Despidiendo a Rouco

“Hay individuos y grupos sin escrúpulo alguno, que desprecian el valor de la vida humana y su carácter inviolable, subordinándolo a la obtención de sus intereses económicos, sociales y políticos”, dijo Antonio María Rouco Varela en su despedida –obligada- como presidente de la Conferencia Episcopal. Lo sabe bien. Toda su gestión ha sido un desprecio de la vida humana, en unión de individuos y grupos que –como él- todo lo subordinan a la obtención de sus intereses económicos, sociales y políticos.

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Jamás se le ha visto u oído al lado de los más débiles. De los hambrientos, desahuciados de sus casas, empobrecidos por las políticas de esos individuos o grupos a los que él defiende. Solo se ha movido –y mucho- por perpetuar la ideología política más ultraconservadora  y el catolicismo más integrista. Se ha metido en las camas, cuerpos y cerebros de quién le ha parecido, salvo en los abusos de la pederastia de sus sacerdotes. Ni una palabra sobre la corrupción de individuos y grupos sin escrúpulos a quienes tan bien conoce. Y así hasta el final. “Volvió a mostrar su aprecio por las virtudes teologales que se llevaban en el siglo XIX, por citar una fecha reciente”, dice José María Izquierdo.

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Rouco Varela amparó que desde la COPE, la emisora de los obispos, se difundiera y alentara la teoría de la conspiración del 11M, inventada por El Mundo de Pedro J. Ramírez. Destrozó la vida de muchas personas. En algunos casos literalmente. Y aún tiene el valor de dar lecciones y aún tiene el valor el gobierno de encomendarle ese funeral.  Bien pensado no es extraño: son iguales. Del mismo grupo.

“Le escuchaba atentamente la crème del Gobierno: Santamaría, Gallardón y una Cospedal que acababa de hacer las siguientes declaraciones: “Ha habido una sentencia, pero con todo y con eso… toda la luz que se pueda arrojar sobre este acontecimiento será bienvenida”. ¿Impresentable? Pues espere a escuchar lo que había dicho unas horas antes Ignacio González, el del ático, sin inmutarse: “Lo importante es saber quién hizo aquel atentado tan salvaje”, escribe Javier Pérez de Albéniz. La crème de la créme, sí.

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Una España de sotana e incienso, de púrpura y velatorio. De reyes. Hasta mal avenidos que aguantan el tipo por interés. De autoridades enlutadas capaces de jugar con la vida y los sentimientos de las personas como hicieron el 11M de 2004 y darse golpes en el pecho 10 años después. O seguir sembrando basura como acabamos de ver. Un funeral de Estado. Una misa poblada de polillas que es lo único que dan a las víctimas en busca de consuelo. Ésa es la España de Rouco. La que elige a un presidente de obispos ambicioso y maniobrero hasta el último de sus días en el puesto. Cómo serán sus electores.

O la que de entre todo el empresariado español, opta por los Díaz Ferrán o Arturo Fernández que manipulan empresas o estafan a sus trabajadores. Cómo serán quienes les votan.

Juan Tortosa le dedica diez admoniciones a Rouco en “este deseado y gozoso día de su jubilación”. Las que siempre debió recordar… Así empieza, y luego sigue

1. La iglesia no debe patrocinar ninguna forma ni ideología política, y si alguien utiliza su nombre para cubrir sus banderías, está usurpándolo manifiestamente.

2. No pertenece a la misión de la iglesia presentar opciones o soluciones concretas de gobierno en los campos temporales de las ciencias sociales, económicas o políticas.

3. La fe cristiana no es una ideología política ni puede ser identificada con ninguna de ellas.

4. La iglesia nunca debe determinar qué autoridades han de gobernarnos.

5. Hay que exigir a todos los gobernantes que trabajen al servicio de la comunidad entera, que protejan y promuevan el ejercicio de la adecuada libertad de todos y la necesaria participación común en los problemas comunes y en las decisiones de gobierno.

“Adiós, monseñor y, como dicen en mi pueblo, tanta paz lleve como descanso deja”, concluye Tortosa.

“Tenemos el gusto de decirle, alto y claro, vaya con Dios, don Antonio María Rouco. Vaya, vaya…”, apostilla Izquierdo.

Yo no paro de recordar a Machado estos días: “Aquel trueno, vestido de nazareno”.  ¿Esta España del incienso tapa olores es la que nos representa? Es que esto ya lo contamos por siglos y ya vale ¿no?

 

La crisis es una diosa

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Rajoy “compareciendo” de nuevo hoy ante los periodistas

La crisis es la diosa de la nueva religión del dinero. En España la curia presidida por Mariano Rajoy –el que aparece, subliminal, impartiendo doctrina desde un monitor de plasma- tiene entre sus principales oficiantes a Cristóbal Montoro. Como un duendecillo –que se note poco pero crispe-, irrumpe de cuando en cuando con los mensajes a transmitir por el conciliábulo de sumos sacerdotes. Ahora toca decir que “2013 es el último año de la crisis”. La hoja pastoral lo difunde.

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La crisis ha exigido sacrificios. Humanos. Como debe ser. Ha reclamado, por tanto, la sanidad pública para repartir sus beneficios económicos entre los miembros cualificados de la secta. Cada enfermo o muerto ofrecido en el altar al culto, calma las iras de la deidad. La vivienda también, para arrojar a la intemperie a los sobrantes. La educación, que permite más devotos sin preguntas. El empleo y lo que paga. Los servicios, las tiendas, los coches, la calefacción, la luz. La dignidad de muchos, el futuro de casi todos. La crisis es voraz, insaciable.

No es el último año de la crisis. La crisis reina, manda, impera.

Proliferan las bacanales en el ocaso de la civilización. Compran, comen, beben, cantan, bailan, se desmadran en orgías sexuales. Piden sangre sin parar. Vírgenes de ética secundan.

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Por primera vez en la historia las víctimas, en lugar de huir o esconderse,  se entregan apenas sin protestar. La crisis se acaba, dicen. Con ellos, acaba. Con todos, por su culpa.

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Yo me sacrifico, tú te sacrificas, él nos sacrifica

 Últimamente ese corifeo que forman -en distintos tonos y timbres- el gobierno y los altos mandos del PP, repiten que nos han “pedido” sacrificios. Les confieso que yo siempre me quedo perpleja. Si es una solicitud, implica que podemos negarnos. E incluso responder: sacrifícate tú. En todo caso, sacrificarse siempre es voluntario, porque de ser otros los que te inflingen “sacrificios” se trata con mucha más propiedad de tortura.

Veamos. El concepto se las trae. Habla de “ofrecer o dar algo en reconocimiento de la divinidad” en la primera acepción de la RAE. ¿Los mercados directamente o sus representantes en la tierra FMI, UE, BCE e incluso Angela Merkel o el propio Mariano Rajoy y todos los actores y beneficiarios del neoliberalismo? La primera reflexión fundamental es saber quién ha establecido esa jerarquía, tan drástica e incontestable que impone perjuicios y privaciones al resto.

“Poner a alguien o algo en algún riesgo o trabajo, abandonarlo a muerte, destrucción o daño, en provecho de un fin o interés que se estima de mayor importancia”, aclara el diccionario. Y se ajusta a la realidad. Ya vimos y vemos que cada vez se nos hace pagar más por menos servicios, y es evidente que esos dolores y quebrantos se practican “en provecho” de algo superior a nosotros, el común de los mortales. La divinidad propiamente dicha. De “matar reses u otros animales, especialmente para el consumo”, empezamos, por tanto, a no estar muy lejos (entiéndase el consumo de la deidad). ¿Quién ha elegido y aceptado esa superioridad de algo o alguien por la que se sacrifica a los demás?

La Real Academia de la Lengua ofrece también dos acepciones más concordantes al siglo XXI, sin dioses ni nada. Para ellos, sacrificio es igualmente: “Sujetarse con resignación a algo violento o repugnante”. A las pruebas me remito sobre las arcadas que nos producen a muchos –diría que hasta a la masa ameba- las medidas políticas, sociales y económicas que nos están aplicando. Pero de “resignación” en buena parte de los casos ni un ápice, más bien nos generan indignación y hasta exacerban bajos instintos. Hay quien sin embargo se tapa la nariz y los ojos, al parecer, y acepta el suplicio seguramente basado en otra definición: “Renunciar a algo para conseguir otra cosa”. ¿Qué? ¿Ser cada día más pobres y más desgraciados? Ah, la divinidad asegura y las protozoos creen que será la recuperación económica, el empleo y el maná en lluvia profusa. Pero la gente que piensa y saca conclusiones ya sabe que esto no va a suceder y que -el lejano día en el que por este camino cuadre alguna cifra- será a costa de unos ciudadanos altamente “sacrificados” de vida y futuro. ¿Quién gobierna realmente y para quiénes se gobierna? ¿Creen que oleremos siquiera el botín que, a nuestra costa, se han reservado?

De cualquier forma, usar la palabra “sacrificio” en política, lo mismo que el “gobernar implica repartir dolor” de Gallardón, es concebir la vida pública como una religión. Como la católica para ser más precisos que lidera (con el judaísmo) el uso de la tristeza, el daño, el castigo, la resignación, la culpa y la pena entre todas las existentes hoy. Ya sabemos que los “sacrificios”, incluso humanos, sí se practicaban en las épocas previas al conocimiento, o en las que quisieron apagarlo. Aceptar esa directriz en el lenguaje, no es inocuo: se interioriza en la mente. Y hace aparecer el sacrificio como algo bello y esforzado. Para algunos al menos. Nunca el lenguaje es inocuo.

Siempre he imaginado al PP metido en una cámara de criogenización, en la que entraron cuando la dictadura franquista se encontraba en pleno apogeo, a conservar su naturaleza. Algunos, por edad, debieron nacer incluso dentro de ella. Alimentados todos ellos con las esencias de Torquemada y otros ilustres antecesores que aún deben levitar sobre las cápsulas. Salían, descongelados temporalmente,  a esparcir declaraciones. Ahora ya, con el poder en las manos, hacen daño y destruyen como manda el sacrificio. A otros.

Pero que no nos engañen, esto no lo sufrimos por propia voluntad. Yo no me sacrifico. Tú tampoco, creo. Nos sacrifican. Y, a veces, aún dicen que “no les gusta” hacerlo. Nadie nos “ha pedido” nada, es impuesto. Y sacrificar a otros viviendo uno, además, divinamente –nunca con más propiedad- tiene un nombre bastante menos bucólico: tortura y, en todo caso, privación de bienes.

No queremos ganarnos el cielo que es asunto muy personal, queremos una sociedad real, moderna y avanzada en la que se busque el bien de todos los ciudadanos. Compuesta -precisamente- por ciudadanos, no por feligreses. Y en la que un mandato de gestión no implique creerse una divinidad. Mal andamos, por cierto, si estos personajes son nuestros dioses.

La maldad

Una se queda perpleja al ver que conflictos graves se saldan con un “perdón”. Lo ha hecho el Rey, le pidieron hacerlo así hasta partidos de presunta izquierda. Dice “lo siento” la ministra Ana Mato mientras pega un tajo mortal a la sanidad pública y, junto con todo el Gobierno de Rajoy, al –ya de por sí raquítico- Estado del Bienestar español. Una aspiraba a vivir en un ordenamiento social y jurídico serio donde los desvíos no se dilucidan en el campo de la moralidad sino en el de la Justicia (la oficial y la ética).

Ocurre sin embargo que el neoliberalismo ultraconsevador aúna con sin igual desparpajo la presunta “libertad” –que solo es de mercado y por ella se cercena el Estado de todos y los derechos de las personas- con el “como dios manda”. Por eso quiero hoy reflexionar sobre la maldad. Un concepto moral sin raíces racionales. El bien y el mal forman parte de la naturaleza humana. Aterrada ante lo que no entiende, separa lo positivo de lo negativo, llegando a la aberración en el maniqueísmo que solo ve ambos extremos sin matiz alguno intermedio. Yo prefiero utilizar el concepto “ética” con fundamentos filosóficos casi opuestos, porque más bien habla de los valores que rigen en una sociedad desde un punto de vista racional.

Lo peor es que el utraconservadurismo de los neoliberales que nos gobiernan enarbola en la mano –derecha, naturalmente- la religión (católica en España, protestante en otros países anglosajones sobre todo). Y se cree en el derecho de imponer lo que entienden por “bien”, su “bien”. De ahí que Rajoy prometiera “felicidad” –lo que ya debió ser un preocupante síntoma-, y ahora solo se vea exultantes a sus correligionarios encargados de accionar la motosierra.

Claro que existe la maldad o como quiera llamarse a esa actitud. De nuevo definida por conceptos morales, son más precisos sus sinónimos: negativo, nocivo, perverso, canalla, ruin, cruel, abominable, virulento, diabólico. Actuar con maldad es hacerlo con egoísmo, sin afecto natural por su entorno y quienes le rodean. También implica contravenir deliberadamente códigos de conducta o comportamiento. En los distintos significados se le atribuye a la maldad apartarse de lo lícito u honesto, ser corrupto y destructivo, y desde luego perpetrar desgracia, calamidad, infortunio, desdicha.

Maldad es mentir deliberadamente. Es un clamor cómo lo hizo el PP para alcanzar el poder. De ahí que el portavoz de Sanidad en el Congreso, Jesús Aguirre, dijera hace unos días sin mover un músculo: “Ya no estamos en campaña; es momento de decir lo que de verdad pensamos”. Y ni aún así lo hacen. Siguen mintiendo con negaciones y eufemismos destinados a esa clientela educada en la dicotomía de “el bien y el mal”, que no ha salido de ella en su infinita simplicidad y falta de aprecio a sí mismos como seres humanos. A los que ante las afirmaciones que ahora mismo hago te dirían: “Pues el PSOE”, “Pues la herencia”, como si a todos nos afectara la desgracia de poseer dos únicas neuronas. Es de nuevo “el bien y el mal” y punto, no hay para ellos otros horizontes.

Maldad es recortar los derechos conseguidos tras largas luchas y sufrimientos para enriquecer a la camarilla de notables afines. Maldad es podar la sanidad, la salud y la vida; aumentar las desigualdades robando el acceso a todos a la educación o la cultura. Maldad es decir que “pronto se arreglará” cuando saben que sus política conducen a más paro y más recesión, y así se lo dicen hasta organismos abanderados del neoliberalismo.

Maldad es manipular, embrutecer, aprovecharse de la ignorancia, fomentarla. Villanía, infamia, cobardía, desproporción en la fuerza para acallar la disidencia. Reírse de la desgracia que provocan, en su felicidad…

 De ser unos auténticos desalmados se puede calificar lo que hacen los correligionarios de CiU en Cataluña con la salud, y cuyas medidas sigue paso por paso el PP. Un carné por puntos determinará el acceso a quirófano para aligerar estadísticamente las listas de espera, y ahorrarse tratamientos e intervenciones.  La consejería de Salud evaluará la situación laboral o personal del enfermo antes de otorgarle el “privilegio” de ser operado en la sanidad pública. La información desarrolla varios ejemplos:

“En las operaciones de prótesis de cadera o de rodilla, el paciente deberá sumar 75 puntos. Para llegar a ellos, el baremo da 18 puntos si se tiene “la patología muy avanzada”, 33 si se sufre “dolor grave” y 20 si se “es incapaz de realizar la mayor parte de las actividades cotidianas”. Con el peor diagnóstico, un enfermo alcanzaría 71 puntos y no tendrá garantizada la operación.

Sería el caso de una persona que no trabaje, que tenga una persona que le cuide y sin nadie a su cargo, tres variables que suman cero puntos y que son habituales en pacientes ancianos. El sistema puede perjudicar, por ejemplo, a los parados”.

Esto mientras se entregan cantidades bimillonarias a los bancos (que encima no dan créditos que reactiven la economía) o se elude de la molesta carga de cotizar el mismo baremo de impuestos que pagamos todos a las rentas altas, ofreciendo el caramelo demágogico a la galería desinformada de que abonen (en las medidas del PP) un 60% de los medicamentos.

 Contra la maldad no cabe el perdón, ni rezar tres avemarías; para el daño existe la Justicia, siquiera, como decía, la ética. “Para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada”, dicen que dijo allá por el siglo XVIII el pensador irlandés Edmund Burke. Seguimos regidos por conceptos morales. Para alejarme del maniqueísmo quiero entender que el daño practicado a sus semejantes, ellos lo llevan a cabo por un “bien” superior, el que su dios manda. El dios del dinero, el egoísmo, las castas, el desprecio al inferior, la acumulación de prebendas para los elegidos por el Todopoderoso.

El peligro reside en no identificar a los culpables, en desviar la atención, a veces, hacia otros tan desgraciados o más que nosotros. Lo hacía Edward Norton en este impresionante alegato de la película “La última noche” dirigida por Spike Lee. Se queda como una rosa al expresarlo en un grito, pero lo cierto es que acaba… bien jodido.

Incierto presente, incierto futuro :)

Vivo sin vivir en mí desde que han surgido terribles dudas sobre asuntos cruciales tanto para nuestro carácter y circunstancias en este pasar por el mundo, como para nuestro futuro eterno. Empezaré por estas últimas.

Resulta que el Papa ha dicho que no existe el purgatorio como tal, que es “un fuego interior que purifica el alma del pecado”. O sea, como un remordimiento. Pero muerto. Porque al Purgatorio se iba muerto, inexcusablemente. Igual es que ahora ese lugar de saneamiento y expiación –no, lugar ya no, “fuego interior”- se pasa en vida. Esto no nos lo ha aclarado Benedicto XVI. Sin limbo ya nos quedamos hace tiempo, con el aprecio que yo le tenía por la sugestiva tranquilidad y ausencia de pasiones que tanto se agradecen en ciertas temporadas. Y lo que ignoraba es que Juan Pablo II proclamó, nada menos que en 1999, que el infierno y el cielo católicos no son lugares físicos, sino meros estados de ánimo. ¿Muertos también? ¿Y dónde y cómo se experimentan?

Ratzinger ha enmendado la plana a su antecesor y, si bien nos hemos quedado, sin purgatorio, mantiene el infierno. Ha asegurado que “el infierno existe y es eterno“. Pero no ha comunicado si la inspiración divina le ha revelado la existencia del cielo también. Si es un espacio físico y de infinita duración, o bien, otro estado de ánimo, como lo dejó Juan Pablo II.

Yo no sé si los católicos se han enterado de todos estos cambios y cómo los han asumido, porque los innumerables condicionantes de la vida terrenal se dirigían a ir directos al paraíso o eludir el averno. Realmente, buena parte de ellos son bastante flexibles, toman de los mandatos religiosos lo que quieren y se divorcian, abortan, roban, mienten, imponen su soberbia y demás aunque sea pecado. Así que con esto harán igual, creerán en lo que les venga en gana. Pero reconoceréis que esto ya no es lo que era. En esa apreciación estoy segura de que coincidiremos ellos y yo.

Los males no terminan aquí: también ha sufrido drástricos cambios el zodiaco. Astrónomos de Minnesota lo han actualizado –para ser precisos- con el fin de adaptarlo, dicen, al cambio progresivo de la posición de la Tierra respecto del Sol durante los últimos 2.000 años. Y no contentos con ello, han añadido una constelación más: Ofiuco, que colocan entre Escorpio y Sagitario. Otros astrólogos no están de acuerdo con los de Minnesota -esas cosas que pasan con las ciencias exactas-, pero lo cierto es que se ha armado un gran revuelo, mucho más que con lo del purgatorio, que esta sociedad es muy terrenal.

El enfado ha llegado al punto de que algunos aseguran que seguirán leyendo su horóscopo anterior y esperarán que les lleguen amor, salud y dinero, con los designios de aquél,  aunque igual ya no pondrán los medios adecuados para conseguirlos, dado que los consejos, realmente, son para otros y no para ellos. Un auténtico lío, pese a que los de Minnesota aclaran que cambian el zodiaco pero no el horóscopo. Así que luna, sol, estrellas y constelaciones harán otra conjunción, pero actuarán para sus antiguos adeptos, seguramente por los derechos adquiridos. No hay que fiarse, eso dicen siempre, que los respetarán, y luego nos imponen un “decretazo“.

 ¿Y los de Ofiuco? ¿Qué harán los de Ofiuco sin referentes? Vagando en tierra de nadie, sin saber si han de comprar lotería terminada en 8, evitar el bonito con tomate, o hacerle un requiebro a un mozo o moza al amparo de los astros. Por cierto, le ha quitado el signo astral a casi todos los Escorpio que se quedan en 5 días de nada. Ahora, los Escorpio van a estar muy cotizados, si, por ejemplo, son el único signo afín para otros. Una ruina para millones de personas si representan la única esperanza de felicidad.

Por fortuna para mí, voy a seguir siendo Piscis. Pero me han echado a un par de colegas -José María Aznar y Felipe González-, a quienes siempre utilicé de ejemplo de lo poco que nos parecíamos los tres. Soy una descreída, no puedo evitarlo. Una amiga, devota del zodiaco, entenderá ahora que tenía yo razón, pese a las similitudes que terminó encontrando entre nosotros. Bastante tiene la pobre que antes era Géminis y ahora es Tauro.

 ¿Y lo de mi hijo? un sosegado Virgo que pasa a convertirse en ardoroso e irreflexivo Leo. Y eso hay pocos cuerpos que lo aguanten. ¿Y Juanjo? uno de mis mejores y más viejos amigos ha pasado a las veleidades de Aries desde su prudente Tauro. Menos mal que Juan -otro amigo- encontrará el sosiego al volverse dulce, cambiante y magnético como yo, por su aterrizaje en Piscis desde el inquietante Aries.

Estas cosas no se hacen. Muchos se van a quedar sin referentes. Sin saber a qué astro encomendarse, ni justificar su forma de ser, ni qué inversión hacer, ni cómo conquistar o mantener una relación. Y encima con un futuro postmortem de etéreos “estados anímicos” que no tranquiliza precisamente. ¡Cómo no vamos a estar como estamos!

Camps y el sexo

    Francisco Camps –como decíamos ayer- ha retirado, temporalmente, la educación sexual de los institutos. Ya avanzó que quería “rediseñar su contenido“. Ahora vemos que la medida coincide con una petición del Arzobispado de Valencia que, de hecho, pondrá a disposición de los colegios concertados y privados durante este curso, un texto alternativo. El arzobispado ha declarado que se están  “ultimando los detalles” de este programa contrario a la masturbación, los anticonceptivos, el aborto o el inicio de las relaciones sexuales antes del matrimonio. Evidentemente todos los miembros del Arzobispado –supuestamente célibes- son auténticos expertos en el tema.

   Siempre me ha desconcertado la obsesión por reprimir el sexo del ultraconservadurismo. Una –a pesar de todo- amiga quiere enviar a Bibiana Aído a la cárcel por haber entrado en las procelosas aguas de lo innombrable. Tras más de 30 años de democracia, la educación sexual sigue siendo un tabú en los colegios españoles, tanto públicos como privados, según se ha denunciado reiteradamente. Depende, en gran parte, del signo del  centro, en algunos es una quimera. El peso de la Iglesia se deja notar y, hasta en la educación pública existe una mentalidad conservadora latente que sigue considerando el sexo algo a esconder. De esta forma, buena parte de los niños españoles continúan informándose a través de amigos y con los medios de comunicación. Los ardorosos adolescentes valencianos –casi todos lo son a esa edad- se toparán ahora con la sotana que les dice que no forniquen y, si lo hacen, sin preservativo para traer muchos votantes al mundo, aunque luego se mueran de hambre.

   Es asombrosa la permisividad con el resto de los llamados mandamientos de la ley de dios. La reiterada malversación de fondos públicos se trata como pecadillos veniales, amarse es un delito mortal, si no cuenta con la bendición de algún célibe sacerdote.

   Entre todas las disquisiciones que se disparan acerca del papel de un dios en la creación del mundo –frente a los racionales hallazgos de la ciencia-, lo más incomprensible es que ese Ser –distinto en cada religión- se haya molestado en ordenar con quién y cómo debe uno meterse en la cama.

   Paradójica también la obsesión de los dirigentes valencianos, de tan “dudosa” sexualidad, por imponer el hombre-mujer y bajo sacramento en las relaciones sexuales.

   El desarrollo científico, tecnológico, cultural, no ha ido parejo en absoluto con el progreso humano. Si nuestros antepasados prehistóricos se zurraban con garrotes y piedras, ahora lo hacemos igual, solo que con sofisticadas bombas. No sólo es necesaria la formación sexual -para sacar mucho más provecho de ella y no cometer errores evitables-, se hace indispensable educar en los afectos, terreno en el que no se ha avanzado nada en milenios. Amarse con emoción, a la luz del día, sin oscuras sotanas que nos oculten. Al fin y al cabo, es uno de los pocos placeres que todavía no cotiza en bolsa.

“Un móvil se puede recargar rezando”

Anda el mundo revolucionado porque el físico Stephen Hawking ha dicho que Dios no creó el Universo y que el Big Bang es una consecuencia inevitable de las leyes de la física. En realidad lo que explica, matizado, es: “dado que existe una ley como la de la gravedad, el Universo pudo crearse a sí mismo -y de hecho lo hizo- de la nada. La creación espontánea es la razón de que exista algo, de que exista el Universo, de que nosotros existamos”. Por tanto, “no es necesario invocar a Dios” para que haya cosmos.

Apenas voy a entrar en el fondo del asunto, por más que se vea bastante claro, y que mis dolientes neuronas matutinas sean espoleadas sin piedad con aguijones de cordura, cultura y debate, dando algún fruto (espero), sino en lo que más me llama la atención: vivimos tiempos de una profunda subjetividad al contemplar la ciencia. Y esa circunstancia desvirtúa la realidad. Y, en consecuencia, nos debilita.

Hawkings es un físico, no un teólogo, ni siquiera un filósofo; busca explicaciones tangibles a los dilemas que le genera la investigación científica. Y por tanto (científica, digo) plantea hipótesis y comprueba. Ni de lejos anda buscando a Dios por las esquinas. Pero este británico atado a una máquina empieza a ser el hombre más “interpretado” de la Historia. En su libro, de irónico título, “Breve historia del tiempo”, menciona “El principio de incertidumbre de Heisenberg”, formulado en 1927. Otro argumento científico, profusamente usado, hoy, para afirmar que todo es relativo y pare Vd. de contar. Puede uno estar hablando de Garzón o de la economía, que Hawking (como intérprete, en este caso, de Heisenberg, otro físico, alemán, de carne y hueso hasta su muerte) aparece para justificar que coexisten realidades alternativas y en el mismo plano. Sí, por ejemplo, Dios y una explicación científica del Universo. Pues si todo es relativo, no me cuente Vd. tampoco su creencia. Y no olvidemos que la incertidumbre parte de elementos físicos, reales.

 Dice mi hijo (el de los aguijones matutinos) que nos mandan personas que creen que “un móvil se puede recargar rezando”, cuando pocas veces en la Historia se ha dedicado tanto dinero a investigar en ciencia. Por ejemplo, en el acelerador de partículas, el Gran colisionador de hadrones, que tampoco busca a Dios, por más que al bosón de Higgs perseguido con tesón, se le llame -en los medios informativos, claro está-, “la partícula… de Dios”, precisamente. Lo que trata de hallar es el esclarecimiento racional de qué hacemos aquí y qué elementos de los que se tocan con las manos, se huelen, y se ven –siquiera con microscopio o telescopio, con los existentes y los futuros que se construyan- afectan a nuestra vida. Para mejorarla si se puede. Para caminar con los pies en el suelo y no entre ensoñaciones y entelequias. Lo que existen son cosas… aún no explicadas.

Hasta no hace mucho, un rasgo diferente, cualquier hecho inexplicable a las creencias religiosas, llevaba a la víctima a la hoguera, para ser quemado vivo sin piedad, purgando el peligroso pecado de pensar e innovar. Por el momento, eso se ha terminado (al menos en el mundo desarrollado). Pero, ahora, asistimos a un espectacular renacimiento de las supercherías mágicas. Desde la pulserita engañabobos, usada por el heredero al trono de España (sí, los móviles se deben recargar rezando), a todo tipo de conspiraciones asumidas pies juntillas.

Lo peor son las consecuencias: la confusión entre realidad y fantasía hace al ser humano más vulnerable a los ataques a los que es sometido por los distintos poderes. Porque ellos, los que mandan, aunque en el fondo de su corazón crean que cualquier portátil funciona con “avemarías”, tienen especial cuidado en enchufarlos a la corriente… por si acaso.

 (Dedicado a David y a Piezas)

El integrismo religioso vuelve a frenar la investigación con células madre

Un juez federal de EE UU ha ordenado la paralización cautelar de la financiación pública para investigar con células madre embrionarias. Un grupo de adopción religioso ha logrado detener el proyecto presentando una demanda que ese juez admitió a trámite.

La investigación con células madre fue impulsada por Barack Obama, tras los 8 años de mandato de George Bush que supusieron la congelación de estos experimentos. Bush, llamado en su día “el carnicero de Texas”, firmó, durante sus casi 6 años como Gobernador de este Estado, la ejecución de 152 reos de pena de muerte, el 30% de las llevadas a cabo en todo el país.

Vinieron después los miles de muertos de Afganistán desde el 11S, daños colaterales en la búsqueda infructuosa de Bin Laden y en combate con los integristas talibanes, los mismos que el propio EEUU se había encargado de alimentar previamente. Y los de Irak, por miles también sin precisar, dado que a la piel oscura, extranjera y pobre asesinada se la cuenta muy mal. Pero las “células madre embrionarias” -células, como su propio nombre indica-, han de ser preservadas.

Una de las primeras medidas de Obama fue restablecer la financiación pública de esta investigación que se considera vital para el tratamiento de muchas anomalías y enfermedades. EEUU es motor de experimentación ciéntífica y lo que allí se haga, o no se haga, influye en el resto del mundo. Pero el juez federal ha prestado oídos a la demanda de paralización ¿De qué nos suena esto? Curioso además es la causa de oposición de Nightlight Christian Adoptions argumentando que el uso de ese tipo de células supone la destrucción de embriones y, consecuentemente, una reducción en la cantidad de niños que podrían ser entregados en adopción a parejas que los soliciten. Por millones se mueren de hambre seres vivos de todos los tamaños a lo largo y ancho del mundo, sin que les echen un ojo.

Veo estos días la serie “Los Tudor”, y en ella se contempla con crudeza lo que tanto hemos sabido: el poder omnímodo de la Iglesia en nombre de la religión, sentada en Parlamentos e imponiendo a la sociedad como norma de vida unos postulados que deberían ser estrictamente privados y opcionales. Pero no, han de ser obligados y exigidos a toda la ciudadanía y su ordenamiento como grupo. Así fue durante gran parte de la Historia de la Humanidad. Lo sigue siendo, al parecer.

Las células humanas, las embrionarias en particular, son uno de los tabúes de los que hablaba ayer. De encendida controversia. Caracterizadas por su indefinida autorrenovación, mediante múltiples divisiones con carga genética, llevan en sí la capacidad de formar todos los tipos celulares de un organismo adulto. Sirven los embriones de 4 días. Pura célula, poco más que el óvulo fecundado por un espermatozoide salvado de la millonaria carrera al suicidio de cualquier eyaculación. Creados, además, en este caso, en laboratorio. Un inconcebible absurdo rechazar su uso científico.

La terapia del shock

«Ya no hablo con periodistas», dijo la voz tensa que se oía al otro lado del hilo telefónico. Y luego una diminuta ventana de esperanza: «¿Qué quiere?».

Me doy cuenta de que tengo unos veinte segundos para convencerla, y no será fácil. ¿Cómo puedo explicarle a Gail Kastner lo que quiero de ella, el viaje que me ha llevado a llamar a su puerta?

La verdad suena tan extraña: «Estoy escribiendo un libro sobre el shock. Y sobre los países que sufren shocks: guerras, atentados terroristas, golpes de Estado y desastres naturales. Luego, de cómo vuelven a ser víctimas del shock a manos de las empresas y los políticos que explotan el miedo y la desorientación frutos del primer shock para implantar una terapia de shock económica. Después, cuando la gente se atreve a resistirse a estas medidas políticas se les aplica un tercer shock si es necesario, mediante acciones policiales, intervenciones militares e interrogatorios en prisión. Quiero hablar con usted porque creo que es una de las personas que ha sobrevivido al mayor número de shocks. Usted fue víctima de los experimentos clandestinos de la CIA con electroshocks y otras “técnicas especiales de interrogatorio”. Y por cierto, creo que los frutos de las investigaciones para las cuales usted fue una cobaya humana se están utilizando con los prisioneros de Guantánamo y Abu Ghraib». La interlocutora de Klein, Gail Kastner, había sufrido no menos de un centenar de electroshocks. Se postulaba como una excelente testigo para conocer sus efectos.

Parece mentira que Naomi Klain publicara en 2007 (antes de la debacle financiera), todo un tratado de lo que se avecinaba: “La doctrina del Shock”, y shock produce releerlo. Su premonición se está cumpliendo, dirán los menos informados. Pero no es difícil vaticinar cuando –tras investigar- se poseen datos y se observan conductas.

Los seguidores de Milton Friedman –en perenne lucha contra las teorías keynesianas de un capitalismo controlado y humano- han triunfado. Todo golpe profundo que sacude las estructuras personales deja anonadado un tiempo. Todos lo hemos experimentado. Nunca somos tan vulnerables como en ese momento. Quienes nos quieren, los especialistas –si decidimos acudir a ellos-, tratarán de hacernos reaccionar buscando que el dolor y el desconcierto se salden de la forma más positiva para nosotros. Pero no siempre es así. Naomi Klein cita a Ugo Cerletti, psiquiatra, acerca de su “invención” en terapias de electroshock,diciendo:

” Fui al matadero para observar lo que llamaban «matanza eléctrica» y vi que fijaban grandes tenazas metálicas en las sienes de los cerdos, cuyos extremos estaban conectados a una corriente eléctrica de 125 voltios. En cuanto los cerdos tocaban las tenazas, caían inconscientes, se ponían rígidos y al cabo de unos segundos empezaban a convulsionarse como hacían nuestros perros cobayas. Durante este período de inconsciencia (coma epiléptico) el carnicero mataba y sangraba a los animales sin dificultad alguna”.

Estaríamos por tanto en la segunda fase, en el segundo shock (el que ha visto sacudidas las estructura económicas y ha afectado a nuestra forma de vida y nuestro futuro)  y… en su “terapia”. Shock y terapia que tratan de vaciar la mente, para introducir un disquete nuevo. Muchos políticos, Zapatero desde luego, parecen haber engullido el producto.

“Os exprimiremos hasta la saciedad y luego os llenaremos con nuestra propia esencia”. George Orwell, 1984.

Por primera vez en la historia cuentan con la ayuda de un instrumento esencial:  la comunicación masiva que -a sabiendas o como tontos útiles y utilizados- difunde intensamente el mensaje. Ésa es la diferencia, de resultados impredecibles.

La protesta, la contestación, se salda en la teoría de la doctrina del shock de Naomi Klein, con el tercer shock:  uso de la fuerza. El crack del 29 desembocó en una guerra mundial. Es un hecho.  Y pone realmente los pelos de punta que Durao Barroso, Presidente de la Comisión Europea, haya mentado los golpes militares si no se aceptan los postulados del mercado.

¿Ciencia ficción? Ya nos gustaría. La demostración empírica precisa conocer en las propias carnes el problema en este caso. Pero se multiplican los datos sospechosos. Una investigación del Washington Post habla hoy del espectacular aumento de los servicios de seguridad sin control en EEUU desde el 11S. Y Michael Hudson, nos cuenta ¿una anécdota?: La Universidad de Chicago (la que vio nacer a los Chicago Boys del neoliberalismo basado en Friedman) ha encargado la remodelación del edificio del Seminario de Teología de Chicago para convertirlo… en la sede del Instituto de Investigación Económica Milton Friedman. La nueva religión, la que, como todas, se basa en “creencias” no demostradas, incluso que contradicen la realidad. “El libre mercado se regulara solo”. “La intervención estatal es la que crea bolsas de pobreza”. “La “libertad” (de mercado) es la clave”. Y, si no aceptas sus mandatos inapelables, se hace “algo” para reeducarte. Por desgracia, hoy, la mayoría de la población –políticos y medios informativos incluidos- parece estar sobradamente reeducada.

  Gail Kastner resistió. Sobrevivió cuerda (aunque con secuelas) a un centenar de electroshocks con sus electrodos y descargas bien palpables. Los cerdos del matadero, no.  Y es bastante alentador conocer estos dos datos.

La nueva religión

 Mi amigo Juan José Aguirre, tras “sufrir una crisis de fe” y ver que la que profesaba era “una auténtica antigualla“, ha abrazado -dice- la nueva religión: la Ley del Mercado. Y ya venera a su Supremo Hacedor: el Capital Financiero.

Así nos cuenta su experiencia reveladora:

 “Descubrí que no hay más ley divina que los dogmas dictados por los Mercados Financieros, a quienes los dirigentes políticos rinden ciega obediencia y sacrifican en su altar – mediante el ritual de las privatizaciones – los logros sociales. Que el Dios Dinero es omnipresente y rige los destinos de los pueblos mediante la Ley del Mercado, castigando a quienes se apartan de su obediencia. Descubrí que, a pesar de nuestra obcecación, el Capital Financiero, en su infinita bondad y a través de la Ley del Mercado, nos enviaba señales para mantenernos dentro de la ortodoxia económica y recta vía que llevan al enriquecimiento universal, y que los comentaristas financieros eran los nuevos sacerdotes que predicaban los designios del Dios Especulador. Éstos, a través de la evolución de las Bolsas, interpretaban su complacencia o disgusto.

Diariamente celebraban una misa, retransmitida urbis et orbe a través de TV, Internet, Prensa y Radio en la que mostraban las evoluciones de las cotizaciones bursátiles en los nuevos templos llamados Bolsas, donde oficiaban sus sacerdotes y acólitos que forman la curia del FMI, BM, BEI y otras sacras instituciones. El pueblo creyente, en comunión a través de la pantalla de TV y los demás medios de comunicación, recibía las señales de satisfacción o disgusto del Dios Dinero. Éste manifestaba su sacrosanta voluntad mediante las fluctuaciones del Mercado a través de los grandes santuarios como Wall Street o la Cyty de Londres, Bolsa de Tokio, y otros templos del Único Dios Verdadero.

Desde que creo en la nueva religión, no paso por delante de una sucursal bancaria sin persignarme. En casa, he levantado un altar donde están expuestas para mi particular adoración, a modo de santos intercesores de la divinidad, las cartillas de ahorros y de plazo fijo. Además, rezo a diario mi rosario con los misterios gozosos – si suben las cotizaciones – o dolorosos, si éstas bajan. Y siempre, siempre, termino con mis jaculatorias:

- Santo Dow Jones, ora pro nobis.

- San Nikkei, ora pro nobis.

- San CAC40, ora pro nobis.

- San IBEX 35, ora pro nobis

- San DAX 30, ora pro nobis.

- Santo Nasdaq 100, ora pro nobis

- San Hang Seng, ora pro nobis…

¡Sacrosanto Capital, hágase según tu voluntad!”

(Todo el artículo en “Profesión de fe de un converso”)

  Y cómo será que, revisado mi estado financiero con un calambre en el estómago, después de echar gasolina (que está volviendo a subir a los niveles pre-crisis), mirar con ojos de náufrago que divisa a los lejos un barco inaccesible las etiquetas en las tiendas y ojear en Internet los viajes que me gustaría hacer, he seguido la iniciativa de Juanjo y acabo de instalar mi altar a las tarjetas de crédito -una cosa sencilla, una caja que compré en “Todo China”-, con una vela a cada lado.

    Me tienta incluso probar la vertiente “magufa”. Un día escuché en una radio que metiendo un teléfono en el microondas sonaba la llamada que anhelabas. Digo yo que funcionará también con las cuentas corrientes y sus representantes en este mundo: las tarjetas de crédito. Dudo qué hacer ¿el altar contemplativo o meterlas 30 segundos en el microondas a ver si se activan y crecen?

   ¿Qué me aconsejáis?

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