Sánchez, republicano, monárquico y de izquierdas

“Renunciar a los hechos es renunciar a la libertad y, si nada es verdad, todo es espectáculo”. Interesado, añadiría de entrada. La cita procede de ‘Sobre la tiranía‘ del historiador estadounidense Timothy Snyder. Pedro Sánchez ha estado en Nueva York en la Asamblea General de Naciones Unidas y ha hecho allí varias declaraciones sobre España. Algunas tienen un difícil encaje con los hechos. Y no puede ser casualidad.

En entrevista con CNN, el presidente en funciones ha dicho que los valores de la II República se han recuperado “con la monarquía parlamentaria que representa el rey Felipe VI”. Algunos dirigentes españoles tienen la costumbre de creer que fuera de España no están informados sobre nuestro país, ni, al parecer, sobre conceptos básicos como república y monarquía. Aunque es significativo que insista en ese argumento que ya expresó aquí.

Otra de las afirmaciones muy relevantes de Pedro Sánchez fue: “La extrema izquierda en cuatro ocasiones rechazó la formación de un gobierno progresista”. Vayamos primero a refrescar la memoria de los hechos. Pedro Sánchez llegó a la secretaria general del PSOE en 2014. En sus primeras elecciones (diciembre 2015) cosecha uno de los peores resultados de la historia del PSOE: se queda con 90 diputados. Y casi empatado a votos con Podemos, ambos a más de 5 millones. Pero será a Ciudadanos y sus 40 diputados a quien Sánchez elegirá como socio para intentar una primera investidura de la que Mariano Rajoy se ha retraído (en otro patético momento de la política española). Ese acuerdo se firma y rubrica con un Albert Rivera tan conservador como hoy y ya la mayoría ha descubierto. 90 y 40 suman 130, no son suficientes y piden a Podemos sus votos. Y no se los dan, juzguen ustedes si con razón o no. Ahí tienen los dos primeros rechazos de los que habla Sánchez. En sesiones consecutivas como marca el reglamento.

En junio de 2016, cuando se repiten elecciones, todavía consigue el PSOE menos escaños: 85, que se quedarán en 84. Es entonces cuando, en uno de los sorprendentes giros de Sánchez, se niega a investir a Rajoy que tiene mayoría pero también insuficiente y el PSOE le monta la defenestración del 1 de octubre. Sánchez confesará al periodista Jordi Évole después que los poderes financieros y el grupo Prisa le presionaban para mantener a Rajoy.

Vuelve con aureola de remontada épica, coherencia y progresismo, las bases le aplauden y le aúpan. La condena de la Gürtel que incluye al Partido Popular marca un punto de inflexión decisivo. El PSOE presenta una moción de censura contra Rajoy. Pablo Iglesias la apoya y, con el concurso del PNV y otros grupos nacionalistas, saldrá triunfante. El papel de Iglesias es determinante, como se dice en el momento antes de los borrados de memoria. Sin todos los apoyos aglutinados, el líder del PSOE no hubiera sido presidente.

El Gobierno supone para Pedro Sánchez una plataforma de visibilidad inigualable, dentro y fuera de España. Las elecciones que adelanta para el 28 de abril, le dan ya 123 diputados. Siete menos de los que dispuso en su primer intento de investidura con Rivera, pero ahora cree haber obtenido algo así como la mayoría absoluta y con ella el derecho a gobernar. Puede ser el síndrome de la Moncloa, que altera algunas percepciones incluidas las matemáticas. Y, en una decisión que ha indignado a gran parte de la sociedad, convoca otras elecciones para el 10 de noviembre pidiendo a los votantes que hablen más claro. Ahí tienen los otros dos noes de los que presume Sánchez, eludiendo toda responsabilidad por la falta de acuerdo, si alguna vez existió tal intención.

Las relaciones de Sánchez e Iglesias pasaron por distintas fases. Y están muy relacionadas con los enfoques sobre decisiones sensibles. Aquel mismo 11 de octubre que Iglesias y Sánchez firmaban en la Moncloa el acuerdo presupuestario, el presidente del Gobierno se reunía en secreto con el embajador de la teocracia árabe. El contexto: la crisis por el asesinato del opositor Jamal Khashoggi y por la venta de un lote de misiles al reino saudí, que primero no se iba a autorizar, pero que “finalmente se llevó a cabo”, anotan Irene Castro y Aitor Riveiro en Eldiario.es entre divergencias.

Vayamos ahora a la ideología. Calificar de extrema izquierda a Unidas Podemos es una falacia. A menos que desde el lado derecho del tablero cualquier ideología que se aleje mínimamente de esa zona de confort en boga se sienta como un peligroso extremismo. Si se ve con buenos ojos a Ciudadanos, coaligado con un PP ultra y con Vox, está claro que todo lo que haya más allá se contempla como el borde del abismo izquierdista.

Lamentablemente apenas quedan partidos socialdemócratas en Europa –donde nacieron-, si exceptuamos al sueco, hoy en el gobierno. Camuflados en el término socioliberalismo se han plegado a los principales postulados de neocapitalismo. Esa es la gran factura que está pagando toda la sociedad. Muchos acusan a UP de excesiva comprensión con esta realidad. Pero todavía no es bastante. De hecho, Pedro Sánchez declaró también en rueda de prensa en Nueva York, como experto en tendencias de la izquierda, que Podemos es “el pasado” y Errejón, el impulsor de la recomposición de ese espacio.

En el debe del Gobierno de Sánchez quedan incumplimientos de promesas básicas como la derogación de la Reforma Laboral o de la Ley mordaza que entrarían, al menos, en lo que queda como distintivo de la socialdemocracia nominal con el liberalismo conservador de los actuales partidos de derechas. Y estos extraños sucesos que ocurren en España ahora, como los de tener a 7 personas encarceladas acusadas de terrorismo, pero cero víctimas, cero atentados y cero armas. Punto en el que coincido con nuestro compañero Arturo Puente. La ministra portavoz ha declarado que El ejecutivo no tiene nada que ver, que en España existe separación de poderes.

Seguía escribiendo Timothy Snyder que la verdad muere por “la hostilidad declarada a la realidad verificable”. O por “la aceptación descarada de las contradicciones”. O por “la fe que se deposita en quienes no la merecen”.

Me hubiera gustado escribir hoy de las imágenes captadas por la NASA en las que un agujero negro se traga una estrella del tamaño del Sol. Pero, no sé, creo que lo he hecho igualmente.

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