El espíritu de Layla

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Llegó, hace dos años, procedente de un jardín/vertedero en la zona norte de Madrid. Apenas tenía dos meses y venía a cubrir la dolorosa ausencia de Zara. Mi otra gata, Pili, siempre ha sido otra cosa, algo así como un valor estable. Layla llenó de vida la casa. Desde que se despierta, tiene un apasionado afán por descubrir. Supo de cables que a punto estuvieron de electrocutarla, o cortocircuitarla por dentro cuando se los comía. Peor aún son esos para nosotros imperceptibles trozos de plástico que se desprenden de cualquier envoltorio o envase, constituyen su golosina favorita y nos han llevado varias veces al veterinario.

Ahora está algo más calmada, pero sigue  investigando cada día. Aguarda paciente a que se haga la luz, tras dormir apacible en los pies de mi cama. Y sale gozosa a comer, a ver cómo se abre todo, a saludar a mi hijo. El rito siguiente es subirse a la ventana a inspeccionar cómo andan los pajaritos esa mañana. Paso siguiente: jugar, o incomodar a la ya senior Pili. Mucho más aventurera, mi otra gata se escapa cuando puede por el pasillo y Layla la contempla desde la puerta, sin arriesgarse, admirada y expectante. Es prudente. Mucho más que Pili, maravillosa eterna rebelde.

Todo el día anda buscando con qué disfrutar, qué de nuevo traerá la jornada. Puede ser un paquete, una silla cambiada de ubicación, ambas gatas los disfrutan como un acontecimiento. Es el ímpetu de la vida.

Les robé a ambas una libertad probablemente efímera, por una seguridad sin otras ataduras que no salir a los peligros de la calle, desmesurados para su tamaño. Pero aún dudo muchas veces si hice bien. A Pili no le incomoda otra cosa que haber sido destronada por la pequeña. A Layla, al parecer, no le preocupa nada. Es una gata que conversa, que responde con sonidos a cualquier interlocución, que hace saber de forma contundente lo que quiere. Nunca olvidaré la severa reprimenda que nos lanzó cuando la metimos en el coche. No eran llantos, sino argumentos.

El mundo animal es fuente de grandes enseñanzas. Ningún animal mata por placer, como los humanos. Sus grandes dilemas son muy primarios -comida, agua, temperatura adecuada, atención, cariño incluso, algo en qué ocuparse-. No tienen que resolver los problemas de la especie porque la especie se rige por el equilibrio que sólo perturban intereses ajenos, como los de los humanos. Carecen de la certeza de la muerte que tanto nos condiciona a nosotros.  Antecedente primigenio de especies más elaboradas que terminaron en la humana y todos sus errores. Los gatos, además de su bellísima estética y su armonía, conservan en cualquier circunstancia su libertad e independencia, jamás hacen algo si no quieren, pero se dejan seducir con ternura por una buena razón.

  Sólo sé que, cuando se pone cuesta arriba despertar y afrontar el día, ver a Layla lanzarse a disfrutarlo con pasión es un estimulo cifrado en claves secretas.

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