El ataque de los frugales

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Rosa María Artal @rosamariaartal

17 de julio de 2020 21:49h

Están de moda. Son los frugales. Precisados de etiquetas simplificadoras para vender su producto, han bautizado así a los países europeos reacios a que el dinero de la UE ayude a la reconstrucción del desastre ocasionado por la pandemia de coronavirus, sin duras contrapartidas en recortes. Los lidera el paraíso fiscal holandés y consiguieron colocar a su candidato de Irlanda al frente del Eurogrupo. Ese codiciado puesto, que no lograron ni Nadia Calviño ni Luis de Guindos, y que atesoró con especial relevancia otro destacado hijo de los Países Bajos, Jeroen Dijsselbloem. Famoso por asegurar que los del sur gastan el dinero «en alcohol y mujeres» y por haberse fotografiado retorciéndose de risa cuando castigaron a Grecia con una brutal austeridad. Luego la UE pidió perdón (aviso a olvidadizos intencionados). Momento que probablemente la historia de las terminologías de diseño vinculará al nacimiento de los frugales.

Como dice un amigo, los frugales son los «virtuosos que nos dicen a los del sur que nos gastamos su dinero en vino y putas. Esas putas que ellos exhiben en escaparates». Porque eso de gastarse el dinero «en mujeres» tiene esa traducción en las cabezas frugales. Lo de «su» dinero viene a ser el que ganan de más dando tramposas exenciones fiscales. Dentro de un club (la UE) implica indebidos privilegios. Tanto es así, que la Comisión Europea dice que quiere poner coto al ‘dumping’ fiscal de países como Holanda e Irlanda. Ése es el gran debate: entre la Europa de los mercaderes y la Europa social (un poco social, tampoco exageremos). Y eso que, precisamente Holanda, tiene mucho qué callar.  La economía holandesa es una bomba de relojería. La deuda de sus familias y empresas es de las mayores de la UE. Y  un estudio cifra en más de 9.000 millones de euros el agujero que nos hace a sus socios de la UE en impuestos. La derecha española apoya con fruición a «los frugales» en la tarea constante de entorpecer al gobierno y el bienestar de los españoles. Pablo Casado en concreto se apunta el primero a que haya «reformas» en España. Las clásicas: sueldos, pensiones, Estado del Bienestar. Ya lo ha exigido Holanda en el Consejo Europeo que se esta celebrando reforma laboral y pensiones. Austria también pide tijera.

La misión de los frugales es asfixiar al sur de la UE para no perder ni un privilegio. Son tiempos de una crisis económica superior a las conocidas por la primera gran parada de la actividad mundial a consecuencia de un virus. Hay que recordarlo en su contexto porque coincide con una extrema frugalidad del pensamiento y de la decencia. En suma letal.    

Hay una norma inexcusable en la doctrina: todo lo que se invierte en los ciudadanos es un gasto. Así lo escriben: «gasto social». En las infraestructuras, por ejemplo, se invierte. A las privatizaciones de lo público (es de lo público, de lo nuestro, de lo pagado por nosotros) lo llaman «colaboración público-privada». Díaz Ayuso, la frugal delegada de la triple derecha en Madrid, es experta en esta cuestión.

Los ultraliberales ya anticipan sus objetivos: atacan otra vez con las pensiones. Son insostenibles, tienen fecha de caducidad. Usted trabaja y paga impuestos toda su vida, pero ese dinero no se puede dedicar a servicios sociales, como sanidad o pensiones. En cambio se destinan cuantiosas partidas a la Iglesia Católica, las Fuerzas Armadas y cuerpos de seguridad (sin mediar conflicto bélico propio) o a la Monarquía. Nunca les toca la austeridad neoliberal.

Es enternecedor, por cierto, cómo van pasando por la palestra los políticos de moral más laxa del país para defender que Juan Carlos de Borbón hizo una labor extraordinaria como «jefe de Estado, a título de Rey», y que ese trasiego de valijas y amantes es propio de la ancestral institución. Nunca les olvidaremos.

¿Frugalidad? Parca moral, escueta honradez, tacaña decencia, exigua ética. Así nos deslizamos por la historia, para tener en España esta derecha que sonroja con sus continuas mentiras para gente con ganas de creer que los burros vuelan si son de la familia.

El rigor anda en tiempos muy frugales también. La ultraderecha oficial tiene presencia constante en los medios, públicos y privados, más allá de lo que exigiría –no sé por qué si se habla estrictamente de noticias– su cuota institucional. Con bula como para que un eurodiputado de Vox pida un golpe de Estado porque el gobierno es contrario a su (antidemocrática) ideología y no tenga la menor consecuencia.https://platform.twitter.com/embed/index.html?dnt=false&embedId=twitter-widget-0&frame=false&hideCard=false&hideThread=false&id=1283742568895971328&lang=es&origin=https%3A%2F%2Fwww.eldiario.es%2Fopinion%2Fzona-critica%2Fataque-frugales_129_6111603.html&theme=light&widgetsVersion=223fc1c4%3A1596143124634&width=550px

La endogamia elitista del periodismo se constituye en poder corporativo, frugal al límite con las apariencias de neutralidad. Mientras se desparraman en jauría las cloacas del gremio. Sin que sea especialmente destacado.

Enfrente de esta espuma tan frugal en valores, mucha gente trabaja en tareas de gobierno, de periodismo, de servicio a la sociedad en todos sus extremos. Como escribía Íñigo Sáenz de Ugarte, Aroa López, la enfermera que intervino en el homenaje civil a las víctimas de COVID-19, tiene un mensaje para todos. Para la España oficial, relatada en trajes y mascarillas, convenientes o inconvenientes, y para todos los demás ante la pandemia. Supervisora de urgencias en el Hospital Vall d’Hebron resaltó lo que cuentan los profesionales de la sanidad a los que se les ha exigido mucho más de lo permisible. La tijera para recortar «gastos» en los cuidados de nuestra salud los dejó a la intemperie.

«Hemos sido mensajeros del último adiós para personas mayores que morían solas, escuchando la voz de sus hijos a través de un teléfono. Hemos hecho videollamadas, hemos dado la mano y nos hemos tenido que tragar las lágrimas cuando alguien nos decía: ‘No me dejes morir solo’. Insoportablemente espantoso para una sociedad.

En las residencias de la voracidad neoliberal, ni eso. En Madrid el clan de los ayusos al cargo, flipaban colorines entretanto, y ahí siguen al amparo de los periodistas neutrales.

Lo terrible es la frugalidad de la inteligencia y la conciencia que también están de moda, son tendencia, tienen sus influencersNo vas a estar todo el día con la mascarilla, si no pasa nada, un rato de disfrute con los amigos sin tanta cortapisa ¿qué de malo tiene? Y los contagios por coronavirus crecen ya de forma muy  preocupante. En España y en el mundo.

Recordemos que también hay que «ahorrar» en medidas de seguridad para los trabajadores, en particular si son inmigrantes y africanos. Y que, si no, siempre habrá algún patriota sin seso dispuesto a amedrentarlos como en la oscense Albalate de Cinca. Y va a más. Tres incendios consecutivos en Lepe (Huelva) en un campamento de inmigrantes temporeros: más de 400 personas afectadas, de las que 150 lo han perdido todo desde el primer incendio el lunes. Eñl racismo irracional que despliega la ultraderecha de cerebros sin peso no está lejos de esta terrible realidad.

A veces en los países «frugales» gastan mucho más que nosotros en alcohol y mucho menos en comida nutritiva. Aquí y en otros lugares se invierte desmesuradamente en frivolidad para disuadir de mirar el fondo. Demasiados austeros, rácanos, ratas, pobres, en dignidad. Como regla fija: todo avaro –caso de los «frugales»–  lo es también en sentimientos. Por eso abordan con tal egoísmo y crueldad los problemas que estamos viviendo.

*Publicado en ElDiarioes

Podemos, objetivo mediático permanente

Pablo Iglesias, en imagen de archivo

14 de julio de 2020 22:42h

Más de uno debería preguntarse qué ocurre en este país cuando –tras una elecciones autonómicas y celebradas en circunstancias extremas– portadas, columnas, tertulias, programas, TT en redes sociales, se llenan de Pablo Iglesias y Podemos. Sin duda, es síntomas de varias anomalías. Como poco, de una obsesión nada inocente por ese partido. Los comicios en Galicia y Euskadi se están analizando  como si hubieran sido unas elecciones generales en tiempos serenos, al menos. Y concurría una pandemia, crisis económica sin precedentes por el confinamiento mundial, enormes incertidumbres, dolor, el virus de una oposición devastadora dedicada a tumbar al gobierno por todos los flancos, y una labor mediática en su apoyo que traspasa ya barreras inadmisibles. Unas elecciones en las que se suprime el derecho al voto por enfermedad. Todo ello y más, sumado, influye en cualquier decisión.

Nunca unas elecciones en las potentes nacionalidades periféricas han marcado la impronta del país. En esta ocasión han apostado por los de casa, lo más cercano y conocido. Mirado en «clave nacional», como quieren, vemos que Unidas Podemos se ha llevado un batacazo importante, pero no es lo único sucedido como parecería a tenor de lo que sirven en tromba los medios. Núñez Feijóo alcanza su cuarta mayoría absoluta, con su sanidad de un lado y su tele y sus medios por el otro. Lo que debería llevar a alguna reflexión. Entra en el Parlamento de Vitoria, la extrema derecha. ¡En el País Vasco! y por 4.500 votos que también deberían mirárselo. Pablo Casado fracasa en su apuesta por Iturgaiz –como era previsible– y su alianza con Ciudadanos le sale por la culata. Y si Feijóo gana es obviando las siglas del PP que Casado representa

Las portadas de la prensa de este martes, siguen con el Podemos de su tormento. De nuevo, ya había sido su prioridad el lunes. Hay quien, en los digitales de derechas, se atreve a soltar esta barbaridad –guardada en la recámara– de ese país de moral laxa que prefiere, en lugar de la carga impositiva a los ricos, sus caritativas donaciones.https://platform.twitter.com/embed/index.html?dnt=false&embedId=twitter-widget-0&frame=false&hideCard=false&hideThread=false&id=1282807921299075074&lang=es&origin=https%3A%2F%2Fwww.eldiario.es%2Fopinion%2Fzona-critica%2Fobjetivo-mediatico-permanente_129_6104076.html&theme=light&widgetsVersion=223fc1c4%3A1596143124634&width=550px

Al PSOE lo dejan más tranquilo, a lo sumo dicen que no se beneficia de la gestión de gobierno. Ésa que ha sido masacrada en sus medios desde antes de empezar la pandemia. Algo tienen que dejar vivo más allá de la derecha. Es cierto que los periódicos en papel no se venden, han mermado su difusión obviamente en trenes y hoteles durante el confinamiento, pero hay que estar muy ciego para no ver que semejante maquinaria durante meses, durante años, ha de calar sin duda en un sector de la población. Si hay gente que se desplaza a hostigar a una periodista científica porque, negacionistas del COVID19 y las vacunas, consideran que es «una agente del Nuevo Orden para destruirlos«, ¿cómo no va a cuajar la propaganda antipodemos constante? El virus de la idiocia ha emergido potente también durante la pandemia.

De lo más lúcido que he leído este par de días es la evidencia de «la falta de implantación territorial» que señala aquí Aitor Rivero como problema de Podemos.  Las divisiones en las comunidades han sido letales, sin duda alguna. Las reacciones de Íñigo Errejón desde sus pobres resultados electorales o de Ramón Espinar, alabado por el periodismo negre, revelan otros males en origen que explican su evolución.  

Pero la campaña ha sido brutal. Con motivo de la última reyerta con reacción corporativa de periodistas de élite contra Podemos, rescaté un artículo que publiqué en elDiario.es ya en 2016: Los verbos que acabaron con el periodismo la corrupción que mató a un país. Una escandalosa diferencia de trato que hablaba de «entregar», «provocar», «levantar contra», «colar», «amarrar» y del que puede servir de ejemplo este «Sánchez recupera a Borrell», pero «Iglesias cuela al exJEMAD –sin nombre– por Almería para amarrar su escaño», en el mismo periódico.

Este martes, la Asociación de la Prensa de Madrid ha tenido a bien protestar por un insulto que el ultraderechista Espinosa de los Monteros ha dedicado al histórico periodista Antonio Papel en los Desayunos de TVE. Hace falta verlo para creerlo, pero han sido capaces de culpar a Pablo Iglesias de esta agresión. Avergüenzan a la profesión, cuando además Vox ha atacado a numerosos periodistas sin que causara mayor alboroto.

Luego, antes, después, llegaron las cloacas, que siguen extendiendo su detritus. Con todo lo que está ocurriendo en España y en el mundo, una tarjeta personal robada –según la justicia–, el supuesto ‘Caso Dina’, cuyo contenido fue publicado por la cloaca periodística, se lleva a la máxima categoría mediática teniendo en la mochila todo el Caso Bárcenas y los discos de su ordenador con datos supuestamente comprometedores para el PP, borrados 35 veces. Este país no es normal, si todo esto ocurre. Y ocurre.

Sobran lugares comunes, tópicos a granel, esas crónicas que mezclan el aburrimiento  que sienten y producen con la animadversión a un partido que parece haber desestabilizado su comodidad. Ni siquiera han llegado a enterarse de que Podemos no es, ni fue nunca el 15M. Aquello aglutinó un movimiento social que sorprendió al mundo. Denunciaba los errores del bipartidismo que «nos había convertido en mercancía de políticos y banqueros». Sufrió varias derivaciones y transformaciones desde el primer momento. Y eso es todo. Tiemblen si ese espíritu se agosta por completo porque lo que vendría es mucho peor.

Claro que la propaganda influye –y más tan brutal como lo está siendo–. El gran humanista José Luis Sampedro, escribía en Reacciona (2011), previo al 15M precisamente, sobre los votos condicionados por la presión mediática, sin la previa información objetiva y la consiguiente reflexión crítica, propia de todo verdadero ciudadano movido por el interés común.  En ocasiones, como se ha visto, sirven incluso para avalar la corrupción. Se confunde a la gente ofreciéndole libertad de expresión al tiempo que se le escamotea la libertad de pensamiento«, concluía.

A pesar del fuerte viento en contra, frente a los que soplan a favor de la involución, Unidas Podemos está en el gobierno y Pablo Iglesias es vicepresidente. En 6 años. Una curiosa forma de derrota. Lo que también suscita críticas en la izquierda purista. Este país de trazos torcidos desde indignas cabezas coronadas, sienta ahora en La Moncloa al gobierno más progresista que va a tener. A menos que limpiara más de lo que le van a permitir.

Detrás viene la ultraderecha ocupando escaño en el Parlamento de Euskadi, la que manda a un periodista al psiquiatra en la RTVE de todos que tiene a Vox en pantalla a diario. O, si nos portamos bien, la derecha turbia pero moderada, mejor acogida que la izquierda empeñada en las medidas sociales. Les falla Pablo Casado como líder. Siempre fue inconsistente. Y se demuestra de continuo.

Lo peor es que Polonia vota ultraderecha radical, Hungría también, y los nuevos fascismos se arman hasta con neonazis reclutados en el ejército, como se informa ocurre en Francia. Pero, claro, es que ni Pablo Iglesias, ni Unidas Podemos, gustan a un selecto grupo de periodistas. Ni a las grandes empresas. Es que además les robaron una tarjeta con conversaciones y fotos privadas subidas de tono, cuyo contexto ni conocen.

Más de 4.000 médicos residentes de la Comunidad de Madrid han iniciado una huelga pidiendo se mejoren sus condiciones laborales, turnos abusivos, remuneración precaria. Los de un hospital privatizado de Madrid así lo tienen. Se dejaron el alma y la vida en la pandemia, como el resto de sus compañeros sanitarios. Y aun a la espera de otra oleada de coronavirus, Díaz Ayuso reina en Madrid, y hemos de ocuparnos de los cielos no alcanzados de Podemos y de todo lo que gusten mandar quienes marcan la agenda. Lamento haber tenido que hacerlo también.

*Publicado en ElDiarioes

Primera lección: el coronavirus sigue aquí

10 de julio de 2020 21:33h

La primera lección a aprender del coronavirus es que sigue aquí. Hay en este momento en el mundo más de 12 millones de casos de coronavirus confirmados y medio millón de muertos. Hace apenas un mes eran 6 millones y 350.000 víctimas mortales. La gráfica sigue marcando un crecimiento exponencial. En algunos lugares se ha disparado como nunca. Los EEUU de Trump, en cabeza. Se cumplen cuatro meses desde que la OMS declarara el 11 de marzo, a la COVID-19 como pandemia. Tiempo en el que hemos aprendido muchas cosas, pero no todas ni mucho menos positivas para el bien común.

Cuatro meses, más en otros lugares del planeta, que se han hecho eternos para volver a una normalidad tutelada que no confirma a corto plazo rotundas soluciones al problema de salud. La economía opta ya por primar la bolsa antes que la vida, asumiendo o enmascarando las consecuencias y ni siquiera es la única amenaza.

El coronavirus se fue frenando con el confinamiento y la suspensión de la actividad en gran parte del mundo. La vuelta a lo cotidiano, aunque sea de forma tan relativa, ha desatado rebrotes y nuevos confinamientos. En Melbourne, la capital del Estado australiano de Victoria, están estupefactos por este regreso a las medidas restrictivas, realmente duras en el foco principal. Y así se están viendo varios núcleos y países. En España, se detectan 73 rebrotes activos en 15 de las 17 comunidades autónomas. Los que más preocupan están Lleida, con un fallecido ya en el Segrià, y en Lugo, A Mariña. La cifra de nuevos contagios se eleva ya a 333 en las últimas 24 horas. Son cerca de 3.000 en una semana, lo que no sucedía desde mayo. Urge actuar con responsabilidad

 A estas alturas sabemos cómo prevenir y afrontar el problema sanitario pero otras lecciones de trascendencia las han aprendido y quieren aplicar otros por todos. En el mundo y en España. Un breve apunte de cómo la delirante actuación de Donald Trump sirve en bandeja a China la hegemonía en el llamado tablero mundial. Esa China consciente de su poder, acaba de machacar a la provincia anexionada de Hong Kong con una ley «de seguridad» brutal que ahonda el carácter autoritario y represor del régimen –comunista en estructura y ferozmente capitalista en los hechos- al que se le permite todo por su potencial económico. Y Europa está borrada del mapa del poder mundial.

La UE certifica en cada nuevo episodio que no es un club de países en mutuo apoyo sino una unión en donde algunos saquen el mejor provecho. Neoliberal a muerte, consagra el sálvese quien pueda en práctica bien distinta a la idea original. El episodio de la presidencia del Eurogrupo así lo demuestra. Nadia Calviño, la ministra española, está alineada con las tesis ortodoxas de la doctrina, aunque con el toque social que aporta la socialdemocracia. Y ha sido elegido el candidato irlandés, Paschal Donohoe, «del Partido Popular europeo, del norte y de un país fiscalmente amigo de las multinacionales, como lo son algunos de sus apoyos: Holanda, Malta, Luxemburgo y Chipre», explicaba aquí Andrés Gil. Un paraíso fiscal, Luxemburgo en particular, da la presidencia a otro paraíso fiscal, Irlanda, a pesar del apoyo de Francia y Alemania a Calviño. Y queda repartir los 750.000 millones de reconstrucción que ha propuesto la Comisión Europea, sacados con fórceps, y que le va a costar soltar a la parte ganadora.

Hubiera sido un triunfo para Sánchez, así es derrota -la que registró el PP con De Guindos- y la prensa ultraconservadora española da botes de alegría. Aquí se libra una guerra tan radical o más que en otros países que quieren sacar provecho de la coyuntura.

En España, la cruzada de un nutrido grupo de periodistas de élite autoproclamados #yosoyVicenteVallés se inscribe en similar contienda. Lo que molesta de Podemos y Pablo Iglesias no es su actitud con los medios –con lo mucho que han callado del PP y ahora de Vox, al poder que en el fondo representan, para el que trabajan, les preocupan mucho más las medidas sociales del gobierno progresista. Ésa es la lección aprendida de la crisis, que redobla prejuicios previos.

Añadamos la pugna por mantener el nudo del atado bien atado o poner algo de justicia y de cordura en un país cuya cúspide ha venido haciendo aguas de tan escandalosa forma. Lo último de Juan Carlos, rey, jefe del Estado, lleva a preguntarnos ¿cómo se pueden sacar y disfrutar 100.000 euros al mes entre 2008 y 2012 de la cuenta suiza donde ingresó el «regalo» de Arabia Saudí? ¿Cómo nadie, enterado, dijo nada?

No parece que los ciudadanos hayan aprendido cuánto necesitaban sanidad pública e información independiente. Mientras los medios no dejan de criticar a Unidas Podemos, Díaz Ayuso –como paradigma de las políticas del PP y sus aliados- sigue su paseo triunfal limitando, todavía más de lo que ya está, la actividad de centros de salud en verano por falta de trabajadores. La prioridad ahora en ese terreno es construir otro hospital. Uno «para pandemias».

Agota hasta volver a repetir las referencias a tanto atropello, a tanta arbitrariedad. Resulta que un foco de coronavirus de Madrid está muy cerca de mi casa. En un edificio donde hay un par de periódicos que ni siquiera informan del tema. Y piensas en las tiendas de alrededor, las paradas de los autobuses casi en la puerta. Y preocupa.

Y en las incómodas mascarillas que precisamos, con el calor además. Y en la perorata aprendida por los irresponsables: no pasa nada, el coronavirus es cosa de los rojos (como le dijeron a un médico), en los amuletos y remedios que se inventan para ahuyentar al bicho en el que ni creen. El coronavirus, en otra lección ardua de verdad, nos ha enseñado la cantidad de cretinos que viven entre los ciudadanos.

 A unos cuantos de nosotros también nos ha enseñado a valorar lo que nos vale la pena. Asistiendo a tal despliegue de mezquindad, egoísmo y hasta usura, te paras y reflexionas, como mi amigo el periodista todoterreno Juan TortosaUna vida da para hacer muy poquita cosa. Así que conviene seleccionar bien lo que se hace, en qué se trabaja, lo que se lee, con quién se está y a quién se ama, dice.

El verano pasado, tampoco exento de zozobras, me prendé de un texto en un blog que se demostró rotundo y tan premonitorio como lo es la vida si se la observa: «Si son dos días, que sean con quien nos hace sentir vivos; si la vida es un vuelo, que sea libre y con nuestras propias alas; y si estamos de paso, que sea un baile con una gran banda sonora”. Lo firmaba Marta Eme, aludiendo a la intensidad de ese sentimiento ante la muerte que asoma. Ha asomado en demasía en lo que llevamos de pandemia. Sin que la sociedad aprenda cuánto importa lo que importa.

Y ni con lo experimentado hay manera de cambiar que aunque haya gente desvalida, el sálvese quien pueda neoliberal sea lo que conviene. Ni las estrategias o trampas que se precisas para obtenerlo. Miles de muertos, millones de contagios, la bolsa o la vida. La corrupción que se atrinchera sin limpiar. Un plato de lentejas a cambio ¿Con caviar? Al menos saber elegir las batallas. Y los paisajes. Y las personas.

*Publicado en ElDiario.es

Los periodistas críticos con el poder

  • Es absolutamente reprobable que se presione a un periodista que cumple su trabajo; no que se critique a quien desinforma. En ningún punto del código deontológico figura el derecho a difamar, ni a que el difamado se calle

Rosa María Artal

7 de julio de 2020 21:15h

Pensé escribir de la huella que dejan las personas, de Ennio Morricone. Pero las calamidades ineludibles se agolpan en este país. Una pandemia, rebrotes por aquello de “el coronavirus no es nada” o el “hay que trabajar”, el virus de la vandálica oposición, la masacre de los geriátricos, los trapicheos de la Real Familia de los Borbones, jefes de Estado a título de Reyes… no faltaba más que un periodismo quebrado, como parte del mismo todo. 

Muchos ciudadanos están atónitos ante el espectáculo. Periodistas de élite, de los mejor pagados, se han volcado en apoyo de uno de sus principales: Vicente Vallés, presentador de noticias de Antena 3. El pobre había sido agredido, dicen, por un tuit de Pablo Echenique, portavoz de Unidas Podemos, y por una entrevista en Radio Nacional de España a Pablo Iglesias. Lo más granado de ese sector de la profesión ha ido pasando a retratarse y afirmar #YosoyVicenteVallés. 

Escriben frases muy emotivas como argumento. Ellos son críticos con el poder y hay políticos que eso no lo toleran. Algo tan cierto como inadmisible. Lo que ocurre es que hablamos de un curioso saco en el que políticos, como Donald Trump por ejemplo, atacan al periodismo riguroso, no al que les halaga y secunda. Es absolutamente reprobable que se presione a un periodista que cumple su trabajo; no que se critique a quien desinforma. En ningún punto del código deontológico del periodismo figura el derecho a difamar, ni a que el difamado se calle y ponga la otra mejilla.

Periodistas críticos con el poder, dicen. Este mismo martes se puede ver esa actitud firme que les enaltece en las portadas de la prensa de papel: ninguna de ellas menciona siquiera el nuevo episodio de Juan Carlos Rey, que habría ordenado en La Zarzuela «crear una estructura» para ocultar dinero saudí en Suiza, según ha declarado allí al Fiscal del caso el abogado Canónica. En cambio, se desparraman contra Podemos al punto de resucitar hasta a Venezuela, sin un gramo de pudor.

El periodismo ha cambiado mucho. Durante las décadas que llevo ejerciéndolo, toda una vida, ha sido regla inquebrantable separar información de opinión. Señalarlo con claridad. Vicente Vallés, según yo misma vi, opinó sin datos dentro de un noticiario y apostilló a Isa Serra desde el plató sin oportunidad de contestación alguna. Eso, de entrada. Más grave todavía es negar la existencia de las cloacas del Estado –del gobierno de Rajoy y Fernández Díaz-, con dossieres falsos que fueron publicados y se mantuvieron a pesar de sentencias negando los hechos del Supremo incluso. En un país verdaderamente democrático hubieran saltado las costuras del Estado con semejante trama, dirigida a cualquier partido. Hay barreras que no se pueden saltar. Esto ha sido un Watergate en toda regla que, lejos de pasar factura, quieren perpetuar. De ahí la insistencia en inventarse un “Caso Dina” o un “Caso tarjeta” cuando lo que se juzga es la trama corrupta de un comisario de policía, José Villarejo, en la que parece haber demasiada gente de altura pringada. Con ataques al tesorero del PP, Luis Bárcenas, a unos niveles que dejan en juego de niños el Chicago de los años 20. Y esto forma parte de lo que implica el apoyo a negar las cloacas de los #YosoyVicenteVallés. A mí me produce auténtico sonrojo. Más aún, desolación.

Los políticos no toleran la prensa crítica, se atreven a proclamar para este caso. Prensa crítica sería la que enjuiciara sus labores de gobierno, incluso su actitud. Prensa crítica no es negar las cloacas, ni burlarse de que, de existir, «habrían evitado que Podemos llegara al Gobierno, incluso a la vicepresidencia». Lo que ha quedado claro es que quien no tolera la críticas, ni la discrepancia siquiera, es ese lobby de periodistas, representado también por las asociaciones agrupadas en FAPE y por la activa APM de Madrid. Entidades volcadas en defender a Eduardo Inda, por ejemplo, uno de los difusores de los dossieres falsos, y en programar descuentos varios, hasta en mutuas de salud a sus afiliados como principales tareas.

Los muchos periodistas acosados por otros partidos, como Vox o el PP, se quejan de la diferencia de trato. Ni Cintora, ni Patricia López, ni tantos otros gozaron de esta solidaridad como el presentador estrella del potente grupo mediático, ¿tendrá algo que ver? Da la impresión de que Podemos incomoda mucho más al sistema que defienden los periodistas “críticos con el poder” que la ultraderecha. A la que por cierto, nos han metido con un embudo.

El fraternal apoyo no es unánime y hasta se pueden conseguir explicaciones al «error» de Podemos. Me dicen que estas cosas se hacen con más astucia, bajo mano. Y que el problema es ese vídeo donde, tanto los informativos de Vallés como los de TVE, sacaron a Podemos hasta de las encuestas del CIS. Los borraron del mapa político. Esto tampoco molesta a ese grupo de periodistas. Lo grave es el hecho de quejarse públicamente en formato vídeo. Entiendo pues que hay un protocolo no escrito de lo que pueden hacer y no los diputados desde el siglo XIX, pongamos por caso, a salvo de los largos periodos que las dictaduras nos dejaron sin Congreso legislativo. Tomen nota: de vídeos nada. Redes sociales, poco. Prueben a batirse en duelo. Un protocolo conservador que se rige hasta por cánones estéticos. Conviene también a los periodistas bajar a la calle, mezclarse con la gente y ver que ahora el Congreso se parece más, en fondo y forma, a la sociedad a la que representa.

Esta fractura del periodismo es el síntoma de un todo, pero grave. Si esto se hace tan a las claras, imaginen qué más cuela en esta España nuestra. Los graves defectos estructurales de nuestro país parten desde la cúspide.

«Juan Carlos de Borbón cobra de todos los españoles un sueldo público de 194.232 euros brutos al año como rey emérito –gastos, viajes y casas aparte–. No es un mal salario. Pero es apenas una propina, comparada con las cifras de esta investigación penal.

Para los que se pierden con las grandes cantidades: 65 millones de euros equivalen a más de tres siglos del sueldo oficial del rey. Y para sumar cien millones, a Juan Carlos I le haría falta más de medio milenio de salario real.

¿Para quién trabaja realmente Juan Carlos de Borbón? ¿Para los españoles, que le pagamos 194.232 euritos al año, o para la dictadura saudí, que presuntamente le soltó cien millones de dólares no se sabe a cambio de qué?”

Esto lo escribió el 4 de marzo, Ignacio Escolar, director de ElDiarioes. Y esto sí es ser crítico con el poder para dar información esencial a los ciudadanos ¿dónde han estado tantos que ahora presumen de lo que carecen?

Los reyes y sus hijas que van a un funeral convocado por la conferencia episcopal, con 50 obispos. No quieren actos laicos en un país aconfesional, como no quieren «paguitas» para los pobres. Y no importa que se monte un aquelarre de insultos a Sánchez, y a uno de los vicepresidentes, claro está Iglesias, por no asistir y ABC pueda explayarse en portada.  

Atacar a Podemos no es criticar al poder. Son cinco ministros de 17 y no tragan a ninguno. A lo sumo a Yolanda Díaz, a la que una presumiblemente del grupo «periodistas críticos con el poder”, se atrevió a llamar “Yoli Díaz, la potra de trabajo”. En El Mundo, el mismo diario que hoy reinventa las cloacas para cargárselas enteras a sus víctimas. Preocuparse por un ingreso mínimo vital e insistir –menos de lo debido- en el impuesto a las grandes fortunas, un imprescindible cambio de la fiscalidad al que urge hasta el exrelator de la ONU Philip Alston  o la derogación de la muy lesiva Reforma Laboral del PP, se paga caro en tiempos de este peculiar periodismo crítico.

Si existe la vergüenza ajena, me siento completamente ahíta de ella. De hecho, si la sociedad sujeto esencial del Derecho a la Información, no reacciona y a fondo, creo que esto no va a ir a mejor ni mucho menos. Y ya es demasiado. Pero no quiero quedarme sin hablar de Ennio Morricone, el músico que se engrandeció al infinito desde aquellos westerns que, sin serlo, parecían menores. No dejo de oír desde su muerte ayer, el canto sublime al cine y al amor de Cinema Paradiso y tantas bandas sonoras que nos llegaron a lo más profundo del cerebro, que es donde anida el corazón. Y me quedo conSostiene Pereira,esa obra perfecta que unió en una película la novela de Antonio Tabucchi con la música de Morricone, una Lisboa eternamente hermosa, un Marcelo Mastroinnai mítico en uno de sus últimos trabajos antes de morir a los 72 años. Sostiene Pereira: 1938, tiempos duros de ascenso de los totalitarismos, dictadura de Salazar en Portugal. Un periodista, encargado de las necrológicas, evoluciona desde la tibieza y la comodidad al compromiso y la valentía. Impactado por la cruda realidad. Una puerta abierta a la reacción, al cambio, a la coherencia, que dejó Una brisa en el corazón en la voz de Dulce Pontes para que nada faltase.

Publicado, con todos los enlaces, en ElDiarioes

Aclaro: ha cambiado el editor y tengo dificultades para adjuntar imágenes y en otras cuestiones.

El submundo de las noticias del móvil

  • El móvil salta a WhatsApp, a las tertulias, a la prensa sesgada, a las redes y puede terminar sepultando lo que ocurre y cuenta el periodismo real

Rosa María Artal

3 de julio de 2020 19:50h

Siempre que la veo, me cuenta alguna noticia. «Los virus entran por Barajas y el gobierno no quiere hacer test». «Nunca en la historia ha habido tanto paro como con Sánchez«. Lo dice con vehemencia y con el orgullo de ser una persona bien informada. Me la cruzo a menudo en el portal, es lista y tiene interés por el mundo que nos rodea, pero todas sus noticias son del mismo sesgo: el de la oposición con todos sus bulos incluidos. Así que le he preguntado dónde se informa. «En el móvil», me ha dicho con rotundidad, mostrándome la oferta de noticias de Google. Casi todos conocemos a alguien así.

No somos conscientes de que la cadena de la degradación informativa que, dejando fuera el periodismo riguroso, va descendiendo a la caverna mediática, a las tertulias de refuerzo, a las redes sociales, recala y se propaga en los mensajes de WhatsApp, tiene en su último estadio «las noticias del móvil». Durante los cuatro meses de estado de alerta y confinamiento por el coronavirus hemos vivido pegados a ese instrumento que nos conectaba con los otros y –se supone- con la realidad comunicada. Desde ahí, presumiblemente, se sigue un camino inverso, el móvil salta a WhatsApp, a las tertulias, a la prensa sesgada, a las redes y puede terminar sepultando lo que ocurre y cuenta el periodismo real. Forma parte de un todo, en realidad.

También he reparado en las noticias del móvil. Alarmada. Este viernes, me encuentro para abrir boca con el siguiente titular: «Vallés no se amilana por haber sido señalado por el panfleto de Podemos y da con la mano abierta a Echeminga» por mentir en el «caso Dina». Así de un trago, todo junto. En engendros que se publican y que se suponen dirigen periodistas. Se refiere al comentario que el presentador de noticias de Antena 3, Vicente Vallés, se permitió hacer al terminar una declaración de Isa Serra. Vallés desautorizó -en un informativo- a la portavoz de Podemos sobre la existencia de las cloacas del Estado en su contra, sin aportar datos. Pero da igual, las noticias a veces no precisan ni tener relación directa con nada.

«Sánchez se salta el protocolo con Portugal y el Rey le pone en su sitio», proclamaba ayer el panfleto de un controvertido tertuliano. A este tipo de periódicos y, al parecer, a quienes seleccionan las «noticias», les gusta mucho en general que las autoridades competentes «pongan en su sitio» a los malvados seres de izquierda.

Toda la carcundia de la información, más allá de los tradicionalmente conocidos como tabloides, aparece destacada en la selección. Con insultos gruesos a sus víctimas favoritas, irrepetibles incluso, que al parecer se tragan sin problemas algunos lectores. Lo peor es cuando también vemos a medios más potentes como la COPE, en la permanente misión de atacar al Gobierno y defender cualquier cosa que diga la ultraderecha, y en ese mismo tono sensacionalista de los panfletos. Opiniones de este cariz son diarias en la cadena de los obispos.

Se busca el clickbait, lanzando el anzuelo en el titular, que genere visitas y a la vez impulse ser destacado como noticia con gancho. Las visitas que dan audiencia y se pueden presentar a los anunciantes, como ya sabemos. Pero siempre me ha parecido demasiada casualidad esa desproporción, si lo comparamos con Twitter, entre lo que todos los medios publican de continuo y lo que emite esta peculiar parcela. En el fondo su peso es mínimo en el total informativo. Pero va ganando fuerza su contaminación. O se va sumando.

«El contenido que ves en Google Noticias se selecciona mediante algoritmos informáticos, a menos que se indique lo contrario. Con estos algoritmos se determina qué noticias, imágenes y vídeos se van a mostrar y en qué orden», explican. Bueno es que haya algoritmos a quien señalar. Dicen también que «los temas de estas secciones se eligen mediante algoritmos y están personalizados según tus ajustes y actividad anterior en Google» y eso es más raro aún. En mi caso no clico esas noticias y es más incomprensible que sigan las ofertas en esa línea tan insistente.

El problema es que ese magma sube como las filtraciones y va impregnando la cadena alimentaria de la información, como suelo decir. Más aún, de arriba o abajo o de abajo arriba, el tono insultante se está imponiendo tanto como el bulo. «Mengele» han llamado al científico Fernando Simón, jefe de Alertas Sanitarias. Las noticias de este tipo se afianzan en las tertulias en donde suele haber alguno de sus creadores y difusores y acaban en titulares de prensa de papel, con signos tan «contudentes» que han sido archivados, acorralamientos vivos en el deseo del periódico y sobre todo en la conciencia de personas indefensas que se creen lo que leen, sin cuestionarlo o comprobarlo. Siempre ha habido secciones chuscas en algún medio. Residuales. Esto es como una mezcla de los viejos almanaques, con periódicos como El Caso y cotilleo rosa subido que tizna la política.

Y así, convierten el «Caso Villarejo» en el «Caso Dina» o el «Caso Iglesias» o el «Caso tarjeta». A la víctima, en culpable. Quieren diluir la corrupción institucionalizada de alto y largo alcance en asuntos de cama, de poder. Ascienden a líderes de opinión fundamentada a toreros y cantantes, famosos de medio pelo, como si lo que dicen fuera relevante. En toda la cadena de este tipo de desinformación interesada, se sustituyen por chismes los temas que son realmente importantes para los ciudadanos.

Por supuesto que todavía es un síntoma y el periodismo verdadero pervive, a veces a un alto costo en esfuerzos. Pero bulos e interpretaciones sesgadas calan en algunos sectores de la sociedad con menos interés por buscar información auténtica. Allí donde están los problemas reales. De necesidades, de gobernanza en dificultades.

Datos, algoritmos, verdades y mentiras se cuelan por los canales de la tecnología en un tráfico inmenso que precisa tener los ojos abiertos. En la calle no se nos ocurre lanzarnos en tromba sin mirar, como suele explicarse. Aquí sí. Y quien muere o queda mutilada es la información y a la postre, la democracia.

Ni la realidad ni nosotros somos los mismos

Puede que lo más patente del confinamiento fuera el silencio. Quizás porque detrás estaba el miedo, el dolor, la responsabilidad. Ese amanecer sin coches ni, brevemente, taladradoras y martillos. Luego se rompió en el sonido de los aplausos solidarios a quienes nos cuidaban y poco después en el ruido de las cacerolas insultantes. El eco que amplificaba los gritos en el Congreso de una oposición a la que solo le ocupa tumbar al Gobierno y vio en una pandemia su mejor oportunidad.

Esto no ha terminado ni por lo más remoto. La OMS avisa de que la pandemia de coronavirus «no está ni siquiera cerca de acabar» y de hecho «se está acelerando». Las evidencias no pueden ser más notorias. Más de diez millones de contagiados y medio millón de muertos, cuando hace un mes eran 5,5 millones y a finales de mayo 3 millones. En algunos países aún crece la pandemia, mientras en otros comienza a haber rebrotes por el fin del confinamiento. En algunos casos, el incremento en la cifra de casos es alarmante. Diez en particular entre los que se incluyen EEUU, Alemania, Suiza o Irán. A punto de abrirse las fronteras, Europa las mantendrá cerradas para los viajeros de EEUU, Brasil y Rusia. Hay que dejarlo claro: las restricciones han funcionado, no se puede vivir eternamente confinado y algunos se han tomado el alivio con demasiada frivolidad.

Dijimos que la normalidad era el problema pero no hemos vuelto ni siquiera a aquella y este espacio entre aguas donde estamos ha agudizado los problemas dejando toda su esencia al descubierto. A unos les ha ido mejor y a otros peor aunque probablemente sea mayor el número de las víctimas que de ganadores. Y todavía queda ver la evolución. Tiempos raros, de fuertes contrastes, en los que no terminamos de asimilar los cambios. Y pesa el futuro: la incertidumbre de no saber qué nos espera es una de las sensaciones más desestabilizadoras para buena parte de los humanos.

Lo que más nos preocupó, el cuidado de la salud, está muy lejos de haberse normalizado. Como ejemplo y tragedia, Madrid. El que fue director del hospital de campaña de Ifema y luego promovido a viceconsejero de Salud Pública, Antonio Zapatero, ha contado que la «inmensa mayoría» de centros de salud cerraron durante la pandemia al no poder atender a pacientes, a pesar de que el listado oficial los fijó en 56. Y la situación sigue sin normalizarse. He llamado al mío. Un disco me anuncia que «ya» está disponible la consulta telefónica para Atención Primaria. Insistiendo hasta el final de recorrido de la grabación, me dicen que todavía no funcionan las consultas presenciales y que me llamarán el miércoles. Todavía. ¿Más de cuatro meses sin medicina general normalizada en Madrid? ¿Busca el PP dónde están los muertos que dice no encontrar? En Barcelona, a una amiga le han citado, por escrito, en el Hospital Clínic para una consulta de neumología… telefónica. A ver, respire usted hondo. Las enfermedades crónicas, sin atención suficiente, han sufrido un presumible deterioro. Las especialidades no han estado tampoco al cien por cien.

Añadamos las muertes entre los dependientes. La pandemia las ha disparado hasta casi cuadruplicarlas en Madrid y Castilla-La Mancha. Los excesos en la mortalidad los hemos destacado varias veces y los datos no dejan de corroborarlos. Debemos insistir, porque todavía no hay normalidad.

Y las residencias de ancianos. Cada dato añadido cruje. Pero no a esta España que no se altera masivamente por lo perpetrado en varias autonomías, encabezadas por el Madrid de Ayuso, que se asemejan a los campos de exterminio. Dejar morir sin atención, documentadas las órdenes de no derivarlos a hospitales, con el fin de fiesta final de los ayusitos contratados » flipando en colores», dijeron por el negocio que se les abría, es indignante.

Si algo nos ha mostrado la pandemia en toda su crudeza ha sido la capacidad de dañar de políticos ineptos y desaprensivos y, a la vez, la permisividad de medios y votantes. Tragando y difundiendo incluso la basura que esparcen contra el enemigo favorito, Pablo Iglesias, para tapar sus propias miserias. La historia de la tarjeta, las cloacas, el extraño caso deljuez que quería cobrar menos y trabajar más que contó Ignacio Escolar hace tres años da para una saga. Pero hay momentos en los que acomete la impotencia ante tanta desvergüenza. Y ver que siguen y siguen. Y desde más arriba planifican descorchando champán.

La pandemia nos ha afectado emocionalmente. A la gente con conciencia sobre todo. Al personal sanitario se le nota como venido de un frente de batalla. Dicen tener hasta sensación de fracaso. No disponían de medios suficientes. Los habían recortado. Y a ninguna vocación se le debe exigir heroicidades cuando se les ha de dar elementos para cumplir su función. Y han vuelto a precarizarlos y despedirlos. Y ellos a pedir lo que precisan para cuidarnos y ya no hay portadas ni aplausos, molestan en la nueva felicidad, cuando ellos temen una segunda ola que les va a ser muy difícil de soportar.

A la gente que traga, ciega de odio, lo que en el fondo ha de saber mentira, también la ha cambiado. Han tomado un papel muy activo. El coronavirus, bien es verdad, ha aflorado la existencia de cerebros de ameba convencidos de bulos y teorías conspirativas a un nivel de asustar y dudar que puedan llevar una vida de seres normales. Alguno de los cabecillas hasta canta.

No, esto no se parece a la normalidad. La pandemia está suponiendo un palo atroz a la economía. El turismo no es ya lo mismo. E insistimos en que este país apostó por él como principal eje productivo. Se arruinan los dueños de pisos turísticos. Airbnb dice haber perdido todo lo ganado en 15 años. Pero tampoco abren hoteles enormes de 5 estrellas que ofrecen un panorama sombrío en sus luces apagadas y el vacío absoluto. Y tantas persianas comerciales echadas. Y la pobreza que emerge en visita real propagandística. Grandes y pequeñas empresas siguen con el teletrabajo sine die. Es otra forma de vivir y de relacionarse,incluso. Dice la OIT, la organización Internacional de Trabajo, que se están destruyendo el equivalente a 400 millones de empleos. Este escenario exige mucha claridad de ideas, mucho esfuerzo y colaboración, y una gran dosis de honestidad para abordar las soluciones.

El dueño del antiviral Remdesivir ejemplifica la elección entre la bolsa y la vida. Pone precio al primer tratamiento aprobado para la COVID-19: 2.000 euros por paciente. No es una vacuna. «No es la panacea, pero nos va a ayudar mucho», ha dicho Fernando Simón, el director del Centro de Emergencias Sanitarias.

Tiempos raros para viajar como sardinas en lata en aviones o trenes, pese a los anuncios de seguridad, que exigen huecos inasumibles a la cultura. «Consciente de que vivimos rodeados de expertos en la materia por todas partes, ¿alguien con criterios sanitarios/epidemiológicos puede explicar la convivencia de estas dos imágenes?», se pregunta el actor Tristán Ulloa, calibrando contrastes desde su posición en la que fue víctima del coronavirus.

Confinados en casa, los barrios se hicieron casa de vecinos, acercando sus ventanas y balcones. Aplaudiendo juntos hasta el final terco en la extinción lenta. Volvieron a adueñarse de una bandera que visten de franquismo y fascismo y se empeñan en que sea excluyente. Machacaron los nervios con las cacerolas y ollas. Ya han vuelto a sus madrigueras o a sus segundas residencias. Dejando su hedor de mofeta en el camino.

Y volvió el ruido intenso del tráfico. Y se han instalado en nuestra cotidianeidad las filas de espera con personas que tienen dificultad en entender qué es una distancia de separación de al menos metro y medio, o que no saben ni ponerse una mascarilla. Ahora con el calor, la moda es llevarla en la barbilla sudorosa.

Nos hemos conocido más que nunca. A nosotros mismos en el reto y a los otros. A quienes se empeñaron en dañarnos el doble con la voracidad de la hiena que solo busca su bocado. A los que ayudan también y son confianza para el tiempo que ha de seguir con todos sus tropiezos. A los que despliegan abrazos virtuales cuando se necesitan más reales que las palmaditas huecas de las declaraciones formales. Sabemos con quién contar y a quién desechar. No todos, al parecer. Cada uno que hable por él. Saldremos adelante, mal que bien; es consustancial a la vida. Pero esto no ha acabado y al menos habremos aprendido algo más de cómo encarar lo que vendrá.

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La luz al final del túnel no está en la misma carretera

Si hay algo claro en este momento de incertidumbres es que la luz al final del túnel no está en el camino al que nos abocan los hasta ahora beneficiados del sistema. La actividad mundial se ha parado por primera vez en la historia, era la forma más efectiva de frenar la pandemia del coronavirus. Un estudio de la ONU cuantifica en el 81% de la fuerza laboral (estimada en 3.300 millones de personas) la que se ha visto afectada total o parcialmente por esa suspensión. Como consecuencia se ha desatado una crisis económica global con algunas mínimas excepciones.  Los países con un tejido más débil son los más afectados.

El FMI prevé para España una caída del PIB del 12,8%, la mayor de Europa junto con Italia, y casi la misma que Francia. En Alemania andará por el 7,8%, con un aumento de décimas solo en el desempleo. Como ya sabemos, España y sus gobiernos apostaron por el turismo y el ladrillo como motor de la economía. La construcción pinchó por los excesos y el turismo ya registraba síntomas de retroceso cuando la represión de la Primavera árabe echó fuera a ese importante competidor en el norte de África. La drástica reconversión industrial dejó a España sin el pilar sólido del que disponen otros países y hoy, además, tenemos una gran dependencia del exterior en la industria. Por si faltara poco, en los años de gobierno de Rajoy, la inversión pública en I+D+i en España bajó un 9.8%, mientras que de media en la Unión Europea subió un 10.5%. Dibujando este vergonzante cuadro. ¿Qué sucede en Alemania? Todo lo contrario, en todos los puntos. ¿A qué así se entiende mejor? La oposición política y los medios a su servicio obvian este contexto deliberadamente.

Son necesarios algunos datos más. El gobierno español ha dado cobertura a los trabajadores con los ERTE. A casi 3 millones y medio. Aún ahora, como destaca el Financial Times, ha extendido esa prestación hasta septiembre a 2 millones de empleados. Introdujo el ingreso mínimo vital que se ha cobrado a partir de este viernes y prohibió el despido durante el estado de alerta. La crisis es mundial, la indecencia política en sus desorbitadas críticas se ceba en España, por añadidura.

Los empresarios se han reunido para pedir lo que quieren en la reconstrucción. Ayudas también, en curioso fenómeno dentro del liberalismo y libre mercado que socializa las pérdidas y nunca los beneficios. El Rey Felipe VI se vuelca con los empresarios y así declara: «Defienden nuestra economía, el bienestar de los ciudadanos y el porvenir de España». Y la prensa de siempre pone su montaña de arena para apoyar. El Gobierno ha sacado de su pacto de reconstrucción el impuesto a las grandes, a las grandísimas, fortunas (empresarios y quienes viven de las rentas). Y no incluye tampoco la Reforma Laboral. Los ricos tienen quienes les defiendan y el gobierno más progresista que podremos tener en la vida en este país -por el camino que vamos- hace equilibrios en ese alambre sobre el foso lleno de pirañas que conocemos. Mal asunto, ceder otorga el permiso a ceder más, y no es reconocido como un valor.

Los empresarios lo tienen claro, recortes, como en 2008 en la crisis de la que todavía millones de pobres no se han recuperado. El Banco de España, que parece trabajar solo para los empresarios, pide recortes en pensiones y subida del IVA para todos. Sensible diferencia de política fiscal. La trinchera mediática sostiene y aprieta. Es «la clave erdadera» la que se le muestra a Sánchez, nada menos. Dicen en la CEOE que «las crisis no se financian con impuestos», ellos prefieren -ya lo hemos experimentado largamente- los recortes salariales y las subvenciones públicas. Es su túnel y se lo gestionan ellos. Con la complicidad de varios millones de víctimas sin criterio. Su odio y su ruido taponan la visión de largo alcance.

Hay otros mundos. En Francia, la vicegobernadora del Banco Central, liberal y con el gobierno de centro-derecha de Macron, aventura la posibilidad de que el BCE anule deudas. En la línea del catedrático de economía Juan Torres López cuando propone entre otras medidas que el BCE compre deuda de los Estados para volver a emitir otra perpetua. Soluciones hay. Muchas más de las que parece.

A diferencia de los grandes medios españoles el New York Times escribe un editorial que, en el mismo sentido, va mucho más allá: «Conseguir prosperidad para todos y estabilidad democrática requiere imponer límites a la influencia política que ejercen los ricos. Requiere que el gobierno sirva a los intereses de los gobernados». Demoledor en sus datos, como pocas veces se ha leído en un periódico de tan gran tirada. Y similar a los artículos e informaciones que en España sí publica el periodismo independiente. Porque dinero hay y no tiene que salir siempre del lado del más débil. También se pueden ajustar prioridades en el gasto en cuestiones que no sean esenciales para el bien común. Sanidad, educación, pensiones, servicios, dependencia entran en ese apartado y, casualmente, son los siempre amenazados de tijera por los que se han apropiado del túnel.

La pandemia de coronavirus ha demostrado el fracaso del capitalismo para resolver los problemas serios de las sociedades. Es la gente corriente el engranaje del sistema, no la economía financiera especulativa. Hace ya al menos una década que los movimientos de divisas producto de bienes fabricados apenas suponen el 10% del volumen financiero. La economía ya no se dedica a «fabricar cosas» y son una serie de «cosas» las que se han demostrado imprescindibles. La salida del túnel pasa por producir lo que realmente necesitamos. El sector sanitario sufrió salvajes destrozos con la tijera del PP fundamentalmente, aunque no solo. La ratio de médicos y enfermeros por países es sonrojante, y explica el enorme sacrificio que ha supuesto para los profesionales mantener la eficiencia, a costa incluso de su salud.

El Banco Mundial, que corrobora la recesión generalizada, salva de ella a pequeños países. Parecen tener en común que han apostado por la agricultura, no son tan dependientes de los servicios, incluso del turismo. Dramática la situación de algunos sectores en España a causa de las medidas contra la pandemia –en algunos casos por haberse agravado una crisis precedente-. Se están disparado los concursos de acreedores. En turismo, en comercio –incluyendo grandes centros comerciales-, y en la industria, como detalla Infolibre. No se puede tomar con frivolidad asuntos que afectan a tanta gente. La vuelta a una normalidad que dista mucho de haber regresado, que puede acabarse si rebrota la pandemia, ha de pasar por una verdadera racionalización de la economía. Millones de personas, muy tocadas algunas, están dispuestos a pesar de todo a seguir viviendo y prosperando con cuanto implica. Y ha de haber actividad para satisfacer sus demandas. Quizás otras diferentes, las que se necesitan. No va a ser fácil.

El mayor éxito del capitalismo es haber conseguido adiestrar a rebaños de fieles dispuestos a luchar por los privilegios de los más desaprensivos –en el caso de España- aun a costa de su vida o la de sus familiares. La luz al final del mismo túnel puede ser un despeñadero para muchos. Se impone extremar la atención. Y, por descontado, mucho mejor darse la vuelta y cambiar de rumbo.

*Publicado en ElDiarioes 

Maquiavelismo navajero

No son todos. Por el contrario, hay españoles a quienes nos revienta una realidad que nos ha dañado como país durante siglos. Lo llamaron «picaresca» y aún se enorgullecen de ella: mentir para robar y siempre para aprovecharse de alguien que queda debilitado. España consagraba así una relajación ética, una clara deshonestidad, como forma de obtener prebendas ilícitamente. Nunca se fue de nuestras vidas y ahora asiste a un momento cumbre. Justo cuando el fuerte golpe del coronavirus debería inclinar a la reflexión y a situarnos ante la hora de la verdad de nuestras vidas, la hora de la verdad.

Las evidencias se agolpan. Este lunes el telediario de las 21.00 de TVE (minuto 24.00) nos sirvió una bonita pieza en la que dos expertos –de renombre, sí- analizaban la percepción de la sociedad ante la gestión de la pandemia. El sociólogo Narciso Michavila dijo que los gobiernos de España, Francia, Bélgica, Reino Unido, Brasil y EEUU compartían el no salir reforzados de esta crisis sino con debilidades. Una afirmación que exigía saber dónde estaría pues la auténtica noticia: por qué, de ser así. Todo lo que hizo el redactor fue mencionar al principio la crispación de todos con todos, hasta en las familias. El politólogo Pablo Simón convino en que los presidentes autonómicos habían salido reforzados.

Los expertos del telediario remataron aventurando que se tendía a recuperar a los partidos con experiencia de gobierno, el bipartidismo, a salvo de Ciudadanos, al que el aparato quiere subir para derechizar la Moncloa. Menos mal que Pablo Simón apuntó para sus opiniones «el margen de error».

Es de una frivolidad notable abordar este tema con un par de personas sin sostenerlo en datos pero, sobre todo, no indagar en las causas. La evidencia deja claro –con tanto o más rigor- que la feroz oposición entregada a desestabilizar al Gobierno aprovechándose del dolor de la pandemia, y altamente apoyada por los medios a su servicio, tiene una influencia decisiva y constatable. El machaque es diario.

Es ofensivo e injusto que metan en el saco de los alocados neoliberales Trump y Bolsonaro o Boris Johnson al gobierno progresista español, porque son radicalmente opuestos. Al menos debería extrañar a los profesionales. Ellos desdeñaron los avisos cuando la pandemia estaba ya instalada en Europa –entró por turnos- y se volcaron en primar «la economía» sobre la salud de los ciudadanos. Ni en lo más remoto han arbitrado el escudo social que impuso España –quizás es lo que duele a los mentores de la desestabilización-, ni han conseguido como España frenar la expansión del virus con eficacia. COVID-19 atacó primero a Italia y después a España. Giusseppe Conte, primer ministro italiano, sale reforzado de la crisis del coronavirus. Gobierna con el Movimiento 5 Estrellas. Con más muertos que España, la diferencia es que ni el feroz neofascista Salvini les llega a la suela del zapato en artimañas al PP «con experiencia de gobierno» y sus socios y secuaces mediáticos. Errores o imprecisiones los han tenido todos los países, en el recuento de muertos también. El coronavirus repunta en lugares donde antes se erradicó. Solo España soporta el virus de la indecencia más absoluta en ese clan que ha inundado de «picaresca», de trampa y corrupción este país.

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De hecho, las cifras de España serían bastante más bajas de no ser por la Comunidad de Madrid. Como muestran las cifras internacionales, del Financial Times, por ejemplo. Han influido varias causas, pero la masacre de las residencias -con ese festín de fin de fiesta con los colegas de Ayuso dispuestos a hacer carrera con la vida de miles de ancianos-, no es ajeno. «Flipando en colores», Encarnación Burgueño, encargada por la presidenta de Madrid para soltar tras tener «8.700 abueletes vistos», ese definitorio: «Flipo colorines. Como sigamos así nos vamos a hacer los reyes y los amos de la gestión sociosanitaria de Madrid comunidad autónoma. ¿Vale? flipo. Sois geniales», según recogió El País. Si de verdad, los presidentes autonómicos salen reforzados como dicen los expertos del telediario, es para tirar la toalla.

¿Saben que en Madrid todavía están cerrados o a medio gas los centros de Atención Primaria? ¿De dónde se creen que salen los muertos sin coronavirus que no encuentran? Quienes se ríen de los huesos de los fusilados aún en las cunetas o trocearon y perdieron los restos de los militares muertos en el Yak 42, exigen también «la verdad» de las víctimas del coronavirus. Se están doctorando en desfachatez.

¿Y los niños? Madrid habrá de indemnizar a las empresas de comedor a las que suspendió el contrato para cambiarlas por Telepizza. No lo pagará Ayuso de su bolsillo a pesar de su empecinamiento en la comida rápida. ¿Y a los críos a los que no se dio otra cosa de comer durante días?

La indecencia española la lidera el PP. No se ha quedado satisfecho con maniobrar junto a la ultraderecha en la UE para poner trabas al acceso de España a los fondos de reconstrucción europeos, además se ha atrevido a remitir un informe a la Comisión Europea para atacar al Gobierno cuestionando el Estado de Derecho en España. Es el mismo PP que apoyó a Orban cuando la UE quiso reprobarlo por acabar de facto con la democracia en Hungría. Otro máster en desfachatez.

Nadie duda del Estado de Derecho en España. Sí de que sufra fallas serias de corrupción y de eso la derecha española es la principal responsable. Al PP de Casado le importa un pito el Estado de Derecho. Utiliza a los muertos como arma arrojadiza –lo ha hecho desde el principio con ideario escrito o no-. Altera las cifras, las causas, miente como si no hubiera un mañana para seguir mintiendo. Visto el percal de sus dirigentes se diría que para medrar en el Partido Popular lo que verdaderamente prima es la falta de escrúpulos. ¿Y los medios? ¿A qué se dedican quienes manipulan de forma tan grosera la verdad?

Pero la laxitud moral parece incrustada en los genes de buena parte de las élites e incluso de la sociedad. Asistimos pasmados a las revelaciones publicadas de las profundas desviaciones que practica la familia real española. Tras las hazañas de Juan Carlos, los fastos de boda de los actuales reyes. No es de recibo gastarse medio millón de euros en una luna de miel, de entrada. Con una fuerte aportación de un amigo del padre-rey, la Casa Real ha anunciado que destinará los 161.034 euros de los Presupuestos Generales del Estado que recibía el emérito a su «fondo de contingencia», a gastos imprevistos de Casa Real que recibe como asignación anual para la Institución 7,88 millones de euros. Y resulta que los Borbones gozan de inviolabilidad como si esto fuera un país medieval. Y justificaciones de todo tipo, hasta que es una venganza de Corinna, la amante favorita, presunta socia y testaferro, princesa destronada, del rey caído.

Y yendo más allá, parece que tenemos otro monarca en Felipe González. Aquí las descargas a la creación de los GAL que le atribuye la CIA alcanzan intensas cotas de sonrojo. Es cierto que se trata de un tema recurrente y nunca aclarado. Los informes tienen tachaduras o están bajo llave. PSOE, PP y Vox se han unido para evitar que haya una comisión en el Congreso que lo estudie. Sea como sea, la comprensión que se palpa con lo que sería terrorismo de Estado hiela la sangre y hace reflexionar entre qué personal vivimos.

Margarita Robles dijo que aquél era un momento muy difícil. He llegado a leer que estando dentro del Gobierno no se puede hacer oposición, a periodistas que gozan de prestigio. ¿Política sería el terrorismo desde el Estado? ¿Hay algo que en democracia justifique el asesinato y la tortura en lugar de utilizar con toda la fuerza los recursos legales de la acción de gobierno? ¿Pragmatismo? Eso dicen, a veces. ¿El que ha usado Ayuso dejando morir en las residencias a los ancianos? El fin que justifica estos medios es un maquiavelismo navajero.

Lo que de toda la vida me acongoja –a ese nivel- son las tragaderas de quienes apoyan la indignidad y la corrupción en España. Sin su complacencia no sería posible lo que ocurre. ¿Cómo se puede votar para que les represente y gestione a gente sin moral que practica tan sucias trampas como vemos? Están dejando en sus manos la vida de sus ancianos y de los nuestros, de sus niños y los nuestros, de todos. La ingenuidad no existe a estas alturas del destrozo.

Crecimos en un magma podrido que traga lo intragable. Pero no todos, las personas decentes tienen el poder de alentar o segar tanta corrupción moral, tal cantidad de pus. E insisto: cada día es peor y mañana será tarde.

*Publicado en ElDiarioes el 23 de junio de 2020

Asco

Salimos de las restricciones por el coronavirus –que no de la presencia de la pandemia- con un enorme pesimismo social y con toda una gama de sensaciones sobre lo ocurrido. Los disconformes con la gestión del Gobierno son una minoría pero jaleada con tal amplitud por los medios que va calando en la sociedad. «¿Qué tal has llevado el confinamiento?», oyes en la calle al camarero que prepara una terraza. «Bien, salvo por los políticos», responde el amigo. «Los políticos», el gran mantra que han colado también. Unos trabajan y otros entorpecen y agreden, pero en épocas de «equidistancia» parcial y culpable, esa simplificación funciona para los objetivos.

El Rey Felipe VI «se vuelca en reparar la imagen de España en el exterior», leo. Mientras «en el exterior» se informa de la escandalosa conducta del «El Rey caído«, como hace, abriendo portada,  el diario británico The Times. Es decir, del padre y predecesor del actual jefe del Estado. Al mismo tiempo, el PP encabeza –con Vox y Ciudadanos- una batalla en la Unión Europea para que nos pongan caro a España acceder a los fondos comunitarios de ayuda a los destrozos de la pandemia, como quiere el paraíso fiscal holandés y la ultraderecha. No me canso de insistir: el coronavirus nos ha dejado con el esqueleto al aire de nuestras miserias.

Cualquiera que «en el exterior», o en el interior, mire lo que está pasando en España y vea el clima de crispación creado por quienes quieren tumbar al Gobierno no entenderá los anuncios promocionales de lo majos que somos. Hay que limpiar detrás del escaparate porque muchos ciudadanos magníficos se han dejado la piel por todos. A pesar de la ingente labor de enfangar la imagen de España para sacar tajada. La reserva espiritual del franquismo y la corrupción sigue ignorando que más allá de nuestras fronteras la gente lee y se informa.

Las fallas arrancan bien alto, produce desasosiego la explicación del terrorismo de Estado -que no tiene cabida alguna en un país democrático- y por una ministra actual.  O que se saque el tema –la creación del GAL que un informe desclasificado de la CIA atribuye a Felipe González- desde un diario como La Razón.

Da asco ver los insultos y amenazas al Gobierno a cargo de la ultraderecha y de la estupidez, que no comparten su labor de proporcionar un escudo social a los más desfavorecidos. Asco profundo a un concejal del PP en Aragón que quiere dejar «vegetal» a Pablo Iglesias porque dos tiros es demasiado rápido y es considerado ejemplar por su partido al haber rectificado, según dicen ellos. Las prácticas de tiro con fotos de miembros del Gobierno que corren por los chats de la policía,  denunciadas por algunos de ellos. Los acosos a los domicilios, diarios. Las agresiones a personas y bienes de destacadas feministas. No me vengan con «equidistancias»  que justifiquen todo esto que, sobradamente, saben que el acoso actual no tiene precedentes al menos en democracia. El clima de violencia ya desatado, la impunidad con la que actúa, la baba gozosa de quienes la alientan. Qué repugnancia, qué problemático.

Apestosa la concienzuda misión de culpabilizar al Gobierno de la pandemia por intereses que se ven por las costuras. Asco a la labor de la prensa –en genérico- lavando la imagen de Díaz Ayuso a pesar de la masacre de ancianos en Madrid. Cada detalle que sale nuevo es más escalofriante que el anterior. Fue una selección que implicaba condena a muerte, por no disponer de medios, por haberlos cercenado antes, aplicando las políticas de tijera y privatización neoliberal y de compadreo. Asco oírles en el Congreso. Asco redoblado a las versiones mediáticas tan sesgadas que parecen ciencia ficción. Uno de estos días el ideario que lanzó el PP y que fue distribuido obedientemente por los medios fue «la mano tendida» de Pablo Casado al Gobierno. Bernardo Vergara en su viñeta fue quien mejor lo definió.

Y honda preocupación –sin abandonar el asco- por esa parte de la sociedad que ha demostrado tener la cabeza a grillos y no sabe ni relacionar conceptos. Un 90% se muestra a favor de reforzar la Sanidad Pública y blindarla. La pandemia ha demostrado su necesidad vital y hasta ahí dices «bien, menos mal que se enteran». Pero no, porque a tenor del clima que se advierte parecen dispuestos a seguir votando a los partidos que dieron el hachazo a la sanidad, y que hoy, como la inefable Ayuso, continúan privatizándola.

Los cacerolos abandonan su campaña por el fútbol y las terrazas. Los cayetanos, de entre ellos, ya se van a sus segundas residencias, yates y fiestas. Desde las ventanas de los siervos sin dinero aún se intenta mantener en pie el fuerte. Ya no deben saber ni por qué protestaban. Por los iconos que les mandaron odiar, ahora que desescalados al completo ya disponen de su libertad de contagiar.

La mitad de la sociedad no teme al coronavirus, cree, imagina, sueña, que no le afectará. En la otra mitad hay distintos grados de acojono, si se me permite la expresión. El confinamiento funcionó, fue lo que detuvo el avance del virus, que de otra forma hubiera causado casi 400.000 muertos y hubiera precisado 110.000 camas de UCI en un país al que los gobiernos dejaron con 4.000 para apañarse en toda la primera ola de la pandemia. Y ya se ha levantado. Ya se puede vivir «como antes», solo que con el coronavirus entre nosotros.

Tiempos confusos que envenenan el cuerpo social. Si algo se ha podido hacer para frenar la COVID-19, ¿no es posible detener –incluso en sentido estricto- el veneno ultra de la turbia masa opositora?

Hoy se ha graduado en la Universidad de Oxford Malala Yousafzai, aquella niña pakistaní a quien trataron de matar en su país por querer estudiar, una actividad prohibida a las mujeres por el Régimen Talibán. Sufrió heridas de bala en el cráneo y el cuello y se temió por su vida. Por ella escribo hoy en particular, por cuantos obligan a ser héroes porque no les dan las condiciones lógicas para desarrollarse. Como los políticos acosados por el odio por hacer una labor social en países como España, en el que se vive una clara forma de talibanismo. Como el personal sanitario. Más medios, y no digo menos aplausos porque hasta eso decretaron les fuese quitado. Como tantos que han de trabajar remontando la corriente mientras se da pista libre y viento a favor a tantos indeseables. Que se trata de trabajar con normalidad, no de opositar a un puesto entre los mártires.

Al borde de la saturación a veces pero con asideros. Concluyo con el periodista Javier Valenzuela, quien abogaba estos días por la concordia, por «Seguir sumando«. Se suma con la buena gente. Evocando a Lorca escribió todo un antídoto para el asco: «El periodista debe llorar y reír con su pueblo, debe bajar al fango para ayudar a los que buscan azucenas. Lo contrario, la equidistancia entre víctimas y verdugos, es ser palanganero de los malvados».

 

*Publicado en Eldiarioes el 19 de junio de 2020

El periodismo en liquidación

El mundo de la información anda revuelto por el cese de Soledad Gallego-Díaz en la dirección de El País, diario de referencia internacional durante varias décadas. Será sustituida por Javier Moreno, el ejecutor de los ERE que diezmaron el periódico y muchas credibilidades. Nada conmueve en España más que una censura –real o aparente- en el periodismo, aunque eso vaya tan por barrios que más de uno se quedó en el camino con su paro y su hambre sin más contemplaciones. A otros les sirvió para levantar toda una carrera. Para empezar a hablar de este espinoso tema habría que dejar sentado que nadie es imprescindible en periodismo y que es el periodismo lo que hay que preservar.

El problema es extremadamente grave: el coronavirus también ha sacudido a los medios de comunicación porque sufrían de patologías previas de enorme entidad. Lo lógico sería que el periodismo resistiera y se expandiera en nuevas formas, conservando su esencia eterna de contar lo que se debe saber. Pero para ello habría de superar la propia degradación a la que ha abocado a la sociedad.

La creación de grandes emporios que vendían desde noticias a libros, cuberterías y toallas no es ajena a la génesis de la gran crisis, porque les hipotecó. En dinero y en su propio fin. Sucedió en un momento crítico: al tiempo que se propagaba Internet con los cambios vertiginosos que ha supuesto. La prensa -en genérico- ha sido un factor determinante de la crisis social que vivimos. En España de forma alarmante. ¿Cómo pudieron crecer tantas corrupciones y de tal altura sin que la prensa fuera testigo y denuncia masiva? Fueron también los difusores de la banalización de la sociedad que la hizo mucho más vulnerable.

El hoy de los medios es de vértigo. Sumidos en una crisis económica  anterior, que ha agravado la pandemia, se ahogan. Se han acogido a ERTEs muchos de ellos, han pedido  ayuda económica al gobierno, al mismo que varios de ellos agreden con sus mentiras. El proselitismo ideológico no es periodismo, dejémoslo claro.  El problema es tan serio que ya ni ese elemento clave se distingue con nitidez.

El periodismo ha derivado de tal forma que en numerosos medios se busca el clickbait por encima de todo, por encima de la información, sin duda. Lo que cuenta es poder ofrecer al anunciante sus visitas. En los medios audiovisuales, la audiencia; lograda en gran medida por hechos escandalosos. Esto ya ha matado prácticamente al periodismo. Desde luego anda en rebajas, en liquidación.  Una dura competencia para los medios y periodistas que buscan mantener el periodismo y aún revalorizarlo por su importancia esencial.

Explicaba el periodista Pedro de Alzaga en «Derribar los Muros» que han aparecido nuevos puestos de trabajo en los medios para localizar lectores y darles lo que buscan: «perfiles cada vez menos periodísticos, pero muy pendientes del rendimiento de la información y de su retorno en clave de cifras de audiencia». Hoy el principal negocio mundial son los datos, nuestros datos, los que aportamos.

Este complejo panorama ha sido caldo de cultivo para -en lugar de información y con intereses espurios desde luego-, servir a discreción bulos y fakenews. Sabiendo como ya sabemos que se expanden por las redes a mayor velocidad y con mayor permanencia que las noticias auténticas y tienen una trascendencia enorme.

La llegada a El País de Soledad Gallego-Díaz, avalada por su sólida trayectoria en el periodismo,  suscitó enormes esperanzas que, en mi opinión personal, no se cumplieron plenamente. Era una muy difícil tarea, eso es cierto. Darían para una serie los ejemplos de la palmaria animadversión a Podemos y a un Pablo Iglesias, sobre todo, que «no es capaz de comprender su papel institucional» . El in crescendo va subiendo hasta el demoledor e impaciente editorial del 20 de Mayo, «A la intemperie«, en donde El País dirigido por Gallego-Díaz no ve en el gobierno la virtud de la credibilidad, pide que rueden cabezas y casi amenaza a Sánchez: «Esta vez las cosas han ido demasiado lejos, y la única manera en la que podría contener la hemorragia política provocada por el acuerdo sobre la reforma laboral, en un contexto impropio y con un socio inadecuado, es depurando responsabilidades. De no hacerlo con urgencia, será el propio presidente Sánchez el que se arriesgue a perder toda cobertura». Las hostilidades ya habían saltado por los aires con un artículo de Juan Luis Cebrián en el que pedía responsabilidades penales y denuncias al gobierno por su gestión de la pandemia. El 23 de marzo ya, un adelantado de la campaña de la derecha.

El colmo se superó este lunes cuando el primer director de El País se despachó con un artículo en el que vuelve a  la carga con su amada Venezuela, intenta tiznar hasta a Zapatero que no ha tratado como debe a Felipe González, y en el que llega a escribir algo tan atroz como que «La pandemia ha sido en ciertos aspectos una bendición para Sánchez». Un espectáculo deplorable que ha sido aplaudido por la caverna política y  mediática. Y es que como pueden ver en detalle en esta información de eldiarioes, Cebrián y Felipe González marcan la pauta en esta guerra cruenta de intereses de los asociados en PRISA. Pensar que Javier Moreno puede revertir la trayectoria en declive de El País es bien extraño.

El País había sido, junto con El Mundo, el periódico con mayor bajada de audiencia entre los grandes medios. Un 16% en marzo sobre 2019 –la media fue de 9%- y un 38% la publicidad en papel. El efecto Covid-19 le sacudió como a todos. Ha logrado, según sus datos, 52.000 suscriptores en este período, muy lejos de las grandes antiguas cifras de ventas.

Lo cierto es que por la deriva del periodismo, por su extensión en redes, y en comunicaciones de WhatsApp, la gente está engullendo cuentos impensables. No se puede entender que se lo crean a menos, como suelo decir, que pensemos que en EEUU han llegado a  beber lejía por consejo del presidente Trump. Hoy leía, en ese surtido del espanto mediático que ofrece Google al abrir la página, que Sánchez urdió una campaña de ataque a Ayuso, gracias a sus medios afines. ¿Cuáles? La mayoría de los grandes se ha volcado en exculparla de toda responsabilidad en la tragedia de las residencias de ancianos.  Un faltar a la verdad que acarrea consecuencias graves. Como toda la desinformación. Los medios de la caverna profunda, o los que dan aliento a sus provocadores, han logrado despertar una especie de circo de los horrores con unos especímenes que nunca creímos existieran a ese punto. Pero son muchos más los que han caído en las garras del difama que algo queda. Cómo será el problema que la basura mediática ha llegado a la cadena alimenticia de la Democracia en los que Javier Melero califica de «una dependencia estrafalaria de los medios más reaccionarios del país» en los informes de la Guardia Civil.

  En ese clima, los medios -de forma genérica- han sido un soporte extraordinario para el crecimiento de la ultraderecha y el amparo de conductas altamente desviadas de políticos, medios y altas esferas.

La tendencia internacional ha buscado medios fiables de información, como contaba este artículo de María Ramírez que he citado en alguna ocasión. Aquí, de alguna forma, el periodismo serio también se salva. Pero marca matices preocupantes si se analizan de forma crítica y ponderada la clasificación de Reuters de los medios más leídos. Algunos en los que confía la gente surten lejía mucho más que información.

Esta época delirante habrá de acabar. No se puede construir absolutamente nada chapoteando entre mentiras. Estar bien informado es un fundamento crucial de la democracia y no puede haber gente tan atolondrada como para guiarse por bulos e intereses ajenos por mucho tiempo. Ayudaría cortar el hilo de las manipulaciones, desenmascarar a quienes traicionan a su audiencia y a los Derechos ciudadanos en sí. Y alimentar al periodismo de periodismo, de compromiso con la verdad y altitud de miras. La información es una necesidad y un derecho y, como hay periodistas que así lo entienden y ejercen, el periodismo sobrevivirá. Espero.

 

*Publicado en Eldiarioes el 16 de junio de 2020