirus nos ha alcanzado al tiempo que sufríamos un brote virulento de esa vieja afección social que es la derecha española cuando se lanza a sacar provecho de cualquier zanja abierta, una pandemia atroz incluida. Inmisericordemente irreciclable por su persistente impunidad. La historia atestigua la labor de freno que han representado tradicionalmente esos poderes conservadores. Desde la Edad Media incluso, poniendo siempre por delante coronas, reliquias, inciensos y sacristía al impulso de la sociedad. Los imperios conquistados y perdidos, los tesoros volatilizados, mientras se daba al pueblo hambre e ignorancia. Acallando, de continuo, las voces innovadoras, pioneras en la búsqueda de desarrollo y libertades. Hasta allí y más allá habría que ir para entendernos. Recordemos aquella frase hecha que dice que en España los gobiernos progresistas se cuentan por poco más que bienios y los conservadores, por décadas ominosas y aún centurias.

Y, sin embargo, siempre hay alguien que intenta sacar a España de esa trayectoria, preso de una especie de amor por lo que uno es y no le permiten terminar de ser.  Tenemos desde Joaquín Costa y los Regeneracionistas a cuantos lo intentaron antes y después. Antonio Machado lo resumió como nadie con su teoría de las Dos Españas.  Porque suele aparecer también con angustiosa frecuencia quienes ansían cortar las alas a todo inicio de vuelto alto y a cualquier precio. Y en ello parece que andamos ahora a tenor de la brutal oposición que se desparrama en medios como avanzadilla y en el propio Congreso de los Diputados. Gente muy curtida se quedó horrorizada al oír las aberraciones que allí se dijeron en la sesión de control al Gobierno. Todas las técnicas goebbelianas funcionan así. Ofende la dignidad humana lo que estamos viendo en un momento tan grave. Mucha gente decente está sobrecogida tanto o más por ese virus maldito que por el coronavirus. Es muy preocupante que cabezas tan abotargadas, tan trastabilladas como se muestran, hayan llegado al Parlamento para ser la viva representación de varios millones de españoles.

Las previsiones del FMI para la España azotada como todo el mundo por la pandemia del coronavirus, son particularmente negativas. Es cierto que el Fondo Monetario Internacional tiene a gala equivocarse en sus pronósticos, pero los análisis nos sitúan ante una trágica realidad: España tiene en el turismo y en los servicios su principal fuente económica. Y justo es lo que más queda dañado con un virus tan contagioso. Mil, doscientas mil veces, se ha dicho que no se podía cifrar todo en el turismo. Pero a la mentalidad conservadora en los gobiernos le resultaba más cómodo. Permítanme que les recuerde, como anécdota, que la máxima aspiración del Ayuntamiento de Madrid, hoy tan loado, era construir la Noria gigante más grande de Europa, empeño personal de la vicealcaldesa Villacís hace poco más de un mes. Por cierto, el 4 de marzo, cuatro días antes del tan refregado 8 de marzo.

La realidad nos sitúa ante un país con carencias estructurales serias. El tejido industrial de España fue escaso desde el principio, a diferencia de Alemania, por ejemplo. Y aún quedó más mermado por la reconversión industrial de los 80 y 90. Nuestra economía sigue siendo de base más vulnerable que otras. Tenemos dependencia energética, además. Añadan las privatizaciones o la corrupción. Más adelante las eufemísticamente llamadas “deslocalizaciones”: llevar el empleo a los países donde sus trabajadores cobran menos. Y eso que los sueldos españoles fueron constantemente “los más bajos de la Europa (de los 15) con Grecia y Portugal”. La inversión social en España –lo que ellos llaman gasto- también estuvo siempre por debajo de la media europea. Las prioridades de las élites españolas estaban y están muy claras.

El turismo nos dio la vida, menos mal. El turismo y los servicios acaparan las principales aportaciones al PIB español. Y la construcción, en segundo lugar, para albergarlo y hacernos sentir propietarios, aunque durante todos los años de ingresar la cuota fueran los bancos, los auténticos dueños ¿van recordando? Porque España, con el amparo de sus gobiernos, decidió apostar por la vivienda como objeto de especulación en lugar de como bien social (al contrario de otros países como los nórdicos o Alemania). Y eso se paga. En dinero, también. Nueve millones de hogares se financiaron con hipotecas desde aquel fatídico 1998 -cuando el decreto de Aznar y Rato abrió la veda de la burbuja inmobiliaria- hasta 2007 -cuando explotó-. Hay veces que los errores vitales se arrastran y punto, pero ante una pandemia que lo ataca todo, nos quedamos en el esqueleto. Y no se pueden ocultar.

 Y para colmo, la crisis de 2008, la de la tijera implacable porque nos dijeron ¿recuerdan? que habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades. Nuestras posibilidades de mantenerlos a cuerpo de rey. Van recordando, ¿verdad? Llegan los recortes. Los inició Rodríguez Zapatero en aquel furibundo ataque de la austeridad impartida por la Troika. Rajoy se dio un festín con ellos. Los implementó nada más llegar al Gobierno. De las ciencia e investigación a la dependencia. El gran tijeretazo de 10.000 millones en Sanidad y Educación, anunciado mediante una nota de prensa sin más, no vino solo. Ambos departamentos acababan de sufrir mermas en los primeros PGE. En los de 2013, fue Sanidad el que registró mayor rebaja: un 22,6 % más. Y así siguieron porque en 2017, el gobierno de Rajoy consiguió el mínimo histórico de inversión en Sanidad: un 5,8%, la primera vez que bajó del 6%. Zapatero en 2011 lo había dejado en el 6,47%. Las CCAA hicieron su propia labor, la CAM en particular. ¿Sabían que la sanidad es la tercera gran fuente de ingresos del PIB español? Contando la pública y la privada.

Todo esto ha pesado enormemente en los destrozos causados por el coronavirus. Una de las principales causas de muerte ha sido la escasez de recursos. También para, ante la saturación por la avalancha, poder atender otras dolencias graves desplazadas por la pandemia. A modo de ejemplo, Madrid se quedó con 500 camas de UCI para 6 millones de personas.

Es curioso que desde Luis de Guindos, hoy vicepresidente del Banco Central Europeo (BCE), a destacados banqueros de la Reserva Federal de los EEUU, pidan una Renta Mínima de supervivencia o “mantener a todos, hogares y empresas, enteros con el apoyo del gobierno“, y que la Renta Vital -la que llaman #paguita- que va a aprobarse aquí reciba críticas tan mezquinas. La ley del embudo es otra peculiaridad de ese sector.

No deja de ser sino un somero esquema. Además, hemos ido recuperándonos, prosperando incluso, por el impulso de mentes bastante más abiertas –hasta de los que tuvieron que irse fuera “por la crisis”-. Nunca del todo, ni mucho menos todos. El bache social se ahondó, los ricos se hicieron más ricos y los pobres, más pobres. Ahora pasaría igual de mandar la derecha. Pero los tiempos cambian y hoy muchos ciudadanos viven y quieren vivir en el siglo XXI. Entendiendo qué nos pasaba y qué queríamos. Por encima de una propaganda infernal llegada por todos los altavoces de esa derecha que lastró a la España que tanto dicen querer y defender. Por eso se eligió una mayoría de progreso en las urnas, por cinco convocatorias consecutivas, que no ha dejado de recibir ataques.

Y llega el coronavirus y nos da de lleno con todos esos huecos en la despensa, con los cimientos resentidos a causa de cuantos chupan de ellos sin pensar en el resto. ¿Cómo creen que con esos antecedentes, lo bien que les ha ido y su falta de escrúpulos, se lo van a perder? Lo peor es ese despliegue de insidias sin pensar ni en los enfermos ¿les han oído lo que piden y preguntan en el Congreso la derecha y la ultraderecha? Produce tal sonrojo que lo hace irrepetible.

En estos días terribles de lluvia y llanto, de encierro, de futuros nublados, de alegrías también nacidas de luchas y esfuerzos de quienes empiezan a levantar cabeza, debemos tomar decisiones trascendentales. No permitan que el virus de esta derecha les perturbe más de lo que ya estamos. Coloquen las soflamas en el contenedor marrón de las soflamas y piensen en cuestiones esenciales. ¿Vamos a dejar, como tanto buscan y presionan, que gestionen nuestro dolor, nuestro presente y futuro como suelen y ya es la marca de la casa? Ojalá contáramos con una derecha española homologable, pero no la tenemos. De momento, vamos a ver si levantan el pie de los cuellos, doblemente angustiados por la virulenta explosión de mentiras y odio, lanzada sobre los ciudadanos. Prueben a zafarse por cualquier método.

Lo tenemos crudo pero si hay algo diáfano y rotundo es que el camino a seguir es el radicalmente opuesto. No más remiendos. La reconstrucción ha de implicar cambios fundamentales que nos doten de raíces sólidas de progreso. No se puede volver a lo mismo.

 

*Publicado en Eldiarioes

Tras el coronavirus ¿fascismo o Estado social?

Prestemos atención primero a unos datos. Casi dos millones de contagiados y 121.000 muertos. Apenas tres meses después de que la OMS comunicara la existencia de una “neumonía de causas desconocidas” en la ciudad china de Wuhan, los balances se van precisando. Hace un mes, tan solo, el 10 de marzo, todavía eran 114.000 los casos y 4.000 los fallecidos en todo el mundo. Desde entonces el coronavirus despegó en crecimiento exponencial y arrastró pilares esenciales de la convivencia.

Cierre de fronteras, confinamiento, paralización de la actividad, sin futuro concreto de un tratamiento curativo no hacía falta ser un experto para saber que el mundo se disponía a entrar en una recesión económica sin precedentes. Temporal, en principio. El FMI le ha puesto cifras y nombre –sin ellos no podemos vivir-: El Gran Cierre. España es uno de los países más afectados con una caída del 8% del PIB, que se reduciría a la mitad en 2021, y una subida del paro hasta el 20,8%, según las estimaciones. Recordemos que con la crisis de 2008 –ésta se quedó únicamente en fecha- subimos al 27%. Ahora toca atender a lo que se cuece bajo todos estos datos tremendos. Y estar alerta, como nunca lo estuvimos antes, por cuanto se juega en este envite.

La batalla se libra cada día, palabra a palabra, plano a plano, bulo a bulo, razón a razón. Sobre la incertidumbre, la angustia, el dolor, la muerte e incluso la esperanza. No es una cuestión de ideología académica, son concepciones de la vida diferentes, opuestas, que se palpan en el transcurrir de la humanidad. Hoy, con la pandemia del coronavirus, se han agudizado. Lo cierto es que, conmocionados por un brutal choque, volvemos –porque no es la primera vez- a estar extremadamente vulnerables para ser usados. Aunque, también mucho más conscientes de lo que ocurre, por qué, y qué es lo que realmente importa.

Estamos sobrecogidos por un mazazo imprevisto. De nuevo expuestos a “la doctrina del shock”. La que se practicó de la mano de Milton Friedman, el padre de la escuela neoliberal de Chicago, quien argumentaba que “solo una crisis –real o así percibida- puede producir un auténtico cambio”. La investigadora canadiense Naomi Klein lo explicó en su memorable libro del mismo título que, publicado en 2007, anticiparía lo que estaba próximo a suceder en el gran crack económico de 2008. Esas crisis de las que hablaba Friedman producirían los efectos deseados si se orientaban en la forma debida para aprovecharse de la fragilidad social ante una catástrofe. Y lo había corroborado.

Vivimos uno de los momentos más críticos de la historia, con una mezcla de factores que exige tomar decisiones. Porque cada paso que demos hoy irá en una dirección u otra, marcando un camino que tardará en revertirse y condicionará nuestra vida. “Nos enfrentamos a elegir entre vigilancia totalitaria y empoderamiento ciudadano“, escribía hace unos días también Yuval Harari (el acreditado autor de Sapiens). Porque los nuevos fascismos tiene diferentes versiones y matices.

España vive ese fascismo tosco y corrupto tradicional. Aunque utilizando todas las redes de la propaganda actual y un cuantioso presupuesto. Recordemos el millón de euros que la fundación de Abascal ingresó en 10 años en una cuenta opaca, o la financiación iraní admitida por ellos al ser publicada. Vox ha fagocitado a un PP sumido en la deriva por Pablo Casado y Cayetana Álvarez de Toledo. Con aspiraciones de poder a cualquier precio, esta derecha extrema practica una oposición delirante cargada de bulos y agresiones. Tiene su público. Uno, capaz de engullir este paquete y hasta las barbaridades de algunos de sus miembros como decir que el Gobierno de Pedro Sánchez ha practicado la “eutanasia” en las residencias de ancianos. Ese pozo negro de gestión a cargo o supervisión precisamente de ellos, de la tripe derecha en gobiernos como la Comunidad de Madrid, con el aterrador balance de miles de ancianos muertos. No se puede ser más perverso. Hasta llegar a preguntarnos, como hacía el escritor Suso de Toro, de dónde procede esta gente, los líderes y –añado- sus seguidores para llegar a estos extremos denigrantes. El problema es que la crisis sanitaria y económica existe y con estos especímenes poniendo zancadillas va a ser doblemente duro. Y no hay derecho.

El coronavirus ha “sorprendido” en el poder a una serie de dirigentes de corte similar a nuestros ultras. Bolsonaro anda enloquecido por las calles de Brasil abrazando a sus seguidores y todos ellos sin medida de protección alguna, mientras militares están empezando a tomar el control en su lugar. La presidenta golpista de Bolivia deja la curación en manos de Dios. En Chile, el presidente Piñera declara –pueden oírlo– que ha incluido en la lista de pacientes “recuperados” a los fallecidos porque “ya no contagian”. El colmo está más arriba, en Estados Unidos, donde Donald Trump anda absolutamente noqueado.

Se había acabado previamente la cooperación internacional. La crisis del coronavirus ha demostrado muchas cosas, entre ellas el fracaso de los nacionalismos proteccionistas del tipo que impulsaba Estados Unidos como primera potencia. Y verán en este amplio y excelente artículo de eldiario.es lo que ahora se dilucida: “quién se hará con el liderazgo del mundo posterior al virus, China o Estados Unidos”. Patrick Wintour, editor diplomático de The Guardian, concluye que la batalla la está ganando Oriente: “estados asiáticos como Japón, Corea, China, Hong Kong, Taiwán o Singapur, de mentalidad autoritaria derivada de su tradición cultural basada en el confucionismo. Sus habitantes son menos dados a la rebelión y más obedientes que en Europa”.

La tendencia autoritaria ya se advierte en las medidas de control social impuestas en muchos otros países, en principio por la enfermedad. En todo el mundo, pocos se salvan.Google y Apple ya tienen organizado un seguimiento telemático… del coronavirus. Perdiendo privacidad. La doctrina del shock, presunta seguridad a cambio de libertades. Son compañías norteamericanas. Probablemente, sin Trump que es ya un estorbo para todo, no se haría China con esa hegemonía y tienen mucho poder. A estos niveles se está moviendo el mundo. Lo seguro es que Europa pierde como tal, incrementa la deriva a la que la ha llevado una UE inoperante que sigue sin admitir lo que el club formado le exige en momentos como éste.

Por países va siendo distinto. Portugal está dando una lección impagable de cooperación y democracia entre sus fuerzas políticas. Y lo cierto es que hasta Macron en Francia o Merkel en Alemania ponen ya en valor el papel del Estado desde ideologías conservadoras. El Gobierno español lo intenta, con esa fuerte oposición que conocemos, que parece influir en alguna medida menos decidida que otras países. Una renta básica o similar ya se ha implantado fuera, hasta con gobiernos de la derecha, mientras aquí la que proponía Unidas Podemos no ha salido adelante en el Consejo de Ministros. De cualquier modo, los decretos del Gobierno han sido en ayuda de los más perjudicados. El de Conte en Italia también lo ha hecho. Y ha desactivado, según leo, al fascista Salvini, lo que no se consigue aquí. Quizás por el apoyo mediático que tiene la ultraderecha –toda la derecha- o las peculiaridades de un sector de la sociedad española.

Confinados en casa, acechados por temores de supervivencia en la salud y en la pobreza, vamos viendo cuán necesario era contar con un Sistema de Sanidad Publica fuerte que el neoliberalismo hegemónico desde 1989 desmanteló. Resulta que nuestra salud era un negocio. Se ha constatado ahora, en algunos países en sus propias carnes, que curar enfermedades “caras” no está al alcance de los salarios de cualquiera. También se tocó la educación –y con más hondo alcance ideológico- y otros servicios públicos. Las carencias en los sistemas sanitarios han sido decisivas en el abordaje de la pandemia. Lo vistan como lo vistan, es la realidad.

De repente, millones de personas han caído en la cuenta de que los profesionales más necesarios son los especialistas en todas las ramas de la medicina, en cuidados y protección, en servicios elementales. Algunas de las profesiones menos valoradas y peor pagadas han pasado a ser imprescindibles. De repente, los héroes son los sanitarios, productores de alimentos, transportistas, empleados de supermercado y toda la lista que se ha hecho visible en su esfuerzo, y no los famosos varios, ni todos los especializados en predecir el pasado. Desde luego, no los bufones de medio pelo al servicio del más de lo mismo, que sobresalen en el periodismo que ha hecho de todo un espectáculo.

Puede ocurrir, sin duda, un regreso al timo de 2008. Es la situación más similar por el destrozo económico. Superado el primer susto por el desastre económico al que la crisis del capitalismo había llevado al mundo, los líderes mundiales formaron el G20 ampliando el G8 para buscar soluciones. “Vamos a refundar el capitalismo”, dijo Sarkozy desde Francia. “Ha llegado el principio del fin de los paraísos fiscales”, anunció Zapatero con su sempiterna buena voluntad. Luego lo pensaron mejor, particularmente Merkel y Sarkozy, y decidieron que mejor se las compusiera cada uno como pudiera y que era hora de usar la tijera con los ciudadanos para que fuéramos nosotros, los ciudadanos, quiénes pagáramos sus facturas.

Volver a lo mismo no sería exactamente al punto de hace dos meses siquiera, sería con mayores controles y más perdida de libertad. Es otra de las fases de la Doctrina del shock. Mucha gente lo acepta sin saber que tampoco gana seguridad. Recuerden el 11S, hubo un espectacular aumento del militarismo y de leyes represivas. Y, fíjense, casualmente y por el contrario, fue el auténtico despegue del terrorismo.

Pocas veces ha estado más claro en nuestras vidas el camino a tomar, el signo del camino a tomar, al menos. Debemos ocuparnos de lo que constituye nuestra vida. El capitalismo feroz es un fracaso, constatado hasta por el escaso equipamiento del que disponía para afrontar algo como un virus. Con las transacciones financieras no se combate la enfermedad. Ni se vive sin respirar aire limpio. Ni con las incertidumbres que estamos padeciendo. Es una sociedad para los ciudadanos lo que se precisa, donde pagar impuestos –recabados y distribuidos con justicia- sirva para cubrir las necesidades esenciales. Y no para subvencionar parásitos que terminan yendo en contra de ese bien común. Ni para dejar el Estado limitado a las fuerzas de seguridad como preconiza la ultraderecha, con el fin de que a su mando controlen las protestas.

Nos queda un largo camino por recorrer y es una carrera de fondo. Que sea hacia un futuro mejor, que el dolor padecido nos sirva para llevarnos a la luz depende en buena medida de nuestras decisiones de hoy. Es posible pero hay muchos dedicados a impedirlo en provecho de su propio negocio. Y una cantidad relativa, pero muy ruidosa y agresiva de mastuerzos, dispuestos a seguirles hasta el abismo. Es labor nuestra no permitírselo. No hay equidistancia posible para la escoria que puede desbaratar el futuro. Hay que reconstruir lo derruido y levantarlo sólido y firme.

 

*Publicado en Eldiarioes

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