Luis Eduardo Aute: la coherencia, el arte, el amor y la vida

Ser como Luis Eduardo Aute se inventó en el Renacimiento, cuando la razón y la creación salían con rabia y fuerza a vencer la ruina oscurantista de la Edad Media.  Como aquellos creadores, este filipino afincado de toda la vida en España, supo templar con tiento todas las disciplinas. Músico completo –compositor, letrista y cantante–, pintor, escultor y cineasta. Y, además, comprometido, innovador y humano en toda la profundidad de la palabra. Un mito para una generación ansiosa de libertad tras aquella noche tan larga que venía con hambre atrasada. Sumidos en una pandemia, confinados en nuestras casas, muere Aute en Madrid a los 76 años, aunque un brutal infarto hace casi cuatro años le dejó muy afectado.

Luis Eduardo Aute patentó la barba de tres días, la imagen de un hombre nuevo, sensible y moderno, ya desde aquellos años setenta en los que íbamos a cambiar el mundo. Un proyecto colectivo que soñaba con llevar la imaginación al poder, ser realistas pidiendo lo imposible hasta clamar que se «prohibiera prohibir». Como la mayoría, terminó entendiendo que «bajo los adoquines no había arena de playa». Pero no se rindió. Aute frecuentó la bohemia y la lucha antifranquista y siempre fue coherente y defensor de los derechos humanos. Acudió a toda convocatoria que requiriera una presencia comprometida. Le encontré hasta cantando en «el metro», en un escenario de la estación de Príncipe Pío de Madrid. No recuerdo qué tocaba defender aquella noche. Dejó para la historia el gran himno de libertad y democracia que constituye «Al alba».

Conocemos a Luis Eduardo Aute como músico y cantautor pero abarcaba muchas más facetas. Pintor notable de vibrante colorido, redondas formas sexuales, miradas profundas y desgarradas. Con la pintura se dio a conocer en España. Su primera exposición en nuestro país fue en Madrid en 1960, cuando solo tenía 17 años.

Más adelante empezó a rodar cortometrajes, a menudo con los amigos, que culminarían con una obra maestra en el 2001 llamada «Un perro llamado dolor». Un largometraje dibujado plano a plano y animado en digital 2 y 3 D por su autor, que le llevó más de cuatro años realizar. A través de siete historias, Aute reinterpretaba las relaciones de pintores con sus modelos. Goya, Duchamp, Sorolla, Romero de Torres, Frida Kahlo, Rivera, Dalí y Velázquez y el perro como hilo conductor. «A León Trostski lo mató Diego Rivera en un ataque de celos al encontrarlo en la cama con Frida mientras Sergei Einsenstein lo filmaba desde la ventana», dice uno de los capítulos. En el largometraje, Aute incluyó a una mujer, a Frida. La enorme pintora mexicana llamaba «Dolor» a sus perros para ahuyentarlos y domesticarlos como le hubiera gustado hacer, y de hecho hacía, con los suyos propios.

A la música, llegó más tarde. Quizás se puso a cantar para difundir sus poemas –es autor de varios libros de poesía y literatura–. Lo cierto es que la música de Aute acompañó nuestra vida. Y como le ocurre a Joan Manuel Serrat, algunas de sus canciones por sí solas justifican una carrera. Las niñas solitarias queríamos tener una cita con un chico a las «cuatro y diez» para ver ‘Al Este del Edén’. Esa película y no otra, porque se trataba de besarle, de dar y recibir el primer beso, mientras James Dean, el díscolo e incomprendido, el rebelde con causa, tiraba piedras a una casa blanca.

Mucho después nos mandó a desnudarnos de prejuicios, arrojando vestidos, flores… y trampas. Mientras él y todos los ellos hacían lo mismo. Y a apurar cada grano de arena, sintiendo ruido de brasas en las venas, «recorriendo las espumas hasta el fin del Universo, donde nace el Universo, cuando estalla el Universo». Y olvidar «de alguna manera» –si se podía–, y volver a pasar por si la vieja ventana ofrecía rescoldos. Asegurarnos de no estar solos al alba de la muerte y la injusticia.

A lo largo de los años numerosos periodistas conocimos el chalé de Aute, en la Fuente del Berro, enfrente de TVE, del Pirulí. Una casa de gusto exquisito y vivido. Biblioteca elegida, sin nada dejado al azar. Dos ambientes de sofá en el salón, siempre alguien que entraba y salía. No solía faltar Maruchi, su mujer, y casi siempre había una pareja o dos de amigos. Aparecían y desaparecían los hijos. Los dos perros venían a saludar. Abajo, los distintos estudios de trabajo para pintar, escribir y componer. Luis Eduardo solía mostrar una calma sin impaciencias ni siquiera en el montaje de los equipos de televisión que en el muy cuidado Informe Semanal de TVE se llevaban un buen rato. Su casa era como él.

Le entrevisté muchas veces. Hasta para un libro de varios personajes en una charla mucho más relajada. De ahí he extraído varios de los datos y recuerdos. En la conversación le pregunté por una canción que a mí me parecía paradigmática en la que podía venir la conclusión de las canciones que empezaron a las cuatro y diez. En su texto dice: «Quiero que me digas, amor, que no todo fue naufragar por haber creído que amar era el verbo más bello. Dímelo, me va la vida en ello».

–Me eduqué con ese concepto de que amar era el verbo más bello, se trataba de eso, de amar, no de competir, no de odiar, no de matar, no de mentir. Por lo menos la gente de mi generación se educó con los deseos o los ideales de construir una sociedad en la que hubiera solidaridad y generosidad y hubiera amor, y ahora es todo lo contrario– respondió. Aquella canción, como tantas otras, la hicieron suya otros intérpretes. Silvio, con el que tantas veces cantó, por ejemplo.

Luis Eduardo Aute se va de este mundo en uno de sus momentos más complejos. Cuando apenas se puede despedir a los seres queridos con el funeral y sosiego que se precisa en esos momentos. Creo que supo vivir. Y como somos la historia de lo que absorbemos, él fue un prodigio que bebió de la literatura, de la historia del arte, de sus propios cuadros y de todos los demás, del cine que retrata la realidad y la recrea, de la música que hila con armonía, del amor y del sexo, de los seres humanos, de la vida. Y sin duda hizo mucho mejor la vida de quienes disfrutamos de cuanto creaba.

 

*Publicado en eldiarioes

 

Y con la pesada mochila facha

Un millón de personas infectadas y 55.000 muertas con coronavirus en todo el mundo. Una región china inició esa senda que ha ido invadiendo países y sociedades enteras. Unos antes, otros después; con distintas bases para afrontarlo, con actitudes diversas. Es hora de ver en los otros y nosotros el largo y tortuoso camino que nos queda por recorrer, aprender de las respuestas y reacciones, de las gentes. De lo positivo y negativo que cabe esperar. España sufre la terrible desgracia añadida de tener que andar cargando la pesada mochila «facha». Ese eufemismo casi dulce que esconde involución, codicia, corrupción, ineficacia, malas artes y una total falta de escrúpulos.

Solo en España se ha visto, al menos con tanta intensidad, a ese sector que agrupa básicamente a la derecha política y mediática al servicio de algunos poderes económicos y fácticos, lanzado a la yugular del Gobierno para tumbarlo y sustituirlo por uno de su conveniencia. Sin reparar en qué más arrasan. Su ofensiva ha agudizado la angustia y el miedo de una ciudadanía que en líneas generales se está comportando con una admirable madurez y comprensión. Las manadas de hienas son contundentes, aunque minoría, y están empezando a perder la batalla ante la sensatez de tantas personas que entienden lo que ocurre. El fracaso absoluto de la última cacerolada contra el Gobierno fue un índice notable.

Una vez que se empezó a comprobar la virulencia del coronavirus se fueron demostrando varias tesis:

–Nadie estaba preparado para un ataque así.

–Faltaban medios en un mundo dirigido por políticas a corto plazo y priorizando el lucro económico sobre el bienestar de las personas.

–El Sistema de Sanidad Publico ha sido determinante en la evolución de la enfermedad, para bien y para mal. España lo había debilitado bajo mandato del PP, a pesar de las protestas de los profesionales en la Marea Blanca. En los países que apenas existe, se vive un desastre

–La gran disyuntiva ha sido y es paralizar la actividad para detener los contagios o continuarla aunque ocasione más víctimas humanas. La economía, primero. Economy, First.

–Las consecuencias sobre la economía son dramáticas, sí. Previsiblemente, temporales. Un tejido social sólido, con los derechos de los trabajadores protegidos marcaría grandes diferencias. En España también lo habían debilitado las Reformas Laborales.

–La auténtica salida pasa por la investigación científica. Se trabaja intensamente en tratamientos y vacunas. España cuenta, porque la ciencia española es puntal, a pesar de los hachazos sufridos. A modo de ejemplo, el gobierno de Rajoy recortó un 26.38% el presupuesto de ciencia e investigación, dejándolo en 6.320 millones de euros en 2012. Al año siguiente, otro 6.3% , para bajar a 5.926 millones, y en el 2014 preelectoral lo subió un 3,26% y dejarlo en 6.140 millones. Son datos de ReaccionaDos (Aguilar, 2014)

Controlar el coronavirus precisa, además de los tratamientos, la suficiente inmunización de la parte de la sociedad que ha vencido al virus, desde asintomáticos a graves, que servirá de escudo. Y es cuestión de tiempo y de operar con los menores daños posibles.

Estados Unidos –adonde emergió más tarde la pandemia– avanza a un ritmo acelerado de contagios y ya acredita más de 200.000 casos. Fueron, de la mano de Trump, adalides del Economy, first. Como el Reino Unido de Johnson o el Brasil de Bolsonaro. El grito de la derecha española y todo el bloque de la mochila facha contra el gobierno es por haber priorizado la protección de los trabajadores y los más vulnerables del Sistema. Echan chispas.

Esto es durísimo. Estamos viendo cadáveres por las calles de Guayaquil del Ecuador desprotegido de servicios sociales y dirigido por un visionario. Chile y otros países latinoamericanos no tienen una sanidad pública digna de tal nombre. Fueron los laboratorios de la Escuela de Chicago neoliberal desde el Golpe de Pinochet en los 70, y así siguieron muchos de ellos.

El confinamiento funciona aunque tiene consecuencias. Va creciendo la ansiedad si no se racionaliza. Se agudiza la soledad de quienes viven solos. Y el temor a salir a la calle o al mismo ascensor de los contagios. Se nota el huir del otro como si todos fueran apestados. En Italia se han ido extinguiendo hasta los cantos de los balcones. Y empiezan a aislar, ¡atención!, a los vecinos que trabajan en la sanidad. También está ocurriendo en India. País del que se muestran imágenes de personas fumigadas con chorros desinfectantes en el suelo. Pasa el tiempo y las reacciones van derivando. Mucho cuidado. En Portugal, los ciudadanos se apuntaron por propia iniciativa a prevenirse antes de que lo hiciera el gobierno y las desviaciones no reciben ni multas, ni represión policial alguna como aquí. Con esto sí que hay que acabar en España, con algunas cargas improcedentes. Quizás hay demasiado justicieros de balcón que lo reclaman. Igual que en Italia, casualmente.

Ante una catástrofe como la de esta intensa pandemia, ayuda contar con gobiernos que piensen en los ciudadanos. Canadá pagará 1.300 euros mensuales a quienes hayan perdido su empleo por el coronavirus durante cuatro meses y Japón, 300.000 yenes (algo más de 2,500 euros) de una vez a los hogares más afectados. Ambos con gobiernos liberal conservadores. España se ha volcado en medidas de apoyo. El PP pide más… para las empresas. Como explicaba José Sanclemente, al final «esto no lo pagamos entre todos»: los fondos de inversión o los que eluden al fisco en paraísos fiscales contribuirán en menor medida. Y aun así se quejan.

En España a toda la angustia inevitable del temor a la enfermedad y sus consecuencias económicas, se añade la desalmada tarea de la mochila facha por sembrar el camino de minas, provocar indignación y acrecentar el dolor. Es mucho ya. Estamos viendo convertido en fardo el cuerpo que deja la única vida que tenemos y llevado en un furgón a las morgues de hielo que un día sirvieron para deslizarse en alegría. Ocurre en ciudades saturadas, como Madrid. O ese trato a los ancianos, desahuciados en la aglomeración, desde los sectores despiadados de la economía pragmática en varios países. Añadir incertidumbres por intereses propios resulta de tan ruin, deleznable. Lo que está haciendo la extrema derecha española, que ya es toda la derecha, es inhumano, denigrante, bestial.

Es irracional cargar con semejantes culpas al Gobierno, hasta querellas, si miramos alrededor y vemos lo que ocurre en el resto del mundo. Y es doblemente absurdo pensar que puede solucionar las consecuencias de esta crisis la extrema derecha o la derecha neoliberal que está en el origen de muchas carencias. Hasta los más tibios analistas serios –eso sí, los serios– ven herido de muerte al capitalismo salvaje. Aunque también ahora intentarán mantenerlo como sea. Lo mismo que en la crisis de 2008.

El brazo mediático está siendo sonrojante para quienes sentimos el derecho a la información de los ciudadanos. Se han desplegado a fondo. Desde el osado alarde de los pasquines de ultraderecha –que involucran al rey en un cambio de gobierno que no le compete–, a las portadas infames que machacan a diario como cualquier díade ABC y similares. Hasta llegar a más sutiles o elegantes peticiones de ese gobierno de concentración con el que sueña el poder que nos carga con su mochila.

De análisis editorial de #Covid19,
De análisis editorial de #Covid19,

La idea es –se deduce– que se «concentren» el PSOE de los buenos chicos y chicas, sin nadie díscolo, con el PP que tiene derecho a un trato que ahora Sánchez no le dispensa. Ayer mismo, el partido de Pablo Casado, a quien como siempre parecen preferir de vicepresidente en lugar de Pablo Iglesias, se adscribió a la ultraderecha fascistoide. Se negó a apartar del PPE a Viktor Orban que ha acabado con la democracia en Hungría, como sí hicieron otros 13 partidos de su grupo. Cuesta creer que un PP, con un dirigente que cada día evidencia cuál es su calidad humana, demostrable en la oposición que practica, sea bien visto para ese papel. Los españoles votaron a partidos progresistas con conciencia social y no encaja cambiar su voluntad, en defensa de no se sabe qué intereses.

No lo conseguirán, a menos que la sociedad española se lance a ese abismo de las hienas que terminan sobrepasando todos los límites. Al punto de inventarse bulos que distribuyen profusamente en las redes para crear crispación. No es tan fácil a pesar de la insistente campaña. Si se pueden sacar conclusiones positivas de esta desgracia, vemos que en estos días tan duros hemos estrechado lazos con personas a las que queremos, algunos han comprendido por fin qué es lo que importa. Los niños españoles y los que se comportan como tales han aprendido el valor de la responsabilidad, que no todo es un cuento de hadas y que de los problemas graves se sale mejor con colaboración, esfuerzo y honestidad. Hasta entendemos mejor la muerte y tenemos mas ganas de vivir que nunca.

Feroz acoso al gobierno

Es como si cada día chocaran dos aviones en uno de nuestros aeropuertos. Así han llegado a describir algunos sanitarios el impacto de las muertes diarias que causa el coronavirus. Y los afectados que precisan camas, UCIs, profesionales que les atiendan. Yo no sé qué parte no se entiende de cómo está actuando el coronavirus: mata, arroja a una espantosa muerte en soledad por la saturación de los hospitales, traumatiza por fuera y por dentro hasta a quienes no lo padecen –que son la mayoría-, llena de incertidumbres el futuro económico, ha despertado ejemplares conductas de solidaridad y también una inhumanidad brutal que avergüenza a la especie humana por quienes quieren sacar tajada de la desgracia sin el menor escrúpulo. Y, de todo, el primer y total zarpazo: están muriendo centenares de personas y a muchos nos importa. A otros no, a los distraídos con lo suyo, no tanto; a las hienas, en absoluto.

Las cifras son demoledoras, aunque pocos países las han llevado con rigor y no son concluyentes por completo. España anotaba este martes 849 fallecimientos más y superaba los 94.000 casos de coronavirus. Y a la vez, según el Imperial College, las medidas de prevención en España habrían salvado 16.000 vidas.El miedo y el desconcierto son lógicos. Pero hay que matizar porque la oposición -de amplio espectro- está desplegando una campaña de tierra quemada que perjudica a todos. Salvo a los que esperan sacar provecho de ella. Se suceden, no solo críticas, sino peticiones de comparecencias, estudios, querellas. Ante una pandemia mundial. Si otros países tuvieran semejante cerco no podrían ni dedicarse a lo esencial: salvar a los afectados y atajar la expansión de la enfermedad. Y problemas, hay. La falta de medidas de protección y respiradores es común a numerosos países. En Lombardía les engañaron, a Díaz Ayuso la estafaron –cree-, tras pagar 23 millones de euros, al Gobierno le dieron una partida de test defectuosos. Solo Pedro Sánchez está en la diana.

Por supuesto, como presidente del Gobierno, Sánchez tiene la mayor responsabilidad y hay que exigirle soluciones y respuestas hasta donde esta pandemia y el estado previo de nuestro país puede darlas. Incluso ayudarían medidas más radicales, pero todas suscitan el rechazo de la oposición. Tenemos un grave problema en España con quienes ni hacen, ni dejan hacer.

He sido bastante crítica con Pedro Sánchez -si me perdonan la primera persona-, pero ahora mismo me aterra la caza a la que está siendo sometido en un momento crítico de nuestra sociedad. Ni los dirigentes que realmente nos han dañado con sus decisiones han recibido un trato tan despiadado. Ni por asomo, de hecho. Desde Aznar, cuajado de errores trágicos (Invasión de Irak, atentados del 11M, Yak-42, Prestige, burbuja inmobiliaria) a cuantos nos han robado, vendido, manipulado, engañado.

El  fuego sucio desplegado contra Pedro Sánchez –y contra algunos miembros de su gobierno- no tiene justificación, y menos cuando tanta traba para resolver problemas daña al conjunto de la sociedad. Ni objetivamente ni humanamente. Cuando después de un cúmulo de zancadillas forma un gobierno progresista con un programa social, llega esta bomba del coronavirus de tan amplia onda expansiva. Tiene a su mujer enferma, a una hija; a su madre y a su suegro, ingresados. Al país traumatizado por cuanto ocurre, lleno de angustia. La cara se le cae a trozos, y aguanta a pie firme, cada vez más solo –destacan algunos desde su silla- quizás porque quiera asumir la misión y sus consecuencias y quemarse en ella si es preciso. Tiene un gesto a veces que así lo indica. Eso parece provocar otro tipo de críticas: no cuenta con los presidentes autonómicos, enfadados ya porque se enteran de las decisiones de calado por la prensa, dicen. Y lo primero es lo primero.

Sánchez aguanta. Recordemos que Rajoy –el especialista en resistir selectivamente- dejó su silla en el Congreso con el bolso de su vicepresidenta llenando el hueco, cuando las vio mal dadas en la moción de censura y pasó horas en un restaurante. Ana Botella se refugió en un spa de lujo en Portugal cuando la tragedia del Madrid Arena. El trato a Pedro Sánchez es desalmado, cuando con seguridad no ha ido a ese cargo a lucrarse como sí hacen otros. Y lo mismo cabría decir –en toda la extensión- de los brutales ataques que sufre la ministra Irene Montero y el vicepresidente Pablo Iglesias. Ser acusados, falsamente, de causar «miles de muertos» no es como para afrontar el día con empuje, por fuerte que sea el empeño. Desde luego, hay mucha gente, yo misma, que dentro de las incertidumbres estoy más tranquila pensando que la gestión la están llevando personas decentes y tan capaces al menos como los de otros partidos, si es el caso.

Volvamos al principio: el coronavirus mata. No es un partido de fútbol en el que brindamos con una copa por el triunfo del equipo favorito. Y porque mata, sabemos lo mucho que nos jugamos con las insidias interesadas de las hienas de todo pelaje; de cordero o borrego, incluidos. La feroz batalla hoy está en que el Gobierno ha paralizado parcialmente la actividad no esencial y, los mismos que la pedían antes, ahora lo censuran porque ven que hacerlo da votos en una ciudadanía asustada que no entiende lo que pasa.

Lo más terrible son esas acusaciones de las pérdidas económicas que se van a producir… con el decreto. ¿Con el decreto o con la pandemia? Numerosos países están deteniendo la actividad porque se trata –¿lo repetimos?- de salvar vidas humanas. Al ultraderechista presidente de Brasil tal minucia no le importa. El de EEUU, Donald Trump, se da por satisfecho si solo mueren cien mil o doscientos mil estadounidenses. Aquí ¿qué cabe deducir de sus apuestas?

¿Los beneficios empresariales valen más que la vida de seres humanos? ¿Quién decide de cuáles? ¿De los que no tienen acceso a UCI porque se esquilmaron los recursos de la sanidad pública para dar negocio a la empresa privada? Por supuesto que va a haber muchos daños, y paro, y pobreza. Consecuencia de la pandemia en primer lugar. Previsiblemente, cuando salgamos de esta, muchas actividades se recuperarán, aunque no todas ni en similar proporción. Y ahora mismo ¿hay algo que importe más que la vida de las personas? Pues miren, de cualquier modo, los muertos no consumen.

Llama poderosamente la atención la frecuencia con la que se pregunta: «de quién es la culpa». Como si adjudicarla nos devolviera a la vida a los muertos y el sosiego a los angustiados. Hay problemas a los que la ciencia no ha encontrado aún solución, cosa que no logran comprender en particular quienes más la desprecian. Y este caso no puede atribuirse, como otros, tanto a negligencias como a contexto. Una pandemia se ve sin duda afectada por el escenario de precariedad preexistente o por decisiones más o menos acertadas. Y ésas son las varitas mágicas: ciencia, medios y acierto. Y si no se entiende es porque previamente se ha hecho una concienzuda labor de infantilización de la sociedad a través de la banalidad.

La culpa. Pablo Casado se ha lanzado a tumba abierta –tan apropiado el tópico- a desestabilizar al Gobierno. Tarea particularmente deleznable en un momento así. Imagínenlo con sus carreras y másters exprés dirigiendo la pandemia. No hace falta imaginarlo: lo dice. No apoyará los nuevos decretos del estado de alarma si no se modifican de forma queel coste no recaiga en la empresas. Los decretos del Gobierno van dirigidos por el contrario a aliviar el peso de los asalariados y colectivos más vulnerables. Desde un susbisidio para trabajadores temporalescon contratos extinguidos, a la ampliación del bono social omoratoria en los pagos a autónomos y pymeso la prohibición de cortes de suministros, entre otras. Un paquete de 50 medidas de largo alcance. En esas diferencias pueden estar las claves del acoso. Porque la reacción ha sido tan exagerada que el líder de Vox ha pedido a Sánchez que dimita, se forme un gobierno de «Emergencia nacional» y se haga cargo el ejército de la logística. Esta derecha española que siente tan lejana la democracia.

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, con la misma intención, manda a la brigada paracaidista a dejar la bandera de España a media astaen señal de luto en IFEMA, mientras los sanitarios se desesperan dentro diciendo queese caos no se parece en nada a un hospital y la consejería cierra 46 centros de Atención Primaria para enviar a su personal a tratar el coronavirus. Como postura política: la caridad. Tras los destrozos del PP en la sanidad pública, Ayuso «abre una web para donaciones a la Sanidad a cambio de deducciones fiscales«. Es decir, las rebajas de aquellos las pagamos todos por un privilegio encubierto. Una concepción medieval del poder. Ésa que se prolongó en España durante siglos y que agradece al señorito lo que quiera darle sin un reparto justo de las cargas. Y la «prensa» mirando tan solo a La Moncloa. Un equipo compacto,como recogía este colega con ironía.

Frente al esfuerzo sobrehumano ya de los sanitarios y de tanta gente que nos cuida -desde las personas que en cada barrio están ayudando a quienes lo necesitan a llevar la compra o lo que precisen-, tenemos a las hienas desatadas por los pastores de la jauría. Elena, una médico de la zona norte de la comunidad de Madrid, está asustada de cómo su mensaje de haber caído infectada por el virus era utilizado para sembrar zozobra en la población y desestabilizar al Gobierno: fue replicado textualmente para causar esa sensación. Y es la punta del iceberg. Lo de WhatsApp y los bulos, eso es ya el inframundo.

Los guías de opinión hablan a las claras o entre líneas. En La Razón, por ejemplo, cuyos responsables se asoman permanentemente a las pantallas de una televisión a menudo devastadora del criterio, tienen claro que Pedro Sánchez está «abocado al sacrificio político», dicen un día, y luego se inventan entrecomillados para promocionar el gobierno de «unidad nacional«que busca la derecha y aquellos a quienes esta derecha española beneficia. Es agotador hasta recopilarlo.

En crónicas más elaboradas se compara el coronavirus de Sánchez con la crisis de 2008 que se llevó a Zapatero, y –pásmense-  con «el procés —y la corrupción de su partido— que tumbaron al conservador Mariano Rajoy», como si hubieran llovido del cielo sin responsabilidad alguna de su presidencia. Demoledora esa ley del embudo que, en ocasiones, contagia a muchos más periodistas, ansiosos de buscar las críticas que equilibren en un remedo de objetividad desajustada.

Sobre el dolor y la muerte que produce el coronavirus se libra la batalla que siempre quisieron: fascismo o humanidad, irracionalidad o lógica.Orban en Hungríaya ha terminado de cargarse la democracia «por tiempo indefinido», tenemos el primer Estado totalitario oficial dentro de la Unión Europea tan remisa a actuar como Unión. A lo conocido se añaden otros escenarios. La pandemia llega ya a Latinoamérica con varios países que, como Chile, no tiene sanidad pública desde Pinochet. La expansión puede ser enorme. Se cifran en tres mil millones de personas las que carecen de acceso fácil a agua corriente y jabón en el continente americano, Asia y África. Es un polvorín.

La incertidumbre, el temor al ser humano que contagia, los vengadores de los balcones que incitan persecuciones, la policía que pega indebidamente, las libertades coartadas -con visos de temporalidad y por un bien se estima que superior- andan gestando lo que César Rendueles llama, en El País, «La tormenta perfecta del autoritarismo». Dice el sociólogo, sin embargo, que se crea «un escenario perfecto para una extrema derecha capaz de conjugar un programa económico posneoliberal con una gestión inteligente del rencor social y el miedo colectivo».  Yo diría, una gestión desaprensiva.

Los daños del coronavirus son inmensos, desproporcionados incluso a lo que en sí debería representar un virus. Ha sacudido todos los cimientos. Hay un gran deseo de salir de este pozo en la sociedad pero también incertidumbre e impaciencia. Ha quedado absolutamente demostrado el fracaso del sistema neoliberal y hasta el posneoliberal. Los ciudadanos están viendo en sus carnes la importancia de tener un sistema público de salud fuerte que afronte embestidas como ésta y las de todos los días. Ocurre en el mundo entero. En todos los continentes. Luego no cabe ni más de lo mismo, ni mucho menos el más del fascismo. Sería decepcionante también que la maldad no tuviera siquiera condena social. Pero la respuesta depende de cuánto se quiera tragar lo que se inoculan a través de todos los medios a su alcance y todas las escenografías.

Llegados a este punto, cuando es tanto lo que peligra, solo cabe la defensa y la afirmación. Perdonen si algunos no somos corteses con ustedes, los torpes y los listos que actúan contra nuestros intereses y hasta contra los suyos. Nos dan igual sus risas y sus aullidos de hienas. Lo que pasa es que ahora están en juego nuestras vidas y las de nuestros seres queridos. Y las de quienes precisamente se esfuerzan por salvarnos. No podemos permitírselo. ¿Lo entienden ya?

 

*Publicado en ElDiario.es

Entre el Capitán a posteriori, la varita mágica y los carroñeros

Imaginemos un funeral, uno de los que estos días no pueden celebrarse en algunas ciudades dada la cantidad de muertos que ha provocado el coronavirus. Uno en casa del finado, incluso. Mientras el difunto yace en la caja, los visitantes descuelgan los cuadros, abren los cajones, buscan debajo de las camas, a ver qué se pueden llevar. Saquean el frigorífico, tiran los huevos al suelo y los pisotean. Se aprovechan de la familia y amigos sinceramente afligidos que casi no pueden prestar atención. Les abofetean y escupen, después. Dicen que para que reaccionen. Miles de bovinos les aplauden, la mayoría con los bolsillos vacíos: de la rapiña de aquellos, de criterio y de decencia. Todos sabían qué hacer para que el susodicho no hubiera fallecido y se disponen a tomar el relevo aprovechando el primer descuido. Eso y más está sucediendo en España.

Solo personas sin escrúpulos o con un nivel de estupidez patológica desplegarían semejante campaña de acusaciones contra el Gobierno por su gestión de la crisis. No son críticas –hay que ser muy preciso con las palabras-, es política barriobajera, cargada de exageraciones y mentiras. Y de un desahogado quitarse culpas de encima que todavía les envilece más. Una piña política con un agresivo soporte mediático: cada día aparecen queriendo dar sensación de caos, como si fuera el gobierno de la República del Congo gestionando el Ébola, con perdón a la República del Congo.

Escuchar a Pablo Casado en el Congreso, adalid de esa política rastrera, produce una sensación desoladora, que resta fe en el género humano. Y que se prolonga en muchos de sus portavoces y algunos gerentes locales. Nos dicen que no son todos, aún hay esperanza. Les amplifica la feroz colaboración de determinados productos mediáticos, ávidos de vender sus mensajes y sacar réditos a cualquier precio. Nada que ver con una exigible crítica proporcionada. Esas caras compungidas de las directoras de escena de las mañanas cuando atizan bulos sin contestación. Cada día, incansables. Ni siquiera son las únicas y los hay hasta más sutiles. Todos ellos realizan la gran labor social de asustar a los más vulnerables mentalmente.

Y parece que les funciona. Una encuesta europea revela que Macron y Conte reciben más respaldo a su gestión en Francia e Italia que Sánchez, que cosecha más suspensos que aprobados. A pesar de las cifras de Italia y de que vuelven a repuntar. Claro que si miramos la prensa de Italia, vemos bastante más asepsia informativa que en la española en el tratamiento de esta crisis. La reiterada culpabilización del Gobierno español que difunden se propaga, como ya comentamos, por las cadenas del miedo y la falta de una serie de valores fundamentales, y acaba en dardos mortíferos de WhatsApp. Sus transmisores sufren, pero ya tienen el culpable que todas las plagas medievales hallaron para explicar lo inexplicable. Y siempre alguien saca tajada.

Nos debatimos, incluso periodistas de este medio y muchísimos más, entre callar o rebatir a esa plaga de difamadores y alborotadores, pero callar es darles aliento. La miseria humana en todo su esplendor habla por boca de las hienas que crean la desinformación y el odio para aprovecharse. Han entrado a saco en el velatorio, ignorando que hasta ellos pueden ser los muertos.

Si, como debe ser, entramos en el análisis racional, vemos que el coronavirus es un problema mundial que habrá de arbitrar soluciones globales, cooperando. La investigación para hallar vacunas y tratamientos es fundamental, el coronavirus ha demostrado que las barreras de barrotes no lo detienen. Con la Unión Europea y algunos de los países insolidarios que la componen no parece que podamos contar de momento. Se intenta. Entre zancadillas patrias. Portugal, por el contrario, ha intervenido en favor de España y con fuertes críticas a Holanda

A estas alturas, hay que atender a las cifras gruesas en los datos, porque las diferentes maneras de medir –como Francia o Alemania– dejan algunas conclusiones en el aire. Lo que sí sabemos es de los muertos y enfermos que van salpicando en macabra lotería a nuestra sociedad más cercana y a la que está mucho más allá. Y que en todas partes han surgido capitanes a posteriori listísimos en predecir el pasado. El mundo entero se duele de una pandemia sin control, que no entiende y busca varitas mágicas que no existen. Las diferentes maneras de afrontarla influyen pero hasta cierto punto si no son extremas como el Brasil de Bolsonaro, que apuesta por dejar morir para no dañar la economía o los Estados Unidos de Trump que -con similares pensamientos- ha superado en pocos días la cifra de afectados de China. Igual hay que prohibir los vuelos desde allí. ¿Se pararía así? África empieza a infectarse. Con millones de personas sin agua corriente y carencias hasta de jabón. Suspender en este contexto la gestión del Gobierno progresista de España es injusto y desde luego miserable.

El tejido en el que la pandemia se ha producido sí cuenta y viene de lejos. Se demuestra –taxativamente- que haber diezmado la sanidad pública ha sido un factor decisivo en la propagación del virus. Y ésas fueron las políticas de la derecha, pese a las mentiras del PP y sus secuaces. Y no solo: el ataque frontal al Estado del Bienestar, a las condiciones laborales, dibujó este marco de vulnerabilidad. El abandono de los ancianos en las residencias, competencia de las comunidades autónomas -muchas presididas por el PP-, refuerza ese marco de inhumanidad del egoísmo neoliberal, que se vislumbraba hace tiempo, como algunos periodistas contamos. Un intolerable balance de muertos, con más de 1.000 en geriátricos de Madrid, dice más que cualquier prolija explicación. Habrá que reparar estos destrozos, pero ahora sí se debe denunciar la desvergüenza que intenta arrojar las culpas propias sobre otros. Porque seguirán pisoteando la sala del funeral sin pensar en otra cosa que su rapiña.

Y es urgente pensar en los profesionales de la sanidad que van con el agua al cuello de trabajo, enfermando incluso, y sin la debida protección y descanso reparador. Es impresionante su labor, con la que consiguieron que España siguiera teniendo –a pesar de la tijera- una sanidad pública eficiente (medios sobre resultados) y que ante esta avalancha se están dejando la vida. Asusta la falta de criterio de ciudadanos que aplauden su esfuerzo mientras votan a quienes les pusieron en una situación precaria. La varita mágica que piden en la práctica los ciudadanos asustados se activa con medios para curar y para protegerse.

Sin duda se puede hacer siempre mejor. Pero, visto el panorama mundial del coronavirus, seguir insistiendo en que las manifestaciones del 8M desataron la epidemia en España es politiqueo sucio y machismo. Lo que sí ha desencadenado su reiterada acusación es el ataque de las hienas culpando y deseando la muerte a quienes sus pastores les indican. Esos ejemplares de la especie humana dan mucha lástima y mucho miedo para el futuro.

Y la reacción tardía. Es el argumento preferido de los capitanes a posteriori o de los que con la viga en el ojo son capaces de ver motas en otros. Incluso de algún corresponsal de prensa extranjera, quizás para aliviar a sus nacionales. Vean lo sucedido en otros países. La pandemia mundial de coronavirus no es culpa del gobierno de Pedro Sánchez. Redoblar el dolor de las víctimas sí entra en la cuenta de quienes buscan sacar tajada de las desgracias.

La OMS declara que el coronavirus se ha convertido en una pandemia el 12 de marzo. La famosa semana previa al 8M concluye con 174 casos en Madrid que han elegido como diana. 8 muertos que se atribuían a coronavirus «con patologías previas». Sin capitanes a posteriori no había suficiente conocimiento del alcance que iba a tener la pandemia. Si se hubieran decretado cierres drásticos, los gritos sobre cómo se dañaba la economía se hubieran oído en Australia. Los gobernantes de Brasil o EEUU tienen muy clara la prioridad, no son los ciudadanos.

Es un equilibrio extraordinariamente difícil. En España hay ya millón y medio de trabajadores afectados por ceses de empleo. Añadan los ERES o despidos que no se acogen a ERTEs, los autónomos, empleos precarios casi fuera del sistema. El Gobierno ha decretado hoy restringir los despidos. La economía ha de funcionar para comer y vivir; priorizando la protección de los trabajadores, de los sectores más vulnerables, que es lo que no haría, no hace, la derecha en el gobierno. Cuando esto acabe habrá que reponer los platos rotos de la economía con ese mismo espíritu porque va a ser la crisis mayor de la Historia con toda probabilidad. Por eso hay que tener especial cuidado en quién la gestiona. Nada peor que la derecha neoliberal. Bastan los datos. ¿Cuantos más necesitan de la experiencia para enterarse?

Estamos viendo simultáneamente el triunfo del sálvese quien pueda y a la vez el de la solidaridad. Y hay gente demasiado débil para salvarse a sí misma. Los pueblos con conciencia eligen su prioridad. Avasallar en el funeral de sociedades completas para sacar provecho, es lo último en escalas de decencia. Queda demasiado que sufrir para permitirse el lujo de ignorar esta variable.

 

 

*Publicado en ElDiario.es

Los coronavirus

Sin darnos cuenta cómo, el coronavirus ha azotado a la humanidad con tal precisión y virulencia que se nos han derrumbado buena parte de nuestros esquemas. Apenas nos quedan los valores fundamentales que nos sustentan a cada uno de nosotros. Llenos de incertidumbres, sabemos que esta crisis será temporal pero no a cuántos y a quiénes se llevará en su camino. Cuál será su costo final en vidas y en quebrantos económicos. Más de medio millón de ERTEs han sido ya solicitados por las empresas. Se arbitran medidas que no pueden llegar a todo lo roto. Hasta sueños y proyectos sólidamente labrados están sufriendo este zarpazo.

Hay una oleada de solidaridad, sin embargo, en quienes son capaces de atesorarla. Profesionales que se multiplican para ayudar, personas dispuestas a contribuir como sea. Se estrechan lazos que creías perdidos. Se exacerban las emociones que tan pronto te llenan los ojos de lágrimas como te impulsan a luchar y hasta a sonreír con ingeniosos memes. Pasamos de la esperanza a la indignación. Del miedo a la confianza razonada. Termómetro a mano, hiper alertas a cualquier síntoma y al suspiro de alivio si es el caso. Mientras aguardamos, impotentes en realidad, a ver si no nos alcanza la garra del coronavirus, a los nuestros, a nosotros. Y algunos, muchos, ponemos todos los medios que nos indican para impedirlo.

Y todavía no se ve la luz al final. España suma este martes 514 fallecidos con coronavirus en un día y se acerca a los 40.000 casos. Espeluznantes las cifras de Madrid con una tasa de mortalidad del 12,4%, récord absoluto. Hoy mismo se ha sabido que la Comunidad de Madrid mantiene cerrada una UCI totalmente equipada en el Hospital Público Infanta Sofía. Al tiempo, 5.400 sanitarios se encuentran contagiados de coronavirus, 1.500 más que ayer, poniendo en peligro su salud y la respuesta del sistema a la enfermedad. Una sanidad esquilmada restó elementales sistemas de protección.

A estas alturas de la pandemia, el pasado debería borrarse, ya no cuenta cómo empezó, los medios que se cercenaron, hay que resolver el presente y prevenirse ante el pasado que quiere volver. Surgen infinitos capitanes a posteriori que sabían lo que ocurría al parecer y a nadie avisaron. Feroces críticos de lo que se hace y no se hace ante una pandemia que desarboló a los dirigentes de todo el mundo –en mayor o menor grado- salvo apenas a los de China y Corea del Sur, que tenían experiencias previas de errores y aciertos en circunstancias similares. En el caso español, muchas de las críticas aspiran al indisimulado deseo de tumbar al Gobierno español o, al menos, la coalición. La ferocidad y sesgo, manipulación incluso, con las que se sirven no dejan lugar a dudas.

Las redes están infectadas del virus del odio que propagan esa mezcla de indeseables y estúpidos que siempre actúan a favor del poder que solo piensa en sus beneficios. Desde luego, una gran parte de los ciudadanos no se pasan en Twitter todo el día experimentándolo, pero sus ecos les llegan por los púlpitos envenenados de algunos medios y, finalmente, en forma de bulos por WhatsAPP. Son nuestros enemigos, hemos de ser conscientes de esa realidad. Ahora ya no es una mera discusión dialéctica, los tuyos y los míos, los colores; en la práctica actúan a favor de los virus que arrasan la salud, la economía y la decencia.

Lo podemos comprobar cuando desde las ventanas se persigue a los que salen a curarnos a los hospitales. Porque es lo que han hecho algunos. El tan alabado aplauso ha sufrido alguna contaminación al pasar de agradecer la labor de los sanitarios a las 20.00 a dar una cacerolada a las 21.00 al Gobierno que, desde luego, intenta hacerlo lo mejor posible paliando los destrozos en la sanidad pública. Responsabilidad de quienes les incitan a hacer sonar las sartenes y pucheros, precisamente. Cualquiera diría que con esa protesta se quería rebajar el sonido de la lanzada contra el Jefe del Estado al conocerse las cuentas en paraísos fiscales de su predecesor y padre Juan Carlos de Borbón, de la que el propio Felipe VI figuraba como beneficiario y conocía desde un año atrás. Con ese entramado de millones supuestamente entregados por la monarquía saudí que acaban en manos de la examante y hoy encarnizada contrincante Corinna Larsen.

Vamos a ver algunas actuaciones notables de estos días para que cualquiera pueda sacar sus conclusiones. Igual son por casualidad. Arrecian las portadas y columnas, los programas de radio y tertulias sospechosamente críticos. Luis María Ansón atribuye las informaciones a una campaña para dañar al rey emérito de la que hubiera participado pues el diario británico The Telegraph y otros varios, además de unos pocos españoles. Daño, dice; no revelación. Para el empleado de El Mundo Javier Negre, la cacerolada es contra el Gobierno, ¡con la misma foto! El Español de Pedro J. Ramírez la adjudica a Pablo Iglesias, repitiendo foto también. Al vicepresidente Iglesias le atacan tanto «por su gestión» como por tener un papel secundario en ella. «Iglesias, se ahoga«, escribe Zarzalejos. Punto destacado a atacar con similares intenciones es la manifestación feminista del 8M atribuyéndole el origen del contagio, como si solo hubiera habido esa concentración. Ni mucho menos fue así, lean aquí.

Un grupo de medios resucita las tertulias y columnas condenatorias. «La pesadilla de Podemos«, en El País. «La deslealtad de Pablo Iglesias«, en El Confidencial. Los Telediarios de TVE dan como noticia la cacerolada con un rótulo que condena sin paliativos al Gobierno e iniciando el corte en montaje con un grito de «al Coletas». Un montaje no es casual, jamás. No cabe mayor bochorno y más cuando habían ofrecido pocos días antes una recogida de firmas de change.org con 13.000 tan solo. Lo justo y lo operativo sería el cese de los responsables. El derecho a la información se precisa más que nunca.

Juan Miguel Garrido@Juanmi_News

Hola @Enric_Hernandez:

Lo de empezar la cacerolada con un «coleta dimisión» en Televisión Española…

…No es nada intencionado, ¿Verdad?

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Y es que a Pablo Casado le preocupa mucho que Pablo Iglesias forme parte de una comisión del CNI. Incluso ha presentado una denuncia ante el Constitucional a ver si logra impedirlo. El líder del PP está en alza en los medios de apoyo pese a su caótica oposición. Y Díaz Ayuso, convertida en la nueva Esperanza Aguirre para la derecha. ¿Por qué será? Al punto que los telediarios de TVE –no veo otros porque además es televisión pública- conectan con Casado, desplegando órdenes y propuestas, en mangas de camisa, como si fuera el gestor de la pandemia.

Rosa María Artal

@rosamariaartal

Estas conexiones del Telediario de TVE con Pablo Casado que a su vez tiene videoconferencias desde una mesa, como si fuera el líder del PP el que estuviera dirigiendo las operaciones del coronavirus… ¿A qué vienen?

Rosa María Artal

@rosamariaartal

Así aparece Pablo Casado en el telediario de TVE hablando como si dirigiera la operación coronavirus

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Remata Juan Luis Cebrián desde El País pidiendo ¡responsabilidades penales! ¡Denuncias! Como la derecha y extrema derecha. ¿En el mundo entero? ¿En este momento tal «formidable» ataque?

En el universo de la inmundicia más abyecta están los bulos. Vean lo ocurrido en Telecinco en el programa de Ana Rosa Quintana, y deduzcan para qué ha llevado a esa pobre víctima desconsolada, sin que nadie le respondiera y contara la verdad. Estas conductas son punibles, moralmente y en audiencia siquiera.

Los temas preferentes de Twitter se llenan de TT (lo más tuiteado) contra el Gobierno, llamando hasta asesinos a Pedro Sánchez, Pablo Iglesias o a todo el Ejecutivo. Pidiendo dimisiones a las que se supone la alternativa de la derecha de las privatizaciones y recortes. A quienes les ha gustado más combatir a los enfermos que a las enfermedades, a la miseria que a sus causas. A quien quiere arreglar el coronavirus con caridad, no albergando ni gota de ella en su cuerpo. Todo esto no es inocuo. Por lo que les digo, estas bombas acaban en onda expansiva hasta las terminales de los móviles. Porque esto sí son bombas, no la lucha contra la pandemia en el nuevo lenguaje. Ésta quiere salvar vidas.

Cualquiera diría que por algunas zonas recónditas a las que no tienen acceso el común de los mortales sueñan con otro gobierno, otra coalición que defienda mejor sus intereses. Y sobre todo evite meter las narices donde no convenga. No lo van a conseguir previsiblemente, pero no subestimen su capacidad destructora. Al menos la que ya añade con sus insidias angustia a la angustia.

Se nos encoge el alma con el Palacio de Hielo de Madrid convertido en morgue. Con los ancianos amontonados en muerte, descuido, soledad y abandono en «algunas» residencias, dicen, que en su mayoría competen a Comunidades Autónomas, privatizadas o no. Las UCIs del dolor, el miedo y la soledad. Vemos también a tantas personas luchando de verdad contra el virus, a pie de cama y contagio. A quienes se afanan por buscar y fabricar mascarillas o respiradores que faltan (más por especulación que por imprevisión punible). Aprovecharse de esta vulnerabilidad que experimentamos es de garrapatas.

Y seguimos saltando de la esperanza al llanto. Del agradecimiento al clamor por las injusticias y manipulaciones. Por constatar que hay personas con poder –el que sea- capaces de buscar sus intereses por encima de la muerte y el dolor de millones de personas. Y que hay gente tan imbécil que les secunda en contra de sí mismos. Y lo que es mucho peor, del conjunto de los ciudadanos. Su virus también nos daña a todos.

Hasta ahora solo atacaban la sanidad pública, la educación, los servicios, la equidad, la justicia, el derecho a la información, solo. Ahora van contra nuestra salud, contra nuestra vida. Coronavirus diversos que se entrelazan en ataque. Tenemos la razón y la cordura enfrente, los derechos. Esto será transitorio. En China, en Wuhan, el epicentro de la pandemia, ya han reemprendido la actividad. Millones de ciudadanos saldrán de todo esto sabiendo qué les importa más.

Las personas, las personas digo, estamos especialmente sensibles. Esta mañana una frase del artículo de Joaquim Bosch me quebró para todo el día: «En estos días extraños no podemos tocar a las personas que más amamos«. En ella viene la respuesta. Con suerte, los abrazos nos esperan a la vuelta de un tiempo y serán la suma de todos los perdidos. Por ellos resistimos. Eso las personas lo entienden.

 

*Publicado en ElDiario.es

 

El coronavirus y la selección de la especie

Hasta ahora, la «peste negra» había sido una de las pandemias más devastadoras de la humanidad, si no la mayor. Probablemente seguirá ostentado ese récord, pero no está de más observarla por si aporta alguna lección. Se desarrolló en el siglo XIV, en Asia, para expandirse a través del tráfico marítimo a Messina, en Italia, y luego a gran parte del mundo conocido hasta entonces. No era la primera vez, ni siquiera la última. La ciencia apenas existía, sepultada por las creencias de la religión, entonces con un enorme peso. Y la medicina se guiaba más por la experiencia acumulada, por bases empíricas, que por conocimientos científicos. La desazón y el destrozo económico y social fueron inmensos. Y buscaron irracionalmente culpables que purgaran un daño que no por ello desaparecía. Lo mejor, la gran enseñanza, es que tras el siglo XIV vino el XV y, con él, el Renacimiento. Volver a nacer a la luz de tanta muerte y oscurantismo.

Nunca pensamos que pudiera sucedernos a nosotros, a los ciudadanos del siglo XXI, dotados y hasta saturados de elementos para combatir cualquier contrariedad. No lo vimos ni cuando ya el coronavirus estaba empezando a invadirnos por encima de todas las previsiones. Nada es igual por supuesto al mundo del siglo XIV, salvo las reacciones humanas ante lo desconocido, el temor a la muerte y la necesidad de buscar chivos expiatorios. Más aún, se diría que el progresivo adoctrinamiento en la frivolidad ha creado un sector decisivo de la sociedad profundamente infantilizado. Su desconcierto es mayor que nunca, cuando creía tenerlo todo previsto y bajo control. Pero sin duda el siglo XXI sí dispone de recursos que precisa poner al servicio de la salud y el bien común. Y también cuenta –seguramente como todos los momentos de la historia- con personas capaces y responsables. Y todos, unos y otros, comunicados masivamente como nunca antes, todos sumando sus fuerzas en la eterna batalla.

Para entender lo que nos ocurre es necesario este contexto. Y saber que la ciencia avanzó extraordinariamente pero no lo puede todo, y, en su esencia evolutiva de continuo, sigue precisando trabajo de investigación y medios. Y ser absolutamente conscientes de que las conquistas sociales -algunas obtenidas a un alto precio- lograron una sociedad algo más justa. Y que, una vez tras otra, la codicia nos desarboló. Los que tienen el cuajo de criticar que se aborden soluciones «con ideología», fueron quienes con ideología apostaron por apoyar la tijera que, por ejemplo, diezmó los recursos sanitarios públicos -que se han vuelvo imprescindibles- y la investigación. También la investigación preterida por soluciones folclóricas y de populismo nacionalista, que es lo más negativo que puede hacer la política. Los datos son concluyentes en ambos sentidos, dejen de manipular la realidad.

La más terrible consecuencia para la comunidad que ha traído la pandemia del coronavirus es la deshumanización, hija de haber considerado el egoísmo motor de la sociedad. Las filas de féretros de madera, todos iguales, en Bérgamo, la Lombardía italiana, que se lleva el ejército a incinerar fuera porque allí ya no caben, son apenas la cubierta de una disfunción social grave. Y las habrá en las residencias de mayores de España, con un abultado número de víctimas que revela problemas de desatención previos de enorme calado. Se ha dicho en algunos de los centros, se avisó antes. Da la impresión de que no recibieron la atención precisa, y, si no fue en la muerte, es que tampoco la tuvieron en este tramo final de la vida. Es cruel, inasumible como sociedad. Para atemperar los calificativos que brotan de mi indignación, recurro a las palabras de un jurista de gran valía humana, Joaquim Bosch: «Morían en soledad multitud de personas ancianas en sus casas, sin asistencia, ante la indiferencia general. Ahora con el virus mueren por decenas en las residencias y esto debería ser aclarado». De hecho ha sido denunciado a la Fiscalía.

La verdad es que ya ni se molestan en ocultar que, ante la saturación y la carencia de medios, se está practicando el triaje usual en las guerras muy cruentas. Se dijo en Italia que se desechaba de entrada a los mayores de 80 años. Alguno ha dado la nota y se ha salvado solo. Un francés también, que sepamos. A eso se le llama ser supervivientes natos. En España, los médicos de UCI avisaron de que pueden necesitar cuidados intensivos por el coronavirus hasta 9.000 personas a la vez y que no hay suficientes. Están habilitando hoteles –hoteles, ya vale-, buscando respiradores que faltan y no son ni siquiera tan caros para la economía de la utilidad, reclutando médicos jubilados o recién licenciados. Pero también propusieron «el uso de todas las camas para los pacientes con mayor probabilidad de recuperación«. Y, precisando más, «los médicos elegirán a quién ingresar en la UCI según su esperanza de vida«.

¿Por falta de medios se elige a quién se le da posibilidad de vivir y a quien se le niega? Después de haber recortado la sanidad pública y de desperdiciar millones de euros en obras inútiles que cuajaron el paisaje español del despilfarro, en materias accesorias y cuestionables como la promoción de la tauromaquia en su declive o luchar desde Andalucía contra la inmersión lingüista en Catalunya. Después de haber robado de las arcas públicas a saco. Hecho está, hay que arbitrar soluciones. Pero que, habiendo dinero público y privado, se acepte como irremisible este triaje sanitario al límite, solo lo hace una sociedad deshumanizada.

Los ancianos se llevan la peor parte en esta crisis. Cada vez que repiten, con cierta euforia, que solo hay tres víctimas menores de 65 años, dan a los mayores de esa edad una punzada en el corazón y hasta en la autoestima. Es el cénit de una sociedad basada en la productividad y no en los seres humanos. Venía de lejos y se confirma ante el peligro del coronavirus. Un amigo, que se ha jugado la vida por los demás durante toda su vida –ahora también- dejándose más de una muesca, experimentó la otra noche la experiencia de ver cómo tres jóvenes se cruzaban de acera, en fila, al verle pasear con su perro. Lo interpretó como rechazo cuando no lo hacían con otros transeúntes.

En esta crisis, hay otras víctimas además de los enfermos. Médicos, enfermeras, policías, miles de personas nos están cuidando con riesgo de su salud, y algunos ya han enfermado y hasta han muerto. Y es que tampoco es eso. No se puede aceptar que su vocación de servicio les cueste tan cara por falta de medios. Les están faltando elementos de protección. Hay que buscarlos donde sea y usarlos ya. Remito aquí otra vez a todo el dinero público dilapidado o robado: a todo el existente ahora que, si tiene una prioridad humana, es el bien común. Y, si la avalancha de necesidades han convertido hasta las mascarillas en producto de difícil obtención, pongan a las industrias a coserlas. Pongámonos, si es el caso.

Llaman la atención cifras tremendas de esta crisis. Miren las comparativas de mortandad. Italia supera el 7% de letalidad del coronavirus. En España el índice es del 4% mientras que en Corea del Sur es del 1%. Lo repaso cada día y Madrid también supera el 7%. Los datos netos de este viernes muestran esas diferencias disparatadas de Madrid dentro de España. Aunque van una semana por delante del resto es desmesurado. Los comentarios al tuit son otro reflejo de la sociedad. Y lo que publican, radian o televisan los grandes medios generalistas es ya para echarse a llorar. Los furibundos ataques a determinados miembros del Gobierno de coalición rozan la infamia.

Y, mientras, se anuncian un hospital de campaña a desplegar en IFEMA con 5.500 camas debido al desborde de la sanidad madrileña. Como en una guerra. Asturias y la Comunidad Valenciana, al menos, también están montando los suyos. El pico de afectados sigue subiendo y todavía no ha llegado España a doblar la curva.

Es cierto que la pandemia nos ha mostrado la solidaridad de mucha gente que no era tan visible, y reconforta. Es un aval para después. Pero piensen que los aplausos han de venir cargados de exigencias de lo más elemental, al menos ahora. Menos himnos y «Arriba España», y más mascarillas y UCIs, más sanidad pública.

Volviendo a la selección que sutilmente –o no- se empieza a practicar, ¿cómo se elige quién es más valioso para la vida? No se puede entrar en terrenos siquiera de si es más ventajosa para la comunidad una persona que cree, desde un puesto dirigente, que el coronavirus se contagia por las gomas de pelo fabricadas en China que cualquier anciano con ideas. Sería terrible en todo caso que se seleccionara la vida o la muerte incluso en criterios de lucidez o majadería. Lo que sí les digo es que la gerontofobia se ha extendido como virus social. Es un paso cualitativo peligrosísimo.

La selección de la especie que formuló Charles Darwin no implicaba la desaparición de los más incapaces o no en el sentido que a veces se toma. Decía, de hecho, que el animal que sobrevive no es el más fuerte, ni el más listo, ni el más rápido, sino el que mejor se adapta. Sin duda la gente tóxica, la que prima el egoísmo, sobrevive bien en su estiércol. El mal se acomoda estupendamente –no sin cómplices- para sacar provecho hasta de las pandemias. Ataca para tapar sus culpas y en ciertos sustratos logra germinar. Tengan presente, sin embargo, que tras las pestes medievales del XIV, vino el Renacimiento, y el Humanismo y la Ilustración. Este tremendo revulsivo puede ayudarnos a configurar una sociedad nueva en la que prime lo verdaderamente importante y sepa librarse de las malas hierbas. Porque, si no, tanto sufrimiento no habrá servido para lograr un futuro mejor.

 

 

*Publicado en Eldiarioes 

 

Juan Carlos I, rey con los pies de barro

Casi no nos queda espacio en la cabeza para pensar en otra cosa que en el coronavirus y todas las consecuencias que está acarreando. Pero la vida sigue mostrando grandezas y miserias ante el durísimo reto de una pandemia tan inesperada, tan impredecible, tan incontrolable. España es ya el segundo país del mundo con mayor número de nuevos contagios. El gobierno acomete un potente plan de medidas para paliar el desastre económico sobrevenido, al punto de movilizar 200.000 millones de euros. En la sociedad se están dando unos ejemplos de solidaridad emocionantes. Y va ser este miércoles cuando el rey, Jefe del Estado, se reúna con el presidente del Gobierno y el comité de gestión de la pandemia  y dirija, por fin, un mensaje al país que preside, a su sociedad atribulada. Hasta ahora ha estado muy ocupado con el virus de la corona. Los medios y políticos cortesanos –que vienen a ser lo mismo- saldrán a decir lo ejemplar que es Felipe VI, como han hecho estos días.

Ocurre que el Rey de España comunicó su supuesta renuncia a la herencia de su padre (supuesta porque la legislación no lo permite en vida de quien lega) el mismo día que entraba en vigor el estado de alarma y casi al mismo tiempo que el gobierno detallaba las restricciones extraordinarias para afrontar el coronavirus. Una paradójica coincidencia. Supimos por el comunicado real que Felipe de Borbón sabía desde un año atrás la existencia de una cuenta offshore de la que él mismo era segundo beneficiario, según el diario inglés The Telegraph. La monarquía saudí le habría ingresado en ella al rey emérito «por cortesía» 100 millones de euros, como indica la justicia suiza. Felipe VI lo sabía por medio de los abogados de la examante de su padre Corinna Larsen. eldiarioes, ya había informado sobre esa cuenta, que venía a confirmar los indicios que desde hace años apuntan a la presunta corrupción del rey Juan Carlos I.

Felipe de Borbón ha callado durante un año y ha anunciado la retirada de la subvención a su padre ahora, no un año atrás. Como si fuera un asunto de familia –que no lo es-. Algo que saltaba a la vista, estamos hablando de la jefatura del Estado que se hereda de padres a hijos en extraña figura democrática y que por ello exige en el siglo XXI una absoluta limpieza. Pues bien, prensa y derecha política han visto hasta «ejemplar» la reacción del rey actual. Este miércoles, el calificativo será extensible a la preocupación real por los afectados por la pandemia, en su salud y en su economía. Si el coronavirus ha cambiado múltiples paradigmas, será hora de dejarnos de palabras huecas y de afrontar graves desviaciones de nuestra democracia.

Juan Carlos de Borbón llegó a tenerlo todo por diversas contingencias que en ocasiones él mismo forzó y lo ha dilapidado presa de sus continuos desafueros. El mito, creado a pulso, se ha derrumbado. Durante décadas, desde su acceso al trono a la muerte de Franco, como sucesor del dictador «a título de Rey», textualmente, supo crearse una capsula informativa cerrada a rajatabla. Se fundamentaba en el eufemismo de preservar «lo institucional». Lo mismo que aún ampara hoy tantos silencios y tantas adulaciones fuera de lugar.

Una vida de leyenda, de héroe abatido por sí mismo. Juan Carlos de Borbón nace en la Roma de Mussolini y mientras en España se libra la guerra civil auspiciada por Franco. Cuando llegó a nuestro país, en tren, solo, a los 10 años, para ser educado por el dictador, no tenía ni un duro en los bolsillos. Ni siquiera podía salir del internado los fines de semana si no le invitaban sus exclusivos compañeros. Y, desde luego, se ha hecho con una fortuna considerable. No sabemos a quién puso por testigo, pero jamás volvió a pasar privaciones.

Abierto, decidido, ha sido el campechano por excelencia. La figura de salvador de la democracia, en cambio, deja asomar resquicios varios. Desde luego, con su tardía aparición en el 23F, el intento de golpe de Estado aún bajo secreto de Estado. Pero, antes, con el trato dado a Adolfo Suarez  -otro superviviente nato- en su alianza necesaria para levantar la Transición desde la dictadura que dejó demasiados posos en el camino. No parece ser Juan Carlos de Borbón una persona fiel. Ni para Suárez, ni para su propio padre Don Juan de Borbón, de entrada.

El silencio amparó sus continuas infidelidades conyugales que en la España de entonces -y casi de cualquier tiempo- eran vistas hasta con simpatía. Lo peor fue saber la generosidad que desplegaba con sus amantes gracias presumiblemente al dinero de todos. Las leyendas sobre sus devaneos tienen un reflejo más ajustado en lo que ha acabado siendo el bronco contencioso con la favorita de todos los tiempos, Corinna Larsen, que le acusa incluso de haber instigado amenazas contra ella. Mientras, aquí, hablábamos en los reportajes de la reina Sofía, como soporte de su vida y su familia.

Los periodistas de antaño tenemos una espina clavada y algunos se empeñan en mantenerla sin mayor incomodidad. Los de aquí y los de afuera. La prensa internacional alababa lo moderna y atractiva que era la familia real española»a diferencia de la inglesa», cuando aquella iniciaba sus años horribilis. El cese temporal de la convivencia de la primogénita, Elena de Borbón, abrió la veda. Las televisiones privadas ampliaron el abanico del famoseo a la Corona y sus deslices. Luego llegó el ladrón convicto Urdangarín de la mano de la infanta que no sabe nada y por ello es librada de culpa. Juan Carlos rey se queja, enfadado, del foco que ha adquirido y dice, al salir de una operación, que la prensa quiere «matarle y clavarle un pino en la tripa«, precisamente.  De la espina al pino. Hasta caer en ese foso de elefantes abatidos a tiros, caderas y piernas rotas, abdicación obligada y una herida grave a la monarquía, como se dice anunció su padre, Don Juan, mirándolo desde una terraza del paseo marítimo de Palma.

Particularmente paradójica es esa antología de los discursos reales de Navidad. De palabras huecas que retumban hoy, como la insistencia de aclararnos que «todos somos iguales ante la ley», o aquel discurso navideño –el penúltimo- en el que criticó cómo a su juicio se estaba «generando un desapego hacia las instituciones y hacia la función política que a todos nos preocupa», como si no fuera con él. Lo analizaba aquí Juan Luis Sanchez. 

Felipe de Borbón ya no es el rubio abanderado de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92 en aquella fecha que parecía la consolidación de un cambio. Cuando accedió a la Jefatura del Estado en junio de 2014 despertó en algunos ciertas expectativas de cambio a una modernidad de fondo que no se han confirmado. Felipe VI ha adoptado actitudes políticas que parecen exceder de su papel institucional, como aquel aciago 3 de octubre de la irritada bronca al independentismo catalán. Se le escapan los rictus y adolece de falta de empatía.

Fundamental, aunque hijo de los antecedentes, es el silencio ante actitudes poco ejemplares de miembros de su familia, de su padre, de su antecesor en la Jefatura del Estado que es la clave. Si es difícil de entender ese puesto de la máxima relevancia por herencia dinástica y no por  elección, lagunas como estas todavía lo hacen más incomprensible. Las sociedades con problemas tan enormes como el que vivimos a causa del coronavirus precisan  dirigentes, especialmente ejemplares, sin la menor sombra de desconfianza. Mucha gente está sufriendo, la inmensa mayoría se encuentra enormemente preocupada. Necesitan, necesitamos, soluciones, calor, sinceridad, al menos.

La reunión en La Zarzuela de este miércoles no debe ser buscando «un cierre de filas» con los Borbones, como califica la prensa cortesana su apoyo y el de los partidos de la triple derecha. Y así será presumiblemente tras dirigir el monarca un mensaje a la nación que lo cubra todo. No es esperable que aluda a la actitud de su padre y la de él en el caso.  El ministro de las cloacas del PP, Fernández Diaz ya ha advertido: «Cuestionar la Monarquía es más letal para España que el coronavirus«. Haga lo que haga, sin rendir cuentas, dando idea de la concepción que tienen de la institución. De lo sucedido hay que hablar, ahora o en su momento. El rey con los pies de barro deshizo con ellos el pedestal. La sociedad que salga de este terrible trance que vivimos renacerá en una autenticidad que ya se gesta.

 

*Publicado en eldiarioes

 

Lecciones de racionalidad del y frente al coronavirus

La mejor guía para hacer frente al coronavirus la aporta la propia experiencia de lo que va ocurriendo. El virus se ha globalizado con desusada rapidez mientras una buena parte de las soluciones que se aportan son nacionales, incluso locales. Las reacciones, tanto personales como por países, van del terror a la inconsciencia. Se cuela en ello, en algunos casos, hasta la ideología. Proliferan los consejos. La subjetividad en los análisis juega a menudo en contra nuestra. Racionalizar hechos y datos ayuda a situar cualquier problema, este también, en su contexto. Escenarios previos favorecen o entorpecen la recuperación. La mala gente sigue buscando su botín y el miedo les presta oídos. Solo somos el ombligo de nosotros mismos. El estado de alarma incomoda y tranquiliza.

Los primeros casos empiezan a aparecer en China, en la provincia de Hubei, ya en diciembre. No se evidencia contagio de entidad en otros lugares hasta mediados de febrero. Aunque después se ha demostrado que hubo casos anteriores: desde enero. Hoy son 117 los países afectados. Corea del Sur, el segundo tras China, que hizo test masivos a la población triplica los casos de España por ejemplo, y tiene la mitad de víctimas mortales (66 frente a 122 a la hora de publicar este artículo). Alemania con unos mil casos activos menos que España, solo contabiliza 8 muertos. Son cifras que precisan ahondar más en los porqués. Algunos análisis han formulado una explicación con tres palabras: tecnología, organización y civismo. Es una idea.

Es cierto que el contagio está siendo muy rápido, la mortalidad, escasa por el momento al menos. Fuera del epicentro chino que se llevó a 3.000 personas, son en torno a 2.000 los muertos contabilizados con coronavirus en todo el resto del mundo. Y concretamente de cada 10 fallecidos, 6 son de la provincia de Hubei, 2 Italia, 2 de Irán y 1 del conjunto de países restantes. Cualquier inundación en China sin ir más lejos, el hambre de todos los días, causa esos balances y mucho peores. La lotería macabra de la muerte cuando no toca recibirla, la sufren millones de personas a diario. Para empezar, esto debería ayudar a entenderlos.

Pero la muerte, aunque sea en ese porcentaje mínimo, es el peor de los escenarios, el más terrible, lo irremediable, y en pura lógica inspira temor. Por uno mismo y más aún por los seres queridos. Y así unos andan arrasando supermercados como preparándose para un asedio en guerra y otros llenando los bares o marchando a la playa con los niños sin colegio y extendiendo a otras zonas la epidemia. De cualquier modo, 4.334 contagiados -con un millar de crecimiento en un día-, 122 muertos -que duplican la cifra en 24 horas- o la previsión de llegar a los 10.000 afectados la próxima semana es para pensar en medidas de envergadura.

España tiene el principal problema del coronavirus en Madrid. En Vitoria, La Rioja o Catalunya también, pero es Madrid la que dispara las cifras con la mitad de los casos y un numero creciente de contagios y víctimas mortales. Habrá algún motivo. Esa desproporción no se explica por las cifras de habitantes. La respuesta en medios del Sistema de Salud influye, quieran enmascararlo o no. Y no se puede cargar el peso a excelentes profesionales sobrecargados. Faltan recursos porque fueron objeto de los recortes del PP. Aunque tengan la desfachatez de negarlo. El remedio paliativo es disponer en todas las poblaciones donde sea necesario de UCIs en condiciones, al menos, que salven insuficiencias respiratorias dentro de lo posible. Y hay que atender otras enfermedades que no han desaparecido porque predomine la atención al coronavirus. El estado de alarma decretado por el Gobierno lo solucionará previsiblemente.

Son concepciones de la vida, de la política. La derecha neoliberal busca bajar impuestos y privatizar los servicios públicos, como el sanitario. Miren, igual que el Reino Unido. El nuevo gobierno conservador de Boris Johnson ha ido mucho más allá. De momento no quiere adoptar medidas radicales, pero avisa que «muchos seres queridos morirán«. El que sobreviva a la enfermedad se hará más fuerte; da la sensación de que piensa debilitar el virus a la brava. Viene a ser el país que se va a la playa con los niños frente a los disciplinados. Y es el único europeo al que no afecta la prohibición de volar a los EEUU de Trump. Son estrategias muy discutibles y notablemente decisivas.

El problema esencial del coronavirus es que no tiene tratamiento. No hay solución hasta que se encuentre una vacuna y no es un proceso fácil y está sujeto a intereses comerciales. Se están probando medicamentos.  Esperan que lo venza el calor como ocurre con otros virus, algo que se presume pero no se sabe. Hay protocolos de contención para que no se expanda y así reducirlo. Y esa prevención está cambiando nuestra forma de vivir. No salir de casa. Los que puedan no salir de casa. Sigo oyendo taladradoras en la calle. Siguen abiertos los supermercados con cajeras que se protegen con guantes de vinilo. Están a todo ritmo los hospitales con profesionales exhaustos que en algunos lugares se vieron con falta de equipos de protección. ¿Hasta cuándo seguimos así? Lo previsible es que de una forma u otra el coronavirus termine siendo controlado a pesar de todo.

Ese virus sí, pero otros se han revelado potentes y reforzados. Las actitudes irresponsables y su contrario, el miedo. Se ve a gente que huye de la proximidad de otros humanos. Y una cosa es guardar distancias prudentes y otra, las expresiones de terror. Deberán acudir a consulta psiquiátrica que igual hubieran necesitado antes. Hay un imprescindible punto medio: la racionalidad. Y otro entre un modo de entender la libertad que perjudica a todos y el confinamiento.

Especialmente dañino es el virus de la mala gente sacando provecho. Sin importar sea de la enfermedad y la muerte, del miedo, de la paralización de la sociedad y del daño económico general y de algunos profesionales concretos. Se estipulan ayudas desde las administraciones del gobierno o de Europa, pero el roto es inmenso.

Y ahí tenemos a los expertos en la mentira y la difamación, en sacarse culpas ciertas de encima y echarlas sobre otros. Es intolerable que el PP afirme que no hizo recortes en sanidad cuando las pruebas son aplastantes. Y que distraiga con peticiones de comparecencia, en RTVE por ejemplo, porque consideran que decir la verdad es atacar la sanidad de Madrid. O la salida inmediata de Pablo Casado en una nueva crítica al Gobierno nada más anunciar el Estado de alarma para frenar la epidemia. En el momento tan crítico que vivimos da pudor caer en la bajeza hasta de resaltar estos hechos. Pero el miedo es un caldo de cultivo en el que las insidias germinan especialmente.

Y lo hacen. La rabia no ha desaparecido, se ha acrecentado. Las confusiones de conceptos –deliberadas o espontáneas- son especialmente peligrosas. Algunos siguen jugando al fútbol con su equipo y el contrario. Con más de cuatro mil infectados y el temor instalado en muchos ciudadanos.

En tiempos de crisis como ésta hay que huir de la gente perniciosa que busca en la confusión y la mentira su propio interés. Y seguir apelando a la racionalidad. El pensamiento propio. Yo no acudí a la marcha del 8M, como otros años, porque pensé que por mi edad soy persona de riesgo y podía perjudicar a mis allegados, en caso de contagio que veía lejano ante los datos existentes. Pero es indignante que se culpabilice a los infectados sin síntomas. El periodo de incubación es de 5-6 días. Las manifestaciones feministas se desarrollaron en Madrid y en muchas otras ciudades españolas. El domingo pasado, 8 de Marzo, había en Madrid 28 nuevos positivos, que no hacían pensar que el lunes subieran a 375 por sus propias causas. Y no es lo mismo haber acudido a esa marcha sin síntomas que ir moqueando y estornudando a una concentración de centenares de personas en Vistalegre y estrechando manos.

Lo curioso es que precisamente los años y la vida que se haya llevado te hacen relativizar ese riesgo total al que nos enfrentamos a menudo sin a veces percibirlo. Hay que afrontar con entereza los problemas. Sirven los ejemplos edificantes, de coraje, de coherencia, y los hay y los estamos viendo. La incomparable lección de arrimar el hombro por encima del riesgo. La prudencia, la razón, el no interferir. La ciencia, sin duda. Y, si para el análisis, la subjetividad es una pésima consejera, en la hora de la verdad las emociones positivas ayudan: elegir entre el rencor y la altura de miras. No olviden mirar con serenidad las cifras, repensarlo todo, cuidarse para cuidar a los otros, y reflexionar sobre lo que realmente quieren para su vida.

 

*Publicado en eldiarioes

El coronavirus desata el pánico

Y de repente el coronavirus irrumpió en la sociedad. Primero fue a por los chinos –remedando casi a Martin Niemöller-. Y nada se hizo por ellos, naturalmente. Culparles, dejar de ir a sus comercios y restaurantes, acrecentar el racismo. El coronavirus se fue extendiendo después, a Corea del Sur primero, a Italia, a la región más rica de Italia, a Irán. En poco tiempo, la epidemia se ha propagado a más de un centenar de países. Y ha terminado viniendo a por nosotros. La sociedad que creía tenerlo todo previsto y controlado se ha sumido en el desconcierto. Más aún, ha asomado el pánico al dictarse medidas de protección que implican cierres y aislamiento.

 

Un nuevo virus que provoca síndrome respiratorio agudo y que aún no se sabe cómo tratar. Lo desconocido aterra más que nada a la sociedad inmadura. El índice de mortalidad es bajo comparado con otros patógenos similares, pero mata. Enferma y tumba a hombres y mujeres, ricos y pobres, conservadores y progresistas, aunque preferentemente ancianos y con enfermedades previas. El mal se ha disparado sin control causando una pandemia de miedo.

Sin control, pero con ayudas. La del temor. De la desinformación y el sensacionalismo, por descontado. Vivimos en esa era, es la que ha gestado la infantilización de la sociedad. Los males encapuchados, los fantasmas, pierden su poder con el conocimiento, cuando se les quita la sábana. Hay que seguir atentos a lo que cuenten los científicos y las autoridades sanitarias y, entretanto, tener en cuenta algunas premisas básicas. Extremar la racionalidad sería la primera. Y para afrontar la enfermedad contar con un servicio público de salud eficiente, recuperar lo que las políticas neoliberales de la derecha destrozaron. Aunque lo hayan paliado con su esfuerzo los excelentes profesionales de los que disponemos.

Madrid, por ejemplo, la comunidad con más casos y más víctimas mortales en nuestro país, cuenta con medio millón de personas más que hace diez años y con 3.300 sanitarios menos; suprimieron camas, plantas enteras, consultas y dejaron la sanidad pública «en la UVI». Casi parece una burla que se explique como un bien para los ciudadanos las suspensiones ahora de operaciones y consultas no urgentes, cuando es evidente la falta de medios. Bien es verdad que Madrid ya copa la mitad de los afectados por coronavirus en España y 21 de los 36 muertos.

La práctica aplicada en la Comunidad de Madrid por el PP se extendió por la ancha España y hospitales de diseño de gestión privada creaban el espejismo que tapaba las carencias. Echen un vistazo a la Castilla-La Mancha de Cospedal. Hay que ser muy mala persona para, con ese historial, intentar sembrar la incertidumbre sobre las medidas adoptadas por el Gobierno.

La epidemia va a tener consecuencias económicas, aunque la actividad la paraliza más el temor que el propio virus. El primer plan de contingencia económica no es bajar impuestos a los empresarios, es dotar de medios a la sanidad. Porque las neumonías, en UCIs y con respiración asistida, tienen mucho mejor pronóstico que ahogadas a pelo sin medios, porque se ha saturado o colapsado el sistema.

 El Presidente Sánchez ha anunciado un plan choque que abarca cuatro grandes ámbitos para ayudar a superar esta crisis, en colaboración también con la Unión Europea que anuncia un fondo de 25.000 millones,  como corresponde a un problema de esta envergadura. Pedía confianza y unidad en la respuesta. Algunas preguntas de los sentados en la rueda de prensa han incidido en las tesis de la derecha, sobre una supuesta tardanza en la reacción.  TVE ni siquiera ha conectado en directo en la primera cadena.

El coronavirus está haciendo una radiografía nítida de la sociedad, desnudando tanto la maldad como la decencia, los verdaderos intereses y la madurez de la ciudadanía. No todos lo ven, hundiéndose más en el pozo de sus miedos y rencores. Quienes desde la política, como Pablo Casado del PP hizo el lunes, aprovechan la coyuntura para sacar tajada, muestran una actitud deleznable. Tampoco ayudan nada los bulos que circulan por WhatsAPP dado que hay mentes débiles, especialmente porosas a este tipo de trampas dañinas. Ni las exageraciones mediáticas.

«Se les ha ido de las manos», dicen incluso desde actitudes racionales algunas personas. ¿El qué? ¿A quién? Lo primero que hay que entender es que no todo está previsto, ni en España ni en parte alguna y que entre otras muchas cosas, los virus operan con sus propios mecanismos que no nos consultan.

Algunas nociones elementales no estarían de más. Los virus proceden de una escisión en el árbol de la vida al separarse de humanos, animales y plantas. Son elementos muy básicos. La mayoría no tiene ADN, sino ARN, el ácido ribonucleico que por cierto descubrió el científico español Severo Ochoa al punto de conseguir el Nobel en 1959. El virus pone a trabajar para él a la célula que invade. Un titular sensacionalista alertaba de que cada unidad produce 100.000 «hijos» del virus en la célula. Pero se estimahay 37 billones de células distintas y los cien mil hijos de una sola hay que situarlos en ese contexto. Y no olvidemos que, por supuesto, el organismo suele reaccionar al invasor. El cuerpo humano combate por sí mismo los virus. De ahí por ejemplo las vacunas que la idiotez supina ha venido cuestionando cuya labor es reforzar ese rechazo. Toses, estornudos, son los mecanismos que el virus encuentra para salir a colonizar otros organismos. El coronavirus tiene al parecer menor contagio por aire que a través de las manos donde permanece más tiempo. Y desde luego no está creciendo de forma exponencial, sino lineal, por más que venga en la prensa. A tenor de los datos disponibles,no se multiplica por sí mismo.

Es primordial saber que las bolsas de valores no se hunden por el temor a que mueran ciudadanos. Una de las causas principales de este cataclismo ha sido la enorme dependencia de la producción china, desde que entró en el mercado mundial en 2005. Antes, cuando los derechos humanos importaban, no se le había permitido. Y entró abaratando costes y trabajo, ya saben ustedes. Añadan también las guerras comerciales y de poder estratégico que se están librando ahora mismo y que muestra la caída del petróleo. Hasta un 30%, el lunes. De todos modos, las bolsas son muy emocionales y lo mismo que bajan, suben.

Europa, medio mundo, se nutría de la producción china en tecnología y componentes –que difícilmente quedarán del todo postergados- y en textil y moda. Ahora descubren que ya no hay fábricas donde volver a coser cerca, las hundieron los precios más bajos. El coronavirus lo ha alterado todo. No el afán de lucro. Buscarán donde sigan cosiendo barato. Lo más esencial, la vacuna efectiva, se guía en su investigación con el mismo propósito. Una vacuna no se improvisa en dos días, precisa de ensayos y comprobaciones clínicas, pero ya se trabaja en su búsqueda. Sin cooperar entre las distintas investigaciones, importa más el beneficio que la salud. Ojalá sirviera esto para operar cambios profundos en las mentalidades.

El coronavirus está cambiando drásticamente las costumbres como se intuía hace ya semanas. Los niños sin colegio y en casa como ocurre ya en Vitoria o La Rioja, y en Madrid desde este miércoles han disparado las alarmas. En Madrid son millón y medio de alumnos con padres que trabajan, no todos con abuelos. Y cierran universidades. Y se suprimen las visitas a las residencias de ancianos que por otro lado son necesarias anímicamente. Y no funcionan tampoco los centros de día para mayores. Italia impuso normas así de drásticas con 9.000 casos y 463 muertos. Personalmente, me planteo si en España, con 1.200 casos el lunes y 30 muertos, el balance entre beneficios y perjuicios es positivo. Aunque la presión política y la psicosis mediática influyen y mucho.

Ha dado positivo el diputado del congreso, concejal en Madrid y líder de Vox Ortega Smith y se ha suprimido la actividad parlamentaria del Congreso esta semana. Es una medida prudente. Desde su formación culpan al Gobierno, pero eso no es noticia, no es nuevo. Santiago Abascal se reunió en Nueva York con el senador repúblicano Ted Cruz, que hubo de someterse a cuarentena por ser portador también de coronavirus. Este fin de semana ambos participaron en un acto en Vistalegre, Madrid, estrechando manos y ante centenares de personas. Han pedido disculpas por ello.

Rosa María Artal

@rosamariaartal

En efecto se ha desatado el pánico. Esto es un Mercadona de Madrid. Colas inmensas

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La histeria se palma en Madrid, por ejemplo, vaciando estanterías de supermercados como si se acercara literalmente la peste, que no es el caso. No se habla de otra cosa, no se teme otra cosa. Entre desorbitar las precauciones y tomárselo a broma, hay un abismo. Porque, ¿hasta dónde encerrarse previene el contagio? En Wuhan, el foco en China, ha funcionado y disminuyen los casos ya. Según la OMS, el 70% de los 80.000 casos reportados en China se han recuperado. Pero ¿dónde se para la cadena aquí? ¿Pueden trabajar desde casa las cajeras de los supermercados? ¿Y los conductores de transportes públicos? ¿Médicos y el resto del personal sanitario y no sanitario de los centros asistenciales?

El pánico –y la insolidaridad- desabastecen supermercados y recursos de los disponibles. La sociedad programada para la comodidad descubre, como decía el escritor Fernando Aramburu, que en caso de emergencia la prioridad es limpiarse el culo. Se han producidohasta peleaspor el preciado elemento que no tiene tantos años de historia. Atrás quedaron las hojas de lechuga, y el agua corriente corriendo. Ya decimos, la grandeza y la bajeza, lo que se considera esencial y accesorio, quedan retratados en la sociedad del coronavirus. Noticias decisivas, corrupciones al más alto nivel, quedan ensombrecidas ante temores reales o supuestos.

De entrada, vemos que se ha prohibido enfermar de ninguna otra cosa en la práctica en algunos lugares o una serie de personas se lo han prohibido a sí mismos. Ya no hay catarros, ni gripes comunes, ni dolores reumáticos, ni de estómago. Se han descongestionado las urgencias. Espero que todavía quede espacio para atender piernas rotas o cólicos intensos, nacimientos y situaciones críticas. En cierto modo estamos volviendo a la vida de varias décadas o siglos atrás. Los males leves se curan en casa, sin pasar por el galeno. Y es por miedo al contagio.

Algunos aviones vuelan vacíos para no perder su sitio en los aeropuertos, porque se están resintiendo los viajes. La gente no va o va menos a restaurantes y tiendas. Ni a espectáculos. Retornan a la casa y a las redes de Internet –no olviden limpiar las pantallas de móviles y tablets, ya puestos-. El saludo japonés es la última moda. No se tocan, no se besan. Piénsenlo dos veces, si merece más la pena sembrar y contagiar el miedo o tomárselo con prudencia, sin duda, y cierta filosofía.

Un día u otro esto pasará. El coronavirus habrá ido y venido a por unos cuantos. Las otras amenazas también, la manipulación, el uso en abuso, la idiotez, y es una incógnita saber hasta qué punto las personas habrán aprendido a vivir de otra forma, más responsable, calibrando mejor sus prioridades y sabiendo valorar lo importante.

 

*Publicado en eldiarioes

8m, ¡cuidado!

El movimiento feminista llega dividido al 8M y en un clima de agresividad intenso del machismo exultante y el enmascarado. Tras la apoteósica explosión en triunfo de los dos años anteriores, ahora la diferente visión de las prioridades parece ser causa de un retroceso. A las divergencias en el movimiento en sí, se une la fortísima reacción en contra de la derecha más conservadora. Nada que no haya ocurrido antes –quizás de forma algo diferente– y que precisa extremar la claridad de ideas.

Lo primero que se necesita saber es una obviedad: las mujeres no somos un ente homogéneo, como no lo son los hombres, ni prácticamente nada que tenga vida propia. Imprescindible tenerlo en cuenta y entender la situación real de la mujer en nuestro país y en el mundo para no cometer el imperdonable error histórico de echar atrás lo conseguido y abandonar los objetivos esenciales por una coma. La coma ha sido la gran enemiga de las revoluciones progresistas, cuando simplemente por su ubicación en un texto han llegado a escindirse fuerzas que, juntas, sumaban. Y eso es aplicable hasta para la ley de libertad sexual del gobierno progresista, naturalmente. Cuando tal cosa ocurre, hay que sentarse y negociar la coma, la ortografía y el texto y atenerse al fondo: al objetivo.

Porque en España el machismo sigue matando mujeres todas las semanas, todas sin faltar una, y agrediendo, violando, menospreciando, insultando. No tiene justificación, después de haber conseguido que millones de mujeres tomaran conciencia de sus derechos, discutir por cuestiones importantes quizás, pero sin duda menores ante el problema general y los obstáculos que encuentra para su resolución. Rebrotados con fuerza, ahora de la mano del machismo y la ideología ultra.

Verán, creo que merece la pena que les cuente que yo misma, como muchas otras mujeres, crecí en una España en la que el franquismo nos consideraba minusválidas y precisadas del tutelaje masculino. Donde madres, abuelas e hijas se ocupaban de la casa mientras los varones no tocaban ni un plato. Donde mi padre, un hombre sensato, decía sin embargo a mi madre desde una silla: «Mari, tráeme un vaso de agua», y a todos les parecía normal. Donde todo el horizonte personal pasaba por casarse y cuidar de una familia. Mi madre, la que guardaba recortes de prensa que apuntaban mejores horizontes para la mujer, sin abandonar ni una sola de sus tareas. No se veía un más allá diferente. En sueños. En sueños, sí. Aquella España donde el freno a los ataques sexuales a una niña que volvía andando del colegio, por ejemplo, se resolvían gritando desde el portal –al notar las zarpas atenazantes en el cuerpo– para que el padre, el mío, bajara saltando de cuatro en cuatro las escaleras. Siempre consiguió espantar a las alimañas.

Me limito a aspectos triviales de la vida cotidiana que conducía a un futuro constreñido para las mujeres, a ver si se entiende mejor. Una represión castradora que fue mucho más allá y que se metió en los genes de este país. Y no solo de este. Y ahí siguen, pugnando por imponerse. Robaron los referentes femeninos, los taparon o borraron. Solo había reinas y santas en la historia de la humanidad, todo lo habían hecho hombres. Intentaron cortar las alas a las mujeres, como lo siguen buscando hoy, en muchos otros lugares, con toda fruición. Y hubo un buen número que no se dejó.

Aquí, ahora mismo, se está discutiendo con gran alarma que sea preciso el consentimiento explícito de la mujer para mantener relaciones sexuales. A dónde vamos a llegar si no se puede tomar por asalto a la mujer apetecida, vienen a decir. Por supuesto que hay que defender en todos los marcos los derechos de todas y de todos, pero cuando un edificio se quema, lo operativo es echar las mangueras y apagar preferiblemente el foco desde su cimiento. Discutir si conviene echar agua a la ventana del 6º o del 4º mientras arde todo el edificio es irresponsable. Cuesta hasta encontrar palabras que no hieran susceptibilidades a flor de piel. Que esta lucha cansa, sin duda. Lo sé. Imaginen lo que es tenerla ahí durante décadas y ver una y otra vez que se deshace lo andado. No todo, ni mucho menos, se deshace, eso sí. Pero siempre hay quien toma el relevo o se suma. En España, la lucha feminista ha prendido en particular en numerosas jóvenes, una buena base para el porvenir.

Leo que México, el país del más feroz feminicidio impune, va a hacer huelga. Argentina, Chile, Latinoamérica se revuelve contra el machismo y sus consecuencias. España no hace huelga. No este año. Cuando millones de mujeres sienten ya el 8 de marzo como fecha propia y para la esperanza. Como escriben varias compañeras, punteras en la lucha feminista, la mayoría ni se va a enterar de las discrepancias. El feminismo ha despertado en movimiento mundial.

En Pakistán han creado una línea de ayuda de hostigamiento cibernético. Entre los usuarios, mujeres que temen ser asesinadas por parientes varones por usar Internet. Países donde la violencia contra las mujeres es generalizada, como Myanmar, la violación registra escasas cifras en las estadísticas y la violencia machista es inexistente, dicen quienes luchan por cambiar esa situación. La violación con violencia y humillación se extiende en múltiples lugares, remedando el concepto de la mujer como botín de guerra, de ya diferentes guerras, allá y aquí, aunque quizás siempre es la misma. Y se reacciona. Una revolución cultural feminista está en marcha incluso en países en los que, como Afganistán, hacerlo supone hasta un riesgo de vida. Todas temen una vuelta atrás, aún más atrás. Ese es el principal peligro ahora.

En España también. El machismo no da tregua en cuanto encuentra la menor rendija o fisura para avanzar. Las mujeres de los tres partidos de derechas se afanan en la labor con los mismos tópicos que sus compañeros varones y el torpe engreimiento de la esposa del comandante en el Gilead de las criadas. Hemos sentado al machismo y a los fascismos en las sillas de propaganda, porque llamar debate a lo que hacen es todo un eufemismo. Y en la insistencia, machacona –no salen de las pantallas– se consolidan como normalidad.

Entretanto, 55 mujeres fueron asesinadas el año pasado por la violencia machista. Ya son más, bastantes más, de mil desde 2003. Llevamos 14 en dos meses, a este ritmo batimos un récord. Muchas otras viven aterradas bajo su peso. ¿Cómo tienen la desvergüenza de negar que la violencia machista existe y de afirmar que el feminismo menosprecia al hombre?

Quedan muchos derechos que conquistar o consolidar. La eficacia se consigue priorizando objetivos y aplicando los medios adecuados, optimizando los recursos. El primero el derecho a la vida y la integridad. Y al respeto. A la no discriminación. Derechos laborales, de conciliación, de apoyo a las más vulnerables. De educación, de equidad y justicia. A la visibilidad. Derecho al gozo, a la sexualidad siendo sujeto activo y no pasivo. Un cúmulo de objetivos y de trabas que resumía aquí Ana Requena. En mi opinión, es imprescindible, por tanto, aparcar susceptibilidades, las personas decentes no menosprecian la diferencia, ni la minoría. No den carnaza a los enemigos del feminismo que se rearman de continuo.

Hay medidas que parecen simples y operan cambios profundos. Hubo un tiempo en el que hasta los consejos para lavar la ropa sucia los daban los hombres que apenas sabían de ella otra cosa que, con suerte, echarla al cesto. La publicidad formatea a las sociedades. La denuncia reiterada en ese punto dio resultado. Pero sigue la polémica por cada medida que intente cambios. El cuerpo desnudo de la mujer no debería servir para vender, dejémoslo para el espectáculo y el uso que en la vida cada cual quiera darle; de reclamo para la venta, no. Los cupos que impuso la ley de Rodríguez Zapatero también fueron de utilidad: consolidaron la presencia de las mujeres en puestos de decisión. Fijaron lo natural. No sin oposición férrea de la derecha, como siempre.

El caso es no ceder terreno y avanzar hacia los retos pendientes. Un fallo serio en el camino puede operar como un freno en seco. Las mujeres no somos un ente homogéneo, decíamos. Por supuesto. Imaginen un escenario donde la pauta la marquen los comandantes de Gilead para imponer el modelo de mujer machista, vanidosa y cómplice, con título nobiliario o no, con rictus violento o sonrisa boba, para someter al resto de las mujeres, al ordenamiento social, a su voluntad.

De momento, millones de mujeres, orgullosas de serlo con toda razón y derecho, se disponen a seguir luchando y disfrutando el 8 de marzo y todos los días de todos los años. Volando con alas robustas sobre los prejuicios.

 

*Publicado en eldiarioes.