
La noticia ha volado como la pólvora: existe una crema milagrosa para el cuidado del rostro y se vende en las farmacias. El soplo me ha llegado vía dos amigas concienciadas y serias que tampoco pueden sustraerse al dictado de mostrar la mejor apariencia posible.
Cuando entro en la botica a comprarla, mi amigo Paco me dice con tono recriminatorio: «¿Tú quoque, Rosa?» Y yo trato de justificarme para tratar de dejar en alto mi prestigio. Creo que no lo consigo 😦
Así conozco la historia de la crema que, como veis, se vende –todavía- en un tubo cutre. La tienen desde hace varios años -años- y apenas era solicitada, pero héteme aquí que en alguno de esos edificantes programas que sirven en las teles contaron los resultados de una exhaustiva investigación en la basura de Isabel Preysler: ¡allí estaba el truco! envases vacíos de XHEKPON. Desde entonces la demanda se ha disparado. A niveles de no creer.
Ahora bien, costaba 2 euros, ahora 5,50, y la serie de productos complementarios como crema de contorno de ojos o para el cuerpo han disparado su precio ya por encima de los 18/20 euros.
Evidentemente el secreto de la tersura en la piel de nuestra avispada famosa no radica, fundamentalmente, en ungüento alguno, sino en la cirugía a la que tantas mujeres se han hecho adeptas, pero aún sigo impactada por el resultado de esa calculada publicidad, por el hecho –si es cierto- de que exista quien se moleste en hurgar en los desechos arrojados en los contenedores para espiar vidas, y por cuáles son los modelos estéticos. Hasta por las servidumbres a las que nos sometemos. El aspecto físico es parte sustancial de nuestra personalidad y nunca he desdeñado cuidarlo, lo que me molesta más es el criterio de que la arruga sólo es bella en los trajes de diseño.
Como la crema aún cuesta 5,50 euros frente a los 150, 200, 300 y más que veo anunciadas en las tiendas por llevar una marca y un envase más bonito, no tengo inconveniente en mostrarlo. Ésta –me explica Paco- contiene colágeno, centella asiática y aloe vera. Lo que la mayoría. O sea que con el resto les timan. No a mí, yo no las compro.
Milagros en este asunto, ni uno. Si los cosméticos funcionasen aportando las maravillas con las que se anuncian, no precisarían los establecimientos dedicados a su comercialización ampliarse por semanas ocupando plantas enteras. No sería necesario volver a por más.
Al salir les digo –a Paco, a María Jesús y Ana-… «volveré cuando termine el tubo, pero con el DNI por si no me conocéis«.





