De fuera vinieron… por Paco Altemir

Primero fue Carlos I, mal hijo y peor gobernante, que al derrotar a los
Comuneros y a las Germanías, impidió el establecimiento de una Monarquía
Parlamentaria con los poderes del monarca limitados por las Cortes
Generales.
Después fue Felipe V, nieto del Rey Sol (L´État cest moi), centralista
político y geográfico. Después de la guerra de Sucesión, que le llevó al
trono, castigó a los perdedores anulando sus fueros centenarios como castigo
y premiando a sus seguidores, vascos y navarros, respetando los suyos.
Este comportamiento primitivo de premio y castigo ha dado origen a los
problemas políticos actuales causando desigualdades territoriales contrarias
a los Derechos Humanos y a la Constitución Española.

Al convertir, caprichosamente y sin ninguna razón argumental, Madrid en el
centro de todas las comunicaciones de la península, ha contribuido a
desarticular el territorio ignorando la sabiduría romana que lo articulaba
racionalmente mediante la red de calzadas como se puede ver en los mapas
adjuntos. Desarticulación que contribuye sobremanera a la despoblación de la
España interior.
Si a todo esto se une la construcción de autovías que han evitado cruzar
poblaciones, antaño conocidas y con un cierto futuro, con lo que han
ocasionado su muerte lenta pero segura al quedar aisladas.
La construcción de ferrocarriles de Gran Velocidad ha contribuido aún más a
la desertificación de la España rural. Con independencia de ser un medio de
transporte elitista, reservado a los ricos, pero cuyas pérdidas pagamos
todos, ricos y pobres, ha ignorado a poblaciones intermedias (en aras de la
velocidad y de la prisa que impiden razonar), obligando a sus pobladores a
recurrir de nuevo al automóvil- Seamos europeos y se
Todo ello en perjuicio del transporte de mercancías y de un sistema que
hubiese obedecido a la sacrosantas leyes de la oferta y la demanda desoídas
en este caso para beneficio de unos pocos.
Que las obras se proyecten teniendo en cuenta el Bien Común, que se aprenda
de los errores cometidos para no volver a tropezar en la misma piedra o con
intereses espurios.
Que la Racionalidad se imponga al Capricho (sr Revilla no llore tanto por
todas las esquinas, mire lo que pasa con el AVE a
Asturias y al País Vasco)

Observarán que no hay una calzada romana que bordee la costa del mar
Cantábrico. Estrabón se quejaba de la tozudez de los habitantes que
rechazaban cualquier intento de acercamiento. También fue la causa de que el
primer Camino de Santiago, que seguía la costa, fuese abandonado, al ser
asaltados los peregrinos continuamente por otro más al interior más seguro
Que estas pinceladas de brocha gorda sobre nuestra desgraciada historia os
sirva de acicate  para profundizar en ella.

Francisco Altemir Ruiz-Ocaña
Dr. Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos.

He cedido este espacio del blog a mi querido y admirado amigo Paco Altemir, alma en la creación de ATTAC, incombustible demócrata, incansable persona. (Y uno de los más fieles seguidores del Pericoscopio).
Ahora capturo el mensaje que venía en su email, cuando llevo años recibiéndolos. Algo les ha sonado mal por ahí a quienes controlan esto de los emails, al parecer.
¿Qué habrá sido?
Ved cuál es, también, la respuesta sugerida.
mensaje.peligroso.gmail

4 comentarios

  1. Un fuerte aplauso para el señor Altemir y gracias a usted por ceder espacio a tan racional alegato).

  2. Perdón por mi osadía pero en la Cornisa Cantábrica sí había calzadas romanas y están documentadas; aún se conservan restos de ellas. Respecto al cambio en el Camino de Santiago, que era una vía romana, no se cuando se abandonó pero teniendo en cuenta los cientos de monasterios y hospitales de peregrinos creados a su vera, el uso tuvo que ser largo e intenso. Coincido, eso sí, en el resto del análisis en cuanto a los efectos de autovías y aves o a la centralidad vórtice.

  3. Paco

     /  15 enero 2019

    Tiene razón EREBA, en la Costa cantábrica sí existían calzadas romanas, lo que quería decir y, por lo visto, no me expresado bien, es que no había una calzada paralela a la costa y no fue, solamente, el hostigamiento ni los ataques a los peregrinos, ni la inseguridad lo que determinó tal abandono: fue ni más ni menor la menor dificultad que ofrecía el camino por la meseta en comparación con el que discurría paralelo a la costa. Los peregrinos, para discurrir por este, debían pasar los numerosos ríos que avenan la cordillera cantábrica, para lo que no tenían más remedio que remontarlos, a veces varios kilómetros aguas arriba, al carecer de puentes en su tramo final. En cambio, en la meseta, los ríos, afluentes del Duero por su margen derecha, podían vadearse fácilmente, “a bragas enjutas”.

    Esa es la razón, también, por la que los ferrocarriles españoles tienen un ancho de vía superior a los europeos. Durante muchos años se adujo que un “general” lo impuso para no ser invadidos por los franceses. Había que pasar de la dulce planicie francesa a la agreste geografía española. Los movimientos de tierra se hacían con pico, pala y tracción animal, sobre todo burros, y pensaron que con un ancho mayor los vagones serían más estables y cogerían mejor las curvas. En esto de los FFCC nos enseñaron los ingleses. Queda todavía un tramo con trazado decimonónico, el que va de Reinosa a Torrelavega, pasando en números redondos de 1000 metros de altitud al nivel del mar. Circula lentamente por la vía única con lo que puede uno deleitarse con los verdes valles o con los gigantescos viaductos de la flamante autovía. Es retroceder en el tiempo. El acceso desde la costa a la Meseta ha sido siempre trabajo de titanes

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