¿Dónde está la bajada de los precios?

 

 

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El Índice de Precios de Consumo (IPC) registró en marzo el primer signo negativo de su historia al caer un 0,1% en tasa interanual en marzo. Esto es lo que nos cuentan las noticias. Según su signo político ven peligro de la “temida” deflación o no, y todos tan contentos.

Bien, yo utilizo de baremo el precio de las camisetas año a año. Un elemento tan arbitrario podría ser como la cirugía estética que entra en el cómputo del IPC. Camisetas sin marca pero con algún tipo de mejora, no la simple de algodón lisa. Hace 2 años la mayoría venía a 18 euros, en 2008 a 24, y este año oscilan entre 36 y 39. Un alto porcentaje de elevación. Un diminuto jersey de bebé recién nacido -que las abuelas tricotaban en media hora- cuesta en torno a los 30 ó 35 euros.

Los expertos nos cuentan muy serios que, hace un año, el precio del barril de petróleo Brent se pagaba a 102,9 dólares, y ahora a 47 dólares -es menos de la mitad-. “Por ello, en los últimos doce meses los carburantes y combustibles acumulan una bajada del 18,4% y los productos energéticos del 11,6%.”, nos aclaran. ¿Quién se come el resto, la diferencia entre 55,9 y 18,4? Ah, los impuestos que pagan otras cosas. De cualquier forma, las petroleras subieron un 4% el combustible en Semana Santa, sin que lo hiciera el Brent.

Tampoco noto apenas la bajada de los precios en la compra diaria. Ha aumentado la producción de “marcas blancas” en los supermercados que sí son algo más baratas, pero el resto está parecido. El pescado prohibitivo, la triste e insípida pechuga de pollo a 6 ó 7 euros el kilo, los filetes de tapa de añojo -que tampoco son para relamerse- 10/12 euros el kilo, vamos a ver el solomillo -que sí- a 40 euros. El tomate decente a 3 euros. Ya vimos los precios de una ciudad media de Suecia, Lund, donde cobran el doble que nosotros. El gas baja -la descomunal cifra de 3 ó 4 euros al mes nos dicen-, la electricidad no se sabe, pero las facturas que yo pago son escandalosas y teniendo cuidado. Imagino que es general el problema. Y compré gafas hace 4 años por 300 euros y ahora me piden, en la misma tienda, 500.

Lo cierto es que cuando entró el euro todo costaba aproximadamente la mitad que ahora, y a ninguno -salvo a los grandes ejecutivos- nos han duplicado el sueldo.

Ningún experto a los que he preguntado -con auténtica insistencia- en mi vida profesional, ha sabido explicarme porqué todo tiene que subir cada año, porqué no se puede mantener al menos. Si es la ley de la oferta o la demanda o esos mecanismos que ellos conocen tan bien y que mantienen el sistema y les hace temer la deflación. Pero ésa es la clave.

No nos fiemos, sin embargo, de las impresiones o de nuestra mala cabeza al encontrar sólo tiendas donde no se han enterado que el IPC baja. Los precios de la zona euro comenzaron a contabilizarse en 1996. El registro del año pasado reveló que en 12 años, hemos visto incrementada la cesta de la compra en torno el 30% ¿Han subido lo mismo los sueldos? Evidentemente, no. Según la OCDE el salario real medio español ha bajado un 4% en los últimos diez años -a pesar de que se vivían tiempos de crecimiento económico- y somos el único país -de cuantos estudia este organismo- en el que se ha producido un descenso del poder adquisitivo.

Aquí están los datos del IPC, que considera reales la página que los publica. Yo no encuentro esas bajadas en el mercado. ¿Alguién podría orientarme sobre dónde están esos precios en descenso?

Krugman y la solución a la crisis económica de España.

Doctores tienen las ciencias. Paul Krugman, premio Nobel de Economía 2008, ha estado en España, en Sevilla, para intervenir en un foro sobre la crisis junto a Felipe González y José María Aznar. Y ha hecho un diagnóstico revolucionario: España necesita una deflación del 15%. Es decir, que bajen los precios de forma generalizada. La mayoría de los expertos, los agentes económicos (empresarios y asimilados) y hasta los políticos, tiemblan cuando se menta la palabra “deflación”. El término se asocia a crisis y entienden que reducir los precios es una auténtica debacle para el sistema. La temen más que a la inflación, la subida de precios.

 Aseguran que la deflación puede desencadenar un círculo vicioso: los comerciantes se ven obligados a vender sus productos más baratos porque se retrae la demanda. Apenas llegan a cubrir sus costes fijos. Con precios bajando de forma generalizada, la demanda disminuye aún más, porque los consumidores entienden que no merece la pena comprar si mañana todo será todavía más barato. En la inflación, sin embargo, ocurre todo lo contrario: los consumidores prefieren comprar cuanto antes los bienes de larga duración, para anticiparse a subidas de precios. Las consecuencias son, nos dicen, terribles: la deflación se convierte en causa y efecto de la falta de circulación del dinero en la economía, porque todos prefieren retenerlo. Al final, la economía se derrumba, dado que la industria no encuentra salida a sus productos y sólo consigue pérdidas.

Pues bien, Krugman dice que eso es lo que necesita España. La primera parte: que bajen los precios, para adecuarse a nuestros miserables salarios, digo yo, porque para las soluciones de siempre -bajar los salarios también-, no necesitamos a un Premio Nobel. Aún así nos augura una durísima travesía de 5 ó 7 años -así lo ha dicho-. . “Será un camino doloroso o extremadamente doloroso para España”, aseguró en ese foro el economista norteamericano, ya que, en España,  los precios y los salarios “son insostenibles y no están alineados con su situación económica”.

Lo que no entiendo es que si hasta desde posiciones “de letras”, todos lo hemos visto, los grandes poderes sociales nos cuenten otra historia, los empresarios ofrezcan un 1% de revisión salarial, pidan abaratar el despido, flexibilizar el empleo  y todo lo que ya conocemos, y los políticos no tomen las medidas pertinentes. Los precios en España estaban inflados, sobredimensionados. De todo. Desde los pisos a los tomates. España fue el país de la UE donde más subieron los precios con la entrada del euro -el milagro económico de Aznar, que nadie enmendó después- y donde al mismo tiempo se perdió poder adquisitivo en los salarios. Era un caso excepcional, anómalo. Durante muchos años, un gran número de personas se han enriquecido a costa de los ciudadanos. Las consecuencias las pagamos todos. Se la jugaron, nos la jugaron y ahora aún osan pedirnos que sigamos sosteniendo su sistema.  ¿No buscan un recambio para Solbes? Paul Krugman es la solución. Al menos, que le escuchen. Aunque tendrá que ser de una forma selectiva: son precios y salarios entre sí los que chirrían en España. Y son los beneficios empresariales lo que hay que reduc ir, no los sueldos.

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