La permuta inevitable: Valencia por Dinamarca, Madrid por Suecia

Ahora que estamos viendo cómo hasta a Suecia ha llegado la peste neoliberal con sus consecuencias, traigo este relato que escribí hace varios años, para que comprobemos que todo es susceptible de empeorar.  Lo de España apuntaba fuertes síntomas que se han cumplido… con creces. Para Suecia no esperábamos esta degradación. Se repondrán. Hay allí una sólida base cívica. Y desde luego siempre existen soluciones imaginativas. Tanto como esta permuta que yo proponía. O cualquier otra. 

Cuando la crisis económica resquebrajó a los países más débiles, cuando la administración de justicia se colapsó en España por los juicios de corrupción, hubo que tomar decisiones drásticas e imaginativas. La primera llegó al extremo de aprobar en el Parlamento –debatiendo una masiva iniciativa legislativa popular-, que el gobierno elevó a ley, la permuta de Valencia por Dinamarca y de Madrid por Suecia. Se trataba de una experiencia piloto a extender a otras comunidades, a todo el país en realidad, atacando de entrada lo más urgente. Como es lógico, los territorios no se trasladaron por barco, piedra a piedra, campo de golf a campo de golf, gota a gota, el cambió se limitó a la población de todas las demarcaciones implicadas. Intensas labores diplomáticas lograron convencer a los nórdicos para que cambiasen su residencia. Se alegó su condición de temporal, y aceptaron para disfrutar una temporada del cálido sol del Sur de Europa. Se lo plantearon casi como unas vacaciones.

A pesar de sus ardorosas protestas, los implicados se vieron conminados a la mudanza. Aunque, lógicamente- les fueron explicadas las circunstancias, positivas y negativas, por las que se verían afectados. Era un trabajo muy serio, esencialmente necesario. Y fueron estudiados algunos casos para que pudieran permanecer en sus comunidades. Se habían establecido unos cupos por los cuales parte de los residentes habituales no cambiaran de domicilio y actuarán de guía de los recién llegados: compartirían experiencias y harían más fácil el tránsito. En minoría, naturalmente. Alguien planteó cuántas manzanas podridas terminan por arruinar un cesto. La experiencia dice que basta con una. Pero, dado lo acuciante de la situación, se confió en la suerte.

Gran parte de los valencianos se fueron a regañadientes a su nuevo destino, básicamente los que habían sustentado el sistema que hizo tomar al resto de los españoles la decisión de trasladarles, siquiera fuera por su bien, a modo de terapia y por una temporada de duración a evaluar. Otros lo aceptaron de buen grado, comprendiendo la bondad de la iniciativa y con un halo de esperanza. Y hubo un decisivo sector de entusiastas de la idea que se ofrecieron a llevar maletas, ayudar a los ancianos a subir a los transportes, dar de comer a los bebés, cambiarles los pañales, y a cuanta ayuda se les pidiera.

Casi cinco millones de valencianos, en consecuencia, llegaron por tierra, mar y aire –que de todas formas se accede- a Dinamarca. Encontraron fácil alojamiento para todos, dado que los oriundos del lugar eran prácticamente los mismos en número. La primera grata sorpresa –además de unas campiñas verdes y floridas- fue que disponían de casi el doble del territorio, 43.000 Kms2 cuadrados, frente a sus 23.000 y que, por tanto, iban a vivir mucho más holgados. Les tranquilizó también ver que compartían un pasado histórico de solera y que les bañaba el mar, como a ellos durante su vida anterior. Claro que allí se toparon con el Mar del Norte y el Báltico de temperaturas gélidas, y era poner el pie y congelarlo. Pero los lugareños les comentaron que el frío curte –no sé si está probado- y respiraron más tranquilos. Un gozo fue descubrir que contaban con más de 400 islas, la mayor parte despobladas. Es decir, inmensos terrenos para construir y especular, ahora que el litoral valenciano se había saturado de ladrillo. Avisados, los daneses residentes advirtieron severamente que de torre por aquí, rascacielos por allá, urbanizaciones y urbanizaciones, nada: habrían de acostumbrarse, a residir en un paisaje armónico, con un urbanismo elegante y bien diseñado. Muchos valencianos callaron antes de confesar que no sabían de qué les estaban hablando.

-¿Urbanismo elegante y bien diseñado? ¿Tú sabes qué es eso?- preguntó uno a otro compañero.

-Manías europeas, ya les cambiaremos.

Lo cierto fue que más pronto que tarde comenzaron a agradecer la armonía que les rodeaba, llegando incluso a atemperar algunos comportamientos. Complacencia superlativa representó encontrase con sueldos medios de 3.250 euros, los más alto de la UE y con pocas diferencias sociales.

-Oye, que voy 7 horas a trabajar 5 días y me llevo el triple que en Valencia, esto sí está bien.

-Los precios son algo más caros- opuso uno.

-Ya, pero apenas, diría que un 10% más. Pero con estos dinerales que ganamos ¿qué importa?- rebatió el más animado.

-¿Y los impuestos? ¿Qué me dices de los impuestos? Hasta el 50%, el 60% he oído que pagan. Espero que ya no estemos aquí cuando lleguen las declaraciones de la renta.

-Calla, calla, que eso solo es para los millonarios, para los que en España pagan como máximo el 45% y después de la subida, que antes aún era menos.

-Vale ¿y aquí te dan gratis las gafas y las consultas del dentista con extracciones y todo? Escuché que en algunos países de Europa sí- se animó el segundo.

-No sé, chico, ya nos enteraremos. Pero sé que aquí el Estado gasta en los ciudadanos el 30% del PIB, mientras España sigue estando a la cola de Europa con un 21%. En algo se tiene que notar la diferencia.

-Te envidio ¡cómo has estudiado los pormenores! Te vas a adaptar muy bien.

En definitiva, los valencianos admitieron que, en el aspecto económico, el trueque les era rentable.

En Dinamarca no había paella, como mucho servían arroz hervido, y como lujo con verduras. Aunque tenían unos langostinos aceptables, servidos ¡horror! en pan y con mantequilla. Pero ¡coño! no entendían el español. Todos hablaban inglés, en cambio. Y allá se fueron los valencianos a las escuelas de idiomas que debían multiplicar aulas, profesores y horarios para enseñar la lengua. Algún conflicto laboral hubo por ello en los centros, pero se explicó a los profesores la extrema necesidad de la medida y, solidarios, se aplicaron a la labor. Los valencianos pudieron presumir de que poseían una educación bilingüe desde niños y sabían que ayuda al aprendizaje de idiomas. Dominarían el inglés antes, mucho antes que los madrileños.

-Por esto de que mis hijos estudien “Educación para la ciudadanía” y en castellano que se la dan, ¡no paso!, por ahí si que no- clamó uno de los más recalcitrantes.

-Oye, que aquí no protesta por ello ningún partido, ni las iglesias ni nadie. Igual es por algo- le replicaron.

Convinieron los valencianos que trabajar de 9 a 4 resultaba muy cómodo, disponían de casi toda la tarde libre. Volvieron a conocer a su familia, renacieron muchas parejas. Podían ir también a exposiciones y conciertos. Tras la cena.

-Esto de cenar tan pronto no puedo, la verdad. Pero ¡qué vas a hacer si a las 12 de la mañana te tienes que contentar con un bocadillito! No sabe vivir esta gente. ¡Ay!, donde estén nuestras comidas de 3 horas, con aperitivos, dos platos, postre, café y pacharán.

Pronto descubrieron también que Dinamarca es el segundo país más pacífico del mundo, el primero a veces. Y que su capital, Copenhague, está considerada como la mejor ciudad para vivir, en algunas clasificaciones y que fue declarada “Ciudad cultural mundial”, la tercera, tras Londres y París.

-¿Y eso por qué es?

-Valoran su vida cultural, posibilidades de transporte, su grado de delincuencia (que apenas tienen como has visto), la arquitectura, los bienes públicos y el diseño.

-Mira, todo eso está muy bien. A mí me está gustando este lugar. Y que tienen tiendas por todos los lados igual que en España. Y esos lugares tan turísticos donde vamos todos juntos.

-Caras, muy caras, recuerda- apostillaban siempre los más negativos.

-Y el Tívoli ¡qué cosa más bonita!

-Total, un parque de atracciones, es mucho más moderno nuestra Terra Mítica. Y, francamente, tanta bulla con la sirenita y es una miniatura.

-Eso, sí, pero ¿y el río? Esas terrazas tan acogedoras. Y mira, mi chica, que no encontraba trabajo en España, ha entrado de camarera en una de esas terrazas, y ¡no te lo vas a creer! se lleva 2.300 euros al mes, más propinas, por jornadas de 37 horas semanales.

-Sí, todo eso está muy bien. Pero ¿y el clima?

Los valencianos habían arribado a Dinamarca en verano y disfrutaron de unas temperaturas deliciosas, templadas, nulos agobios y sofocos, ni calores húmedos ni nada que se le parezca, pero, llegado el invierno, desde luego, se pelaron de frío.  ¡Y el sol! nada de la maravillosa luz Mediterránea. En los meses crudos ni lo veían, y en verano no se escondía en todo el día el muy ladino.

-Pero eso con unas buenas persianas, puede paliarse- objetaban los más integrados.

Con todo, lo más positivo, lo que debió inclinar a una mayoría social española a promover la ley, se centraba en la calificación de Dinamarca, alternando con Suecia, como el país menos corrupto del mundo, según numerosos estudios y estadísticas. Y que la sociedad tiene arraigados una serie de valores democráticos que defienden a ultranza: la igualdad, la libertad de expresión y los derechos humanos, el respeto a las personas –a los animales incluso-, la solidaridad y la responsabilidad hacia la comunidad, tanto en la vida social como en la familiar. Todo eso les habían dicho al despedirles en aeropuertos, puertos y carreteras.

-Como si en Valencia, en España, no tuviéramos esa conciencia ciudadana, ese rechazo a la corrupción- se quejaban muy ofendidos algunos valencianos.

-No, lo habéis interpretado mal, no es un insulto. Lo único que ocurre es que aquí  es norma de vida profundamente interiorizada por la sociedad- le explicó a un grupo un taxista de Copenhague.

Los madrileños vivieron similares experiencias al llegar a Suecia.

Prácticamente los mismos valores y circunstancias –algo más de gasto social incluso- compartía su nuevo hogar con Dinamarca. Algunos lloraron mucho los primeros días añorando el casticismo, los atascos, los toros, pero otros viajaron a Estocolmo, Lund, Malmö o donde les tocara, francamente contentos y esperanzados. Estos sabían que Madrid tenía remedio, que tan solo había que pulir algunos matices. Y también se aprestaron, como algún sector de los valencianos, en proporcionar cuanto apoyo fuese preciso para la consecución de la tarea. Se habían sentido ¡tan impotentes! Tan hartos ¡tan inmensamente hartos!

En el caso de los madrileños la sensación de amplitud y deshago aún fue mayor. Casi seis millones de ciudadanos disponían de cerca de 500.000 Km² de territorio. Los dirigentes políticos abrieron los ojos con tal desmesura que a punto estuvieron de perder las córneas precipitadas al suelo por la ardiente codicia. Su felicidad no tenía límites al contemplar –no llegaron a perder sus globos oculares- las posibilidades de inversión privada y pública que ofrecía tan inmenso terreno. Ahora bien, al igual que los políticos valencianos, se vieron obligados a vivir con mucha más austeridad y, especialmente, con mayor control, incluso ciudadano. Cualquiera tenía acceso a sus declaraciones de impuestos. Y sus derroches o enriquecimientos súbitos, comenzaron a importar a la sociedad.

Los nuevos madrileños-suecos se encontraron con los mismos gélidos mares que sus nuevos vecinos valencianos-daneses, pero los recibieron mucho mejor:

-Playa al fin y al cabo, lo único que le falta a Madrid para ser maravillosa- saludaron alborozados los más positivos.

Una comisión sueca rebajó su optimismo al advertidles:

-Aquí tendréis que hacer un esfuerzo por mantener las calles limpias, asfaltadas y con las señales de tráfico bien pintadas. Y disponer y rotular en condiciones todas las vías. Cuando vengan las visitas no queremos presentar las ciudades como tenéis vosotros la capital de España.

Se les pusieron también serias cortapisas a los proyectos de desmanes urbanísticos, y a horadar las ciudades con túneles. Les advirtieron que entre sus prioridades no se encontraba trasladarse a gran velocidad por sus calles y carreteras. Y eso cuando ya alguien de la alcaldía de Madrid miraba con auténtica avidez esas vías de medio pelo con tantas posibilidades de obra.

En compensación, descubrieron que Suecia había hecho una altísima inversión en innovación y tecnología, tanto en el sector privado como público, y que poseía una auténtica pasión por el cuidado del medio ambiente. Abría de igual modo posibilidades de negocio, y algo más aceptados por la progresía protestota española.

Aseguraron, más adelante ante otro de los retos, que en Madrid, en la capital y en toda la comunidad, ya estaban acostumbrados a acoger con cariño y respeto a los emigrantes –salvo excepciones-, cuando les contaron que aquello era norma en su país de acogida. Les explicaron que ellos convivían con la emigración sin problemas –excepto salvedades crecientes-  desde los años 70.

-Aquí recibimos a buena parte de los arrojados por las dictaduras latinoamericanas, en aquella época- se les comentó- De hecho, de ahí nace el interés tiene por el idioma español que se estudia incluso en las Universidades.

La obligatoriedad de aprender inglés, por tanto, para relacionarse en toda la zona, con noruegos, fineses, holandeses, también, y con los suecos que permanecieran en su país como guías, se mantenía, pero los madrileños se lo podían tomar con algo más de calma, dado que el español también les funcionaría en algunos casos.

Los dirigentes madrileños se preocuparon cuando vieron que en Suecia prima la educación pública, les produjo una gran inquietud. Más de un temblor sacudió a las más altas instancias. No sabían cómo afrontarlo. Quizás imbuyendo a Suecia de su pasión por las gestiones privadas, argumentándolo tan bien como hacían en España, al punto que fuera igualmente aceptado sin rechazo. Pero ese aspecto pronto pareció subsanable. El cambio de mentalidad ayudaría a solventar el problema en pocos meses.

En cuanto a los suecos trasladados a Madrid, el mayor inconveniente residía en que, eran casi 9 millones –menos los que se quedaron de instructores- y dos millones y medio más de la población habitual de la comunidad iban a notarse mucho. Tuvieron que instalarse en un territorio mucho más pequeño que el suyo. Y lo hicieron. Se veía algunos tan apretados que apenas podían ya “hacerse los suecos”. Pero son gente austera y sufrida, que usan muebles de IKEA y que viajan mucho con lo que una parte estaría siempre ausente.

Con sueldos similares a los daneses, los suecos daban auténticos saltos de alegría por poder disfrutar –sin descabalar sus cuentas corrientes- de las tapas, las cañas, y los chupitos. De los calamares fritos y la paella. Del flamenco y el trasnoche. De los monumentos y museos que acreditan a Madrid. De los parques y paseos. Los suecos vinieron de muy buen grado a la capital de España. Lo mismo que los daneses a Valencia, poblando las playas todo el día y haciendo un uso exhaustivo de los chiringuitos. Echaban en falta, eso sí, los programas informativos y culturales de sus televisiones. Pero encontraron los mismos concursos y bazofias que empezaban a inundar también sus propias programaciones. Jamás llegaron a entender, sin embargo, aquella basura –así la calificaban- conocida como “prensa rosa”.  Se abstuvieron de mirarla y, en consecuencia, bajó a tal punto la audiencia y la recaudación, que terminó por quedar en un apartado residual.

A los malintencionados que pensaron -con la llegada de valencianos y madrileños a Escandinavia- en grandes bloques de ladrillo y especulación, supresión de las leyes y los servicios sociales de sus países de acogida, destrozos irreparables de las administraciones públicas, malversaciones, chanchullos, amiguismo, pérdidas lamentables de tiempo, chapuzas, enredos y jaranas, el tiempo –poco tiempo- les quitó la razón.

Con un puente entre Dinamarca y Suecia, que en 15 minutos te sitúa en el otro país, valencianos y madrileños compartían apasionadamente las nuevas experiencias.

-Nosotros ya respetamos el tráfico y nos desplazamos por lo general en bicicleta que es muy sano. Y más barato.

-Pues nosotros ya no “ayudamos” a la mujer en casa el día que nos parece. Hemos entendido que los hijos y las tareas del hogar son responsabilidad de toda la familia. Casi a partes casi iguales.

En menos de un año, los españoles regresaron hablando en tono mesurado, pidiendo las cosas por favor y dando las gracias, ni uno solo le decía al camarero: “Oye, pónme unos vinos”, sino “por favor, podría servirme unos vinos. Gracias”. Pensaban en los demás, todos, hasta los dirigentes que no insultaban, ni calumniaban, ni gritaban a sus adversarios políticos. Todo el país se contagió del nuevo talante de tan grandes y decisivas comunidades. Cambió la sociedad, la televisión, el periodismo, el gusto por la cultura. Nunca más se apoyó la corrupción pública.

¿Cómo era posible? Se descubrió que el aire o el agua nórdicos eran los que formaban los criterios y que una vez adquiridos ya no desaparecen. En realidad, no podía ser otra cosa.

Por eso, los nórdicos tampoco cambiaron en España. Ganaron, eso sí, en espontaneidad. Aprendieron, también, el gran arte de la improvisación y a relajar la obsesión por la responsabilidad y el trabajo bien hecho.  Los escandinavos –sobre todo los suecos, algo más parcos en gastos aún que los daneses-, y asimilaron hasta ponerlo en práctica, en efecto, el disfrute de algunos placeres de la vida a los que parecían renunciar –y sin endeudarse (jamás) como nosotros-. Ambas partes, se instruyeron la una a la otra para obtener una media aceptable. Ni racanería, ni derroche.

Por si acaso y para prevenir recaídas, como vacuna de recuerdo, hay siempre disponible en las tiendas españolas agua nórdica embotellada y aire comprimido escandinavo en preciosos –y muy baratos- frascos herméticos de IKEA.

*Hablando de literatura. Esta semana inicio algunas presentaciones de mi libro. Os iré avisando. La primera en Zaragoza.

Invitación Salmones contra percebes - CDL Zaragoza (29 may)

¿Cinco millones de parados?

Si España tuviera una política fiscal como Suecia, el estado español –tanto central como autónomo y municipal- ingresaría 200.000 millones de euros más de lo que ingresa, con lo cual, no sólo se podría reducir el déficit del Estado, sino también el déficit social de España respecto al promedio de la UE-15. Y podríamos también eliminar el desempleo.

El desempleo en España es de casi cinco millones. Si el porcentaje de la población adulta que trabaja en los servicios públicos del Estado del bienestar (como sanidad, educación, formación profesional, servicios sociales, vivienda social, y un largo etcétera) fuera, en lugar del 10%, el 25% como Suecia, España ofrecería más de cinco millones de puestos de trabajo más. En Suecia, uno de cada cuatro suecos trabaja en el estado del bienestar. En España, sólo uno de cada diez. Si fuera uno de cada cuatro, el desempleo habría desaparecido, pues se habrían creado más de cinco millones de puestos de trabajo.

Vicenç Navarro

(Y por cierto en Suecia disfrutan de… un gran Estado del Bienestar. Aún).

LA PERMUTA INEVITABLE: Valencia y Madrid por…

 La inauguración del AVE Madrid-Valencia actualiza un relato irónico que escribí hace algún tiempo. Será una entrada provisional. La anularé probablemente. Pero, para quien guste, aquí está. Dada su extensión, el que quiera saltarla y seguir comentando las anteriores, está en su casa para hacerlo.

Autoridades inaugurando el AVE Madrid-Valencia

  Cuando la crisis económica resquebrajó a los países más débiles, cuando la administración de justicia se colapsó en España por los juicios de corrupción, hubo que tomar decisiones drásticas e imaginativas. La primera llegó al extremo de aprobar en el Parlamento –debatiendo una masiva iniciativa legislativa popular-, que el gobierno elevó a ley, la permuta de Valencia por Dinamarca y de Madrid por Suecia. Se trataba de una experiencia piloto a extender a otras comunidades, atacando de entrada lo más urgente.

Como es lógico, los territorios no se trasladaron por barco, piedra a piedra, campo de golf a campo de golf, gota a gota, el cambió se limitó a la población de todas las demarcaciones implicadas. Intensas labores diplomáticas lograron convencer a los nórdicos para que cambiasen su residencia. Se alegó su condición de temporal, y aceptaron para disfrutar una temporada del cálido sol del Sur de Europa. Se lo plantearon casi como unas vacaciones.

    A pesar de sus ardorosas protestas, los implicados se vieron conminados a la mudanza. Aunque, lógicamente- les fueron explicadas las circunstancias, positivas y negativas, por las que se verían afectados. Era un trabajo muy serio, esencialmente necesario. Y fueron estudiados algunos casos para que pudieran permanecer en sus comunidades. Se habían establecido unos cupos por los cuales parte de los residentes habituales no cambiaran de domicilio y actuarán de guía de los recién llegados: compartirían experiencias y harían más fácil el tránsito. En minoría, naturalmente. Alguien planteó cuántas manzanas podridas terminan por arruinar un cesto. La experiencia dice que basta con una. Pero, dado lo acuciante de la situación, se confió en la suerte.

    Gran parte de los valencianos se fueron a regañadientes a su nuevo destino, básicamente los que habían sustentado el sistema que hizo tomar al resto de los españoles la decisión de trasladarles, siquiera fuera por su bien, a modo de terapia y por una temporada de duración a evaluar. Otros lo aceptaron de buen grado, comprendiendo la bondad de la iniciativa y con un halo de esperanza. Y hubo un decisivo sector de entusiastas de la idea que se ofrecieron a llevar maletas, ayudar a los ancianos a subir a los transportes, dar de comer a los bebés, cambiarles los pañales, y a cuanta ayuda se les pidiera.

 

Casi cinco millones de valencianos, en consecuencia, llegaron por tierra, mar y aire –que de todas formas se accede- a Dinamarca. Encontraron fácil alojamiento para todos, dado que los oriundos del lugar eran prácticamente los mismos en número. La primera grata sorpresa –además de unas campiñas verdes y floridas- fue que disponían de casi el doble del territorio, 43.000 Kms2 cuadrados, frente a sus 23.000 y que, por tanto, iban a vivir mucho más holgados. Les tranquilizó también ver que compartían un pasado histórico de solera y que les bañaba el mar, como a ellos durante su vida anterior. Claro que allí se toparon con el Mar del Norte y el Báltico de temperaturas gélidas, y era poner el pie y congelarlo. Pero los lugareños les comentaron que el frío curte –no sé si está probado- y respiraron más tranquilos.

 Un gozo fue descubrir que contaban con más de 400 islas, la mayor parte despobladas. Es decir, inmensos terrenos para construir y especular, ahora que el litoral valenciano se había saturado de ladrillo. Avisados, los daneses residentes advirtieron severamente que de torre por aquí, rascacielos por allá, urbanizaciones y urbanizaciones, nada: habrían de acostumbrarse, a residir en un paisaje armónico, con un urbanismo elegante y bien diseñado. Muchos valencianos callaron antes de confesar que no sabían de qué les estaban hablando.

-¿Urbanismo elegante y bien diseñado? ¿Tú sabes qué es eso?- preguntó uno a otro compañero.

-Manías europeas, ya les cambiaremos.

Lo cierto fue que más pronto que tarde comenzaron a agradecer la armonía que les rodeaba, llegando incluso a atemperar algunos comportamientos. Complacencia superlativa representó encontrase con sueldos medios de 3.250 euros, los más alto de la UE y con pocas diferencias sociales.

 -Oye, que voy 7 horas a trabajar 5 días y me llevo el triple que en Valencia, esto sí está bien.

 -Los precios son algo más caros- opuso uno.

-Ya, pero apenas, diría que un 10% más. Pero con estos dinerales que ganamos ¿qué importa?- rebatió el más animado.

-¿Y los impuestos? ¿Qué me dices de los impuestos? Hasta el 50%, el 60% he oído que pagan. Espero que ya no estemos aquí cuando lleguen las declaraciones de la renta.

-Calla, calla, que eso solo es para los millonarios, para los que en España pagan como máximo el 45% y después de la subida, que antes aún era menos.

-Vale ¿y aquí te dan gratis las gafas y las consultas del dentista con extracciones y todo? Escuché que en algunos países de Europa sí- se animó el segundo.

-No sé, chico, ya nos enteraremos. Pero sé que aquí el Estado gasta en los ciudadanos el 30% del PIB, mientras España sigue estando a la cola de Europa con un 21%. En algo se tiene que notar la diferencia.

-Te envidio ¡cómo has estudiado los pormenores! Te vas a adaptar muy bien. En definitiva, los valencianos admitieron que, en el aspecto económico, el trueque les era rentable.

En Dinamarca no había paella, como mucho servían arroz hervido, y como lujo con verduras. Aunque tenían unos langostinos aceptables, servidos ¡horror! en pan y con mantequilla. Pero ¡coño! no entendían el español. Todos hablaban inglés, en cambio. Y allá se fueron los valencianos a las escuelas de idiomas que debían multiplicar aulas, profesores y horarios para enseñar la lengua. Algún conflicto laboral hubo por ello en los centros, pero se explicó a los profesores la extrema necesidad de la medida y, solidarios, se aplicaron a la labor.

Los valencianos pudieron presumir de que poseían una educación bilingüe desde niños y sabían que ayuda al aprendizaje de idiomas. Dominarían el inglés antes, mucho antes que los madrileños.

-Por esto de que mis hijos estudien “Educación para la ciudadanía” y en castellano que se la dan, ¡no paso!, por ahí si que no- clamó uno de los más recalcitrantes.

-Oye, que aquí no protesta por ello ningún partido, ni las iglesias ni nadie. Igual es por algo- le replicaron.

Convinieron los valencianos que trabajar de 9 a 4 resultaba muy cómodo, disponían de casi toda la tarde libre. Volvieron a conocer a su familia, renacieron muchas parejas. Podían ir también a exposiciones y conciertos. Tras la cena.

-Esto de cenar tan pronto no puedo, la verdad. Pero ¡qué vas a hacer si a las 12 de la mañana te tienes que contentar con un bocadillito! No sabe vivir esta gente. ¡Ay!, donde estén nuestras comidas de 3 horas, con aperitivos, dos platos, postre, café y pacharán.

Pronto descubrieron también que Dinamarca es el segundo país más pacífico del mundo, el primero a veces. Y que su capital, Copenhague, está considerada como la mejor ciudad para vivir, en algunas clasificaciones y que fue declarada “Ciudad cultural mundial”, la tercera, tras Londres y París. -¿Y eso por qué es? -Valoran su vida cultural, posibilidades de transporte, su grado de delincuencia (que apenas tienen como has visto), la arquitectura, los bienes públicos y el diseño.

-Mira, todo eso está muy bien. A mí me está gustando este país. Y que tienen tiendas por todos los lados igual que en España. Y esos lugares tan turísticos donde vamos todos juntos.

-Caras, muy caras, recuerda- apostillaban siempre los más negativos.

-Y el Tívoli ¡qué cosa más bonita!

Tívoli, Copenhague, Dinamarca

-Total, un parque de atracciones, es mucho más moderno nuestra Terra Mítica. Y, francamente, tanta bulla con la sirenita y es una miniatura.

-Eso, sí, pero ¿y el río? Esas terrazas tan acogedoras. Y mira, mi chica, que no encontraba trabajo en España, ha entrado de camarera en una de esas terrazas, y ¡no te lo vas a creer! se lleva 2.300 euros al mes, más propinas, por jornadas de 37 horas semanales.

-Sí, todo eso está muy bien. Pero ¿y el clima?

Los valencianos habían arribado a Dinamarca en verano y disfrutaron de unas temperaturas deliciosas, templadas, nulos agobios y sofocos, ni calores húmedos ni nada que se le parezca, pero, llegado el invierno, desde luego, se pelaron de frío. ¡Y el sol! nada de la maravillosa luz Mediterránea. En los meses crudos ni lo veían, y en verano no se escondía en todo el día el muy ladino.

-Pero eso con unas buenas persianas, puede paliarse- objetaban los más integrados.

 Con todo, lo más positivo, lo que debió inclinar a una mayoría social española a promover la ley, se centraba en la calificación de Dinamarca, alternando con Suecia, como el país menos corrupto del mundo, según numerosos estudios y estadísticas. Y que la sociedad tiene arraigados una serie de valores democráticos que defienden a ultranza: la igualdad, la libertad de expresión y los derechos humanos, el respeto a las personas –a los animales incluso-, la solidaridad y la responsabilidad hacia la comunidad, tanto en la vida social como en la familiar. Todo eso les habían dicho al despedirles en aeropuertos, puertos y carreteras.

-Como si en Valencia, en España, no tuviéramos esa conciencia ciudadana, ese rechazo a la corrupción- se quejaban muy ofendidos algunos valencianos.

 -No, lo habéis interpretado mal, no es un insulto. Lo único que ocurre es que aquí es norma de vida profundamente interiorizada por la sociedad- le explicó a un grupo un taxista de Copenhague.

Canales de Malmö, Suecia

Los madrileños vivieron similares experiencias al llegar a Suecia.

Prácticamente los mismos valores y circunstancias –algo más de gasto social incluso- compartía su nuevo hogar con Dinamarca. Algunos lloraron mucho los primeros días añorando el casticismo, los atascos, los toros, pero otros viajaron a Estocolmo, Lund, Malmö o donde les tocara, francamente contentos y esperanzados. Estos sabían que Madrid tenía remedio, que tan solo había que pulir algunos matices. Y también se aprestaron, como algún sector de los valencianos, en proporcionar cuanto apoyo fuese preciso para la consecución de la tarea. Se habían sentido ¡tan impotentes! Tan hartos ¡tan inmensamente hartos!

En el caso de los madrileños la sensación de amplitud y deshago aún fue mayor. Casi seis millones de ciudadanos disponían de cerca de 500.000 Km² de territorio. Los dirigentes políticos abrieron los ojos con tal desmesura que a punto estuvieron de perder las córneas precipitadas al suelo por la ardiente codicia. Su felicidad no tenía límites al contemplar –no llegaron a perder sus globos oculares- las posibilidades de inversión privada y pública que ofrecía tan inmenso terreno. Ahora bien, al igual que los políticos valencianos, se vieron obligados a vivir con mucha más austeridad y, especialmente, con mayor control, incluso ciudadano. Cualquiera tenía acceso a sus declaraciones de impuestos. Y sus derroches o enriquecimientos súbitos, comenzaron a importar a la sociedad.

 

Los nuevos madrileños-suecos se encontraron con los mismos gélidos mares que sus nuevos vecinos valencianos-daneses, pero los recibieron mucho mejor:

-Playa al fin y al cabo, lo único que le falta a Madrid para ser maravillosa- saludaron alborozados los más positivos.

   Una comisión sueca rebajó su optimismo al advertidles:

    -Aquí tendréis que hacer un esfuerzo por mantener las calles limpias, asfaltadas y con las señales de tráfico bien pintadas. Y disponer y rotular en condiciones todas las vías. Cuando vengan las visitas no queremos presentar las ciudades como tenéis vosotros la capital de España.

    Se les pusieron también serias cortapisas a los proyectos de desmanes urbanísticos, y a horadar las ciudades con túneles. Les advirtieron que entre sus prioridades no se encontraba trasladarse a gran velocidad por sus calles y carreteras. Y eso cuando ya alguien de la alcaldía de Madrid miraba con auténtica avidez esas vías de medio pelo con tantas posibilidades de obra.

   En compensación, descubrieron que Suecia había hecho una altísima inversión en innovación y tecnología, tanto en el sector privado como público, y que poseía una auténtica pasión por el cuidado del medio ambiente. Abría de igual modo posibilidades de negocio, y algo más aceptados por la progresía protestota española.

   Aseguraron, más adelante ante otro de los retos, que en Madrid, en la capital y en toda la comunidad, ya estaban acostumbrados a acoger con cariño y respeto a los emigrantes –salvo excepciones-, cuando les contaron que aquello era norma en su país de acogida. Les explicaron que ellos convivían con la emigración sin problemas –excepto salvedades crecientes-  desde los años 70.

 

-Aquí recibimos a buena parte de los arrojados por las dictaduras latinoamericanas, en aquella época- se les comentó-. De hecho, de ahí nace el interés tiene por el idioma español que se estudia incluso en las Universidades.

La obligatoriedad de aprender inglés, por tanto, para relacionarse en toda la zona, con noruegos, fineses, holandeses, también, y con los suecos que permanecieran en su país como guías, se mantenía, pero los madrileños se lo podían tomar con algo más de calma, dado que el español también les funcionaría en algunos casos.

 Los dirigentes madrileños se preocuparon cuando vieron que en Suecia prima la educación pública, les produjo una gran inquietud. Más de un temblor sacudió a las más altas instancias. No sabían cómo afrontarlo. Quizás imbuyendo a Suecia de su pasión por las gestiones privadas, argumentándolo tan bien como hacían en España, al punto que fuera igualmente aceptado sin rechazo. Pero ese aspecto pronto pareció subsanable. El cambio de mentalidad ayudaría a solventar el problema en pocos meses.

 

En cuanto a los suecos trasladados a Madrid, el mayor inconveniente residía en que, eran casi 9 millones –menos los que se quedaron de instructores- y dos millones y medio más de la población habitual de la comunidad iban a notarse mucho. Tuvieron que instalarse en un territorio mucho más pequeño que el suyo. Y lo hicieron. Se veía algunos tan apretados que apenas podían ya “hacerse los suecos”. Pero son gente austera y sufrida, que usan muebles de IKEA y que viajan mucho con lo que una parte estaría siempre ausente. Con sueldos similares a los daneses, los suecos daban auténticos saltos de alegría por poder disfrutar –sin descabalar sus cuentas corrientes- de las tapas, las cañas, y los chupitos. De los calamares fritos y la paella. Del flamenco y el trasnoche. De los monumentos y museos que acreditan a Madrid. De los parques y paseos.

Los suecos vinieron de muy buen grado a la capital de España. Lo mismo que los daneses a Valencia, poblando las playas todo el día y haciendo un uso exhaustivo de los chiringuitos. Echaban en falta, eso sí, los programas informativos y culturales de sus televisiones. Pero encontraron los mismos concursos y bazofias que empezaban a inundar también sus propias programaciones. Jamás llegaron a entender, sin embargo, aquella basura –así la calificaban- conocida como “prensa rosa”. Se abstuvieron de mirarla y, en consecuencia, bajó a tal punto la audiencia y la recaudación, que terminó por quedar en un apartado residual.

 

A los malintencionados que pensaron -con la llegada de valencianos y madrileños a Escandinavia- en grandes bloques de ladrillo y especulación, supresión de las leyes y los servicios sociales de sus países de acogida, destrozos irreparables de las administraciones públicas, malversaciones, chanchullos, amiguismo, pérdidas lamentables de tiempo, chapuzas, enredos y jaranas, el tiempo –poco tiempo- les quitó la razón.

   

Con un puente entre Dinamarca y Suecia, que en 15 minutos te sitúa en el otro país, valencianos y madrileños compartían apasionadamente las nuevas experiencias. -Nosotros ya respetamos el tráfico y nos desplazamos por lo general en bicicleta que es muy sano. Y más barato. -Pues nosotros ya no “ayudamos” a la mujer en casa el día que nos parece. Hemos entendido que los hijos y las tareas del hogar son responsabilidad de toda la familia. Casi a partes casi iguales.

En menos de un año, los españoles regresaron hablando en tono mesurado, pidiendo las cosas por favor y dando las gracias, ni uno solo le decía al camarero: “Oye, pónme unos vinos”, sino “por favor, podría servirme unos vinos. Gracias”. Pensaban en los demás, todos, hasta los dirigentes que no insultaban, ni calumniaban, ni gritaban a sus adversarios políticos. Todo el país se contagió del nuevo talante de tan grandes y decisivas comunidades. Cambió la sociedad, la televisión, el periodismo, el gusto por la cultura. Nunca más se apoyó la corrupción pública.

¿Cómo era posible? Se descubrió que el aire o el agua nórdicos eran los que formaban los criterios y que una vez adquiridos ya no desaparecen. En realidad, no podía ser otra cosa.

Por eso, los nórdicos tampoco cambiaron en España. Ganaron, eso sí, en espontaneidad. Aprendieron, también, el gran arte de la improvisación y a relajar la obsesión por la responsabilidad y el trabajo bien hecho. Los escandinavos –sobre todo los suecos, algo más parcos en gastos aún que los daneses-, y asimilaron hasta ponerlo en práctica, en efecto, el disfrute de algunos placeres de la vida a los que parecían renunciar –y sin endeudarse (jamás) como nosotros-. Ambas partes, se instruyeron la una a la otra para obtener una media aceptable. Ni racanería, ni derroche.

 Por si acaso y para prevenir recaídas, como vacuna de recuerdo, hay siempre disponible en las tiendas españolas agua nórdica embotellada y aire comprimido escandinavo en preciosos –y muy baratos- frascos herméticos de IKEA.

Veremos a Belén Esteban en el Parlamento

Casi a diario hablamos aquí de la peligrosa deriva de la sociedad mundial y del descrédito de la política (como causante siquiera por inacción) que en España ya se sitúa como tercer problema para los ciudadanos. El caos dispone de diferentes formas de aposentarse y se observa una tendencia de cómo lo está haciendo ahora: elbacklash,latigazo hacia atrás“, o “patada hacia atrás” como libremente lo voy a traducir.

Explicaban en la BBC, en un debate de altura, porqué los sensatos ciudadanos suecos han votado a la ultraderecha. Ha sido eso, el “backlash”. Hartos de la política tradicional, de que la izquierda no se comporte como izquierda, ni la derecha como derecha, han salido por un extremo. Aunque hay un porcentaje que en efecto sí quiere machacar a los emigrantes tomando la justicia por su mano, en ausencia de otro poder real que “los mercados” (a quienes poco les preocupan estas cosas). Como en el Oeste.

En EEUU, el Tea Party adopta la forma más definida de lo que se está cociendo. Una amalgama de ciudadanos con un solo punto en común: el ultraconservadurismo. Aún tienen que concretar un líder pero se apuntan una analfabeta populista republicana, Sarah Palin, o Glen Beck, exitoso presentador de la Fox, poco más que un Jiménez Losantos, aún con más poder.

En la maltratada Islandia, un humorista se hizo con la alcaldía de la capital, Reykiavik. Jón Gnarr desplazó -nos dijeron las reseñas-, a las siglas tradicionales con una formación que se declara abiertamente corrupta y asegura que no cumplirá sus promesas electorales.

En España tenemos a Belén Esteban. Y no es una broma. La sucia máquina de hacer dinero que es Telecinco ha apostado por el experimento. Si se presentara a las elecciones, se situaría como tercera fuerza política en España, obtendría 5 diputados. Verla y escucharla hiere una mediana sensibilidad –yo no puedo soportar la tortura más de un par de minutos-, pero hay quien cree que “dice verdades como puños”. ¿Por qué? Porque la política tradicional nos ha fallado estrepitosamente y. desde el saco de basura en el que se ha convertido esta sociedad, la única salida lógica parece la “patada hacia atrás”.

No son hechos nuevos. En la famosa carta de Keynes a Roosvelt (dos peligrosos “izquierdistas” como se verá), el fundador del capitalismo moderno (y humano) le dijo al presidente de los EEUU:

Usted acaba de convertirse en fideicomisario de aquéllos que, en todos los países, tratan de arreglar los males de nuestra condición por medio del experimento razonado y dentro del marco del sistema social existente. Si fracasa, el cambio racional se verá gravemente perjudicado en todo el mundo y lo único que quedará será una batalla final entre la ortodoxia y la revolución”.

Asomaba ya por la puerta Hitler y todos los fascismos.  Sentaba sus reales en la URSS el comunismo totalitario. La política terminaría por reaccionar. Sin más remedio. La diferencia que hoy se aprecia, a mi modo de ver, es la degradación absoluta de las salidas. La informe basura se desparrama, y da el “latigazo hacia atrás”. Tampoco parece que tenga más remedio.

Mientras en España los políticos patrios se enzarzan en Caja Única sí, Caja Única no, en una ETA a olvidar, en tapar las corrupciones algunos con supina desfachatez verbal, mientras siguen ciegos las pautas del “sistema social existente” que decía Keynes, les están invadiendo la casa. Y no se enteran.  Un poderoso grupo mediático, propiedad en parte y no casualmente de Berlusconi, apuesta por dinero, por una descerebrada, vulgar hasta el vómito, con la que un sector de la sociedad se identifica. “Tuiteaban” anoche que en Telecinco, comentaristas de su mismo nivel, la  comparaban ya con Eva Perón. No es de esperar que los políticos tradicionales reaccionen, andan metidos en la endogamia de su propia ineficacia, de la desfasada casta en la que se han convertido, olvidando que  sólo detenta la representación popular. Si no lo hace la sociedad, veremos a Belén Esteban sentada en el Parlamento. Y las televisiones retransmitirán sus intervenciones y la entrevistarán a la salida del hemiciclo. Y comeremos palomitas.

Me hubiera gustado escribir del otoño. Pero, por fortuna, lo vamos a tener aquí tres meses. Vaya un adelanto en imagen sosegadora.

Me voy a pescar

Hace años que me gusta una canción de Chris Rea llamada “Gone fishing”. “Me voy a pescar. Nada de lo que yo haga marcará una diferencia. Así que me voy a pescar. Y me voy hoy. Sé que suena raro, porque no sé ni media palabra acerca de pescar, pero de todos modos, ya me estoy yendo a pescar”. Es lo que viene a decir, en traducción muy resumida.

Por fin amanece esta mañana nublado y con temperatura respirable, aunque parece que no durará mucho a lo largo del día. Sí mañana. Mañana, dicen los expertos, llega un anticipo del otoño. Y, sin embargo, el gris es un color muy suyo que influye según te pille al abrir los ojos al día y contemplar la realidad.

El Tea Party, el ala ultraderechista del Partido Republicano estadounidense, triunfa en las primarias para las elecciones de este año. Y una analfabeta retrógrada como Sarah Palin, demagoga e inconsecuente entre lo que dice y lo que hace, se consolida como gran líder. ¡Es tan parecida a nuestras cospedales y aguirres!

Mi amigo Jan me escribe contándome aterrado que en Suecia ha nacido un nuevo partido: El SD, Swedish Democratic Party. Procedente de una minoritaria formación abiertamente fascista, dicen ahora que han abandonado esa ideología. “Sólo” son racistas, xenófobos y anticomunistas. Los sondeos les auguran un 5% de los votos. Con ello, deduce mi amigo -profesor de Ciencias Políticas- Suecia va a ser ingobernable, porque ni el bloque conservador ni el de izquierdas obtienen mayoría. Y, según él, no pactarán con este partido de ultraderecha. Por otro lado primo hermano del danés Danske Folkeparti. Tenemos buena a la idílica Escandivania.

La única diferencia alentadora que veo es que las televisiones, privadas incluidas, han rechazado emitir su propaganda electoral. “O emigrantes, o cuidado a nuestros mayores, tú eliges“.

La política es una elección”, aseguran en su eslogan los neofascistas suecos. Sí lo es. A veces. Ahora se están marcando bien las diferencias en todo el mundo. Entre el centro-derecha y la extrema-derecha bien es verdad. Y luego viene todo lo que viene, ya sabéis.

En casa, Camps les ha puesto a sus chicos la película “Invictus” para animar el nuevo curso. Mandela, la concordia y la lucha, profanados por la turbia mano del maniquí bronceado con trabilla italiana, presuntamente costeada con dinero público. Por cierto, esa “poca entidad” de lo robado  -presuntamente, repito-,  que no mueve acciones en el PP, me vendría de perlas para pagar unas facturas que llegan por estas fechas. Al menos, deberían devolverme mi parte de lo mangado tanto de entidad como de poca entidad.

No sé cuántas cosas veo claras esta mañana. Bien pensado bastantes y necesarias. Así que me voy a pescar. Lo mejor es que yo sí sé pescar. Desde pequeña. La paciente, tediosa, solitaria y callada espera a la orilla del río-inigualable oportunidad de pensar-, a la lucha con una esquiva trucha que se esconde por las piedras de los ríos de montaña y que abordas vadeando el cauce con el agua hasta la rodilla. Una vez más es el camino, no la meta. De hecho no me gustan las truchas, ni pez alguno de río. Pero, sí, me voy a pescar.

Cuento de princesas para una tarde de Agosto

 Los suecos no querían pagar la boda de la princesa Victoria, heredera del trono. Argumentaban -apoyados por líderes políticos- que la asignación anual de 112 millones de coronas suecas (casi diez millones de euros) que recibe la casa real de Carlos XVI Gustavo debería ser suficiente para afrontar los gastos del enlace. Habilitaron portales de Internet para expresar el rechazo ciudadano a arbitrar presupuestos extraordinarios. La entrada del blog en la que lo contaba, recibe visitas a diario desde hace meses. No hay jornada que falte alguien buscándola. Para mi sorpresa, ciertamente.

El matrimonio con Daniel Westling se celebró el 19 de Junio, con toda pompa, y rodeados del clamor popular. El metro era gratis para facilitar la movilidad. A la mayoría de la población le gusta su monarquía. Aunque se celebró otra fiesta paralela de republicanos, con actuaciones musicales.

El casamiento costó finalmente 20 millones de coronas suecas (unos dos millones de euros). El Rey pagó las celebraciones en palacio, y el resto –a pesar de las protestas- de los gastos el Gobierno.

No han pasado dos meses del acontecimiento y ya se han presentado tres querellas contra Victoria por presunta corrupción. Todo porque el millonario sueco Bertil Hule prestó a la pareja un jet privado y un yate para su luna de miel. El fiscal anticorrupción se propone actuar en los próximos días. La prensa crítica a la heredera. Llegan a decir que el empresario “podría estar interesado en obtener una retribución por los regalos”.

Siempre he querido ser sueca. Por lo menos.

Permuto Valencia por Dinamarca y Madrid por Suecia

Fiel a mi idea de que la mejor forma de aprendizaje es el contacto directo y ponerse en el lugar del otro, hace tiempo que vengo pensando en una solución revolucionaria para arreglar algunos de nuestros problemas y, colateralmente, solucionar otros ajenos. Se trata de un experimento por el que se permutaría Valencia por Dinamarca y Madrid por Suecia. Atiendo a las cuestiones más urgentes. De resultar positiva la prueba podríamos estudiar nuevos intercambios.

La Comunidad Valenciana cuentan casi con el mismo número de habitantes que Dinamarca: unos 5 millones de personas. El primer aspecto positivo sería que en Dinamarca los valencianos se encontrarían mucho más holgados, dispondrían de casi el doble de territorio, 43.000 Kms. cuadrados, frente a 23.000. Un pasado histórico de solera les es común, y a ambos les baña el mar. Claro que allí son el Mar del Norte y el Báltico de temperaturas gélidas, pero dicen –no sé si está probado- que el frío curte. Más de 400 islas, la mayor parte despobladas, inmensos terrenos para construir y especular, ahora que el litoral valenciano está saturado de ladrillo. Tendrían que acostumbrarse, eso sí, a residir en un paisaje armónico, con un urbanismo elegante y bien diseñado.

copenhague

Los valencianos cobrarían allí 3.250 euros (ése es su salario medio, el más alto de la UE y con pocas diferencias sociales). Pagarían también precios algo más elevados, aunque no más de un 10% de los que tenemos en España. E impuestos superiores al 50%, el 60% para los millonarios, (En España la media es 34% y 42% para los más ricos). A cambio dispondrían de grandes medidas sociales, porque allí el Estado gasta en los ciudadanos el 30% del PIB, mientras nuestro país sigue estando a la cola de Europa con un 21%. Yo creo que en el aspecto económico rentaría el trueque a los valencianos.

Deberían aprender todos inglés, en Europa no puede uno moverse sin este idioma.  “Educación para la ciudadanía”, sin objeciones y en el idioma propio. Y otros horarios. Entrar a trabajar a las 9 y terminar a las 4 por ejemplo, con un bocadillito en medio, sin dos platos, postre, café y pacharán.

Pero también compensa todo esto:

Dinamarca es el segundo país más pacífico del mundo según Global Peace Index en 2008. Su capital, Copenhague, está considerada por la revista Monocle como la mejor ciudad para vivir en su Top 20 Most Livable Cities Chart. Asimismo, está clasificada como una GaWC Ciudad cultural mundial, siendo tercera en Europa occidental, sólo sobrepasada por Londres y París.

En cuanto al clima, en verano se quitarían de agobios, y en invierno, desde luego, se pelarían de frío. Y el sol, nada de la maravillosa luz Mediterránea, en invierno apenas lo ven y en verano no se esconde, el muy ladino, casi en todo el día. Pero eso con unas buenas persianas, puede paliarse.

Son algo menos tacaños que los suecos, aunque tampoco dilapidan el dinero. Ambas partes -españoles y nórdicos- pueden aprender para obtener una media aceptable. Porque podíamos dejar algún danés allí para hacer más fácil el tránsito.

Con todo, lo más positivo, lo que me inclina a proponer esta permuta es que Dinamarca fue el país menos corrupto del mundo en el año 2008 según Corruption Perceptions Index. Y, además, que la sociedad tiene arraigados una serie de valores democráticos que defienden a ultranza: la igualdad, la libertad de expresión y los derechos humanos, el respeto al ser humano, la solidaridad y la responsabilidad hacia la comunidad, tanto en la vida social como en la familiar. Ya sé que en Valencia, en España, también, pero allí es norma de vida profundamente interiorizada por la sociedad. Insisto que estoy hablando de un primer estadio de las permutas.

Prácticamente los mismos valores y circunstancias –algo más de gasto social incluso- comparte la vecina Suecia. Con 9 millones de habitantes –que no sé cómo meteríamos en Madrid-, nos brindarían un inmenso territorio de 449.964 Km², en el que tanto Esperanza Aguirre como Alberto Ruiz Gallardón serían realmente felices por las posibilidades de inversión que ofrece. Ahora bien, ambos, Camps y Rita Barberá también, se verían obligados a vivir con mucha mayor austeridad y, especialmente, con mayor control incluso ciudadano. Cualquiera tendría acceso a su declaración de impuestos.

    Los nuevos madrileños nórdicos dispondríamos de los mismos gélidos mares que nuestros nuevos vecinos valencianos, pero playa al fin y al cabo, lo único que le falta a Madrid para ser maravillosa. Habría que hacer, desde luego, un esfuerzo por manter las calles limpias, asfaltadas y con las señales de tráfico bien pintadas. Cuando vinieran las visitas no podríamos tener las ciudades como está nuestra capital.

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Altísima inversión en innovación y tecnología, tanto en el sector privado como público, y auténtica pasión por el cuidado del medio ambiente. A acoger con cariño y respeto a los emigrantes –salvo excepciones- ya estamos acostumbrados en Madrid, pero la experiencia sueca nos serviría porque ellos llevan haciéndolo desde los años 70. Allí fueron buena parte de los arrojados por las dictaduras latinoamericanas. De hecho, es uno de los países que más interés tiene por el idioma español que se estudia incluso en las Universidades. Un problema que veo es que en Suecia prima la educación pública, pero ese aspecto es subsanable. En seis meses, pienso que algo cambiaría la mentalidad. Porque digo yo que será el aire o el agua lo que forma los criterios. No puede ser otra cosa.

Y lo mejor: un puente entre Dinamarca y Suecia, que en 15 minutos te sitúa en el otro país. Valencianos y madrileños podríamos compartir las nuevas experiencias. Por ejemplo, la de respetar el tráfico y desplazarse en bicicleta que es tan sano. Y tan barato. O que, en lugar de “ayudar”  a su mujer en casa el día que les viene bien, tienen que afrontar a partes casi iguales el cuidado de los hijos y las tareas del hogar.

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Esto es un primer esbozo del proyecto de permuta. Y ya es demasiado extenso, podemos profundizar en la idea. Al mismo tiempo, prestaríamos a los nórdicos en España espontaneidad, el gran arte de la improvisación y un saber vivir –aunque sea endeudándose en nuestro caso-. Aprenden rápido. Un año a prueba. Eso es todo. Me quedo pensando y mirando el mar Báltico.

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Aires suecos en Europa

Suecia acaba de asumir la presidencia de la Unión Europea, con un cambio de aires respecto a la euroescéptica Chequia que permite respirar mejor. Con los liberales en el Gobierno del país, el conservador Fredrik Reinfeldt presenta un programa de actuaciones que, de nuevo, hace envidiar a ciertas derechas europeas. Quiere –lógicamente- abordar los retos de la crisis económica y, sobre todo, lograr un nuevo acuerdo internacional sobre el cambio climático. Desde el comienzo, la presidencia sueca ha dejado claro que su objetivo es reactivar la ampliación incluyendo a Croacia y Turquía, lo que levanta ampollas en muchos países y ha ocasionado, por ejemplo, el ascenso de la ultraderecha en Holanda. Y, con sentido práctico, también quiere olvidar lo que llama “pulsos estériles” sobre la reelección de Durao Barroso al frente de la Comisión.

El Embajador sueco en España reunió ayer a un grupo de personas para celebrar la presidencia de su país. “Directa, cercana, priorizando al máximo la lucha contra el cambio climático”, vino a decir que sería ésta, Anders Rönquist, y fue algo que se demostró incluso en la recepción. No más de cuarenta personas, quizás menos. Pocas autoridades españolas, la secretaria de Estado de Inmigración Consuelo Rumí, el nuevo europarlamentario socialista Diego López Garrido o el Director de la Comisión Europea en España, Francisco Fonseca. Muchos representantes del cuerpo diplomático acreditado en España y suecos de a pie. Un concierto. Vivo. Robert Wells triunfa en medio mundo con su piano trepidante. El embajador invita a quitarse las chaquetas que aprieta el calor, y tanto él como los demás siguen el ritmo con los pies. Exquisiteces suecas traídas del restaurante Aptit Stockholm, con sus chefs y todo, hielo de Laponia para construir vasos –gracias, todo ello, a la colaboración de empresas suecas que los nórdicos saben gestionar los gastos-. ¿Acto elitista? Para nada. Suecia ha abolido desde hace años las extremas diferencias sociales. Querían presentarse, llanos, discretos y dialogantes como son. “Hacerse el sueco” es odiar el conflicto, corroboran.

Toda la revista de presentación está dedicada al cambio climático. “La inteligencia ecológica es rentable”, “Objetivos claros para cuidar la tierra”, “El desarrollo urbano sostenible”, “Estocolmo, la primera capital verde de Europa” y todo ello plagado de datos.

Suecia ha llevado al Parlamento de Estrasburgo un Partido Pirata. Empresa de intercambios prohibidos, se constituye en formación política para luchar por sus derechos, iniciativas ciudadanas contra la política tradicional. Y el nuevo propietario de la compañía inicial marca nuevas pautas: pagará a quien comparte archivos de Internet y cobrará a las operadoras por aligerarles el tráfico.

Necesitamos Europa, España más que otros países. También necesitaría Europa Honduras. Seis meses suecos y llegará la Presidencia española. Quizás con unos y otros reavivemos el fósil.

Los suecos no quieren pagar la boda de la princesa

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Los suecos se niegan a pagar el enlace de la princesa heredera, Victoria, con su novio Daniel Westling. Diversos portales acumulan firmas en contra de arbitrar un presupuesto extraordinario para el enlace real. 30.000 firmas han suscrito ya el lema “Niégate a pagar la boda de Victoria”. 3.000 “No quiero pagar la boda de Victoria”. Argumentan -apoyados por líderes políticos- que la asignación anual de 112 millones de coronas suecas (casi diez millones de euros) que recibe el rey Carlos XVI Gustavo, debería ser suficiente para afrontar los gastos del enlace.

 Suecia es mi tierra prometida. Con una población de 9 millones de habitantes, este organizado y discreto país, sufre la crisis económica como todos. Ha visto caer a Saab y otras marcas punteras. Y lo siente como daño propio. Pero mantiene sus grandes compromisos sociales, aun gobernando los liberales que “no son como el PP”, asegura mi amigo Jan Perneval. “En Suecia el partido equivalente al PP consigue un 1% de los votos”, aclara. Sus políticos saben que son representantes del pueblo y no una élite en la cúspide.  Precisamente el vivir con total normalidad y sin fastos, ocasionó que el presidente Olof Palme fuera asesinado en plena calle. O la Ministra de Exteriores Anna Lindh, cuando iba a comprar a unos grandes almacenes.

Ocupa los primeros puestos mundiales en educación, transparencia y desarrollo humano. El sueldo medio es de 2.590 euros, pagan una tasa de impuestos de hasta el 60% -las clases altas- y una casa de dos plantas, bodega y amplio jardín, cuesta 400.000 euros. Los precios de los productos básicos son similares a España, salvo los de lujo que están más gravados con impuestos.

Más de un año de baja maternal llega a sufragar el Estado. La sanidad exige un pago prudencial, pero atienden a quien carece de medios. No rechaza a los emigrantes en general -fueron los primeros en recibirlos cuando los expulsaron las dictaduras sudamericanas en los años 60/70-. Puedes dejar paquetes en el coche, sin que nadie te rompa los cristales para robarlos. Los señores sacuden a sus mujeres como en todas partes, pero llevan un riguroso control de quienes y porqué.

  En Lund, ciudad universitaria, celebran asambleas ciudadanas desde comienzos de año, entre los vecinos, políticos y profesores de la Universidad, tratando de perfeccionar en la democracia. “Hacerse el sueco” es no discutir por nada. Prefieren reconcomerse que tener un litigio. Ahora, utilizan Internet, para hacer saber a sus gobernantes el sentimiento ciudadano. Y piden de la monarquía que sufrague sus bodas como hace cada sueco.

 Son extrermadamente sobrios en sus gastos. Hace mucho frio en invierno. No hay luz en invierno. Y, en verano, es de día a las 12 de la noche y, de nuevo, a las 4 de la madrugada. Nada es perfecto.

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