José Luis Sampedro en Alhama de Aragón

La obra y la enorme personalidad de José Luis Sampedro han vuelto a Alhama de Aragón, Zaragoza, y para quedarse. Acaba de ser inaugurada allí una exposición permanente sobre él. Está ubicada en la que llaman la Casa Palacio que ha restaurado la Diputación de Zaragoza y lo primero que llama la atención es lo perfectamente imbricada que está la muestra con su entorno. En armonía, con la discreción que caracterizaba a Sampedro, y con su notable presencia. Estremece esta foto a la entrada, tan real.

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Todas sus facetas están reflejadas: escritor, humanista, profesor, economista, luchador por las libertades, ser humano maravilloso.

José María Castejón, alcalde de Alhama de Aragón y Olga Lucas, viuda de José Luis Sampedro

José María Castejón, alcalde de Alhama de Aragón y Olga Lucas, viuda de José Luis Sampedro

El alcalde, José María Castejón, del PAR, insistió en la inauguración en que este foco cultural para el pueblo no les había costado ni un euro a los vecinos. Y es muy de agradecer este homenaje, porque es la primera exposición o museo que se le dedica. La Diputación -dijo el alcalde- corría con el gasto de adecuación y todo lo demás -la selección y montaje- lo llevaba el esfuerzo de Olga Lucas, la viuda de Sampedro. Alguna vez se le quebró la voz a ella por las emociones revividas. La sonrisa frente al lago de aguas cálidas y medicinales que les llevó a ambos allí varios años y terminó por unirles hasta el final.

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Y es que Alhama de Aragón era para José Luis Sampedro su Pórtico aragonés. Allí, en Soria primero y en Aragón después,  recaló desde Tánger en enorme choque cultural (como contaba en Sala de Espera) para estudiar bachillerato. Hasta el certificado de sus estudios está expedido en un Instituto de Zaragoza.

Foto: Juan José Mardones (con una cámara mejor que la mía :) o más pericia)

Foto: Juan José Mardones (con una cámara mejor que la mía :) o más pericia)

Y luego las aguas, por salud, año tras año. Durante cuarenta.Y un libro unido vigorosamente a Alhama: El río que nos lleva. Si bien habla del Ato Tajo,  fue desde allí donde surgió la inspiración y el trabajo. Y un día que aparece Olga para vivir y escribir.

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Llamaba la atención a José Luis la mezcla de mundos entre el pueblo aragonés, hoy de 1.225 habitantes, donde ya casi ni para el tren, con el que acudía y acude al balneario (por cierto uno de los más hermosos de España). De igual manera, hay muchas formas de acercarse a lo que la exposición presenta. Para unos será conocer mejor a Sampedro, conocerle incluso, otros podrán estudiar su obra en los paneles que incluyen su forma de trabajar, sus anotaciones, sus ideas en propia letra.

Foto: Juan José Mardones

Foto: Juan José Mardones

Un grupo de teatro escenificó fragmentos del libro “El río que nos lleva” en la calle, en la plaza. Una imagen “Muy Sampedro”.

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Porque… viendo  fotos de su vida reparé en ésta, de niño, con su familia. En el Aragón cerrado, quizás en nuestra prima hermana Soria. En los eternos lutos de la época.

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Es la misma persona que vivió 96 años (hasta el 8 de abril de 2013), absolutamente lúcido. Al día de cuanto sucedía –aunque prefiriera seguir escribiendo a mano en lugar de en ordenador-. Luchando por un mundo mejor con las armas infalibles y peligrosas (para el poder autoritario) de las ideas. Más aún, con un compromiso social tan profundo que sirvió de guía a jóvenes (y mayores) insatisfechos con la situación que vivimos y de cuya gestación avisó.

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El sillón vacío en habitaciones plenas. Y el lago inamovible que nos hace sentir su ausencia, pero también la vida que se renueva. Los peces que necesitan la ilusión de un niño, más que el pan, para comer.  El Nonno que se fue en paz en La Sonrisa Etrusca vive en nuestros recuerdos.

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En Alhama de Aragón, Zaragoza, Casa Palacio, El viaje a la libertad, exposición permanente sobre José Luis Sampedro.

Bajando a la basura borradores de libros

2014-02-18 10.21.33

Cuando los papeles se la comen a una, lo prudente es operar con la frialdad de un cirujano. La mayor parte de lo que tiremos no vamos a usarlo jamás, pero alguna cosa jugosa he encontrado en ese repaso a bulto del que alguna noticia se desparrama en el momento justo que vas a meterla en la bolsa de la basura. Y solo por eso se acumula más de lo que cabe. ¿Solo? Igual merece la pena.

12 libros llevo escritos, sola o en colaboración. Más un par que no han sido publicados. Solo los borradores ocupan buena parte de un armario. Así que, preparado para bajarlo al contenedor de reciclaje, acabo de incluir dos versiones de mi último trabajo: Salmones contra Percebes. Sin piedad alguna.

Fueron varios meses de todas las horas. Terminas, imprimes, encuadernas con una espiral baratita, lees, corriges. Terminas, vuelves a imprimir, encuadernar, leer, corregir. Publicado en Abril aún se ve en alguna librería lo que es bien raro, después de “tanto tiempo”. Pero nada que ver con lo que “se lleva”.

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Son dos borradores. Uno ha caído donde explico la psicología de los percebes y los salmones. Los primeros inspirados en Mariano Rajoy y su PP que, pillada silla, no se sueltan ni con tempestades. Los salmones somos los que vamos remontando el río y la corriente y dándonos contra los obstáculos.

El otro cuadernillo quedó abierto donde hablo del espíritu gregario de los percebes. Si es que como la piña nada. ¿Quiere ser Usted independiente y encima se queja?

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Lo que será la pasión por escribir y comunicar que me pasa por la cabeza dejarlos al lado del contenedor, no dentro. Por si alguien se los topa de casualidad y tiene, por curiosidad, la tentación de leerlo. Con sus correcciones y todo. Pero creo que Ana Botella, la alcaldesa de Madrid ha dispuesto brigadas de inspección de basuras y pone unas multas tremendas si encuentra un desperdicio fuera de su sitio. No me puedo arriesgar. ¡Fuera sentimentalismos! ¡A la basura! ¡A su cajita! Las cajitas son tan, tan, percebes…

Vengo a hablar de mi libro

Estamos en época de ver a diversos personajes –cotizados en el ámbito de las declaraciones– ir a los medios a “hablar de su libro”. Se acerca la Navidad y, por tanto, el tiempo de las presumibles ventas para regalos. Un saco bien dispar el “hablar de nuestro libro”. Cuando la semana pasada comenté la aparición de uno de eldiario.es en el que participo, un comentario me afeó mi conducta: “estás publicitando un libro”. En ese momento pensé que si vendiera cocaína, armas, o globos inflados de mentiras que dañan gravemente a muchas personas, tendría mejor consideración social que si oso informar sobre un libro. Por tomar parte en él tan solo, escribirlo completo es todavía más punible y ya procuro cortarme cuanto puedo. Me atengo a las evidencias, y al doble rasero empleado. Escuchar las decisivas revelaciones de Aznar, Zapatero o algún novelista de bestsellers que se aviene a dar entrevistas como excepción copa titulares, aunque vayan a “hablar de su libro”.

Vamos a ser claros: en España apenas nadie vive de la literatura –y hablo de literatura, no de palabras escritas en formato libro–.  José Sanclemente escribió hace tiempo un revelador artículodonde explicaba las penurias que ha de arrostrar quien se atreve a volcar sus ideas en un texto publicable. Ahora las cosas todavía han empeorado más. “Por la crisis”, ya se sabe. El caso es que, si el autor es “famoso”, cobra un anticipo sustancial, y ahí suele quedar todo. A menos interés mediático, menos anticipo o nada de anticipo. De las ventas se lleva como mucho un 10%… antes de impuestos. Como para comprarse una participación en FCC.

Y, sin embargo, muchas personas se sienten impelidas a volcar en palabras sus ideas y darles forma. Una sociedad –una parte de ella– que hace gala de su incultura y, con grandes dosis de mezquindad, no lo valora. Lo castiga. Salvo… que el autor salga en la tele. O sea susceptible de salir en la tele. O de llenar titulares con mayor o menor afán de distracción.

Andaba yo en esas disquisiciones cuando –casi por casualidad, puede que por intuición– he estado releyendo y redescubriendo espacios recónditos de José Luis Sampedro. Y he constatado que, a través de las páginas escritas, se puede seguir emanando sabiduría, serenidad, criterio, aunque el autor no esté ya en el mundo de los vivos. En Escribir es vivir –en colaboración con Olga Lucas– explica por qué escribía: para vivir. “Descubrirme a mí mismo para descubrir a otros y para encontrarnos todos, para vivir más”, argumentaba. Compara al escritor con una vaca. En un pasaje delicioso, cuenta cómo es la que todo lo ve, lo absorbe y lo rumia, digiriéndolo varias veces. “El escritor auténtico escribe con su carne, su sangre, su médula, lo mismo que la araña teje su tela con su propio cuerpo”. Es decir, como Aznar o Zapatero recreando la versión de su vida una vez al año en alguno de los casos, ¿no?

La idea clave que, sin embargo, Sampedro ha tenido a bien dejarme para este momento ha sido la que, a preguntas de un periodista, comienza relatando el consejo que el mítico bailarín Nureyev dio a quien quisiera dedicarse al ballet: “Que si puede, lo deje”, contestó el artista. “De lo que se deduce –concluye Sampedro– que para Nureyev la única razón seria para dedicarse al ballet erano poder evitarlo“. Es decir, su caso. “Para mí, escribir no es un trabajo; es una necesidad vital. Escribir es un esfuerzo, un esfuerzo tremendo”, resumía definiendo exactamente lo que es… la vocación.

José Luis Sampedro escribió Octubre, Octubre durante 19 años. En pocos de sus libros invirtió menos de 4. Y mientras escribía –levantándose a las 4 de la madrugada para ello–, estudió una carrera, trabajó en un banco, ganó oposiciones a cátedra, dio clases, organizó seminarios, estimuló la conciencia de sus alumnos, se casó, tuvo una hija, un nieto. Y sin publicar durante décadas. Es que… no podía evitarlo. No importaba qué fuera a pasar luego con aquellas páginas que tanto habían costado. Y enviudó. Y se casó de nuevo. Y siguió escribiendo irremisiblemente.

A muchos escritores y periodistas vocacionales nos sucede lo mismo: no podemos evitar contar lo que hemos descubierto. Por el medio que sea. Ambas actividades, si son profundas y verdaderas, se asemejan a la pasión amorosa. A la auténtica también, a la que lleva a decir con absoluta determinación: yo lo hago aunque después se hunda el mundo. Y así ocurre o debería ocurrir con las profesiones de servicio público, política incluida.

El desprecio de la cultura, de las ideas, de lo que importa, inmolado lo fundamental en el altar ultraortodoxo del lucro, termina por descomponer a la propia sociedad. Tantas confusiones sobre el valor y los valores no son inocuas. Así que, aquí seguimos. Pasando como importante cualquier transacción de dinero o poder. O como autobombo, la satisfacción de una necesidad que se cree puede servir a alguien más. Nos lo tenemos bien merecido… por no poder evitarlo.

Lo maravilloso es que, en todos los órdenes de la vida, en todos nuestros empeños, esa grandiosa trampa –creer en lo que se hace al punto de que entregarse a ello nos resulte irremediable– es la que termina por acudir a levantarnos cuando cunde el desánimo. En lo que para cada uno sean sus 4 de la madrugada.

*Publicado en eldiario.es

Las colas, lugar de máxima identificación de percebes y salmones

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Percebes y salmones se diferencian hasta en los aspectos más intrascendentes de la vida. Aquí tenemos un ejemplo. Llegada del tren a la estación. Ésta es Atocha, en Madrid. Hay dos escaleras para salir. Una cerca, la primera que encuentras. Está abarrotada. La segunda, a la derecha, un poco más allá, permite caminar sin agobios por el andén y subir también holgado. Esta escena se repite una y otra vez, en todos los viajes.

E igual sucede con las partidas. En los accesos a las estaciones de tren o en los aeropuertos que, muchas veces, terminan por habilitar una segunda mesa de recepción de billetes. En la fila larga están los percebes, en la corta los salmones. Estos miran primero si se han dispuesto dos, y se dirige adonde menos personas haya. Las colas es un lugar de máxima identificación de percebes gregarios: siempre van a donde van los demás. Por la ley del mínimo esfuerzo. Porque les gusta estar en piña.

Evidentemente el espíritu salmón hace todo lo contrario. Utiliza los recursos disponibles. Por eficacia y porque detesta el hacinamiento.

Estas actitudes opuestas se reflejan como cabe deducir en cuestiones fundamentales para la colectividad. Con resultados dramáticos en tiempos como los que vivimos. El percebe no mueve un dedo por su inactiva, espera que los problemas se resuelvan solos y, si no lo hacen y vienen mal dadas, “aguanta”, se sacrifica. El salmón hace de su vida una lucha por resolver los escollos y llegar a la meta que se ha propuesto.

Todo esto y mucho más es el espíritu de mi libro Salmones contra Percebes. Si no lo has leído, si no lo has recomendado, ya tardas.

El percebe pertenece a la categoría de los idénticos, la que construye la gran masa humana. Casi indistinguible de sus congéneres, intercambiable, buscando cobijo a la sombra de los poderosos sin molestar, huyendo de heroísmos. El percebe carece de aristas definitorias. Su perfil no rompe las monotonías. No suele construir. Nadie hablará de ellos cuando hayan muerto, porque tampoco se habla demasiado de cada uno de ellos mientras viven. El salmón, en cambio, pertenece a los iguales. A los que levantan la cabeza y aguantan la mirada. A los que dejaron de ser súbditos por méritos propios y viven con pasión su calidad ciudadana. A los que huyen de las invisibilidades y protagonizan la historia.

Más allá de Salmones y Percebes

CARLOS CÉSAR ALVÁREZ, ha publicado en su blog este precioso regalo con las impresiones que le ha causado mi libro. Muy agradecida.  Era lo que yo buscaba, que creciera en sugerencias.

Salmones contra percebes

El último libro de Rosa María Artal.

salmones percebes

Rosa María Artal
Salmones contra percebes
Ediciones Temas de Hoy, 2013
224 págs. 10,90 €

En su último libro Rosa María Artal incide de nuevo en la crisis, como ya hiciera en La energía liberada y en el volumen colectivo Reacciona. Pero en esta ocasión, en lugar de la metáfora geológica del libro anterior, analiza la situación desde dos puntos de vista diferentes, opuestos pero complementarios: el del percebe y el del salmón.

El percebe es un crustáceo que vive agarrado a las rocas, viendo pasar el mundo frente a él e implicándose lo menos posible.

“La mayoría de los políticos actuales utilizan claramente la estrategia del percebe: aferrarse al puesto como prioridad absoluta de sus objetivos, relegando -que no descartando- el servicio público que es su razón de ser. Pongamos el caso, entre miles, de un hombre que estudia derecho, hace oposiciones a registrador de la propiedad, entra en política, no destaca, pero, paso a paso, alcanza lugares prominentes de los que ni los más graves errores consiguen arrancarle.”

No obstante, algunos políticos son capaces de mudar de apariencia de percebe a salmón y viceversa, según les convenga.

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Viejo percebe decepcionado por su incapacidad para mutar en salmón

El salmón, al contrario que el percebe, es un animal viajero y su característica principal es nadar contra la corriente, remontando los ríos y venciendo los obstáculos que surgen a su paso.

“La mirada amplia -que ha contemplado miles de millas-, frente al corto espacio que pueden ver los percebes desde su empecinado asentamiento en la seguridad. La asunción de riesgos, la libertad, el emprendimiento constante.”

Rosa María Artal nos cuenta la historia de cómo hemos llegado hasta aquí, desde el día en que la caída de la “presa” de Berlín provocó inundaciones que cambiarían para siempre el panorama político mundial, teniendo presente la óptica de las dos especies estudiadas, sin olvidar a otras como los tiburones siempre al acecho de la presa o la masa de krill que termina siendo alimento de los depredadores. A los que yo añadiría pulpos, con múltiples tentáculos extendiéndose para pillar lo que puedan; serpientes de mar, enroscadas en el fondo esperando para atacar; y un buen número de besugos y merluzas que nadan despistados entre dos aguas, ajenos a lo que les rodea.

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EL GRAN PERCEBE TE VIGILA

El libro pone de relieve eternos conflictos como los que se producen entre seguridad y libertad o individualismo y colectividad, conflictos que son también interiores a cada persona, ya que no existen seres humanos totalmente percebes o salmones, sino que todos participan de las características de uno u otro en mayor o menor medida. Es el equilibrio entre el Yin y el Yang presentado con la metáfora de animales marinos.

“Siempre ha sido así, siempre ha habido ricos y pobres, siempre ha habido privilegios” (un percebe)

Mucho han cambiado las cosas en España desde los lejanos tiempos en que un salmón como Don Quijote era capaz de arrastrar en sus aventuras a un percebe como Sancho. Hoy por el contrario, son los percebes quienes llevan la voz cantante, mientras los salmones tienen -para preocupación de los ecologistas- cada día más dificultades para remontar las corrientes. La conclusión de la autora es que debería ser al contrario: en estos tiempos de crisis, las soluciones tienen que estar en la innovación, la ruptura con lo establecido, la exploración de nuevos caminos; es decir, deberían ser los salmones quienes tomaran el timón de la sociedad.

La autora plantea una estrategia para invertir la situación, incitando a pensar, animando a cuestionar, haciendo apología de la curiosidad. Dado que un percebe nunca haría tales planteamientos, que le obligarían a abandonar su confortable roca, Rosa María Artal aquí se descubre a sí misma como una intrépida y espléndida salmónida. De hecho, es muy improbable que un percebe hubiera escrito un libro como este.

Entrevista con Rosa María Artal y primer capítulo del libro en eldiario.es.

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La permuta inevitable: Valencia por Dinamarca, Madrid por Suecia

Ahora que estamos viendo cómo hasta a Suecia ha llegado la peste neoliberal con sus consecuencias, traigo este relato que escribí hace varios años, para que comprobemos que todo es susceptible de empeorar.  Lo de España apuntaba fuertes síntomas que se han cumplido… con creces. Para Suecia no esperábamos esta degradación. Se repondrán. Hay allí una sólida base cívica. Y desde luego siempre existen soluciones imaginativas. Tanto como esta permuta que yo proponía. O cualquier otra. 

Cuando la crisis económica resquebrajó a los países más débiles, cuando la administración de justicia se colapsó en España por los juicios de corrupción, hubo que tomar decisiones drásticas e imaginativas. La primera llegó al extremo de aprobar en el Parlamento –debatiendo una masiva iniciativa legislativa popular-, que el gobierno elevó a ley, la permuta de Valencia por Dinamarca y de Madrid por Suecia. Se trataba de una experiencia piloto a extender a otras comunidades, a todo el país en realidad, atacando de entrada lo más urgente. Como es lógico, los territorios no se trasladaron por barco, piedra a piedra, campo de golf a campo de golf, gota a gota, el cambió se limitó a la población de todas las demarcaciones implicadas. Intensas labores diplomáticas lograron convencer a los nórdicos para que cambiasen su residencia. Se alegó su condición de temporal, y aceptaron para disfrutar una temporada del cálido sol del Sur de Europa. Se lo plantearon casi como unas vacaciones.

A pesar de sus ardorosas protestas, los implicados se vieron conminados a la mudanza. Aunque, lógicamente- les fueron explicadas las circunstancias, positivas y negativas, por las que se verían afectados. Era un trabajo muy serio, esencialmente necesario. Y fueron estudiados algunos casos para que pudieran permanecer en sus comunidades. Se habían establecido unos cupos por los cuales parte de los residentes habituales no cambiaran de domicilio y actuarán de guía de los recién llegados: compartirían experiencias y harían más fácil el tránsito. En minoría, naturalmente. Alguien planteó cuántas manzanas podridas terminan por arruinar un cesto. La experiencia dice que basta con una. Pero, dado lo acuciante de la situación, se confió en la suerte.

Gran parte de los valencianos se fueron a regañadientes a su nuevo destino, básicamente los que habían sustentado el sistema que hizo tomar al resto de los españoles la decisión de trasladarles, siquiera fuera por su bien, a modo de terapia y por una temporada de duración a evaluar. Otros lo aceptaron de buen grado, comprendiendo la bondad de la iniciativa y con un halo de esperanza. Y hubo un decisivo sector de entusiastas de la idea que se ofrecieron a llevar maletas, ayudar a los ancianos a subir a los transportes, dar de comer a los bebés, cambiarles los pañales, y a cuanta ayuda se les pidiera.

Casi cinco millones de valencianos, en consecuencia, llegaron por tierra, mar y aire –que de todas formas se accede- a Dinamarca. Encontraron fácil alojamiento para todos, dado que los oriundos del lugar eran prácticamente los mismos en número. La primera grata sorpresa –además de unas campiñas verdes y floridas- fue que disponían de casi el doble del territorio, 43.000 Kms2 cuadrados, frente a sus 23.000 y que, por tanto, iban a vivir mucho más holgados. Les tranquilizó también ver que compartían un pasado histórico de solera y que les bañaba el mar, como a ellos durante su vida anterior. Claro que allí se toparon con el Mar del Norte y el Báltico de temperaturas gélidas, y era poner el pie y congelarlo. Pero los lugareños les comentaron que el frío curte –no sé si está probado- y respiraron más tranquilos. Un gozo fue descubrir que contaban con más de 400 islas, la mayor parte despobladas. Es decir, inmensos terrenos para construir y especular, ahora que el litoral valenciano se había saturado de ladrillo. Avisados, los daneses residentes advirtieron severamente que de torre por aquí, rascacielos por allá, urbanizaciones y urbanizaciones, nada: habrían de acostumbrarse, a residir en un paisaje armónico, con un urbanismo elegante y bien diseñado. Muchos valencianos callaron antes de confesar que no sabían de qué les estaban hablando.

-¿Urbanismo elegante y bien diseñado? ¿Tú sabes qué es eso?- preguntó uno a otro compañero.

-Manías europeas, ya les cambiaremos.

Lo cierto fue que más pronto que tarde comenzaron a agradecer la armonía que les rodeaba, llegando incluso a atemperar algunos comportamientos. Complacencia superlativa representó encontrase con sueldos medios de 3.250 euros, los más alto de la UE y con pocas diferencias sociales.

-Oye, que voy 7 horas a trabajar 5 días y me llevo el triple que en Valencia, esto sí está bien.

-Los precios son algo más caros- opuso uno.

-Ya, pero apenas, diría que un 10% más. Pero con estos dinerales que ganamos ¿qué importa?- rebatió el más animado.

-¿Y los impuestos? ¿Qué me dices de los impuestos? Hasta el 50%, el 60% he oído que pagan. Espero que ya no estemos aquí cuando lleguen las declaraciones de la renta.

-Calla, calla, que eso solo es para los millonarios, para los que en España pagan como máximo el 45% y después de la subida, que antes aún era menos.

-Vale ¿y aquí te dan gratis las gafas y las consultas del dentista con extracciones y todo? Escuché que en algunos países de Europa sí- se animó el segundo.

-No sé, chico, ya nos enteraremos. Pero sé que aquí el Estado gasta en los ciudadanos el 30% del PIB, mientras España sigue estando a la cola de Europa con un 21%. En algo se tiene que notar la diferencia.

-Te envidio ¡cómo has estudiado los pormenores! Te vas a adaptar muy bien.

En definitiva, los valencianos admitieron que, en el aspecto económico, el trueque les era rentable.

En Dinamarca no había paella, como mucho servían arroz hervido, y como lujo con verduras. Aunque tenían unos langostinos aceptables, servidos ¡horror! en pan y con mantequilla. Pero ¡coño! no entendían el español. Todos hablaban inglés, en cambio. Y allá se fueron los valencianos a las escuelas de idiomas que debían multiplicar aulas, profesores y horarios para enseñar la lengua. Algún conflicto laboral hubo por ello en los centros, pero se explicó a los profesores la extrema necesidad de la medida y, solidarios, se aplicaron a la labor. Los valencianos pudieron presumir de que poseían una educación bilingüe desde niños y sabían que ayuda al aprendizaje de idiomas. Dominarían el inglés antes, mucho antes que los madrileños.

-Por esto de que mis hijos estudien “Educación para la ciudadanía” y en castellano que se la dan, ¡no paso!, por ahí si que no- clamó uno de los más recalcitrantes.

-Oye, que aquí no protesta por ello ningún partido, ni las iglesias ni nadie. Igual es por algo- le replicaron.

Convinieron los valencianos que trabajar de 9 a 4 resultaba muy cómodo, disponían de casi toda la tarde libre. Volvieron a conocer a su familia, renacieron muchas parejas. Podían ir también a exposiciones y conciertos. Tras la cena.

-Esto de cenar tan pronto no puedo, la verdad. Pero ¡qué vas a hacer si a las 12 de la mañana te tienes que contentar con un bocadillito! No sabe vivir esta gente. ¡Ay!, donde estén nuestras comidas de 3 horas, con aperitivos, dos platos, postre, café y pacharán.

Pronto descubrieron también que Dinamarca es el segundo país más pacífico del mundo, el primero a veces. Y que su capital, Copenhague, está considerada como la mejor ciudad para vivir, en algunas clasificaciones y que fue declarada “Ciudad cultural mundial”, la tercera, tras Londres y París.

-¿Y eso por qué es?

-Valoran su vida cultural, posibilidades de transporte, su grado de delincuencia (que apenas tienen como has visto), la arquitectura, los bienes públicos y el diseño.

-Mira, todo eso está muy bien. A mí me está gustando este lugar. Y que tienen tiendas por todos los lados igual que en España. Y esos lugares tan turísticos donde vamos todos juntos.

-Caras, muy caras, recuerda- apostillaban siempre los más negativos.

-Y el Tívoli ¡qué cosa más bonita!

-Total, un parque de atracciones, es mucho más moderno nuestra Terra Mítica. Y, francamente, tanta bulla con la sirenita y es una miniatura.

-Eso, sí, pero ¿y el río? Esas terrazas tan acogedoras. Y mira, mi chica, que no encontraba trabajo en España, ha entrado de camarera en una de esas terrazas, y ¡no te lo vas a creer! se lleva 2.300 euros al mes, más propinas, por jornadas de 37 horas semanales.

-Sí, todo eso está muy bien. Pero ¿y el clima?

Los valencianos habían arribado a Dinamarca en verano y disfrutaron de unas temperaturas deliciosas, templadas, nulos agobios y sofocos, ni calores húmedos ni nada que se le parezca, pero, llegado el invierno, desde luego, se pelaron de frío.  ¡Y el sol! nada de la maravillosa luz Mediterránea. En los meses crudos ni lo veían, y en verano no se escondía en todo el día el muy ladino.

-Pero eso con unas buenas persianas, puede paliarse- objetaban los más integrados.

Con todo, lo más positivo, lo que debió inclinar a una mayoría social española a promover la ley, se centraba en la calificación de Dinamarca, alternando con Suecia, como el país menos corrupto del mundo, según numerosos estudios y estadísticas. Y que la sociedad tiene arraigados una serie de valores democráticos que defienden a ultranza: la igualdad, la libertad de expresión y los derechos humanos, el respeto a las personas –a los animales incluso-, la solidaridad y la responsabilidad hacia la comunidad, tanto en la vida social como en la familiar. Todo eso les habían dicho al despedirles en aeropuertos, puertos y carreteras.

-Como si en Valencia, en España, no tuviéramos esa conciencia ciudadana, ese rechazo a la corrupción- se quejaban muy ofendidos algunos valencianos.

-No, lo habéis interpretado mal, no es un insulto. Lo único que ocurre es que aquí  es norma de vida profundamente interiorizada por la sociedad- le explicó a un grupo un taxista de Copenhague.

Los madrileños vivieron similares experiencias al llegar a Suecia.

Prácticamente los mismos valores y circunstancias –algo más de gasto social incluso- compartía su nuevo hogar con Dinamarca. Algunos lloraron mucho los primeros días añorando el casticismo, los atascos, los toros, pero otros viajaron a Estocolmo, Lund, Malmö o donde les tocara, francamente contentos y esperanzados. Estos sabían que Madrid tenía remedio, que tan solo había que pulir algunos matices. Y también se aprestaron, como algún sector de los valencianos, en proporcionar cuanto apoyo fuese preciso para la consecución de la tarea. Se habían sentido ¡tan impotentes! Tan hartos ¡tan inmensamente hartos!

En el caso de los madrileños la sensación de amplitud y deshago aún fue mayor. Casi seis millones de ciudadanos disponían de cerca de 500.000 Km² de territorio. Los dirigentes políticos abrieron los ojos con tal desmesura que a punto estuvieron de perder las córneas precipitadas al suelo por la ardiente codicia. Su felicidad no tenía límites al contemplar –no llegaron a perder sus globos oculares- las posibilidades de inversión privada y pública que ofrecía tan inmenso terreno. Ahora bien, al igual que los políticos valencianos, se vieron obligados a vivir con mucha más austeridad y, especialmente, con mayor control, incluso ciudadano. Cualquiera tenía acceso a sus declaraciones de impuestos. Y sus derroches o enriquecimientos súbitos, comenzaron a importar a la sociedad.

Los nuevos madrileños-suecos se encontraron con los mismos gélidos mares que sus nuevos vecinos valencianos-daneses, pero los recibieron mucho mejor:

-Playa al fin y al cabo, lo único que le falta a Madrid para ser maravillosa- saludaron alborozados los más positivos.

Una comisión sueca rebajó su optimismo al advertidles:

-Aquí tendréis que hacer un esfuerzo por mantener las calles limpias, asfaltadas y con las señales de tráfico bien pintadas. Y disponer y rotular en condiciones todas las vías. Cuando vengan las visitas no queremos presentar las ciudades como tenéis vosotros la capital de España.

Se les pusieron también serias cortapisas a los proyectos de desmanes urbanísticos, y a horadar las ciudades con túneles. Les advirtieron que entre sus prioridades no se encontraba trasladarse a gran velocidad por sus calles y carreteras. Y eso cuando ya alguien de la alcaldía de Madrid miraba con auténtica avidez esas vías de medio pelo con tantas posibilidades de obra.

En compensación, descubrieron que Suecia había hecho una altísima inversión en innovación y tecnología, tanto en el sector privado como público, y que poseía una auténtica pasión por el cuidado del medio ambiente. Abría de igual modo posibilidades de negocio, y algo más aceptados por la progresía protestota española.

Aseguraron, más adelante ante otro de los retos, que en Madrid, en la capital y en toda la comunidad, ya estaban acostumbrados a acoger con cariño y respeto a los emigrantes –salvo excepciones-, cuando les contaron que aquello era norma en su país de acogida. Les explicaron que ellos convivían con la emigración sin problemas –excepto salvedades crecientes-  desde los años 70.

-Aquí recibimos a buena parte de los arrojados por las dictaduras latinoamericanas, en aquella época- se les comentó- De hecho, de ahí nace el interés tiene por el idioma español que se estudia incluso en las Universidades.

La obligatoriedad de aprender inglés, por tanto, para relacionarse en toda la zona, con noruegos, fineses, holandeses, también, y con los suecos que permanecieran en su país como guías, se mantenía, pero los madrileños se lo podían tomar con algo más de calma, dado que el español también les funcionaría en algunos casos.

Los dirigentes madrileños se preocuparon cuando vieron que en Suecia prima la educación pública, les produjo una gran inquietud. Más de un temblor sacudió a las más altas instancias. No sabían cómo afrontarlo. Quizás imbuyendo a Suecia de su pasión por las gestiones privadas, argumentándolo tan bien como hacían en España, al punto que fuera igualmente aceptado sin rechazo. Pero ese aspecto pronto pareció subsanable. El cambio de mentalidad ayudaría a solventar el problema en pocos meses.

En cuanto a los suecos trasladados a Madrid, el mayor inconveniente residía en que, eran casi 9 millones –menos los que se quedaron de instructores- y dos millones y medio más de la población habitual de la comunidad iban a notarse mucho. Tuvieron que instalarse en un territorio mucho más pequeño que el suyo. Y lo hicieron. Se veía algunos tan apretados que apenas podían ya “hacerse los suecos”. Pero son gente austera y sufrida, que usan muebles de IKEA y que viajan mucho con lo que una parte estaría siempre ausente.

Con sueldos similares a los daneses, los suecos daban auténticos saltos de alegría por poder disfrutar –sin descabalar sus cuentas corrientes- de las tapas, las cañas, y los chupitos. De los calamares fritos y la paella. Del flamenco y el trasnoche. De los monumentos y museos que acreditan a Madrid. De los parques y paseos. Los suecos vinieron de muy buen grado a la capital de España. Lo mismo que los daneses a Valencia, poblando las playas todo el día y haciendo un uso exhaustivo de los chiringuitos. Echaban en falta, eso sí, los programas informativos y culturales de sus televisiones. Pero encontraron los mismos concursos y bazofias que empezaban a inundar también sus propias programaciones. Jamás llegaron a entender, sin embargo, aquella basura –así la calificaban- conocida como “prensa rosa”.  Se abstuvieron de mirarla y, en consecuencia, bajó a tal punto la audiencia y la recaudación, que terminó por quedar en un apartado residual.

A los malintencionados que pensaron -con la llegada de valencianos y madrileños a Escandinavia- en grandes bloques de ladrillo y especulación, supresión de las leyes y los servicios sociales de sus países de acogida, destrozos irreparables de las administraciones públicas, malversaciones, chanchullos, amiguismo, pérdidas lamentables de tiempo, chapuzas, enredos y jaranas, el tiempo –poco tiempo- les quitó la razón.

Con un puente entre Dinamarca y Suecia, que en 15 minutos te sitúa en el otro país, valencianos y madrileños compartían apasionadamente las nuevas experiencias.

-Nosotros ya respetamos el tráfico y nos desplazamos por lo general en bicicleta que es muy sano. Y más barato.

-Pues nosotros ya no “ayudamos” a la mujer en casa el día que nos parece. Hemos entendido que los hijos y las tareas del hogar son responsabilidad de toda la familia. Casi a partes casi iguales.

En menos de un año, los españoles regresaron hablando en tono mesurado, pidiendo las cosas por favor y dando las gracias, ni uno solo le decía al camarero: “Oye, pónme unos vinos”, sino “por favor, podría servirme unos vinos. Gracias”. Pensaban en los demás, todos, hasta los dirigentes que no insultaban, ni calumniaban, ni gritaban a sus adversarios políticos. Todo el país se contagió del nuevo talante de tan grandes y decisivas comunidades. Cambió la sociedad, la televisión, el periodismo, el gusto por la cultura. Nunca más se apoyó la corrupción pública.

¿Cómo era posible? Se descubrió que el aire o el agua nórdicos eran los que formaban los criterios y que una vez adquiridos ya no desaparecen. En realidad, no podía ser otra cosa.

Por eso, los nórdicos tampoco cambiaron en España. Ganaron, eso sí, en espontaneidad. Aprendieron, también, el gran arte de la improvisación y a relajar la obsesión por la responsabilidad y el trabajo bien hecho.  Los escandinavos –sobre todo los suecos, algo más parcos en gastos aún que los daneses-, y asimilaron hasta ponerlo en práctica, en efecto, el disfrute de algunos placeres de la vida a los que parecían renunciar –y sin endeudarse (jamás) como nosotros-. Ambas partes, se instruyeron la una a la otra para obtener una media aceptable. Ni racanería, ni derroche.

Por si acaso y para prevenir recaídas, como vacuna de recuerdo, hay siempre disponible en las tiendas españolas agua nórdica embotellada y aire comprimido escandinavo en preciosos –y muy baratos- frascos herméticos de IKEA.

*Hablando de literatura. Esta semana inicio algunas presentaciones de mi libro. Os iré avisando. La primera en Zaragoza.

Invitación Salmones contra percebes - CDL Zaragoza (29 may)

Salmones contra percebes

El diario.es publica hoy una entrevista y la prepublicación de mi nuevo  libro. Iremos hablando de él. Inserto la entrevista y no olvidéis pinchar para leer el texto avanzado del primer capítulo.

El mundo tiene muchos matices, pero hay dos actitudes básicas ante la realidad: la de los percebes, amarrados a la roca, conservadores, temerosos y dóciles. O la contraria, la de los salmones, valientes, inquietos, inconformistas. A partir de aquí, Rosa María Artal en Salmones contra percebes (Temas de hoy) analiza la crisis actual, sus efectos en todos los ámbitos de la vida. “A través de la metáfora, la realidad aún es más descarnada”, afirma. Pero, a través de esa descarnada realidad, Artal persigue despertar las conciencias y transmitir la necesidad de pensar, cuestionar el estado de las cosas y, después, actuar.

¿Cómo se le ocurrió la metáfora?

Lo dijo un día mi hijo. Que Rajoy  tenía la estrategia del percebe, aferrarse y no moverse. Escribí un artículo en eldiario.es este verano, Rajoy y la estrategia del percebe, y a raíz de ahí se me ocurrió que en el mundo no había solo percebes, sino también salmones, un animal que va siempre contracorriente, que remonta hasta la cumbre desde la desembocadura del río. El percebe es la ley del mínimo esfuerzo, y el salmón el esfuerzo constante. El percebe espera que los problemas se resuelvan solos, y el salmón siempre busca cómo solucionarlos. Estamos viviendo una situación con una deriva tan peligrosa que parece un inhóspito océano, en el que sólo impera la fuerza y no la democracia. Es una metáfora que me sirve como excusa para que transmitir el mensaje de lo terrible que estamos viviendo y de cómo hay actitudes distintas que favorecen o perjudican la solución.

Pero también hay esperanza en el libro

Los salmones, a pesar de ser atacados y saber que pueden perder, siguen. Claro, que se puede solucionar el problema: no se puede seguir así. La estrategia de aguantar del percebe cuesta más esfuerzo y los resultados son peores. Acabamos de ver al Gobierno, que no va a arreglar el problema del paro ni ningún otro. La gente que cree que se arreglará la crisis aguantando sacrificios, pero habría que preguntar  a qué precio; sueñan si creen que les van a devolver lo robado.

En el libro se explica que las raíces de estas políticas económicas son profundas.

Todo nace en el consenso de Washington, tras la caída del muro de Berlín. Es una historia que por la que muchos prefieren no interesarse y que he procurado contarla con sencillez. No hay país que haya salido de la crisis por esos métodos. Si acaso Letonia, que ha mejorado alguna cifra económica a costa de que sus ciudadanos sean muchísimos más pobres y sus ciudadanos hayan emigrado. Mira lo que está pasando con los alevines españoles: la mitad de los jóvenes no tiene trabajo. Pero es que el 27% de los españoles está en paro. Lo asombroso es que aquí no se reacciona. Por este camino no hay solución. Pero todo viene del consenso de Washington y de políticas que ya habían ejecutado Thatcher y Reagan: reducir el gasto público, social, sanidad, educación… Esta gente son auténticos depredadores, aunque haya tanto percebe con pocas luces llevando las riendas. Saben lo que es que pocos vivan bien a costa del grueso de la población.

Y usted lamenta que a veces no haya más solución que emigrar.

Es que somos más pobres que otros países. Hay que llevar dinero, hacer amigos… Hay que ir a una zona totalmente extraña. Emigrar es muy difícil. España va a quedar como un balneario para los europeos y aderezado con esas apuestas del PP: casinos y ocio. Las nuevas generaciones han sido mimadas en exceso por lo mal que lo pasaron los antepasados. No están preparados por la precariedad, y ahora, con la crisis, siguen sin enterarse.

Sin embargo, en el libro se cuenta que el 15M evidenció que había descontento y ganas de cambiar muchas cosas

Aparecieron todos los salmones de España. Sí, está el germen, pero la gente no sabe cómo solucionarlo, y las consecuencias de aguantar son peores. El 15M fue mucho más que un hartazgo de la gente. Yo espero que se reaccione, y con este libro intento que la gente reconozca su situación y sus enemigos, sus posibilidades y su potencial. Para ello, la sociedad tiene que marcar unas pautas, cambiar la ley electoral porque con esta no vamos a ningún lado: potencia el bipartidismo y que todo siga igual. Hay mucha gente que le da mucho vértigo pensar que la política tiene que cambiar. Pero es así, tiene que regenerarse. Los políticos no nos necesitan, con que tengan un porcentaje mayor que el segundo, ya les vale. Y solo hablan para su público. Hay gente cuyo voto va a la basura, no puedes tirar tu voto a la basura.

Uno de los asuntos que más preocupan ahora son los casos de corrupción.

Le dedico un espacio muy amplio. Mientras no se erradique, no saldremos de esta. Es una de las características del pueblo español, junto con los toros y la familia. Hemos sido pioneros de muchos avances políticos que otros países siguieron después, incluso desde los reinos medievales y pasando por el motín de Esquilache, señalado como uno de los precursores de la Revolución Francesa. Pero aquí las éltites y la masa social eran muy incultas. El gran problema de España es la falta de educación y la corrupción. Van unidas. Y el proyecto del ministro José Ignacio Wert es educación en el percebismo: se arrincona la filosofía, cuando es el mecanismo básico para el pensamiento lógico.

Además, en el libro se documentan con detalle los efectos de la crisis.

Lo básico es conocer la realidad, para posteriormente llegar al último capítulo donde reivindico el gozo de pensar. A menudo cogemos las ideas como si estuvieran precocinadas, las metemos en el microondas y las engullimos. Los medios de comunicación tienen mucha culpa en lo que nos pasa.

Una situación crítica que tampoco es igual para el hombre y la mujer

Nos educan de una forma distinta y la sociedad nos condiciona a unos y a otros. La mujer está educada para ser percebe, para guardar la piña. Y eso del colchón familiar sólo pasa en los países subdesarrollados. ¿Después de la Segunda Guerra Mundial se podía crear el Estado del Bienestar y ahora no se puede mantener? Esto es un timo. Hay gente que es percebe y su objetivo solo es aguantar hasta que pase la tormenta. Falta mucho coraje. El percebe solo piensa en su bien. Lo peor que puede pasar a un país es tener a un percebe al mando del Gobierno. No hará nada. Es desolador. No sufre como sufre la gente.

Pero hay mucho temor en la sociedad.

Me preocupan las reacciones ante el miedo. Cuando uno cree que el problema lo ocasionan fuera y que fuera lo tienen que resolver, está perdido. Es una reacción que provoca el miedo. Hay mucho miedo, pero, ¿qué más se puede perder? El percebe no se da cuenta de que puede llegar un depredador de su misma especie, de otra especie, o incluso un percebeiro. La sociedad tiene que reaccionar, tomar su papel y conseguir que el percebe reflexione que por ese camino no se va.

*Raúl del Pozo también habla del libro y de la metáfora en su columna: Percebes y salmones.  Y resaltando ideas que me gustan especialmente del contenido. Así concluye su artículo:

“La primera vez que fui a un comedor social sentí tanta vergüenza que tuve que desaparecer, le cuentan a Rosa María Artal. «Muchos preferían morir de hambre antes de pasar vergüenza». Ya dijo Valle-Inclán que sólo creía en las ideas que se podían dibujar. Artal ha publicado Salmones contra percebes, un análisis lúcido de los días peligrosos que vivimos, donde las metáforas son dibujos vivos.

La reportera de TV explica que hay dos formas de afrontar la catástrofe: luchando contra corriente como un salón o quedarse amarrado a la roca. El salmón levanta la cabeza y aguanta la mirada; los percebes, la masa, la audiencia, adoran a los ídolos de la mayoría, aplauden en el plató cuando el animador lo sugiere ante un político de su agrado aunque diga una cosa y la contraria. El salmón huye de la rutina, le espantan los tópicos, es más creativo, más osado.

«La mayoría de los políticos utiliza la estrategia del percebe». En esta irónica metáfora, la nueva fábula de la cigarra y la hormiga con cierto moralismo de izquierdas, dice la autora que entre los periodistas prolifera el espíritu salmón porque siempre andan hurgando en la grava y buscando en las cloacas”.

 

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José Luis Sampedro: … y mejor persona

No por esperado, el mazazo es menor: ha muerto José Luis Sampedro. Ayer, lunes 8 de abril a la una de la madrugada. En su casa de Madrid. En su casa. Esta mañana, tal como él quería, ha sido incinerado sin avisar prácticamente a nadie. En total intimidad. Con la misma discreción que jalonó su vida. Solo después se ha contado.

Un economista –y profesor de economistas- pionero, de los que pensaba que esa disciplina ha de estar al servicio de la sociedad y alertaba de la deriva que estaba tomando desde hace muchos años. Un escritor sublime, lleno de sensibilidad y afán constructivo que deja una inmensa obra. Y, sin embargo, lo que más he admirado de él ha sido, es, su personalidad. Única. Excepcional. Pleno de lucidez, compromiso y una especie de ternura incontaminada. Era alguien que enriquecía en cada aliento de su voz, en sus gestos. Siempre dispuesto a colaborar en las causas justas.

Quiero llorar desde un rincón lo mucho que le quiero pero también me veo un poco impelida a compartir lo que él y su muerte me inspiran. Hace tiempo que él quería irse. Al lado de su mujer, Olga Lucas, de su hija Isabel, de Amaya, su mano derecha, de un reducido grupo de amigos, ha tenido una vejez maravillosa. Una segunda oportunidad de vida, como no dejaba de recalcar. Pero desde hace unos años sus facultades se venían deteriorando. Por eso en uno de sus últimos cumpleaños, 94, en la Cala de Mijas, su brindis fue:

“Esto es la vida. Animaos todos. Porque se puede llegar a los 94 años y más, siendo feliz. Aunque uno se levante y se tenga que poner la boca, los ojos y los oídos. Se puede ser feliz a pesar de los jefes y de que muchas de las cosas que nos rodean nos parezcan impedimentos. Por nosotros mismos. Tenéis una vida. Cada uno la suya. ¡Aprovechadla!”.

Nos despedíamos cada vez que nos veíamos. Si los sentidos fallaban, parecía potenciarse aún más si cabe su enorme talento, su empatía con los demás. Y su mano seguía apretando, con calor y fuerza, en cada hasta luego. En este 1 de febrero cuando alcanzó los 96 que serían los últimos. Siempre daba las gracias. Sinceras. Asombrosa humildad.

Le gustó mucho que le concedieran el Premio Nacional de las Letras 2011, que el Ministerio, presidido ya por Wert, tardó tanto en entregar que ya no era sensato acudir al acto. En su sencillez, le hacía ilusión, de alguna manera inscribirse en la historia de los fundamentales, algo así como tener razón. Que lo uno, no quita lo otro.

En los recuerdos que se le prodigan –muy justos- no faltará el repaso de su obra. En ella tenemos para releer y atesorar su riquísimo pensamiento y debemos hacerlo para afrontar los duros momentos que vivimos y que tanto le preocupaban. Una auténtica guía.

Yo me quedo con la figura de un hombre entrañable, profundamente comprometido, humano. Sus logros le costaron esfuerzos. A los 16 años ya era funcionario de Aduanas por oposición y allí empezó a escribir en el reverso de los partes. Luego la carrera de Economía. La docencia. Los libros. Los puestos internacionales. Se exilió, harto. Alguna vez decía que España se había exiliado de nosotros. Ésta. La que se ha reproducido amargamente, hasta enturbiar el último año de este hombre que veía repetirse los errores por cuya erradicación luchó.

Le gustaba el otoño. Y el mar. Era historia viva. Hasta me contó los avatares de una pionera del periodismo: Josefina Carabias, empleada de camarera en el Palace para obtener información. Le gustaba la música y canturreaba canciones. Un agudo sentido del humor con el que aliñaba cuanto hablaba, porque los atropellos no pueden quitarnos hasta eso. Una especie de fragilidad en su fuerza que invitaba a abrazarle para extraer de él también su ternura.

Lo peor de la muerte es que deja un vacío, una ausencia. Porque José Luis Sampedro ha tenido una vida plena, insobornablemente libre, coherente. Y se ha ido en paz. Y eso nos deja consuelo. Ese doble sentimiento de dolor y conformidad. Sé que quiere que arropemos a Olga, si se deja. A lo mucho que vale. Ha entregado su vida a él. Demasiada densidad para desprenderse de una presencia tan rotunda.

Nos ha dejado frases, ideas, que invitan a no cejar nunca en la lucha. Pero ahora, en este especial momento, lo que me vienen a la memoria son los versos del poeta José Ángel Valente:

De ti no quedan más

que estos fragmentos rotos.

Que alguien los recoja con amor, te deseo,

los tenga junto a sí y no los deje

totalmente morir en esta noche

de voraces sombras, donde tú ya indefenso

todavía palpitas”.

El amor lo tiene, desbordado. Y no dejaremos morir el inmenso ideario que nos ha legado. La búsqueda del pensamiento crítico, de la verdadera libertad.

*Publicado en eldiario.es

*Public

Actúa. Una sociedad en la cazuela

 

El viernes pasado presentamos en Barcelona el libro colectivo Actúa, una evolución del gran éxito editorial -y social- de Reacciona.  Nos presentó Miguel Aguilar, el director editorial de Debate.

   Después traté de suplir, con resúmenes y citas textuales, a los autores de los 7 capítulos que no estaban presentes. Luego hablaron de su capítulo en Actúa los economistas Àngels Martínez Castells (La salud como mercancía, la sanidad como botín) y Albert Recio (Campeones del paro y la precariedad), el científico Sergio Pérez Acebrón (que con Esther Samper escribre Tiempos oscuros para la ciencia) y el  periodista Ignacio Escolar (La olvidada igualdad). Lo hicieron brillantemente ante una sala abarrotada, muy atenta y muy participativa.

Un familiar grabó -de modo artesanal-  mi intervención final sobre mi propio capítulo: Una sociedad en la cazuela.

Luego muchos amigos se acercaron a que les firmáramos libros y sobre todo a charlar un ratito. Con ganas de superar la depresión a la que nos aboca la terrible situación que estamos viviendo y de cambiarla para lograr una sociedad más justa.

 

“Reacciona” ya está en la calle

Ya está en la calle. En un tiempo récord. Con todos los medios para que se difunda. El caldo de cultivo de este blog, el empuje de aquel contrATTACando que hicimos en Noviembre, ver que en Francia había muchos ciudadanos dispuestos a indignarse y escuchar vientos de cambio, ha desembocado en este libro. Su contenido merece altamente la pena en mi opinión. Es un relato documentado, escrito con razón y pasión, con libertad, sin etiquetas. Ilusionante.

Reacciona es un libro “de argumentos” y aún así destacan ideas condensadas en frases.

Stéphane Hessel:

“Frente a los peligros que enfrentan nuestras sociedades interdependientes, es tiempo de acción, de participación, de no resignarse. Es tiempo de democracia genuina. Tiempo de movilizarse, de ser actores y no sólo espectadores impasibles, progresivamente uniformizados, gregarizados, obedientes”.

José Luis Sampedro:

“Se confunde a la gente ofreciéndole libertad de expresión al tiempo que se le escamotea la libertad de pensamiento”.

“Debajo de la alfombra aparece un suelo corroído que no va a mejorar remendando la alfombra para taparlo mejor. Occidente puede correr la misma suerte de otros imperios extinguidos, dejando un vacío bajo la palabra Europa”.

Federico Mayor Zaragoza:

“La crisis sistémica no se puede abordar simplemente insuflando recursos económicos o impulsando la producción de sectores clásicos de la economía sino con un cambio profundo centrado en la sostenibilidad humana y ambiental”.

“Es, pues, una ocasión histórica para redefinir el sistema económico mundial a favor de la justicia social. ¡Ha llegado el momento de “rescatar” a los ciudadanos! ¡Ha llegado el momento de “superar los límites de lo posible”!”

Baltasar Garzón:

“La corrupción como fenómeno que genera injusticia y desigualdad entre los ciudadanos, debería levantar océanos de protestas y rechazo frente a quienes deberían ofrecer respuestas para erradicar esas prácticas torticeras en una sociedad y no lo hacen”.

“Es el momento de que la sociedad civil actúe unida, mano con mano, hombro con hombro, como en las grandes ocasiones en las que ha sido convocada a salvar la situación. Hoy, es el momento en el que, más allá del esfuerzo diario de sobrevivir, seamos capaces de ponerle fin a las acciones de los que quieren aprovecharse de las instituciones, corrompiéndolas y destruyéndolas, y de conseguir su expulsión de la vida pública”.

Juan Torres López:

“¿Estaban en la inopia los funcionarios mejor pagados del mundo, los economistas más reputados, eran simplemente ignorantes e incompetentes o sencillamente mentían?”

“Es mentira que haya que recortar el gasto para salir de la crisis porque los déficit y la deuda no se han producido porque los gobiernos sean unos “manirrotos” y el gasto social excesivo, como suele divulgar la opinión neoliberal predominante.”

Angels Martínez Castells:

“A lo que más se parece la privatización de empresas públicas en muchos casos, es a un robo con desfalco que debería figurar en el Código Penal”.

“Una estimación cautelosa estima que las fugas de capitales a los paraísos fiscales supone que los Estados dejen de ingresar entre 250 y 300 mil millones de dólares anuales. Es el gran robo organizado, a gran escala. Y consentido”.

Rosa María Artal:

“El viejo lema de los medios, de todos los medios, “informar, formar y entretener”, pasó a convertirse en “entretener para vender”.

“Libertad de mercado pues, pero tiene que incluir otras libertades imprescindibles, de cumplimiento conminatorio: la libertad de comer, de beber agua potable, de vivir, de educarse, tener acceso a la sanidad, a la justicia, a la cultura, a pensar y a expresarse. Todos. La libertad no puede ligarse únicamente al beneficio económico”.

Ignacio Escolar:

“España también cuenta con el récord absoluto de paro juvenil del primer mundo: un 40,06%. Hay que viajar al norte de África, hoy en llamas, para encontrar un porcentaje de paro juvenil similar a esta cifra”.

“De todos los argumentos contra cualquier movilización, hay uno especialmente repetido desde que existen las huelgas: “No va a valer de nada”. ¿En qué estrellas está escrito que nada de nada va a cambiar?”

Carlos Martínez y Javier López Facal:

“En el ranking Scimago de universidades del mundo, figuran seis universidades alemanas entre las doscientas primeras, frente a una sola española”.

“No es una extravagancia propia de ricos ociosos, el hecho de que los países de mayor producción tecnológica y mayor dinamismo económico sean también los que más invierten en investigación básica. Se trata más bien de que los países son ricos porque investigan, no investigan porque ya son ricos”.

“No nos resignamos concretamente a que España no tenga una educación tan buena como la de Finlandia, o una investigación científica tan profesional como la de Suecia”.

Javier Pérez de Albéniz:

“La destrucción de la educación pública es el problema número uno de este país, de cualquier país, por encima incluso del paro, del terrorismo, de la corrupción política”…

“La cultura es la mejor revolución. Seguramente por eso a los Gobiernos mediocres y dictatoriales les espanta la posibilidad de un pueblo educado, culto, con preparación, con criterio”.

“No olvidemos que luchar por la cultura es luchar por el conocimiento, por la dignidad, por la igualdad.

Lourdes Lucía:

“El planeta se ha convertido en un gran casino financiero en el que se apuesta con el deseo de ganar mucho dinero en poco tiempo. Y las fichas con las que se juega van desde los ahorros a las pensiones, desde las hipotecas a los alimentos”.

“El interés de todos debe estar por encima del provecho individual. No es posible que el miedo, la desesperanza y la manipulación acaben con nuestra capacidad de reacción”.

Y así… 176 páginas. A 9,50 euros.

*A las cinco contestamos preguntas en 20 minutos, Lourdes y yo.

http://www.20minutos.es/entrevistas/rosa-maria-artal-y-lourdes-lucia/295/

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