Las fiestas versallescas de los hijos de Ana Mato

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Publicaba hace unos días El Mundo que Ana Mato consideraba su mejor momento del día “por la mañana, cuando veo cómo visten a mis niños”. La policía ha encontrado una serie de documentos relacionados con la trama Gürtel entre los que se encuentran facturas de los viajes, regalos y coste de las fiestas de cumpleaños y comuniones que regaló –presuntamente- a la hoy ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad -que tiene su ironía- y a su entonces marido Jesús Sepúlveda, ex alcalde de Pozuelo de Alarcón imputado –hasta las pestañas- en esa red corrupta. No faltaba un detalle, como veréis. Una fiesta digna de príncipes versallescos.

 Esta mujer es la que ha quitado la sanidad a los emigrantes condenándoles en muchos casos a una muerte segura. La que hace pagar por ambulancias, sillas de ruedas, medicamentos. Este presupuesto es para un solo día de agasajo a alguna de las criaturitas de Mato a la que visten otras personas. Para que os hagáis una idea, había seis puntos para lanzar confetti. Como éste. En ello se pulveriza nuestra salud… y nuestra dignidad. Por aguantarlo.

De insultos y navidades

Cuando era pequeña inventé una forma de insultar a mi abuela materna absolutamente impune. La adoraba porque lo merecía en grado sumo y porque ya entonces intuía lo injusta que fue con ella la vida. Y el cariño era mutuo. Pero en los momentos de incordio algo hay que hacer para liberarse. Yo le decía: “¡Oliva!” en el tono adecuado para que entendiera perfectamente mi intención. Acudía entonces ella a mi madre:

-La niña me ha insultado.

-¿Qué te ha dicho?

-Oliva.

-Eso no es un insulto- respondía mi madre zanjando la cuestión.

Todavía no sabía yo que en el resto de España, llamaban aceitunas a las olivas, que, en absoluto hubiera sido lo mismo. ¿Cómo iba yo a llamar “aceituna” a mi abuela? Pero oliva sí, a mí me gustaba especialmente la palabra. Constituía por tanto un insulto cariñoso. Y a la vez reivindicativo. Y muy femenino en la línea que siempre nos han enseñado a las mujeres: el camino sinuoso, nunca directo, para lograr objetivos. 

Solo que… hubo un día que lo olvidé. Todo. Hasta llegar a desaprender las más hipócritas “armas de mujer”, perder el tiempo en disimulos, acosar dando vueltas, e insultar adecuadamente (cada digo más tacos y soy más políticamente incorrecta).

Toda la retahíla de improperios viene a mi mente ante tantos atropellos que contemplo. Sólo que la mayoría desmerecen también a colectivos completos. No tiene por qué considerarse despreciable ser hijo de puta, ni cabrón, ni marica por supuesto, ni hay que cargar a las familias con las culpas de uno de sus miembros defecando sobre ellos. Ni siquiera es un demérito ser tonto o insustancial, viene en el pack de nacimiento. Sinvergüenza, canalla, vendido, corrupto, putrefacto, inmundo, miserable, nauseabundo, sucio, repugnante, traidor… todos esos resultan más precisos. Aunque, a veces, se quedan cortos y, tal vez, sería preferible adquirir nuevos, con nombres propios. Seguro que se os ocurren unos cuantos. A ver quién resistiría imperturbable que le llamaran Berlusconi, pongo por caso. O Mayor Oreja, me califican a mí de “una Mayor Oreja” y me hunden en la miseria. Por cierto, los franceses ya pueden seguir increpando con el apellido Le Pen. Al ultraderechista de pata negra, le ha nacido un esqueje: una hija que barre en audiencias.

Comprendo que debería empezar a inundarme ya de paz y amor. Pero es que, al estado general de la cuestión, se nos da por añadidura la navidad. Un convencionalismo destinado a consumir desde hace ya décadas. Y a que familias y amigos que se quieren estén en juntos, si pueden, para olvidar por unas jornadas lo que ellos u otros tienen encima. O a que se junten por obligación quienes se llevan a matar. O a compartir la felicidad, que también puede ser.

Y por más que uno no quiera, no escapa. Sucede que esto de las navidades siempre ocurre los 24 y 25 de diciembre y los 31 de ídem y el 1 de enero. Y, claro, uno recuerda más por las fechas exactas lo que tuvo y no tiene o lo que podría tener o vaya Vd a saber. Aunque le suceda lo mismo el 11 de enero o el 7 de Noviembre, pongo por caso.

Y que ya está encima. Con los grupos de vociferantes ganadores de la lotería, dando saltos y bebiendo cava, rodeados de micrófonos y cámaras para que nos cuenten la gran novedad que supone ganar un dinero extra, y el delicado proceso de la compra del billete.  El mundo feliz. Vd. también puede. Compre lotería. Privatizada. Parcialmente, ya sé.

Los príncipes de Holanda se van a la Patagonia ¿Dónde disfrutarán de las fiestas los inauguradores del AVE? ¿Y los "mercados"?

Con posibles, es fácil huir de la navidad convencional. Pero ni eso, aunque, al lado de la miseria de tanta gente, uno no debe quejarse. Trataré de ser buena, dar y recibir felicitaciones, y, como me gusta cocinar, me esmeraré aún más en los menús sin gastar mucho dinero.

De momento, lo que la navidad me provoca, por infinidad de razones -de todos los colores y calideces-, es decirle: ¡Oliva!

Fues eso. Feliz Navidad. A mi familia felina, le encanta este vídeo:

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