La peor enfermedad

desamor

Pálida, con los ojos enrojecidos de llorar. No duerme, ni come. Y siente un agudísimo dolor general que no sabe determinar. Sólo con mirarla se estremece y se le llenan los ojos de lágrimas. Tiene poco más de treinta años y acaba de romper la relación con su novio. Una pesada hipoteca le ha hecho pensar al muchacho que quién le mandaba a él asumir tantas responsabilidades. Mi amiga piensa ahora cómo afrontará sola los pagos, ya pesados incluso para dos. Pero sobre todo que ha tirado a la basura cinco años y que se diluye la idea de formar una familia. “Nunca más”, dice. Pero volverá a caer.

Esta eternamente repetida historia me inspira hoy ternura y una enorme solidaridad. Le digo que se lo tome como una enfermedad, porque lo es, y que apenas tiene paliativos. Dice ella que jamás le ha dolido nada tanto. Y así es. Pero se pasa: con el tiempo. Arañando, cercenando, con cada hachazo un corazón que termina siendo insensible a los cantos de sirena del amor. Sólo ésos –que no es poco- son los efectos secundarios de una dolencia que no mata, pero lo parece.

52 sustancias se liberan en el cuerpo, como mínimo, en el trasiego entre el amor y el desamor. Es algo real y tangible. Parece que el chocolate calma alguna de ellas, pero no gran cosa. No han descubierto medicinas eficaces. José Antonio Rodríguez me contó que en un pueblo africano muy primitivo, la gente iba pidiéndole al hechicero “algo para el dolor del alma”. Quizás el sabio africano supiera de mayores remedios que los que ofrece el mundo civilizado.

En mi primer libro, descatalogado, “Diario de una mujer alta”, escribí mucho sobre el tema.

“Me quiebro cada día un poco más sedienta de ti. Vivo. Vivo, sí. Y otros hombres me buscan, posiblemente mejores que tú. Pero yo llevo el luto en las venas y me rompo por una luna llena que sale a traición, por una música que me asalta en una esquina imprevista y huyo mordiéndome los labios hasta refugiarme en casa. “Nuestra casa”, decías, aunque siempre estuviste de paso. Te vi latir en mi mundo, es imposible que no fuera cierto. Pero “il luomo e Mobile” y cambia o alterna los mundos femeninos sin problema de conciencia alguno. Sin ti mi reino no tiene cabeza e impera la anarquía. No hay comida, ni horas para comer, no hay sueño, ni sueños, ni rigor, ni orden, y se debilitan las esperanzas.

Pero ¡tú no construiste nada!, lo hice yo antes de conocerte. Te di un regalo que no merecías. Dimito de mí misma por un viajero sin maleta que atravesó mi vida, que llegó y se fue cuando quiso. Es absurdo. Son las horas bajas nada más. Las 52 sustancias huérfanas de dosis que se rebelan y atacan mi cuerpo. Nadie que se va merece una lágrima. Quien huye no es digno de una estatua. El desierto nunca se volvería vergel con ráfagas aisladas de lluvia artificial. Y sólo eso eras”. (…) “Sigue la rueda. Y hay que pararla. ¡Hay que pararla! Nunca volveré a decirte que te quiero. Y alguna vez será verdad. Plena y rotunda, de todas las horas, no te querré”.

¿Cómo se puede escribir esto y, pasado un tiempo, no sentir absolutamente nada por quien lo provocó?

Lo resumí en el epílogo:

“Tengo la impresión de que el diario de una mujer -alta o baja, esforzada luchadora o mueble receptor, diría que hasta de cualquier país o cultura- siempre tiene nombre de varón. Ocurre aún cuando ni siquiera se plasme en palabras escritas. Atávicos recuerdos de las cavernas cuando nuestro único y caro óvulo fecundo precisaba de la millonaria riqueza en espermatozoides del hombre para procrear. Algunas mujeres arrastran los flecos del título grabado en su diario de por vida. No es mi caso por fortuna”.(…) “Ninguna tormenta descarga sin haberse formado antes los nubarrones de lluvia. Aunque la ensoñación suba por encima de ellos la cabeza, si uno es alto -y no un loco sin raíces racionales-, ha de mirar forzosamente hacia abajo de vez en cuando, y también los percibe. Yo veía cómo se arremolinaban las tensiones, pero no hice caso. Quizás pensé que mirando hacia otro lado se disolverían. ¡Qué tontería!”.

 ¿Merece la pena tanto dolor? Creo que no. Al final, una termina por tomar un té con pastas –ya os lo conté- sin edulcorante específicamente masculino –o cualesquiera que sean las preferencias sexuales-. Amando a la vida y a los seres humanos, luchando por valores más sólidos. Pero a mi amiga le queda un largo camino por recorrer. Y lo lamento por ella, aunque también se crece en el empeño.

Con todo cariño a I. y a quien se encuentre en su situación.

Y perdón por este post o entrada a quienes piensen que la vida no se compone también de estas cosas.

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2 comentarios

  1. que bueno
    que esta ese ojo
    parese el ojo del chico que me gusta
    muy bueno
    sigan asi
    ANTO

  2. Es lo peor q le puede pasar a una persona lo digo x esperiencia propia.

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