
Desnudarse de la propia piel no parecía una posibilidad hasta que he visto este cuadro de Verónica Rubio. Me ha parecido una pintora fascinante, inquietante. No ceso de darle vueltas.
Cuando hasta la piel escuece, cuando sobra cualquier peso por mínimo que sea, surge una cremallera liberadora. Pero tras ella asoma un hondo vacío. ¿O no tanto? Es una forma de verlo.
O cuando arde, o cuando sobran ataduras y se precisa menos peso para volar hacia cualquier destino.
O que todo es accesorio, hasta la piel.
O que hay pieles de quita y pon para cubrir el cuerpo.
- En el resto de la obra, Verónica Rubio da más pistas…
Un hombre roto y cosido…

Una mujer resquebrajada, enlazada…

Pero, bien, las heridas desaparecen, son… epidérmicas.

Medio vestido, medio desnudo, siempre la doble opción. Hundirse en la no materia o despojarse de ataduras para recubrir al gusto el negro. Y volar si a uno le place. Un mar de dudas. Pero es magnífico encontrar sugerencias artísticas que despiertan sentidos y emociones.





