“Pues es de Zara”

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Cuando a un español -a una española sobre todo- le comentan: qué traje tan precioso llevas, responde inmediatamente “pues es de Zara” o “tiene 10 años”. “¡Qué bien te veo esta mañana!” suele obtener esta contestación: “¿sííí? no creas, no he dormido nada”. “¡Vaya vajilla -mesa, reloj, calcetines, lo que sea-  tan estupenda!”… “la compré de oferta”. Los extranjeros se ríen mucho con esta falsa modestia española. Ellos, ante los halagos, dicen simplemente: Gracias.

Es uno de los apuntes de mi libro que más divierte. Porque todos lo hemos experimentado… y practicado. Seguramente hay una razón fundamental: no queremos despertar envidia. Por supuesto que nos gusta que nos alaben, luchamos incluso por ello, pero disimulando.

Es muy difícil, aquí, ser profeta en la propia tierra. Cierto que Fernando Alonso arrastra multitudes en sus carreras de Fórmula 1, pero a la vez se le detesta. Nadal y Gasol, se libran, son “chicos sencillos”, apenas despiertan envidia. Ninguno de nuestros cargos internacionales desde el meritorio Mayor Zaragoza en la UNESCO, a Javier Solana -que ha ostentado múltiples puestos de responsabilidad en Europa-, incluso Rodrigo Rato en su efímero paso por el Fondo Monetario Internacional, han merecido el aprecio que hubieran tenido de nosotros de haber nacido en Alemania o Inglaterra por poner un caso.

Uno de los casos más flagrantes es el de Ferrán Adriá y otros grandes restauradores españoles. Si en algo somos realmente el número uno mundial, sin discusión fuera de aquí, es en la cocina. Pero ya hace tiempo que se ha levantado la veda: hay que “jubilar a Adriá” -como leí textualmente en un titular-. El gran creador ha de pasar a la historia a los 45 años porque ha triunfado, simplemente, y porque otros cocineros rivales le tienen envidia -amén de copiarle-. Y, muy en especial, porque rechazar lo que no entienden cala en las mentes de muchos paletos españoles. Adriá -y otros cocineros vascos y catalanes- han elevado la gastronomía a la categoría de arte y uno no desayuna todos los días con un Velázquez en el Museo del Prado. Él  busca, para, como suele decir, volver a encontrar algo tan brillante como la tortilla de patata, que un día alguien ideó. Sus hallazgos marcan tendencias, pero algunos no las captarán hasta que lleven siglos degustándolas, como les pasó en su día con el chuletón de buey o las fabes con almejas.

Baltasar Garzón es otro ejemplo diáfano. Ha osado destacar. Hasta sus admiradores más incondicionales suelen incluir al lado de los elogios: pero va de juez estrella. Sus opositores vilipendian hasta el primer biberón que tomó. Las instrucciones de sus juicios no acaban en nada y es tendencioso políticamente, dicen. Bueno, le amargó los últimos años de su vida al dictador chileno Augusto Pinochet, metió en la cárcel a los acusados del GAL -de los pocos que han purgado prisión por actuaciones irregulares-, o ha intentado restablecer la memoria histórica y enjuiciar al franquismo. No parece una línea de trabajo de una única dirección. Por cierto, denunció que el franquismo robó niños de los vencidos -igual que hizo la dictadura chilena- y un manto de silencio cubre su gravísima acusación. Ningún juzgado ha emprendido las exhumaciones de cadáveres de las cunetas donde los arrojó, tras fusilarles, el franquismo. Ahora, ha estado instruyendo un caso de corrupción, Gúrtel, vinculado al PP: la hoguera puede ser el mejor de sus destinos. Querellas, difamaciones, persecuciones. Tampoco parece contar con muchas simpatías entre sus compañeros de la judicatura, y de ello hay múltiples ejemplos. Resalto sin embargo que prácticamente nadie excluye un “pero” al hablar de Garzón.

Zapatero. Otro ejemplo. Ahora toca ponerlo “verde”. La derecha siempre lo ha hecho, con los más durísimos apelativos. La izquierda lo está practicando también, en este momento que coincide con su salida estelar a las cumbres mundiales. Que ha cometido muchos errores, sin duda, -sí, yo también critico a Zapatero- pero por un empeño personal se encuentra entre los líderes mundiales, cosa que no logró Aznar con su sometimiento a Bush. Se le ocurre a Zapatero ir al baño, como ha hecho el presidente de Canadá cuando se hacía foto del G20, y hay que convocar -aquí- nuevas elecciones. Ha acometido grandes medidas sociales. Estábamos bajo mínimos, todavía falta mucho por recorrer. Que ya le invadido el síndrome de la Moncloa parece cierto o que sólo parece confiar en personas de dudosa valía también -eso es el síndrome Hubris-, pero ¿lo haría mejor Rajoy? Dejémosle que gane las elecciones y lo demuestre. Los norteamericos apoyaron a su anterior presidente casi hasta el rídiculo, hasta última hora. La crítica es imprescindible, pero debería ser constructiva y repartida por igual, intentando una cierta objetividad, al menos, con honestidad.

País de contrastes, los españoles nos pasamos al extremo opuesto para caer, en ocasiones, en la mitomanía. En general, hacia gente que no lo merece. Toreros, cantantes, y hasta escritores, cuentan con un séquito voluntario y voluntarioso que les acompaña allí donde van. Plazas de éxito y olvidadas, ellos siempre están ahí. La admiración va unida en multitud de ocasiones a la necrofilia, otra discutible afición patria. España se desparramó en la muerte de Rocío Jurado -que ya no molestaba-. Días enteros de programas de televisión. Inluso una periodista del corazón, Maika Vergara, tuvo un desmesurado despliegue mediático por haber fallecido de un ataque cardiaco. Este caso fue especialmente sangrante. El 3 de Diciembre de 2003 murió la escritora Dulce Chacón. La víspera había fallecido Maika, comentarista del programa “Salsa rosa”. Varias televisiones dedicaron amplios espacios, imágenes, comentarios, a la presunta periodista, y ni una sola palabra a la narradora, comprometida y multipremiada.

Y hay quien hace de su vida un empeño para lograr ser un mito. Muchos -más de lo creíble-, lo consiguen. Con abundantes méritos prestados, se fabrican una leyenda y se echan a dormir -el ojo vigilante para que el interés no decaiga, eso sí-. Apoyos de envergadura y difundir, eterna e insistentemente, el mensaje logran el resto: consolidar en fama la patraña. Hay mucho fantasma en el prestigio social de este país. Seguramente, es lo que nos merecemos.

Todo un arte, el reconocimiento por la labor realizada, hay que trabajarlo sin moverse demasiado a las claras. No arriesgarse a afrontar… la envidia nacional. Y la envidia es de seres mediocres, en eso estamos de acuerdo ¿no?

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