La gesta de Benavente por la sanidad pública

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La masiva manifestación de Benavente. Foto: Antonio Luis Martín

Fue memorable. Todo Benavente en la calle en defensa de su hospital y de la sanidad pública. Salieron 15.000 personas –según cifras oficiales–, de una población de 18.315 habitantes censados en 2016. La historia es común a esa España olvidada fuera de las grandes capitales y a cómo se ve afectada por los recortes en el Servicio Público de Salud. Esa donde el médico que atendía tres pueblos, ahora atiende cuatro, no le cubren las suplencias y el enfermo siempre ha de desplazarse cuando sufre una dolencia de cierta entidad. El hospital representa una solución cuando está bien dotado. Pero son muchos los núcleos urbanos que temen su mutilación por los recortes.

Benavente es el segundo municipio en población de la provincia de Zamora, tras la capital. Y el eje de la comarca de los Valles con una cincuentena de pueblos de escasa población en su mayoría. El Hospital comarcal de Benavente se quedó pequeño. Años de quejas que culminan con una remodelación para ampliar el existente. Una vez arreglado, tras invertir 12 millones de euros en obras y equipamiento, la Junta decide paradójicamente cerrar la primera planta. Hay que ahorrar. Y pensar, por tanto, en la carretera.

El detonante se produce cuando los familiares se plantan dado que ya comienzan a trasladar a los pacientes hospitalizados a Zamora, distante 65 kilómetros. Medios digitales locales, muy activos, van dando cuenta de la peripecia y comienzan concentraciones diarias, cada vez más numerosas, que culminan el domingo con una manifestación de las que rompen moldes. Está el alcalde, del PSOE, una treintena más de distintos partidos, incluido el PP… y casi todos los vecinos: 15.000. Ya no es solo la planta a cerrar lo que reivindican sino una atención sanitaria integral y con más especialistas para cubrir las necesidades reales. Los sufridos castellanos el día que salen, salen. El día que exigen, lo hacen a fondo.

Ahí tienen ustedes en cambio a los votantes de Trump –que prometió en campaña acabar con el Obamacare, su Ley de Atención Sanitaria– lamentándose de la suerte que les toca (y se buscaron). De los 24 millones de estadounidenses que van a quedarse sin seguro médico, habrá un gran número de votantes del multimillonario republicano. Algunos están muy preocupados y no les falta razón, otros no. La sección internacional de eldiario.es daba cuenta de varios casos, como el de una mujer de Indiana que precisa no menos de 4.000 dólares mensuales en tratamientos y sigue pensando que a ella no le tocará la supresión, aunque quiere que sí quiten a otros la prestación.

Mucho más cerca, en el Parlament de Catalunya, un compareciente se mostraba la semana pasada en comisión a favor de la universalización de la sanidad siempre que no tocara a sus necesidades de trasplantes. La universalización hacía esa salvedad. Con él. La batalla contra la sanidad pública ha sido pareja a la que se practica también contra la educación. Y a favor del egoísmo liberal, dicen, como forma de vida.

Se recogen los frutos de lo que se sembró y se desoyó. El Sistema Nacional de Salud británico, NHS, está ya desahuciado, tras los recortes vitales que se le han practicado. A diario nos hablan de sus deficiencias y de la desesperación de los profesionales, sin medios para atender enfermedades. Graves también, cáncer incluido. Aquel sobrecogedor relato de Owen Jones hace dos años y medio no ha hecho sino empeorar. Con elecciones de por medio, que volvieron a elegir a los Tories, implacables con la tijera.

Y siempre detrás: la privatización. Pagar –repagar en nuestro caso– por recibir atención médica. Las noticias sobre seguros privados crecen. “ Por temor a las listas de espera”… Porque, nos dicen, “Despegan por la crisis”. Y se hacen grandes fortunas. Millones se mueven. Aquel servicio público creado en 1986, bajo el mandato del PSOE de Felipe González, tardó apenas cinco años en comenzar a privatizarse, también con él. El Informe abril de 1991 recomendaba cuanto ha sucedido después.   Y todavía antes en la Catalunya de CiU. Hoy es un festín.

Lo de España es un dolor. Hundidas bajo las noticias que impactan –como la Misa en TVE, la última bocanada de las cloacas del Estado del tertuliano polémico, Cataluña, o los avatares políticos de los buenos y los malos, según las biblias mediáticas– surgen de continuo noticias de puro escándalo, referidas a los destrozos en la Sanidad Pública.

Madrid viene sufriendo falta de vacunas para enfermedades que las requieren, como el tétanos. Y sobre todo de las infantiles que marca el protocolo, como la que previene la tosferina. El consejero de Sanidad de Cifuentes llegó a cesar a una responsable de enfermería por denunciar en Twitter el desabastecimiento.

La apuesta de la presidenta de la comunidad es clara a favor de los centros privados, a los que nutre con nuestros impuestos. Les aumenta el presupuesto mientras lo rebaja o congela a los públicos. La sanidad privada sigue encontrando en Madrid un filón, mientras en los centros públicos ha habido hasta derrumbes de techos. Lo de construir hospitales de diseño y luego no dotarlos, ya lo inventó Esperanza Aguirre. Y con grandes flecos por investigar.

Lo que se ha hecho con la sanidad pública en España exigiría una seria asunción de responsabilidades. Los recortes han repercutido en numerosos servicios, urgencias, camas, ambulancias, listas de espera. Paradigmática fue la gestión deCospedal en Castilla La Mancha, pero hay muchas en una línea muy similar. La batalla es frontal y continuada. Por todos los flancos. El sistema se mantiene por la calidad y entrega de sus profesionales, pero todo esfuerzo tiene un límite.

En un reportaje que realicé para Informe Semanal de TVE –en 2005, previo a la crisis– descubrí que la sanidad pública era la primera empresa de España, con 300.000 empleos directos (entonces, se han perdido muchos), y más de dos millones indirectos. El 6% de la población trabaja en sanidad. Exige un gran presupuesto, pero genera ingentes beneficios, sociales  y económicos. El sector representa el 5% del PIB. Un bocado demasiado suculento si la prioridad no es el ciudadano.

Comerciar con la salud de las personas es el cenit supremo de la codicia. La garrapata en su estado más puro. El objetivo de este capitalismo feroz que nos invade y que planificó desde los Consensos de Washington (1989) y Bruselas (1990).  Con la víctima en situación de desventaja: nadie es más vulnerable que quien se siente enfermo y quien teme perder su vida o la de los suyos. O verlos sufrir. Al margen de los alegres votantes de Trump y de cuantos no quieren enterarse.

En Benavente, los ciudadanos han sido conscientes de lo que importa contar con una sanidad pública adecuada. De su derecho a elegir y tener cubiertas sus necesidades. Su gesta ha dado resultados. En la tarde de este martes el consejero ha anunciado que la planta no se cierra, y que se la dotará de mejoras. No es todo lo que piden los ciudadanos pero sí un gran logro. Desde Trump al PP la cuestión se entiende en términos de beneficio privado. Como se ha dicho certeramente: la salud como mercancía, la sanidad como botín. Si se les permite.

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