Un cúmulo de sensaciones. Cuando se ha vivido en el País Vasco ejerciendo el periodismo y el sonido del teléfono equivale a muerte, cuando por ello se es capaz de distinguir perfectamente que la explosión que despierta en Madrid no es una bombona de butano, y la calle se ha llenado de sangre y de cascotes de destrucción, no es fácil dejar espacio sino a las emociones largamente contenidas. Más de lo que una creía. Y se agolpan recuerdos. La niña que perdió algo más que las piernas. El luchador acallado –tantos de ellos-. El profesor. Aquel joven secuestrado al que todos en España sosteníamos para verlo libre, con tanta fuerza que su muerte nos sumió en la desolación. Las madres, esposas, hijos, noqueados, intentando mantener la fuerza. Nunca el ejército invasor patrulló las calles de Euskadi, no, esto no es Irlanda, pero cualquier cosa es preferible a conservar esa locura…
Y prima pensar en el futuro. Aunque no sea fácil porque aún quedan varias realidades. La arcaica y primitiva mentalidad del fanatismo. La obscena manipulación del terrorismo, de ayer, de hoy y de mañana. A manos de quienes no condenan otros terrorismos letales, como el que deja víctimas por la codicia. Quiero, también, dar las gracias a Zapatero –ya que él las da y no se las devuelven-. Sus errores de gobierno no son obstáculo para reconocer su empeño en acabar con ETA incluso ya desde la oposición. Y con éxito. Y también a Rubalcaba por su eficaz gestión en este punto. Y a las víctimas a las que pediría un acto más de generosidad: que piensen en que su dolor no fue ni es inútil sino que construyó un porvenir en el que sus hijos y los hijos de los asesinos tal vez puedan mirarse a la cara sin rencor -aunque hoy aún pueda parecer mentira- y dejar que ese paraíso natural que es el País Vasco albergue la paz y la convivencia.







