El Rey, la justicia y Madrid

Ayuso asegura que los madrileños son rehenes de una batalla política. Sí, la de ellos. Llegó a confesar su misión histórica: parar al gobierno español, junto a la justicia y el rey. Nada menos.

Rosa María Artal

2 de octubre. La Fiesta Nacional de España parecía la fiesta nacional de la monarquía, incluso del rey. Una serie de variopintos personajes a los que llamaron «personalidades» se sintieron en la obligación de desagraviar al actual jefe del Estado. Su padre y predecesor ha huido de España -tras conocerse sus múltiples irregularidades contables e ingresos de dudosa procedencia, esta sociedad que parece tragarlo todo se ha sentido molesta y algunos de sus representantes políticos lo han expresado.            

El periodismo independiente lo ha contado tal cual es. El otro intenta minimizar el enorme problema. Ya en marzo, el mismo día que entraba en vigor el estado de alarma, Felipe VI comunicó su repentina renuncia a la herencia de su padre, dando validez a las revelaciones de la justicia suiza. Más aún, supimos por el comunicado real, que el rey sabía desde un año atrás la existencia de una cuenta offshore de la que él mismo era segundo beneficiario, según el diario inglés The Telegraph.

Alguien, muy bien informado, me comentó: España no se puede permitir una crisis institucional ahora. El editorial de El País de este martes dice exactamente lo mismo. Nunca habría lugar en España para solucionar sus fallos de mayor envergadura. Pero sí lo hay, por ejemplo, para que el jefe de la oposición, Pablo Casado, bloquee dos años la renovación del Poder Judicial y acuse al gobierno de dictatorial por poner en marcha una ley que lo impida. O que maniobre sin descanso para impedir que lleguen a España los fondos europeos de reconstrucción, los suculentos 140.000 millones de euros. Hasta con 26 embajadores de la UE se reunió Casado a finales de septiembre para mostrarles su discrepancia con la gestión que presume llevaría Sánchez con el dinero de Europa. Malmetiendo «patrióticamente» a ver si consigue evitar que los españoles reciban ese fondo.

Hoy otra de las portavocías de la familia se hace eco de unas declaraciones de un profesor de economía alemán, y antiguo residente en España. «No es responsable transferir fondos al Gobierno actual», dice para añadir: «España no está lejos de ser un estado fallido. Están fallando todos los poderes del Estado«. ¿Menciona el experto a cuáles y por qué se refiere?

Las hazañas de Juan Carlos I han dado la vuelta al mundo en artículos, de prensa seria realmente sangrantes. Felipe VI no sale bien parado tampoco. Han sido décadas de convivir con demasiadas irregularidades. Quién más daño ha hecho a la monarquía ha sido el propio Juan Carlos. En cuanto a la justicia española, una parte esencial de ella asombra a expertos de dentro y de fuera. Los varapalos que sufre en el exterior no son ninguna nimiedad. Igual las instituciones que fallan lo son por tener enquistados problemas troncales.

El 12 de octubre tuvo su propio relato, el que les conviene difundir e incrustar en los cerebros. Las portadas en papel del clan se centran en el rey sereno y en Pablo Iglesias, a cuyo partido atribuyen «los ataques a las instituciones». Empresas privadas, aunque subvencionadas con dinero público de alguna forma. Resulta todavía más grave que RTVE, la televisión pública estatal, se apunte a la misma campaña.

Durante todo el día, los informativos de TVE mantuvieron la misma tesis. La tensión de Ayuso y Sánchez, como si fueran gobiernos equivalentes y no mediara la salud de los ciudadanos gravemente amenazada por la ineficacia y el pulso que ella mantiene, ella. Inmediatamente después la solicitud al Supremo de imputación de Pablo Iglesias, metida con calzador en un acto como la Fiesta Nacional y sin mencionar las irregularidades que concurren. Acto seguido, las críticas de Iglesias y Garzón al rey, sin contexto alguno. Como postre la magnificación de las habituales protestas de cuatro matados ultras. Y sobre todo las manifestaciones de Vox, convertido en argumento de cabecera de los informativos de TVE, llevadas a titulares aunque reunieran a 400 personas en Barcelona, según la Guardia urbana, y sacaran a pasar sus coches por la Castellana de Madrid y poco más. Todo esto no es casual, es manipulación pura y dura, y tiene remedio.

Portada de El Mundo de este domingo

Los trazos del plan son tan gruesos que se ven de lejos. Ayuso, junto a Almeida, asegura que los madrileños son rehenes de una batalla política. Sí, la de ellos. Llegó a confesar a El Mundo su misión histórica: parar al gobierno español, junto a la justicia y el rey. Nada menos. Textualmente dijo en El Mundo la víspera de El Pilar que Madrid –al que ella usa-, la Justicia y el rey son «los que impiden que el gobierno cambie el país por la puerta de atrás». Que impiden, pues, que el gobierno cumpla su función, la que le mandan las urnas. Es de una gravedad extrema. A quien olvida citar es a la prensa empotrada en esa campaña,porque si hay en el planeta Tierra alguien dispuesta a creer tan demenciales posturas es gracias a ellos. El espectáculo, ya grotesco, con la salud de las personas de por medio está llegando a límites de delirio.

Entretanto el 12 de octubre, tan cerca y tan lejos, protestaba la enfermería de Madrid por su precariedad sin eco. La justicia archivaba por ser «meras infracciones administrativas» el caso de un temporero de la oliva, de 31 años, sin contrato, que fue abandonado en un centro de salud,  muerto ya, tras haber fallecido en el tajo. Profesionales que nos sostuvieron, con enorme esfuerzo. durante la primera ola de la pandemia, sufren pensando en lo que viene. Mucha gente teme al futuro en precariedad. Y una panda de dinosaurios y estrellas casposas del show business político y mediático proclamaban su Viva el Rey, convertido el vídeo en una pieza de humor para la fiesta. A lo lejos parecía sonar la saeta de Serrat : o no eres tú mi cantar…

La monarquía española está en crisis, como demuestra la encuesta –de especial rigor según su ficha técnica- que han realizado 16 medios independientes con aportaciones de ciudadanos. El PP de Rajoy dejó de consultar a través del CIS sobre el tema desde 2015 y no ha vuelto a hacerse. Quizás porque la Institución registraba una abrumadora caída en el nivel de confianza: del 7,4 en 1994 al 4,3 en 2020, de notable ha pasado a suspenso. Solo un tercio de los españoles votarían a favor de la monarquía en un referéndum y un 40.9% lo haría por la república. Aunque apoyos y rechazos están muy polarizados por comunidades y por edades. La mayoría define a Felipe VI como bien preparado, pero muchos dudan de su neutralidad y su empatía y creen que es «de derechas». Solo un 23% piensa que Felipe VI no conocía las comisiones ilegales de su padre. El 74% cree que los escándalos de la familia real dañan la imagen de España. Y es la derecha y la ultraderecha quienes lideran el apoyo a la monarquía.

Más que consenso institucional de apoyo a la monarquía es un acuerdo para mantener los intereses de la familia de conveniencia que formaron en el 78. Convertido el rey en España toda, frente a una sociedad completa que no participa al menos de semejante entusiasmo. Y vive con enorme preocupación este momento vital acosado de pandemias varias. Son unos pocos quienes marcan la pauta y la agenda. El anquilosamiento, las degradaciones. Dice, Ayuso, la insensata, que es ella, auto investida de Madrid todo también, la justicia y el rey. Y, eso sí, cada pieza del clan va a lo suyo.

*Publicado en ElDiario.es el 13 de octubre de 2020

Una guerra con los ciudadanos como rehenes

Madrid es la trinchera desde la que el PP quiere derribar al Gobierno. Ése es el objetivo que explicaría el demencial comportamiento al que asistimos los habitantes de esta comunidad, tomados como rehenes en esta guerra que nos deja a un lado

Rosa María Artal

Por fin, la Comunidad de Madrid se encuentra en estado de alarma aprobado por el Gobierno en un Consejo de Ministros extraordinario para proteger la salud pública, argumenta. Como era exigible ante la extensión del coronavirus y la inacción efectiva de Madrid. Díaz Ayuso vuelve prácticamente al punto de partida y sigue empecinada en restringir solo los movimientos por áreas sanitarias que coinciden casi exclusivamente con los barrios de menor poder adquisitivo entre los más afectados por los contagios. El Gobierno ha dado la respuesta adecuada al actuar con firmeza y cerrar Madrid capital (además de otras 8 ciudades de la Comunidad) aunque hubiera sido mejor hacerlo antes: lo primero es la salud de los ciudadanos. Sería exigible que obrara con la misma contundencia ante las amenazas que extienden la inquietud por el estado de nuestra democracia.

No perdamos el foco: Madrid es solo la excusa. Es la única comunidad que pugna con el Gobierno rechazando las medidas para detener la pandemia, cuando es la que registra más casos… de Europa. No plantean problemas en otros territorios gobernados incluso por el Partido Popular o el acuerdo de la triple derecha. Madrid es la trinchera desde la que el PP y cuanto representa quiere derribar al Gobierno progresista. Ése es el objetivo que explicaría el demencial comportamiento al que asistimos los habitantes de esta comunidad, tomados como rehenes en esta guerra que nos deja a un lado y recrudece sus asaltos de día en día. Cada cual tiene su papel en la confrontación: desde la política a un parte sustancial de la judicatura, pasando por los medios que ejercen la desinformación. Pero lo peor, insistimos, es haber hecho a los ciudadanos, su salud y su vida, moneda de cambio de sus intereses.

Hay una parte delirante que ejerce Ayuso con ayuda de los consejeros de su gobierno cambiando de opinión de forma desorbitada. Solo en esta semana, recurrió el cierre perimetral de Madrid para pedir a los ciudadanos que no salieran de sus límites, una vez que el Tribunal de Justicia de Madrid tumbó la orden ministerial por la forma en la que fue presentada. El de Castilla-León ha autorizado los cierres de Palencia, León y San Andrés de Rabanedo, con el mismo decreto. Tras el anuncio de un estado de alarma para Madrid, Ayuso dilata la respuesta y vuelve a su postura inicial. Todo esto venía de atrás, desde que ella misma lanzó a los cayetanos con sus cacerolas contra el Gobierno. Dicen que es una gestión suicida, podría decirse que en términos puramente legales se parece más a una forma de homicidio. Los ejecutores no son los que sufren los daños, los infieren. 

La búsqueda de viajes desde Madrid para el puente del Pilar que comienza, había aumentado ya. Volvemos al principio, a aquella primera semana de marzo cuando la suspensión de las clases en Madrid lanzó a los estudiantes a sus lugares de origen y a múltiples viajeros a sus segundas residencias, a las playas que lucían atestadas en sus terrazas. Soria, por ejemplo, ha pedido que se cierre Madrid por temor a la llegada de viajeros con este origen.

Cansa ya repetir, sin que produzca reacción alguna, la decidida apuesta de Ayuso y sus colaboradores por «la economía» a costa de la salud, en la teoría de que el tráfico produce accidentes y no se prohíben los coches. Y que se plasmó de forma trágica en las residencias de ancianos. Pero, repito, Madrid es solo la excusa para sembrar un caos que propicie un cambio a su favor en La Moncloa. Mientras, el coronavirus vuelve a enfermar y a matar. A paralizar la actividad. Salvar el verano nos ha costado, además, un tremendo palo a los negocios que más querían preservar –turismo, restauración, ropa-, precisamente. Porque esto no funciona así tampoco.  

Lo importante para los ciudadanos es -debería ser aunque a la vista de algunas de sus decisiones se dude- la salud. Y su atención sigue sufriendo graves carencias que no remedia ninguna orden administrativa. Parece ser un tema secundario en esa batalla que se libra por el poder. Fuera de las urnas. Recordemos que, en apenas cuatro años que deberían corresponder a un solo mandato, se han celebrado en España cuatro elecciones generales y todas las ha perdido la derecha. Creció en ese caldo la más ultra.

Con los papeles bien repartidos, se trabaja en el objetivo concienzudamente. La justicia, atrincherada en el Consejo General del Poder Judicial caducado desde hace dos años, que el PP se niega a renovar porque le favorece ideológicamente desde que fue nombrado con la mayoría de Mariano Rajoy. Un CGPJ que, sin inmutarse, realiza nombramientos que anticipan carambolas exactas. El «caso García Castellón» contra Pablo Iglesias, con todas sus irregularidades, desembocaría en las manos de un Tribunal Supremo con titulares recién nombrados y sus ideologías bien definidas. Escribe el abogado Gonzalo Boye en ElNacional.cat: «Nos enfrentamos a un problema tanto o más grave que la sublevación de unas cuantas unidades militares. Es más grave porque es más profundo, pero, sobre todo, porque a los tanques, que hacen mucho ruido, se les ve venir de lejos». Al parecer, aunque muchos estemos muy alarmados, el grueso de la sociedad no percibe esos movimientos.

El brazo mediático, por su parte, actúa con enorme solidez. Es Sánchez quién mantiene el pulso y presiona a ese Madrid de Ayuso ansioso de la libertad… ¿de contagiar el coronavirus? Hablan de amenazas que no son a la salud de las personas que no citan como variable a valorar en esta guerra. Por supuesto, lo unen a Pablo Iglesias que «planta cara a la justicia». Caos en el Ejecutivo (de España) repiten. Destacando en imagen a ese prodigio de la sensatez y la eficacia que es Isabel Díaz-Ayuso, en su propaganda. Hace falta tener muy perdida la brújula para semejante elección, por otro lado, cuya realidad está a la vista de todos. Resulta agotador. TVE remata faena al llevar en este viernes de alta tensión a la ultraderechista Rocío Monasterio a la entrevista principal de su programa de la mañana.

El Gobierno tiene que ser consciente de la magnitud del ataque ultra y obrar con la misma contundencia que lo ha hecho con la salud en Madrid. Esas cúpulas de lengua venenosa no se limitan a hablar. Y todo el clan no deja de hacerlo. Martínez Almeida, alcalde de Madrid, o Ana Pastor Julián se han quitado hasta la careta de moderados con la que engañaban a muchos. Abascal, el socio indispensable, se propugna para lanzar la caballería y toda la variedad equina en la contienda. Osan quejarse del autoritarismo del Gobierno. Ése que está en el ADN de esta derecha española.

Este gobierno tiene toda la legitimidad y toda la capacidad para ejercer su función democrática como lo ha hecho con el estado de alarma. Ha de actuar en defensa de la ciudadanía, con leyes, cerrando el grifo de las subvenciones públicas a quienes no cumplen la función por la que se les otorgan, con racionalidad, con estricta justicia. Difícilmente puede recibir insultos más duros de la oposición conservadora, ni de las hordas que maneja en redes. Ni puede sufrir mayor manipulación partidista de algunos medios que interpretan la libertad de expresión, como libertad de mentir y difamar. El Gobierno anuncia leyes para acabar con la anomalía democrática de impedir la renovación del Poder Judicial. RTVE es otra disfunción en la que se han hecho nombramientos discrecionales y que admite cambios ya. Un gobierno progresista no puede eludir lanzarse con mano firme a ceses y nombramientos en los órganos fundamentales en los servicios más sensibles. Ha de atajarse el ruido de sables.

Es imperioso dar prioridad a la salvaguarda de las libertades fundamentales, porque algunas están en peligro. La primera es a la vida, y a la salud. Por encima de todas. Y no se admite ya la menor tibieza.

*Publicado en ElDiario.es el 9 de octubre de 2020

Trump y Ayuso, dirigentes para un mundo ficticio

No constituyen en modo alguno una casualidad. Salvando las distancias, son los dirigentes prototipo de un mundo que parece andar como pollo sin cabeza aunque sea dirigido por intereses muy concretos y ajenos al bien común. El presidente norteamericano lleva toda una vida haciendo de la trampa su norma. La presidenta de Madrid, 41 años, es una alumna aventajada en no poner reparos a ninguna farsa. Ambos, señuelos para una sociedad que va construyéndose con mentiras sin pisar suelo firme ni para asentar su propia supervivencia.

Donald Trump, 74 años. Contrae la COVID-19 nos dicen y pasa tres días en el hospital, Walter Reed en Bethesda, Maryland. En una suite, por cierto, decorada en estilo pomposo y setentero, que siembra de dudas su enfermedad. Le han aplicado un tratamiento reservado a casos severos. Un cóctel experimental carísimo, con anticuerpos monoclonales, el antiviral remdesivir y dexometasona, un corticosteroide, con fuertes efectos secundarios que pueden pasar de «sentirse 20 años más joven» a hundirse en la miseria emocional. De ser cierto todo lo dicho, un anciano mejora espectacularmente de COVID-19 (que ha matado en EEUU a más de 200.000 personas-) en tres días, para que sus adeptos griten: milagro, es un superhombre, lo ha hecho por nosotros, la América Grande no teme al coronavirus. Puede que simplemente sus síntomas fueran leves. O que haya sido una maniobra electoral con las encuestas desfavorables. O que esté más grave de lo que quiere aparentar, como toma fuerza la principal suposición. De momento la Casa Blanca ya vende en su tienda de regalos una moneda con el lema: «Trump derrota al Covid«.

Lo más evidente, sin embargo, es que muy pocos norteamericanos habrán recibido semejante tratamiento para sus síntomas. Y eso que Trump no pagó ni los impuestos que le correspondían. Su partido es partidario de «reabrir la economía, aunque haya muertes». Así lo han venido manifestando numerosos dirigentes republicanos. Lo hizo reiteradamente Chris Christie, gobernador de New Jersey, ahora también hospitalizado por COVID-19 y que a buen seguro será tratado con los mejores medicamentos que ni en sueños tendrá el grueso de sus conciudadanos.

El Madrid de Ayuso es de la misma teoría: no vas a confinar al 100% de la población por salvar al 1%, declaró a ABC la presidenta. Aquí y en América es ese 1% hipotético, o el 10%, incluso el 25%, el que tiene las de perder en la lotería neoliberal sin miramientos. El 25%. Es justo el porcentaje que señala la Sociedad Española de Oncología, de pacientes de cáncer no diagnosticados durante el periodo más crudo de la pandemia de coronavirus. (Pueden verlo en el TD de TVE, minuto 29) No diagnosticados, no tratados, cuando se trata de una enfermedad cuyo abordaje temprano es vital. Como Sonia Sainz-Maza quien, según relata su hermana, ha muerto por un agresivo cáncer de colon, tras cuatro meses de no lograr una visita médica presencial en Castilla-León. Muchas patologías no reciben la atención requerida por la COVID-19, dicen. Por la precarización de la sanidad pública, en realidad. La doctrina neoliberal de la tijera puede llegar a matar. Hay datos escalofriantes. Los aportaba Esther Palomera en su columna. El 42% de los países ha suspendido completa o parcialmente los tratamientos de cáncer, según datos de la OMS. Más de la mitad (53%), el tratamiento de la hipertensión; el 49%, de la diabetes; el 31%, las emergencias cardiovasculares y dos tercios, las terapias de rehabilitación.

Madrid dice que ha aplanado la curva, pero ha dejado de hacer los test que contabilizan casos, como recoge el científico Alberto Sicilia. Se queja el consejero de justicia, el magistrado Enrique López, de que no se fíen de ellos. Se queja el de Sanidad, que mintió diciendo que la Atención Primaria funciona en Madrid con total normalidad, cuando básicamente es telefónica y con demora. El Madrid de Ayuso -que también se cuidó de su presunto coronavirus en un ático de lujo-, es el que privó a los ancianos de los geriátricos de cualquier posibilidad y el que esparce una gestión con hedor a trampa desde su apresurada Ley del Suelo ultraliberalizadora a los aviones que fletó para traer material: precios disparados, facturas opacas y un comisionista que trabaja para Piqué. Informó Manuel Rico.

813.000 contagios confirmados en España. Más de 32.000 muertos por esta causa, en datos oficiales, más un aumento desmesurado de la mortalidad por otras causas que cada vez se explican con más claridad. El mundo entero tomando medidas, confinando. En España, la matraca inmensa, altamente saturadora. A las claras, la pugna entre la bolsa o la vida. En el fondo, la confirmación de que la pandemia ha caído sobre una sociedad que no pisaba el suelo sólido para afianzarse, sino grandes zonas de las arenas movedizas de la mentira.

Trump y Ayuso no son una casualidad. No lo son sus equipos. Se extiende por el mundo un tipo de dirigente que crea el morbo del escándalo para distraer, mientras se nos come la vida su sinrazón. Pareciera que se ha vuelto a desterrar el raciocinio como en la Edad Media, en favor de las fábulas de la irrealidad mágica, de los fanatismos, nuevas religiones de fe sin base por definición. Se cita como expertos a brujos del nuevo mundo. La vez anterior duró mil años. Ahora, los propagadores y sustentos del tinglado son incontables medios en busca de clicks y de «pasta», de ideología a vender, la que da réditos inmediatos a sus patrocinadores aunque a la larga caven una enorme fosa. No funciona la economía sin salud, los muertos no consumen. ¿Qué número de bajas es admisible? ¿Solo las habría del 1% de los proscritos? ¿De los que no llegan al escenario del Walter Reed en Bethesda, Maryland? Ni así siquiera funcionan las leyes: ni del mercado, ni de la salud.

Díaz Ayuso está ahí, probablemente, por haber acreditado la osadía sin escrúpulos que atesora el PP desde Esperanza Aguirre a Pablo Casado, pasando por Rajoy, despistando, y el Aznar supremo. Como dirigentes de otros partidos ubicados en particular entre los jarrones chinos o los platos de cerámica. Trump ha llegado a la presidencia del todavía país más poderoso de la Tierra, con esa misma desvergüenza. 

Donald Trump es ante todo un showman, sabe mirar a las cámaras, buscar su lado bueno, provocar, intimidar, ofender y aprovecharse de ello. Es una de las conclusiones del estudio sobre la personalidad del presidente de los Estados Unidos elaborado por José Luis Fernández Seara, profesor de psicología de la Universidad de Salamanca, recién publicado. A través de un exhaustivo estudio de sus discursos, declaraciones, debates, lenguaje corporal y todo tipo de manifestaciones. Detrás está, como factor positivo, su profunda determinación para lograr lo que quiere, y también los factores que pesan sobre su gestión. Trump es egocéntrico, soberbio, ostentoso, megalómano, agresivo, colérico, en exceso resiliente, intolerante, no acepta responsabilidades propias, y miente y falsea la realidad y los datos.

La tragedia de nuestros días es que triunfen este tipo de comediantes que, si de algo saben, es de lo que les interesa a ellos y a su clan, despreciando incluso a sus adeptos. Hay gente, por millones, que les cree y les sigue. Han suprimido los datos, el contexto, la propia verdad. Esas tribus delirantes que vemos en las redes, incondicionales de impresentables políticos o ídolos mediáticos de todo pelo y pelaje, lo demuestran a diario y de forma creciente. Estrellas del espectáculo con brillos de purpurina todo a cien, incluso. Sus devotos se mantienen atentos al «repaso» que haya dado el bien pagado comunicador al Gobierno, mientras otros les roban, nos roban a todos, la sanidad pública por ejemplo.

La desinformación en medios tradicionales, aliados del poder, es ya un problema de enorme envergadura. Pero todavía es mayor el de los bulos y fake news que se expanden por todo tipo de vehículos, desde portadas aparentemente serias a lo más oscuro de las redes. Está comprobado que «las noticias falsas se difunden diez veces más rápido que las verdaderas; y que, incluso desmentidas, sobreviven en las redes porque se siguen compartiendo sin ningún control», escribía el periodista Ignacio Ramonet en Le Monde Diplomatique. Y es demostrable. Infinidad de creyentes se irán a la tumba convencidos de calumnias mayúsculas diseminadas en el ejercicio sucio del poder.

Los idiotas, usados por desaprensivos, son la peor pandemia que nos atenaza. Y no, por desgracia, la única. Sube el telón y allí están, por ejemplo, un anaranjado insolente y una descarada de ojos extraviados. Comienza la función, la ficción; pero no es tal, es la vida. Y la muerte. Desde los años 70, cuando todo empezaba, se avisa en películas como «Network» (1976) que se muere y se mata por el espectáculo. Ha ido a peor, a mucho peor. Y nunca se ha estado suficientemente harto como para pararlo.

*Publicado en ElDiario.es el 6 de octubre de 2020

El Madrid de Ayuso, un peligro real

  • La batalla que plantea Madrid frente al gobierno central tiene un fuerte componente ideológico y, sobre todo, intenta ser cortina de humo para cuanto quiere esconder de sus tramas corruptas

Rosa María Artal

Fue una sesión delirante la del jueves en la Asamblea de Madrid. Había que hablar de la salud y las medidas contra la pandemia. Había que confrontar desde el PP con el Gobierno de España. Pero, por encima de todo, Ayuso tenía que dar salida a su ley liberalizadora del suelo, más liberalizadora aún de la que pergeñaron para España Aznar y Rato, padres de burbujas. Manga ancha al ladrillo. Y se aprobó, vaya si se aprobó.

El presidente de la Asamblea de Madrid, Juan Trinidad, de Ciudadanos, intentó encerrar a la oposición para que la falta de quórum no frustrase la ley del Suelo presentada por su partido y el PP, la primera iniciativa legislativa del Ejecutivo de Madrid. Como los diputados de Más Madrid y Unidas Podemos que se oponían, lograron salir, Trinidad aprobó la Ley con 36 votos aunque la mayoría absoluta son 67. Suponiendo incluso que sería ilegal. Todo olía, apestaba, a una especie de Tamayazo cañí.

Esta anécdota –más que anécdota– demuestra cuáles son las prioridades de la presidenta Díaz Ayuso y sus colaboradores. Y cómo, cuando el objetivo les merece la pena, hacen lo imposible por lograrlo. En este caso, textualmente. La salud de los ciudadanos atrapados en su Madrid no es su prioridad en lo más mínimo, según evidencian. Sigue la carencia de medios y de personal sanitario, hasta de rastreadores, y no han hecho gran esfuerzo por remediarlo. No nos engañemos ni lo edulcoremos. Más vale que hasta los muy sensibles y deprimidos lo vayan asumiendo porque será la única forma de encontrar una escapatoria a esta amenaza.

Es ideológico, sí. El neoliberalismo salvaje que practica el PP, y que tiene en Ayuso a su máxima ejecutora, prima la economía sobre la salud. Esa tendencia que encuentra asumible que mueran personas antes que detener o frenar la actividad que favorece contagios. Díaz Ayuso ha dicho reiteradamente: «Todos los días hay atropellos y no por eso prohíbes los coches«. Este ser, con sus capacidades mentales y éticas, es quien decide, junto al PP de Casado y cuantos participan de su plan, sobre la vida de los ciudadanos. Es un peligro real, aunque desigual por zonas y poder adquisitivo.

Lo dijo y lo demostró en su tratamiento de los ancianos de los geriátricos en la primera ola del coronavirus que el manto de las impunidades anda cubriendo con éxito. Numerosas comunidades españolas, países varios también, relegaron salvar a ancianos improductivos como mandan las leyes de su mercado. Ante la escasez de medios que previamente habían perpetrado. En Madrid desbordó todo lo admisible. Hay que repetirlo: «El Gobierno Ayuso no ejecutó ninguna de las tres alternativas que tenía ante el colapso de la red pública de hospitales: ni trasladó a los mayores enfermos al Ifema, ni usó la red hospitalaria privada para atenderlos, ni medicalizó las residencias». Lo vimos, entre otras informaciones, en las de Manuel Rico. Y hay pruebas documentales.

Diluido ya el enorme esfuerzo que realizamos desde marzo, las medidas que el Gobierno decreta para la comunidad de Madrid llegan tarde y no son las del primer estado de alarma ni de lejos. Se mantiene el caos inicial en este tramo de viajar –masificados- para trabajar de punta a punta de Madrid, lo que en la práctica es una doble victimización de los barrios más pobres y solo se añade el control policial acordado con Sánchez en el pacto de las banderas. Madrid ha publicado ya en su Boletín oficial, BOCM, la autorización para que las fuerzas de Seguridad vayan casa por casa y obliguen al cumplimiento de cuarentenas de forma coactiva, incluso. Recordemos que también ha prohibido a sanitarios y docentes hacer declaraciones a la prensa. Y encima Ayuso planta recurso ante la Audiencia Nacional por el cierre decretado por el gobierno de Sánchez. Dice que atenta contra derechos fundamentales, el primero es la vida.

La batalla que plantea Madrid frente al Gobierno central no es un pulso entre criterios como lo saca lavado cierta prensa. Tiene ese fuerte componente ideológico y, sobre todo, intenta ser cortina de humo para cuanto quiere esconder el PP de sus tramas corruptas. Las revelaciones grabadas de la corrupción de la Kitchen, con todas sus maniobras sucias de ocultación de pruebas utilizando medios sagrados del Estado de Derecho. Los implicados en la «cola de trincar sobres» empiezan a ser demasiado escandalosos hasta para las amplias tragaderas de sus votantes más fieles. Pero los problemas de supervivencia del PP van más allá y parecen obligar a tácticas cada vez más avanzadas.

Arden los contactos. El viejo PP se prolonga en el nuevo para defender la trinchera. Ana Pastor Julián, siempre a la vera del poder, coordina estrategias, para salvar en primer lugar a Mariano Rajoy y a cuantos se pueda. El auténtico frente está en el lawfare, en el uso abusivo de la justicia. Pablo Casado ha conseguido atrincherarse con el Poder Judicial que no renueva ni aunque lo pida Bruselas. Y sus miembros caducados siguen haciendo nombramientos que pueden condicionar las sentencias sobre la corrupción del PP. No es ningún secreto, no se ocultan.

Ladrillos, muchos ladrillos susceptibles de comisiones, antes que médicos. Distracción para eludir la responsabilidad exigible. Trabajar a riesgo de enfermedad y muerte. Deslizarse entre un coronavirus incontrolado –que incluso disfrazan– para que la actividad siga. Tan malamente además. ¿A quién pretenden engañar? ¿Cómo va a mantenerse igual «la economía» mientras caen enfermos los ciudadanos?¿Y cuando se ve tal descontrol? ¿Son conscientes del daño que han hecho, a la economía también, su gestión y su empecinamiento? Hay comunidades apenas sin incidencia, y países, como Italia, que ni segunda ola han tenido.

Cuidado con el ‘todos son iguales’. La incidencia de la COVID-19 en España es muy alta y no hay causas rotundas que lo expliquen. Quizás fue ese verano que había que aprovechar para perder luego muchas más estaciones. El Gobierno de España sigue pendiente de los más necesitados. Las modificaciones sobre el ingreso mínimo vital permitirán cobrarlo a más de 60.000 hogares de mayores de 65 años sin pensión. Se prolongan los ERTES. Nadie quiso una pandemia, pero está aquí. Y hay que tratar de bandearse entre la necesaria actividad productiva y la salud de los ciudadanos. Sin perder el horizonte.

Escuchen el alegato del Dr. José Manuel Freire, neumólogo y diputado del PSOE en la Asamblea de Madrid: «¿No les da vergüenza?», le dice, tras desgranar argumentos plenos de lógica, al consejero de Sanidad tan experto en transformar la verdad. Y no les da, lo primero es lo primero. Ésa es la tragedia.https://platform.twitter.com/embed/index.html?dnt=false&embedId=twitter-widget-0&frame=false&hideCard=false&hideThread=false&id=1311657692327534593&lang=es&origin=https%3A%2F%2Fwww.eldiario.es%2Fopinion%2Fzona-critica%2Fmadrid-ayuso-peligro-real_129_6264496.html&theme=light&widgetsVersion=ed20a2b%3A1601588405575&width=550px

Quienes más peligro corren son los sanitarios que nos atienden, con medios insuficientes. Ellos mismos alertan sobre la situación de Madrid en particular: «La segunda pesadilla hospitalaria ya está aquí», alertan y explican por qué. Y los ciudadanos en general, también. Se acabó ir al médico de Atención Primaria ante una dolencia que en principio no aparente ser grave. Si lo es, a urgencias con peligro de contagio. Los hospitales de Madrid están saturados: 18 de ellos tienen una ocupación superior al 90%. Y ya se están priorizando las UCIs, dice el Dr.Velayos, intensivista, en un hospital del sur de Madrid, aunque están ocupadas en el conjunto de la comunidad el 42%.

Según oímos, no hay contagios ni en metros y autobuses, ni en los bares y restaurantes, ni en las tiendas, ni en las casas de apuestas y bingos, ni en los centros médicos, solo en reuniones familiares y poco más. Y el caso es que, será por arte de magia, pero ya mueren en España más de 100 personas diarias por coronavirus. 3.000 muertes al mes. 10.000 antes de Navidad, recuerda Kiko Llaneras. De seguir este ritmo. Pueden ser más. Cerca de diez mil contagios al día ya, un tercio de ellos… en Madrid, sí.

La sensación de peligro está justificada. Más allí donde la política de la sinrazón prevale sobre el bien de las personas. El cúmulo de atropellos del PP de Casado, de Ayuso en particular, debería justificar al menos un relevo eligiendo entre personas más capaces y sensatas que debe haberlas, si se atreven a afrontar el pastel en el que viven.

El problema hoy es que, si ya de por si una pandemia como la de COVID-19 es una tragedia, con gestiones como la de Madrid se agrava a límites de riesgo vital. Y los paños calientes de negación no aligeran en lo más mínimo esta realidad.

Publicado el 2 octubre en ElDiarioes.

España, la nuestra, la suya y las cajas de cerillas

Rosa María Artal

Cada día encienden decenas de cerillas junto a bidones de gasolina buscando que prendan. La estrategia siempre dio al clan de la derecha española grandes beneficios. Por sus muchos resultados tangibles e incluso por el humo de distracción que generan. Vivimos un momento crítico: una pandemia que contabiliza este martes un millón de víctimas mortales. El primer confinamiento mundial de la historia para frenar los contagios a falta aún de tratamientos efectivos. Y luego tenemos… España. La suya y la nuestra.

Así me he despertado hoy, oyendo cómo en un informativo de radio mezclaban el millón de muertos por COVID-19 con el independentismo catalán, Torra, el Tribunal Supremo y el Madrid de Ayuso que juega «una partida de ajedrez» con el ministro Salvador Illa. La naturaleza no había encendido todavía las luces del sol y ya ardían algunas cerillas.

Un tribunal administrativo, la Junta Electoral Central, inhabilita al presidente de una Comunidad autónoma. El de Catalunya, Quim Torra, por haber desobedecido sus órdenes de no quitar un cartel pidiendo la libertad de los presos del procés y algunos lazos amarillos. La JEC consideró que era partidista, aunque ese sentimiento y esa petición la compartieran varias formaciones políticas.

Explica Javier Pérez Royo, catedrático de derecho constitucional, que ese órgano no es competente para sentenciar un delito de desobediencia. Opinión que comparte Antonio Martín Pallín, magistrado que fuera precisamente del Supremo. Pero a los cerilleros pirómanos les ha dado igual.

Lanzados en tromba, satisfechos sus rencores, exultantes porque han vencido, celebran la decisión del Supremo. Dice Carlos Alsina en Onda Cero de Quim Torra: «La historia tampoco le absolverá«. Confirma pues que no se trataba tanto de una desobediencia puntual y un cartel, sino de condenar toda una trayectoria, de principio a fin, incluso un movimiento colectivo. ABC rebosa felicidad en su sentencia, la de su España. Inhabilitado y amortizado, rotula. Miles de cerillas prendidas compiten informativamente con el millón mundial de muertos por el virus.

Y va prendiendo la indignación. Al escuchar a quienes comentan con altanería y desprecio cualquier cosa que no compatibilice con su España, sin respeto alguno por sus ciudadanos. Catalunya no les gusta en absoluto y, si es independentista, la aborrecen. Desde sus púlpitos son incapaces de entender la dignidad de un pueblo que mantiene sus ideales a través de los siglos incluso y que ha sufrido puño de acero en los últimos tres años. La letra pequeña les sobra en los trazos gruesos y ni esos quieren ver.

Y los hay. La Junta Electoral tuvo de portavoz cualificado durante el año a Pablo Casado, presidente del PP. Él fue quien «consiguió» en enero que la Junta inhabilitará a Torra, dice con razón, y quien informó de la inhabilitación de Oriol Junqueras antes de que terminase la reunión de la Junta Electoral. Ciudadanos por su parte tenia a un vocal de la JEC a sueldo que resolvía sus recursos.

Torra, inhabilitado por desobedecer y no quitar un cartel y Díaz Ayuso, al mando con su equipo que flipaba colorines y decidiendo arriesgadamente sobre la salud de los ciudadanos. No es una partida de ajedrez, es un juego de trileros. Ayuso, Casado, Aguado, no paran de mentir, mientras Arrimadas en la sombra lanza pullas al Gobierno y no mueve un dedo. Ninguna opinión de expertos avala a Ayuso, solo sus correligionarios y asociados en intereses.

En Madrid estamos en peligro. Lo dice el Ministerio, que sigue sin tomar decisiones rotundas para salvarnos y lo sentimos en la propia piel. El principio de acuerdo de a cup of relaxing coffee para todos los municipios de más de 100.000 habitantes al que se ha llegado en la noche de este martes no resulta especialmente tranquilizador. Viene con trampa, dado que las únicas diez ciudades españolas afectadas por los criterios de Sanidad para aplicar restricciones están en Madrid, pero andar con tretas por contentar a Ayuso, Casado y al PP no se entiende, no es serio, cuando Madrid es el problema que más preocupa por su mayor incidencia en toda Europa.

Cunde la inquietud al ver ya la saturación de la Sanidad Pública, las carencias de la Atención Primaria que provocan un sentimiento de indefensión y el caos que dirige en Madrid la pandemia. Si hasta les dimitió el portavoz de consenso en 48 horas y los cómplices políticos y mediáticos apenas han dicho nada. Al ver también con qué desfachatez se miente desde la cúpula. Con verdadera entrega, Ana Pastor, médica de formación que antepone su lugar a la sombra del poder en el PP.  Es incompatible pensar en la salud de las personas y alterar de tal forma la realidad para evitar las soluciones necesarias. No se salva la «economía», como prioriza Ayuso, sin tratar de contener la pandemia. Es una falacia que sea posible. Añadamos que con su gestión no va a mejorar precisamente ni una ni otra. ¿Quién va a venir a invertir a Madrid con Ayuso al frente digan lo que digan sus apoyos? Arden y arden las cerillas con tanto embrollo suelto.

Mientras escribo, salta la noticia de que la Audiencia Nacional absuelve a Rodrigo Rato y al resto de acusados en el juicio por la salida a Bolsa de Bankia. Ese banco que rescatamos y ha adquirido la Caixa en tan ventajosas condiciones. La plataforma 15MpaRato explica que el Tribunal Supremo llegó a ordenar que se devolviese el dinero a todos los estafados por las «graves inexactitudes» del folleto. «La justicia dice ahora que hubo estafa, pero que se hizo sola«, aclaran estupefactos. Sigue la investigación de la Kitchen. Villarejo canta: «el barbas» estaba en la fila de trincar sobres; Soraya Sáenz de Santamaría ponía micrófonos para espiar en el Congreso y donde le pareciera y los medios miraban a Torra y a Iglesias. Desde su España a la nuestra. La justicia es igual para todos y, mientras, arden y arden las cerillas.

Tienen su rey también, y el titular debería ser consciente de la poca ayuda que le presta tan sectaria adoración interesada. Sánchez «consiente» los «ataques» de los ministros por su malestar con el rey, soltaba ABC en portada. Ya tiene a periodistas que dirigen el foco de culpabilidad: en RTVE, desde luego. Reiteradamente. Lesmes, el presidente caducado del caducado Consejo General del Poder Judicial, cambiando fechas de su acto en Barcelona a ver si atinaba bien con la cerilla, con la hoguera. Hasta el 1 de octubre barajaron, como contó Esther Palomera. Y Sánchez y Calvo, entretanto, andaban a ver si salvaban de salto en salto al rey de forma discreta, que no se enteraran ni los lenguaraces ministros de Unidas Podemos.

Ya no es una hoguera, es un río caudaloso, una inundación que nos anega. Si algo queda claro es que a todos los responsables no los absolverá la historia, a estos sí que no. Pero ¿de qué nos servirá muertos o enfermos… o tan crispados que nos consumimos? Porque en realidad es eso en lo que trabajan. En lo de su España que no es la nuestra, afortunadamente por lo menos. Aunque esto de querer tener por armas el raciocinio y la conciencia frente a la crispación y la puñalada trapera termina por no ser buen negocio.

Publicado en ElDiario.es el 29 de septiembre de 2020

Vuelve el «a por ellos»… que ya somos casi todos

Rosa María Artal

Vuelve el «a por ellos». Vuelve porque nunca se frenó. Primero fueron a por los catalanes que votaban en un referéndum que el Gobierno de España consideraba ilegal. Un gobierno del PP. Las imágenes de la brutal represión policial de los ciudadanos dieron la vuelta al mundo y les explicaron, más que ningún discurso ni propaganda, qué estaba pasando en España.

Tres años después, una pandemia devastadora, una gran crisis económica, una lucha política a muerte encubridora de corrupciones, el germen del «a por ellos» se reproduce. Ahora con un gobierno progresista formado por el PSOE (en mayoría) y Unidas Podemos. Y de nuevo aflora toda la miseria estructural de España cuya limpieza jamás se aborda.

Los afectados son dos frentes esenciales en un Estado de Derecho: la Justicia y el Orden Público. La entrega de diplomas a la nueva promoción de jueces en Barcelona ha hecho estallar un motín de la España inamovible, insufrible, como la calificaría Alberti. Tradicionalmente presidía el acto el Rey. Tradicionalmente. Y parece que fuera un precepto constitucional la asistencia del monarca. No lo es en absoluto. Es un signo y un detonante de cuanto se cuece aquí para dolor y abandono de los ciudadanos.

Empecemos porque la Casa Real se ha permitido comunicar que el Rey quería ir pero no se lo permite el Gobierno. Algunos letrados de prestigio se han echado las manos a la cabeza ante esta nueva torpeza. Pero no acaba ahí el problema.

Un Consejo del Poder Judicial, caducado desde hace dos años, atrincherado junto al Partido Popular que se niega a renovarlo en un ejercicio «manifiestamente anticonstitucional«, según opiniones autorizadas como la del catedrático Pérez Royo, monta en cólera por no tener a Felipe VI en su fiesta. Carlos Lesmes, su presidente caducado, se proponía, según difundía la prensa, ¡amonestar! al Gobierno, expresarle su malestar y todo un surtido de verbos críticos. Los que tanto callan, amonestando al gobierno legítimo de un Estado de Derecho. ¿Tenemos en España separación de poderes?

Finalmente, Lesmes ha expresado su profundo pesar por no contar allí con Felipe VI y ha argumentado: «La administración de Justicia se hace en nombre de quien simboliza la unidad y permanencia del Estado, conjugándose así, armónicamente, en la fórmula constitucional, las ideas de soberanía y unidad de nuestra nación». O sea, en nombre del rey. En el siglo XXI. Felipe VI se lo ha agradecido llamándole por teléfono, significándose de nuevo.

Para calibrar a qué punto llega la bola,  recordemos que no es la primera vez que el monarca en ejercicio no preside este acto tan querido de los jueces. Entre las más significativas ausencias, la de 2013. En aquella ocasión no acudió el Rey Juan Carlos I, sino el Príncipe de Asturias. El día anterior había sido imputada por la justicia la Infanta Cristina, como recuerda Elisa Beni.

La caverna mediática es un hervidero. Hablan del intento de Moncloa por controlar a los jueces, siendo el control de facto del PP que ostenta una mayoría que no le corresponde en este momento. Más aún, callan y la aprovechan. En las radios, voces realmente de ultratumba, con sonido de pasados franquistas reciclados incluso, encrespan los ánimos de los que se dejan. Su modelo es la monarquía, haga lo que haga. Recordemos que hasta la corrupción del emérito justifican. Braman contra Bildu y el independentismo, cuando la derecha a la que sirven no han condenado el genocidio franquista y gobierna gracias a pactos con sus herederos. Su pensar está claro. Viva el vino y Felipe VI que defendió la Constitución hace tres años, han dicho. En referencia a aquel discurso airado del 3 de octubre que más parecía defender su cargo y ser el Rey de algunos españoles.

El Rey no ha ido, lo decidió el Gobierno. Sobrevuelan como causa problemas de seguridad por la probable inhabilitación de Quim Torra como president de la Generalitat de Catalunya que toda esta gente ve absolutamente justificada. Por mantener un cartel pidiendo la libertad de los presos y algunos lazos amarillos, y decretado por una Junta Electoral. Estos casos flagrantes que empobrecen el prestigio de nuestro país y que acaban en Tribunales europeos. Esos que dejan a ciertos de sus homólogos españoles con las vergüenzas al aire.

En pocas palabras, en España hay un problema de enorme envergadura con la desvirtuación y uso del Poder Judicial, como también está próximo a ocurrir en los EEUU de Donald Trump. Y es grave. Intolerable. Toda la ciudadanía debería «amonestar» a los culpables de esta situación, de arriba a abajo tanto en sus silencios como en sus palabras fuera de lugar.

Y otro problema serio con el Régimen de Madrid y cuanto implica. El gobierno de Díaz Ayuso se ha negado a ampliar las restricciones en la Comunidad -la más afectada de Europa- para frenar el coronavirus como le pedía el Gobierno. El infumable pacto de las banderas parece haberse quedado en cumplir la estrategia de PP y Ciudadanos de tener más policía sin resolver el problema sanitario creado. Ese auténtico caos que aumenta con cada decisión. Ayuso y Aguado decretan zonas de restricciones que coinciden con los barrios menos favorecidos de Madrid. Sin rigor, hasta de una acera sí y otro no. Hasta de bingo sí, parques no. Hasta de trabajar fuera, vivir dentro. Metro atestado (e inundado) sí, reuniones no. Anticipando males mayores por venir.

Y así Vallecas, barrio permanentemente abandonado y en el que se ubica la Asamblea de Madrid, sale a protestar y pedir más servicios públicos, la sanidad vital en este momento. Y la policía carga, en una secuencia perfectamente visible en los vídeos, que no responde a ninguna provocación y sí da la impresión de una táctica premeditada. Como para asociar la violencia que despliegan –a cabezazo con casco incluido– a las propias manifestaciones. El «a por ellos» revive en Vallecas y lo denunciamos igual que entonces. Por supuesto, algunos de los pocos medios que lo destacan le dan la vuelta y mienten, como si no tuviéramos el resto de los humanos ojos en la cara. La violencia fue policial. Hasta caemos de nuevo en una pregunta sesgada al máximo, opinativa, en RTVE a Isa Serra, portavoz de Podemos. Tras la violencia que habíamos visto además.

Poder judicial y Orden Público. Al Gobierno le han metido goles diversos (de ser con su connivencia estaríamos hablando de otra cosa). Cada minuto que pasa sin aclaraciones y tajantes destituciones es un lastre. Si se trata de un pulso de derechas extremistas, lo están ganando. Y no nos jugamos sus puestos en gobiernos y administraciones sino -llegado este punto- la democracia. Y al tiempo, la salud. La comparación con las sonrisas y selfies de algunos policías con los cayetanos ultraderechistas de Núñez de Balboa durante el confinamiento es una auténtica bofetada a quienes luchan por su vida y su salud, y no por sus privilegios.

Con un agravamiento récord de la pandemia , la solución del despliegue policial y militar sin precedentes que pidió Ayuso, en la que entra el gobierno de Pedro Sánchez, es otra peligrosa deriva. El ejército mediático tiene muy claro a dónde apunta sus dardos. El judicial, también. Los ciudadanos agraviados no tienen la culpa. Los gravísimos hechos que están sucediendo obligan a una respuesta enérgica e inmediata.

*Publicado en ElDiario.es el 25 de septiembre de 2020

Que las banderas no impidan ver el bosque

  • Madrid tiene el inconveniente añadido de una Isabel Díaz Ayuso al frente; España, a un Pablo Casado encabezando una derecha ultra depravada, y, entre las banderas, un gobierno central que firma un pacto de no agresión preocupante

Rosa María Artal@rosamariaartal

Saludo entre la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, y el del Gobierno, Pedro Sánchez.

El coronavirus vuelve a extenderse sin control, la crisis económica es de envergadura, no hay medios o pericia o coraje de emplearlos adecuadamente, vivimos tiznados de mentiras y ni siquiera son estos nuestros únicos problemas. Más de 31 millones de contagiados en el mundo y próximos a contabilizar un millón de muertos. España vuelve a estar en lugares de cabeza en casos confirmados, no en fallecidos. Caen las bolsas por temor a nuevos confinamientos generalizados, el IBEX español apenas supera ya los 6.600 puntos. La incertidumbre es máxima. Madrid tiene el inconveniente añadido de una Isabel Díaz Ayuso al frente, España a un Pablo Casado encabezando una derecha ultra depravada, y, si nos atenemos a la reunión entre banderas al Sol de Madrid este lunes, un gobierno central que firma un pacto de no agresión preocupante. Las estrategias serán las que serán pero la realidad es de quitar el sueño.

Todo el enorme sacrificio que la sociedad realizó para bajar la curva de la COVID-19 empezó a esfumarse cuando se pensó que no se podía perder un verano de dar aire a la economía aunque fuera con riesgo para la salud. Desde el comienzo ha sido ése el problema: elegir entre la bolsa o la vida. Verdaderamente complejo por cuantos factores concurren. La economía se animó bien poco en verano bajo el peso del coronavirus y aquí estamos de nuevo en la disyuntiva con la terrible sensación de que la apuesta ahora es tirar la toalla tratando de minimizar los daños. El clima político, con una feroz oposición que hizo sudar el estado de alarma hasta que lo negó, influye decisivamente y poco se puede hacer sin cambiar los obstáculos fundamentales.

Isabel Díaz Ayuso, la presidenta de Madrid que enarboló las cacerolas contra Sánchez, hace un discurso triunfalista, incluso en la famosa reunión de la tregua, mientras se muestra desbordada por el caos que tanto ayudó a formar. Con una proclama de nacionalismo madrileño de una puerilidad cercana a la niña del papá agente de una empresa de seguros. Su pacto de no agresión sigue incluyendo acusaciones cargadas de mentiras, y un discurso xenófobo, cruel y ultraderechista que nos heló la sangre y que confirmaba el caracter clasista de sus zonas de restricciones. Menos mal que no era un tema ideológico, se dijo. Sus arbitrarias medidas son de dudosa eficacia y nos crean una inseguridad más que justificada. Veremos si no hay que confinar a toda la Comunidad con el arma de doble filo que supone en salud, por el lado negativo de la inactividad. No se puede blanquear la gestión de Ayuso y sus colaboradores en el desastre por ninguna estrategia política, si es el caso. Madrid es la comunidad más afectada por el coronavirus de Europa.

El problema –en Madrid, en España y en todo el globo terráqueo- no se arregla cerrando parques donde respirar y dejando abierto el bingo. No se soluciona con policía que vigile mascarillas, distancias y protestas, sino con un sistema sanitario potente que revierta la tijera que lo desmanteló. Dice Ayuso que no hay médicos cuando la mitad de cuantos se presentan al MIR no obtienen plaza y el sistema no absorbe a los titulados que salen de la universidad. Muchos se van de España a trabajar desde hace años ya. Por miles. Sobrecargados de trabajo aquí por el ratio menor de profesionales, están mucho peor pagados: en varios países cobran más del doble que aquí, y en EEUU hasta cinco veces más. Pero sobre todo son las condiciones de trabajo: al menos 61 médicos murieron y más 52.000 resultaron contagiados de coronavirus en la primera ola de la pandemia. Les vimos «protegerse» hasta con bolsas de plástico cuando ni EPIs tenían al principio. Ayuso, sin ir más lejos, echó y no volvió a contratar a los que, apenas por mil euros al mes, mitigaron la papeleta de la ola anterior de COVID-19. «He tenido 71 contratos en 28 meses», le dice a Olga Rodríguez un médico en ElDiario.es. Los médicos y todo el personal están «achicando agua de un sistema que naufraga«, al que fueron hundiendo deliberadamente por dar negocio a la sanidad privada. Miente Ayuso, y Aguado, y su consejero de Sanidad. La Atención Primaria también está colapsada. Y las consecuencias para la salud son nefastas por el desamparo en el que se quedan otras patologías; para la salud mental también, ante la indefensión que produce.

Y no se puede pedir dinero y darle 4,5 millones al mundo del toro, 1.500 por vaca, mientras se quiere montar hospitales de pandemia con médicos voluntarios. Ni se puede bajar impuestos –a ricos y pobres por igual- y pensar en disponer de medios para solventar las necesidades perentorias. E, insisto, ocurre en Madrid, en Andalucía, y en el planeta Tierra si no se establece un orden de prioridades humano y no se echa a los incapaces y malintencionados de gestiones de trascendencia.

Visto cómo el coronavirus desnudó a un sistema, el capitalismo, que resta lo esencial a la sociedad en favor del lucro de unos pocos, lo sensato hubiera sido regresar a políticas que pensaran más en las personas. Empezarlas si fuera el caso. Contra toda lógica, los profesionales realmente necesarios fueron apartados, y lo siguen siendo en una sociedad mediatizada por la mentira y los intereses espurios. Esa prensa que defiende gestiones infectas contribuye a este preocupante presente e incierto futuro. Y hay mentes obtusas que solucionan sus problemas lanzando a todos al abismo. Es un absoluto contrasentido optar por más neoliberalismo. Hasta se presta oídos a los fascismos irracionales.

Médicos, todo el personal sanitario que se precise, medios materiales; profesores, más medios, transporte público más frecuente y seguro, dinero para lo esencial, cabeza para emplearlo y limpieza de gestión. Aire para respirar, fuerzas que den seguridad, periodismo que informe en lugar de labrarse sus parcelitas. Tertulias que avienten su vocación de disuadir el pensamiento crítico. Radios, televisiones y webs que dejen de lanzar avutardas, zanahorias o puro veneno para confundir a los más vulnerables de entendimiento. Justicia que castigue y haga pagar la corrupción, incluida la de los valores y derechos fundamentales que la política sucia pervierte a diario, como ese PP empeñado en enfangar al tronco del propio sistema judicial . Coraje para afrontarlo, sin excusas, desde los centros de poder. Porque, por supuesto, se puede gestionar mejor los grandes problemas pero hay una diferencia fundamental entre hacerlo desde una dirección honesta y un mando lleno de sombras.

Es la bolsa o la vida, la vida o la vida. Son tiempos muy difíciles, con la amenaza de una condena a muerte arbitraria por un virus. Por su causa, a la pobreza que también destruye. La humanidad ha vivido épocas enormemente duras y a la vez ha brindado ejemplos que alientan a insistir en los objetivos. Estos días ha fallecido, a los 87 años, Ruth Bader Ginsburg, una mujer que a través de enormes dificultades llegó a ser jueza de la Corte Suprema de Estados Unidos. Mucho más aún: cambió la historia de su país y los derechos legales de las mujeres. En su alegato final en la primera causa que defendía ante un tribunal, la que fuera tan decisiva, dijo, según la película Una cuestión de género que recrea su vida:

«No les pedimos que cambien el país, eso ya ha pasado sin permiso de ningún tribunal: les estamos pidiendo que protejan el derecho del país a cambiar».

A veces, así se despeja el camino. Lo que no se puede es mirar para otro lado. A menudo tantas banderas sin resquicio de luz impiden ver la realidad y a cuantos en ella se encuentran en serio peligro.

Publicado en Eldiarioes el 22 de septiembre de 2020

Y Ayuso sigue en el cargo, ¿por qué?

Sin rastreadores ni medios suficientes, sin potenciar el transporte público, los sanitarios, los profesores. La gestión de Ayuso ha sido y es caótica, pero en Madrid el PP y su entramado libran una batalla política desplegada sobre la salud y la vida de las personas.

Rosa María Artal

Por fin, y tras larga intriga, ha salido la lotería de confinamientos decretados en la Comunidad de Madrid tras el enorme avance de los contagios por coronavirus. Con tono serio y denso, la presidenta, el vicepresidente y el consejero de Sanidad han hablado del momento preocupante que se vive y de las restricciones que se van a poner en marcha. Son 37 zonas de Madrid, como pueden ver en este documento, no exactamente barrios o distritos, en donde por ejemplo queda fuera del confinamiento de Alcobendas, el barrio de lujo de La Moraleja, a pesar de ser el municipio el tercero con más contagios de España. O los típicos contrasentidos como poder ir al bar pero no a los parques. Salir a trabajar o consumir pero quedarse en la casa, muchas veces de dimensiones reducidas en los barrios con menos recursos que están entre los más afectados. Han asegurado que los centros de atención primaria están a pleno funcionamiento tanto de forma telefónica como presencial, algo que no se ajusta a la verdad ya que se encuentran a medio gas desde hace meses, desde el principio, desde marzo.

La incidencia del coronavirus en Madrid es cuatro veces mayor que en el resto de España. De las diez ciudades europeas con mayor porcentaje de contagios, nueve están en Madrid, con la capital ocupando el primer lugar del continente. La Atención Primaria ahora parece ir en caída libre, y vuelven a entrar en saturación los hospitales y las camas de UCI que andan ya ocupando el 60% de las disponibles. Por más que hablen de colaboración ahora y se autoexculpen, la gestión del gobierno de Madrid ha sido caótica, sin paliativos, y no tenía que haberse producido. De hecho, cuesta entender cómo se puede mantener aún a Isabel Díaz Ayuso como presidenta de la Comunidad a pesar del caos provocado, sin parangón con lugares que fueron muy problemáticos, como Nueva York, en donde no hay segunda oleada de la COVID-19 al menos por ahora.

Saber por qué sigue Ayuso en el cargo es clave, atañe al funcionamiento del país, incidiendo una y otra vez en sus fallos estructurales. Se han ido dando los pasos que componen la crónica de una muerte anunciada, pero las víctimas se han desplegado entre la población y la credibilidad de la política salvaguardando en buena parte a los ejecutores. La gestión de Ayuso ha sido y es caótica, pero en Madrid el PP y su entramado libran una batalla política desplegada sobre la salud y la vida de las personas.

Basta mirar la foto del 2 de mayo de 2020 cuando Pablo Casado, presidente del PP, se permitió pasar revista en la Puerta del Sol a la sociedad civil en esa festividad madrileña. Desde el principio, Casado se planteó Madrid como el feudo con el que confrontarse al gobierno de España, tras haber sufrido una sangría de votos. Y cabe pensar cuántos mecanismos de la lógica fallaron para que fuera Isabel Díaz Ayuso la que ocupara ese lugar.

Con la «experta en comunicación» que había llevado la cuenta de Twitter de Pecas, el perro de Esperanza Aguirre, el PP perdió en mayo de 2019, 184.794 votos. Un 32% de votos se dejó desde los comicios de 2015. No llegaría a la presidencia de la Comunidad hasta agosto de 2019, tras largas negociaciones. Lo hizo con los votos de PP, Cs y Vox. El Régimen de Madrid, S.A., había decidido al parecer quien fuera su gestora. Da la impresión que solo basta carecer de escrúpulos y manifestarlo con osadía para ocupar ese tipo de puestos. Cualidad extensible también al escalafón de poder de España, S.A. El periodismo la recibió con calor, al punto de apodarla «La nueva Dama de Hierro del PP«, ella que llora en las fotos cuando se disfraza de Santa Isabel de la COVID. Por los empresarios, por supuesto.

Es evidente que por más que la situación sea insostenible en Madrid, para los ciudadanos, el entramado ha decidido mantener a Ayuso. Todavía al menos. Ciudadanos es decisivo y así lo quiere. Ignacio Aguado, el vicepresidente, pidió ayuda al gobierno central ante el caos desatado pero culpándole de haberlos dejado solos, en la misma línea que ella. Y el remedo de periodismo que apoya esta gestión –que ellos sabrán a quién y qué beneficios aporta- lo secunda, a pesar de una hemeroteca plagada de despropósitos.

No les importa quedar en evidencia, con que trague el número suficiente para mantenerse, sobra. De todo lo hablado, escrito, insultado, sobresale quizás cuando Ayuso enarboló las cacerolas con sus afines ideológicos contra el gobierno de Sánchez y el mando único, porque querían libertad, libertad de contagio incluida. Y, en esa línea, lo más patético hoy aquella amenaza de mayo: «Lo de Núñez de Balboa va a ser una broma».  Y en efecto sus fieles ultras nos atronaron los oídos durante semanas. ¿Lo harán ahora contra Ayuso?

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Madrid, sin rastreadores, ni medios suficientes, sin potenciar el transporte público, los sanitarios, los profesores, habiendo esfumado en algunas otras partidas los 3.400 millones de euros que les entregó el Ejecutivo para afrontar la situación, dicen que no pueden hacerlo solos. Nunca han estado solos, siempre han pisado la mano del gobierno central porque querían desestabilizarlo a su favor y al de los beneficiarios de las políticas ultraliberales que defienden. Ahora piden ayuda a Sánchez para que aporte un despliegue policial sin precedentes. Solución policial en la más pura esencia ultraderechista.

Lo primero es la salud, pero para cuidarla hay que disponer de medios y de una gestión que prioriza a las personas. La apuesta de Ayuso, de Madrid S.A, de PP S.A., de España S.A. ha sido lo que llaman economía: la bolsa sobre la vida. Cuando combatía el estado de alarma, cuya supresión podría causar más muertes respondió: «Todos los días hay atropellos y no por eso prohíbes los coches». Ella es muy fría con esto de las víctimas ajenas, no hay más que ver lo sucedido en los geriátricos a su cargo.

Pablo Casado también salía a la palestra este viernes. A defender territorio con uñas y trampas: «Las pandemias son responsabilidad exclusiva de los gobiernos estatales, por mucho que la coalición de PSOE y Podemos pretenda derivar su negligencia a las comunidades autónomas». Con las competencias transferidas, tras un cuarto de siglo de privatizaciones y recortes, devolviendo «la libertad» de gobernar la comunidad que presiden y que con tanto ahínco reclamaban. Ellos solo están para repartir el presupuesto como les plazca, según se deduce.

Pablo Casado ha unido su destino al de Ayuso, que le dio la ilusión de parecer presidente. Presidente de un partido enjuiciado por una corrupción insuperable de larga trayectoria, ejerce una oposición tabernaria, en la que no tiene empacho en utilizar mentiras y la mayor mezquindad. De tierra batida, arrasada, caiga quien caiga en la sociedad.

En Madrid tenemos un problema serio, de supervivencia incluso, con esta gestión. En España completa con semejante derecha, unida en piña para defender su poder. La reunión con Pedro Sánchez difícilmente mejorará la confrontación política. Los medios del clan ya crean ambiente. Todos son culpables, todos han de colaborar, que sí pero sabiendo el terreno que se pisa, se ha pisado y sigue estando, y las minas enterradas en él.

6.600.000 personas dependen de esas variables. Con la salud en peligro, la estabilidad económica y hasta los humores. Esta historia interminable no tendrá siquiera alivio hasta que la derecha española no haga una cura de honestidad y piense siquiera un poco en el bienestar de los ciudadanos. O los ciudadanos les obliguen a hacerlo.

 No se entiende que Ayuso siga gestionando Madrid. En realidad, no se entiende tampoco que este PP y sus cómplices continúen más o menos impunes ante la ciudadanía. Millones de ciudadanos están muy preocupados. Y no se merecen semejante gestión y semejante desbarajuste. No viene de hoy. Las heridas que ha venido dejando esta situación son profundas, aunque las encubran los medios del clan. La situación de Díaz Ayuso es insostenible desde hace mucho tiempo.

Publicado en ElDiarioes el 18 de Septiembre 2020

El auge de los idiotas

Rosa María Artal

15 de Septiembre de 2020

No es algo improvisado. Lo lleva escrito, lo lee, se viste con ropa estudiada y un pañuelo colocado hacia atrás desafiando la gravedad, tanto como ella la lucidez. Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la comunidad de Madrid por la gracia de Ciudadanos y Vox y unas cuantas cosas más, discursea su Estado de la Región. Y dice, henchida de orgullo: «Ser madrileño es una forma de ser, es una actitud. Aquí se es madrileño desde el primer día. Por eso somos la capital de España«. El hilo argumental no tiene la menor coherencia; aragoneses, extremeños, gallegos, canarios, castellanos, andaluces, vascos, catalanes y todos los que ustedes quieran también lo son desde el primer día. Pero, al no ser desde el primer día madrileños, se quedan sin ser capital de España. Y esto no es nada para cuando se pone a lanzar una soflama racista, en la linea de la más pura ultraderecha de Vox. Ella que contrajo el coronavirus en un ático de lujo critica la forma de vida de los emigrantes -viene a ser la pobreza- como causa de los contagios.

El problema de Ayuso –que avisó desde la campaña electoral y antes de sus capacidades- está, vean otra vez, en que termina de decir su parida y la aplauden. La aplauden los suyos en clan, la aplauden a menudo medios y periodistas –que, sí, que también del clan- pero sin duda la aplauden los pocos o muchos ciudadanos que la votaron o la votarían ahora. Los hay, al margen de encuestas que tienen la credibilidad de los posos del café. Porque votan a su partido, al partido de la Gürtel y la Kitchen, de los masters, las trampas y la desfachatez, al que tiene en su presidente Pablo Casado casi un clon elaborado de la propia Ayuso o viceversa.

Hay pruebas sobradas, abrumadoras, de que no son opiniones sino hechos fundados los que definen la desastrosa y aun desalmada gestión de Ayuso en Madrid. Una jueza de Leganés, Madrid, la ha exonerado ya de la masacre de las residencias, con argumentos que asombra leer y sin tener en cuenta al parecer los seis documentos que demuestran que evitó el traslado de ancianos a los hospitales y la propia atención en los geriátricos que dependen por ley de ella. No les dio ninguna oportunidad al no aplicar ninguno de los mecanismos previstos. Y estos días, Ayuso presume en su disertación de logros. Quizás los 11.000 contagios de COVID-19 en Madrid en el fin de semana, superando el récord de toda Francia. No competen solo a ella, es el mecanismo al completo que converge para hacer de esta sociedad un preocupante engendro. Y que va a más.

Los idiotas, sin perdón, son la variable decisiva que lleva al poder a sus iguales, ayuda a los tramposos a disuadir las políticas del bien común y enmaraña la vida social al punto de desnortarla. Suelo escribir del tema que me preocupa desde hace años. La última vez fue en 2018. Explicando, por supuesto, que el concepto de «idiota» nació como una definición en la Antigua Grecia. Describía a una persona egoísta y que se desentendía de los asuntos públicos, logrando que otros obraran por él y a menudo contra él. Ahora esa circunstancia se mantiene pero están mucho más activos en decisiones políticas. Donald Trump acababa de hacer entonces un discurso del Estado de la Unión con «medias» verdades: la perfecta definición de las mentiras completas. Él y su equipo habían impuesto el término «hechos alternativos» cuando daban datos falsos, directamente falsos.

Hoy Trump busca la reelección para seguir siendo el presidente de los idiotas norteamericanos que sumen en la desesperación a los ciudadanos estadounidenses civilizados, mintiendo sin cesar. Dice por ejemplo que no se preocupen más del clima, del cambio climático, que «comenzará a enfríar». O sugiere que no aceptará el resultado de las elecciones si no vuelve a salir presidente, entrando ya en el terreno de un golpe antidemocrático, impensable en la historia de EEUU. A sus votantes les da igual. A todos los idiotas que sustentan a dirigentes idiotas -aunque muy útiles a los intereses del clan que les sustenta- les sobran los datos y la realidad, se mueven por lo que sienten, que convierten en lo que creen.  Y así, Trump consigue hasta dañar el frágil equilibrio internacional con consecuencias temibles. Imaginen cómo funcionaría el mundo si fiaran a la creencia y los datos erróneos la construcción de edificios, carreteras y puentes, la ciencia o el cuidado de la salud. Pues ya están aquí.

Los idiotas están tomando el poder, son decisivos, lo saben y presumen de su forma de ser. Un fenómeno que antes era infrecuente en el mundo civilizado. Solía aspirarse a saber, a contar con fundamentos serios para actuar. José Ortega y Gasset llamaba la atención ya en 1929 acerca del orgullo de la ignorancia que se atesora en España. «El tonto se parece discretísimo, y de ahí la envidiable tranquilidad con que el necio se asienta e instala en su propia torpeza». Porque históricamente, la mayoría de los estudios sobre la ignorancia destacan que induce a obrar en contra de los propios intereses y ni se enteran. Y así aceptan que les recorten en servicios esenciales, que les mientan y saqueen incluso, si «les gusta» quien lo hace, o si eso puede dañar a quienes «no les gusta». Una sociedad regida por estos principios va al caos irremediable. Les están inoculando unas barbaridades que, sin saberlas digerir, resultan incompatibles con un cerebro adulto y desarrollado. Y son individuos que forman parte de la vida diaria y sus actividades colectivas.

Esas hordas de negacionistas de lo más evidente, los odiadores irracionales, sin criterio alguno, sin cultura, son la prueba de su ser y expansión. Los vemos, nos parece imposible que puedan pensar lo que dicen pero no parecen pensarlo, razonarlo, lo sienten y ya les vale. La pandemia, como elemento desconocido, imprevisible y no fácil de controlar, ha acentuado el número y la intensidad de este tipo de personas. Los bulos que se han comido forman parte de la historia del disparate.

Los idiotas tienden a creer lo que coincide con sus sentimientos previos. La realidad pasa a ser una sensación subjetiva. Ocurre con los mundos paralelos de Trump. Los montajes inverosímiles del PP o de Vox, en otro ámbito, todavía son percibidos por una parte de la población, pero otros los engullen sin problema. Hace falta estimarse en muy poco para tener en cuenta las proclamas de algunos predicadores mediáticos, o de los tontos útiles del sistema llamados a reclutar a sus similares. Gota a gota van logrando sus objetivos. O en aluvión, como cuando amplifican y difunden manipulaciones masivas del tipo de la que operó en Facebook para engañar a la opinión pública española y condicionarla en contra del Gobierno durante la pandemia a través de una red de 672.000 bots.

El auge de los idiotas es un problema difícil de revertir, solo se avanzaría desandando el camino torcido, volviendo a hincar los codos para aprender y a abrir los ojos para ver, no solo mirar. La trivialización de la educación y la desinformación han contribuido a esta situación dramáticamente. Multitud de fuentes de atención llevan a mucha gente a decir que es «largo» el desarrollo de argumentos. Es una sociedad de tuits y titulares. De zascas y gritos en el debate entre la mentira y la verdad. Y como se precisa su concurso para vender, cada vez son más llamativos los ganchos, buscando más despertar la curiosidad que informar. ¿Quién se resiste a un titular que incluya un «enigma» o un chisme o un insulto de gentes notorias o la oferta de un contorno de ojos que es lo «más vendido» en una plataforma? Pues la progresión llega hasta a lo más serio y en todos los campos.

«Astrónomos de Europa y EEUU hallan posibles indicios de vida en Venus». Posibles o no. De las tres formas en las que se produce la fosfina –el gas detectado- dos son compatibles con la generación de vida y el tercero no. Que se sepa. ¿Hay que investigar? Sí. De momento, Venus es, quizás, el planeta más inhóspito para el ser humano que moriría en segundos. Y el olor a ajo se presume por comparación con lo conocido, dado que los radiotelescopios no captan emanaciones y menos, de hacerlo, a tan larga distancia.

Un ejemplo claro para terminar. Lo entenderían hasta los idiotas. Quizás, no puede asegurarse. Al Ayuntamiento de Madrid se le ocurrió  vestir con publicidad de la liga los bolardos de cemento, de forma que parecían balones de fútbol, y han tenido que retirarlos porque la gente les daba patadas y se hería. ¿Hace falta explicar pues por qué Almeida es alcalde de la ciudad y, sobre todo, Ayuso presidenta de la comunidad? ¿Por qué sufrimos en general disfunciones impensables en una sociedad reflexiva y sensata? Porque de ahí en adelante, cualquier cosa.

Publicado en ElDiarioes

Joaquín Carbonell, las flores de ayer tan vivas

Irrumpió en la música con un rotundo ‘Dejen pasar’. Era su segundo disco y nunca le gustó demasiado -a sus seguidores sí- pero resumía el espíritu de aquella juventud absolutamente harta de franquismo, caciques, desigualdad y censura. Sin pedir permiso, Joaquín Carbonell les dijo: «háganse a un lado que vamos a entrar». Por nosotros y por todos los que ni siquiera llegaron.

Nacido en Alloza, Teruel, Carbonell formó parte, como alumno, del mítico Colegio Menor San Pablo de la capital. En ese centro daban clases José Antonio Labordeta o Eloy Fernández Clemente (el creador de la Revista Andalán). Allí nació otra manera de enseñar, decían, y  otra manera de aprender. Todos ellos, con el dúo La Bullonera, con Javier Mas -el guitarrista que luego tocaría con Leonard Cohen-, con Plácido Serrano y Raúl Soria desde la Cadena COPE, puntal de la modernidad y el progresismo en aquella época –quién lo diría-  pusieron los cimientos de un Aragón nuevo y una España nueva.

Porque también nació otra forma de escuchar música, otro periodismo, otra sociedad, otra forma de hacer política desde el PSA que llevó diputados propios al Congreso en las primera elecciones democráticas. Y se entiende la importancia trascendental de crecer en madurez con estos estímulos en lugar de hacerlo con ruido, banalidad, mediocridad y miedo.

Todo aquello despegó. Aquel movimiento ayudó a los políticos en lo que se quería fuera –y no fue- la Transición. Con distintos acentos y formas Carbonell, Labordeta y los demás, cantaron al «Aragón que se rompía a pedazos en su agonía», al que inundaron de pantanos para llevar electricidad a Cataluña que a la vez se nutría de emigración aragonesa, el que era dirigido «desde Madrid».  Con especial interés Carbonell en romper los tópicos del cabezón tosco de pañuelo atado con el que se reían de los aragoneses mientras «sacaban tajada de esta guisa». Duele ver a Aragón ahora apenas sin voz.

Joaquín Carbonell se quedó, otros se fueron, nos fuimos. Y siguió cantando, escribiendo literatura y entregándose al periodismo y a toda actividad creativa. Más aún que cantautor se multiplicó en facetas para convertirse en parte esencial de la cultura aragonesa. Hizo muchas cosas fuera, pero manteniéndose en Zaragoza haciendo tierra.

Estaba ingresado con coronavirus desde finales de julio. En la UCI. Parece que no padecía grandes patologías previas, salvo lo que cabe esperar pasados los 70, leo. Había mejorado, su hijo Nico llegó a pensar hasta que podría volver a cantar, pero al final no ha superado el maldito coronavirus. Este sábado, temprano, ha llegado la noticia de su muerte.

Y he ido recordando. entre otras muchas cosas, todas aquellas canciones que cantábamos en casa, numerosos amigos apretados en el salón,  en largas noches de camaradería. Cuando íbamos a Huesca por los Monegros secos porque nunca había tiempo –o dinero- para hacer los regadíos que ya pedía Joaquín Costa, a comienzos de siglo. Al Aragón completo, al compromiso, y la libertad y el pleno sabor de la vida. Cantamos a los de Huesca y de Teruel que con los zaragozanos habrían de ponerse en pie en un grito sin cuartel con la Bullonera, sin duda cantamos a la libertad que Labordeta presumía difícil de llegar. El viejo profesor advertía que pese a todo había que forzarla para que pudiera ser.

Cuanto nos reímos, cuánto disfrutamos, qué plenos pudimos llegar a sentirnos.  Luego llegaron las canciones de Brassens, doblemente chispeantes en la guitarra de Joaquín. El gorila, el vecino de la tarde lluviosa, las músicas que no nos hacen levantar a los ácratas y que ya casi no podemos confesar por el cariz involucionista de los tiempos.

Y no se apeó del compromiso. Para señalar El sonajero de Martín que aparece 83 años después en la cuneta donde están los huesos de su madre fusilada. O al drama de los rescates feroces de la llamada crisis que se cebaron con Grecia, con una canción al jubilado Dimitris Christoulas, que se inmoló en la plaza Syntagma frente al Parlamento Nacional.

 Y de repente ha desaparecido toda la lucha para recordar al amigo del pasado, de años y años cruciales. Y preguntarme con su canción (minuto 4,41) «adónde fue el amor de los papeles viejos, los colores claros los sueños perdidos y las esquinas de hojas secas que un viento triste barrió muy lejos. Y los recuerdos llenos de sol que secaban el agua del camino. Y por qué se hicieron las puertas cerradas, los pasos rápidos, las horas de soledad, las pálidas caricias de papel  y las flores de ayer tan deshojadas. Porque se hicieron las palabras que llenaban de niebla los rincones»… habiendo sentimientos. Porque las vidas largas y fructíferas se componen de todos esos matices que terminan siendo balance vital, ese balance que hacemos en momentos así.  

Y otra vez a decir que la muerte forma parte de la vida y lo entendemos y hay que aceptarla, pero, coño, cuánto duele cuando se van los seres queridos. Los que se recuperan en ese cómputo final para saber, esto sí, quien formó parte de tu trayectoria. Y relativizar cuanto de bueno y malo nos ocurre. Qué manera de perder el tiempo cuando hay tanto por vivir y sentir. No, el invierno no traía la muerte entre las ramas, tardó décadas en llegar a través de veranos llenos de sol u otoños pare refugiarse de la lluvia y volver a esperar el renacer de los marzos. Con todas la sugerencias de felicidad que se esconden para quienes las saben ver.

En el adiós a Joaquín, tristeza enorme, sentimiento de pérdida personal y colectiva, pero advirtiendo en él un buen resultado de vida. Logros, calor, la huella, el trabajo bien hecho, raíces que perduran y vivifican cuanto se ha tocado. Habrá que echarse un buen trago de vino negro para seguir andando  por todos los caminos. Cuanta falta haría volver a pedir paso y no ceder, no reblar. Las flores del compromiso, la libertad, la decencia, la dignidad, tan vivas.ETIQUETAS