Muertos ahorramos más al Estado

El gobierno presume de haber reducido el gasto farmacéutico en torno a un 20%. Ha sido a causa del co-pago farmacéutico. Solo que el re-pago farmacéutico ha elevado el IPC tres décimas. Es la cuenta de la vieja: el PP aligera sus cifras a costa de que paguen más los ciudadanos.

El caso es “ahorrar” de las arcas públicas. En Grecia, con un 6,2% de recesión tras años de duros recortes, ya no operan de cáncer porque.. es caro. Desde luego, muertos ahorramos mucho al Estado. El problema es que ¿de dónde sacarán los gobiernos los fondos para mantenerse? Casi muertos, oprimidos, mucho mejor.

Siempre quedará algún ciudadano vivo. Recortado su sueldo –de tenerlo- y sus derechos. Suben los transportes. Hasta un 100% en Murcia, el 50% en muchas comunidades. El IVA de septiembre hará insostenibles las facturas de gas o electricidad, ya de por sí desorbitadas. Se incrementa el gasto de material escolar, mientras merma la educación. La lista de los atracos perpetrados a la ciudadanía llenaría páginas. Por restar, hasta han reducido las subvenciones para vacaciones de la Tercera Edad que habían sacado del ostracismo a esa generación en el umbral de la despedida. Muérase ya, pero jodido, “como dios manda”.

Todo se resume en esta máxima: pagamos más por menos.

Arde España. Se abrasa, “precisamente”, en parajes idílicos tras irse avanzando la conveniencia de reformar la ley del PSOE que prohibía construir sobre suelo quemado. Y se carboniza La Gomera, y mueren personas que intentaban apagar el fuego en Alicante… y el ministro “responsable” Arias Cañete se va a los toros con el Rey. Y luego argumenta que sí, que los recortes, tienen que ver con el hecho de que se hayan quemado tres veces más hectáreas que el año pasado. Tiene una ventaja, los brigadistas muertos ya no gastarán más.

Rescatados, con una gestión económica que se eleva a los anales históricos del fracaso, el poder otorgado al PP solo muestra eficacia en su decidida involución ideológica y en la represión de las protestas. Nuestros impuestos –cada vez más elevados- solo sirven para eso: para que el PP nos recorte libertades.

Llamar a las cosas como son que propugno desde hace tiempo con insistencia, la “linguística de la ira” como ya está empezando a llamarse, se despliega esta mañana en un texto impresionante titulado “Un cañón en el culo” de Juan José Millás. Conviene sacudir, poner frente a su hipocresía,  a ese sector cómplice de los atropellos que se asusta con las palabras como si fueran monjas ursulinas. Está muy claro lo que pasa. Empiezo a pensar que hasta los de la doble  y única neurona en la que solo cohabitan PP y PSOE, lo saben. Esto explica entre otras cosas Millás:

A usted y a mí nos están colocando en los bajos del tren una bomba diaria llamada prima de riesgo, por ejemplo, o intereses a siete años, en el nombre de la economía financiera. Vamos a reventón diario, a masacre diaria y hay autores materiales de esa colocación y responsables intelectuales de esas acciones terroristas que quedan impunes entre otras cosas porque los terroristas se presentan a las elecciones y hasta las ganan y porque hay detrás de ellos importantes grupos mediáticos que dan legitimidad a los movimientos especulativos de los que somos víctimas”.

(…)

En la economía real, para que una lechuga nazca hay que sembrarla y cuidarla y darle el tiempo preciso para que se desarrolle. Luego hay que recolectarla, claro, y envasarla y distribuirla y facturarla a 30, 60 o 90 días. Una cantidad enorme de tiempo y de energías para obtener unos céntimos, que dividirás con el Estado, a través de los impuestos, para costear los servicios comunes que ahora nos están reduciendo porque la economía financiera ha dado un traspié y hay que sacarla del bache. La economía financiera no se conforma con la plusvalía del capitalismo clásico, necesita también de nuestra sangre y en ello está, por eso juega con nuestra sanidad pública y con nuestra enseñanza y con nuestra justicia al modo en que un terrorista enfermo, valga la redundancia, juega metiendo el cañón de su pistola por el culo de su secuestrado.

Llevan ya cuatro años metiéndonos por el culo ese cañón. Y con la complicidad de los nuestros.”

El 90% de los incendios son intencionados

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España arde por los cuatro costados, causando víctimas mortales, y superando ya, en este momento, la cifra de hectáreas quemadas de todo el año 2008. En el último cuarto de siglo España ha visto quemarse casi el diez por ciento de su territorio, una superficie equivalente a la de todo Aragón. Tres de cada cinco fuegos se producen en Galicia. Muchos de ellos son intencionados. Según datos de Greenpeace, el 90%.  

En 2005 hice un reportaje en Informe Semanal sobre los incendios. Comenzamos en Galicia. Me sorprendió que, con enorme soltura, algunos apuntaran “a la política” como causa. Jamás lo había sospechado. La derecha culpaba a la izquierda y la izquierda a la derecha, tanto de oscuros intereses como de revancha. Igual en ambos sentidos. Desde la Xunta –socialista en aquel momento- hablaban de condiciones climatológicas extremas: hubo vientos de hasta 60 kms. por hora, decían.

Aclaro lo de los “oscuros intereses”. Durante décadas el suelo forestal quemado podía, inmediatamente, convertirse en urbanizable. En 2006, la entonces ministra de medio ambiente, Cristina Narbona, saca adelante una nueva Ley de Montes, que prohíbe cambiar el uso forestal del suelo quemado para convertirlo en urbanizable durante al menos 30 años después de producirse el incendio con el fin de luchar contra la especulación. La aprueba el pleno del Congreso, con el voto en contra del PP.  No hemos sabido de los frutos de esta legislación.  

Hasta el verano, se habían producido en España 18.000 incendios y sólo se habían identificado a 227 de sus causantes. Quema de rastrojos, cigarrillos mal apagados o venganzas, suelen figurar entre las causas investigadas por la Guardia Civil. Pero la experiencia indica que apenas ninguno va a la cárcel. Porque resulta difícil coger a una persona con las manos en la masa y probar que es el autor.

Entre tanto el campo se despuebla y no hay un seguimiento continúo durante el año para limpiar rastrojos.  Este punto es básico, la maleza arde con más facilidad.

Sobre los retenes forestales también recaen sospechas de causalidad. Algunos son detenidos como causantes. La precariedad de su trabajo, fácil de solucionar, dispara las sospechas. Pero la mayoría trabajan con esas deficiencias, hasta la extenuación, fuera de su horario y con riesgo de sus vidas.

El fuego no entiende de fronteras y aquel año –y muchos otros- se cebó también con Portugal. La península ibérica acapara el alarmante récord de gestar en su suelo el 81% de los incendios en la Unión Europea.

Por cada hectárea quemada en Galicia el fuego arrasa 4 en Portugal. Las condiciones físicas, climatologías, humanas incluso –también hay pirómanos- son semejantes. La diferencia fundamental está en que allí faltan medios tanto para prevenir los incendios como para sofocarlos. La mayor parte son voluntarios.

En Portugal no hay el debate sobre revanchas políticas que se produce en España para explicar los incendios. Las autoridades insisten también en las difíciles condiciones climáticas. Y sobre todo en la orografía del terreno, regalo de una generosa naturaleza. Pero la población del campo ha pasado a ser sólo un tercio de lo que era hace 30 años y los bosques se convierten -aún más que en España- en selvas porque no se limpian suficientemente.

Múltiples causas se suman en esta sinrazón e indican -por los abultados datos del desastre- que algo o mucho no se está haciendo bien. La tierra respira por el bosque y los troncos retorcidos, secos, muertos para siempre, nos ahogan un poco a todos nosotros.

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