Los famosos que merecemos

 Con horas de diferencia, han muerto esta semana dos actrices norteamericanas.  Jennifer Jones, la mítica e inquietante intérprete de “Duelo al sol” o “Madame Bovary”, ganadora de un Oscar, 5 veces más nominada, trabajó a las órdenes de John Houston, Vincente Minnelli, King Vidor, Ernst Lubitsch, William Wyler o Vittorio de Sica, y fue pareja cinematógrafica de Gregory Peck, William Holden, Humphrey Bogart o Laurence Olivier.

La otra, Brittany Murphy, a quien vi en un par de películas que no pasarán a la historia y cuyo rostro no se fijó en mi memoria.  Unas líneas mediáticas para la vieja actriz, el desparrame por la joven. Jenifer tenía 90 años, y la sociedad ya la había “matado”. Brittany, 32. Anoréxica, intrascendente, encajaba más con las musas de nuestro desmemoriado tiempo. Además, ha tenido la defencia de morirse antes de fecha, que eso gusta mucho a los espectadores.

En el blog de Toño Fraguas, de los Fraguas de toda la vida.

España asiste aterrada -o entusiasmada- al estrellato de una mujer que nació a la fama por haberse encamado con un torero de tan escasas luces como ella. Abandonada y con una hija, ha explotado su fama al extremo. Con la connivencia de quienes ven en ella un filón para ganar dinero. La llaman “la princesa del pueblo”, de esa España que, como Belén Esteban, es analfabeta, osada en su ignorancia, haciendo gala de su zafiedad y su incultura, frívola, cotilla, y con escasos escrúpulos. Y a fe que lo es, princesa de… ese pueblo. Belén Esteban se ha recauchutado entregando su cara al bisturí que ha trinchado y cosido a placer. España se paralizó para ver su primera aparición en pantalla tras la operación. Cifras millonarias de audiencia y la comidilla en todos los círculos. Ella cree que está muy guapa. “Se ha democratizado la cirugía estética”, dicen algunos. Cualquier rabalera deslenguada puede aspirar al remoce, salir en televisión… y ganar dinero por nada. ¿No se operó la princesa de verdad?

En 2004, España era el país europeo líder en cirugía estética, y el segundo del mundo, tras EEUU, con 350.000 operaciones plásticas anuales. Ahora ya son 400.000. Cincuenta mil más anuales en 5 años. La principal franquicia –labrada a costa de publicidad- cotiza en bolsa. La cirugía estética se incluye en el cómputo del IVA. Obama se propone que quienes se operan para “estar más guapos” sufraguen –con potentes impuestos- el costo de su plan de sanidad para atender enfermedades serias, más allá de las de la mente que llevan a alguien a un quirófano por motivos tan superficiales. Arriesgando su vida, incluso. Belén Esteban es diabética, y aún así afrontó una intervención de más de 5 horas para mejorar su físico.

Quizás no sea tan superficial la medida. La sociedad lo exige. Si solo la piel tersa y los rasgos más o menos perfectos, “venden” en la sociedad enferma en la que vivimos, asalta la tentación de intentar ser también competitiva y no verse relegada por las arrugas. Porque equivale a soledad, a cama vacía, a orfandad de la piel.

Los “famosos” marcan el modelo, cuidadosamente diseñado y premeditado. Y cada sociedad tiene los que se merece. Un congreso de científicos que nos cambian la vida, carece de esas patéticas muchachitas con micrófono haciendo estúpidas preguntas a famosos estúpidos que, por ello, se sienten los reyes del mambo.

Un día, en un telefilme, reparé en un extra con frase, acodado en la barra de un bar, cuyo rostro me resultó conocido. Pronto supe quién era: George Chakiris, mito sexual de los sesenta, actor protagonista de una película revolucionaria en su época e incluso aún: “West Side Story”. Nadiuska, un tal Tamara “la mala”, “triunfitos” y “granhermanos”, Galindo y el resto de colaboradores de aquellas fábricas de populares sin base ¿Qué fue ellos? ¿Cómo asimilaron el repudio de las cámaras? ¿Han engrosando el desván de los juguetes rotos?  Algunos se mantienen por largo tiempo en la brecha, otros desaparecen. Juan Antonio Canta, un cantante flojo, se suicidó tras dejar de ser llamado a un programa de televisión. El ciclista Marco Pantani también se quitó la vida al apearse de la bicicleta. Medio tarados y suplicando cámara y dinero andan el humorista y actor Andrés Pajares y el antiguo cantante y marido Junior, con sus descendencias para más abuso. La fama es un caramelo envenenado.

Vendiendo su vida por reconocimiento y dinero, ellos al menos han jugado sus cartas. Lo asombroso es que seres humanos hechos y derechos, con sus problemas y alegrías, participen adormecidos de este juego. Autómatas movidos por unos hilos que ni ven. La tal Brittany, que en paz descanse la pobre, también tenía –como Michael Jackson- la casa repleta de medicamentos.  Igual estaba muy enferma (realmente tenía mala cara la chica). O que la fama -o su ausencia- son difíciles de llevar.

Esta sociedad que consume sin tino, dirigida, dócil, y sin criterio, sigue a los dioses que merece. Más aún, ahora se vive el momento; lo bebemos a tragos cortos, nacemos cada día, como los flashes de la publicidad. En cada parcela, hasta la más inadvertida. Todo icono refleja a la sociedad que lo crea. Muchas buscaron -desde los griegos- armonía, equilibrio, perfección. El siglo XX se inicia con una explosión de creatividad y rebeldía. La misma que -algo más ingenua- impregnó los sesenta, exuberantes y coloridos. Los mitos de hoy son de plástico, artificiales, sin surcos ni matices -operados, alisados, estirados-, vulgares, para parecerse quizás a la sociedad a la que representan, absolutamente decadente. Cualquier tiempo pasado no fue mejor, ningún salvoconducto con más posibilidades a la esperanza que la vida que palpita en el presente y se abre al futuro. Pero elijamos al menos en nuestra admiración seres auténticos, con carne y peso, estimulantes,  alguien que no avergüence, Jenifers Jones (o quienquiera que sea) de sangre y hueso.

A %d blogueros les gusta esto: