El arte y la ciencia de no hacer NADA

newton-manzana

¿Alguien se imagina a Newton anotando en su lista de tareas: sentarse en el jardín a ver caer objetos? No, evidentemente no. La fascinante pregunta figura en un libro titulado “El arte y la ciencia de no hacer NADA”, el piloto automático del cerebro, que publica en España Clave Intelectual. Su autor es un joven científico norteamericano de origen sueco, Adrew J. Smart. Es un libro que se apoya en los últimos avances de la neurociencia aplicados a esta sugerente teoría. En cierto modo, una parodia de los libros de autoayuda. Crítico y provocador.

Es cierto que la actividad, el trabajo, enlazar unas tareas con otras, se ha convertido en norma en el mundo actual. Más aún, una adicción y una exigencia continua. Smart propone lo contrario: el cerebro necesita descanso para poder ser creativo. Cuando aparentemente “no hace nada” es cuando surgen las grandes ideas. Es, además, como si se activara el piloto automático en un avión proporcionando descanso para poder dedicar las energías a momentos más esenciales como el aterrizaje.

Los avances de la resonancia magnética han permitido comprobar que hay una red neuronal la DMN (default mode network) que bulle en actividad cuando se supone que el cerebro está en reposo y que además está vinculada con funciones bastante importantes, como la interconexión de las diferentes áreas del cerebro, la creatividad y el desarrollo de la propia identidad. Porque uno no puede estar concentrado permanentemente, peligra hasta su salud física. Su cerebro, su corazón. Necesitan trabajar pero –a ratos- de otra manera, a su aire.

El libro recoge las teorías sobre el trabajo incesante –las actuales- o diferentes críticas y defensas que a lo largo de la historia se han hecho del “no hacer nada”. Hasta llegar a los procesos industrialización que imponen metodologías como la Seis Sigma, que dice buscar mayor productividad. En realidad, están destinadas a controlar y regular cada momento del proceso de producción, considerando al ser humano un engranaje más de su procedimiento.

Trato de meterme en vena este libro, sus sabios consejos. Llegan cientos de emails a diario con la mejor intención, múltiples peticiones de que hagas algo, nuevos sistemas de mantenerse conectado a través de otras redes. Yo uso Twitter fundamentalmente, y bastante menos Facebook, olvídenme las restantes. Las relaciones personales son necesarias y muy positivas, pero quizás existen demasiados medios de contacto. Y eso que me he negado a usar whatsapp, dado que parece ocasionar a sus usuarios una dependencia (para mí bastante incómoda). En definitiva, en los momentos de mayor cansancio, aparco lo que creo interesante o ineludible en la lista de favoritos. Pero están ahí, presentes. De esas continuas tareas pendientes también habla el libro. Es sano en algún momento, desecharlas, no se llega a todo.

La reflexión final lleva a replantearse el trabajo y el crecimiento económico que está destruyendo el mundo y a buscar la creatividad que podría salvarlo. Creo que tiene razón, este quehacer diario que en ocasiones se torna frenético de pasar del email, al twitter, y de ahí al periódico o al teléfono, merma de alguna manera las ideas brillantes. Incluso el bienestar. Empieza a pensar que un Newton agotado hubiera visto caer manzanas y ni hubiera reparado en ellas. Hay que poner el piloto automático y disfrutar de las nubes porque ahí es donde pueden surgir ideas innovadoras y gratificantes.

piloto

La mitad de las nuevas especies son insectos

Los científicos (concretamente los de la universidad del Estado de Arizona en EEUU) están muy sorprendidos: una de cada dos nuevas especies que encuentran es un insecto. Los últimos datos computados proceden de 2009, año en el que hallaron 19.232 especies nuevas: casi 10.000 por tanto eran insectos. No es que los investigadores no sepan de su extraordinaria abundancia, es que pasan los siglos y siguen apareciendo nuevos por miles.

La mayor parte (3.485) son escarabajos. Uno de ellos con pelo como el que muestra la foto. Los coleópteros –que es como en realidad los llaman- constituyen de hecho la familia dominante en el reino animal. Entre las diversas morfologías de la especie, es interesante destacar a los escarabajos peloteros como ejemplo. Comen excrementos propios y ajenos y lo curioso es que depositan sus huevos en materia fecal, de la que se alimentan sus crías para seguir de adultos con las mismas prácticas nutritivas.

Los insectos representan la mayor parte de la vida en la tierra. Los científicos calculan que hay 200 millones por cada ser humano, a menudo forman plagas. Se debe sobre todo a su asombrosa capacidad para reproducirse.

Hace años me llamó la atención el comportamiento del piojo que voy a traer como ejemplo de lo que seguramente ocurre con estas desconocidas especies. Los piojos poseen dos pares de testículos, cuatro testículos, vamos, y su pene vendría a ser proporcionalmente como el muslo de un humano. Atienden a casi dos decenas de hembras cada uno de ellos y pueden llegar a emplear hasta cinco horas en el coito. Es decir su fin es la procreación, su multiplicación y, salvo por la promiscuidad a la vista de todos, se comportan “como dios manda” para su fin colonizador. Son ectoparásitos, ya desde huevos (llamadas liendres) los piojos se adhieren al pelo de su huésped.

En la familia parásita destacan también las garrapatas que, con similar sistema de búsqueda de nutrición, se alimentan de sangre ajena (normalmente de mamíferos), propiciándoles al tiempo gran número de enfermedades infecciosas.

Sé que nos dan asco, que tal vez por ello menospreciamos su fuerza, pero puede ser una actitud suicida. Leo que solo el mar se libra de los insectos pero tampoco es un medio apto para los humanos. Sólo que sí puede ser, por su tamaño y agrupación en manada, que el agua les barra con más facilidad que a nosotros.

No descubro nada nuevo ya desde la fábula de los hermanos Grimm, con el flautista de Hamelin, se sabe que a las plagas hay que atajarlas cuanto antes.

Hacia una sociedad medieval

“No es una extravagancia propia de ricos ociosos, el hecho de que los países de mayor producción tecnológica y mayor dinamismo económico sean también los que más invierten en investigación básica. Se trata más bien de que los países son ricos porque investigan, no investigan porque ya son ricos”. Así lo esgrimían, aportando datos, Carlos Alonso Martínez y Javier López Facal en Reacciona. “En el ranking Scimago de universidades del mundo, figuran seis universidades alemanas entre las doscientas primeras, frente a una sola española”, decían también. “Alemania produce el 41% de patentes solicitadas a la Oficina de Patentes Europeas, frente al 1,2% de España”, añadían. “No nos resignamos concretamente a que España no tenga una educación tan buena como la de Finlandia, o una investigación científica tan profesional como la de Suecia”, continuaban. “Conseguir el nivel educativo y el nivel científico de Finlandia y Suecia no es imposible: es una cuestión de diseño estratégico, de consenso político y social, de reformas en la arquitectura institucional y de esfuerzo económico sostenido”. Para concluir: ”O mejoramos de manera muy significativa nuestros niveles educativo y científico, o seguiremos adorando a Zeus, Júpiter, Odín y otros dioses, tan enternecedoramente europeos, como definitivamente anacrónicos”.

Y ni siquiera son ya los románticos dioses griegos, romanos o nórdicos, tan literarios como irreales. El gobierno del PP ha decidido cortar en 600 millones de euros los presupuestos de ciencia y tecnología, mientras entrega medio millón de euros diarios a la Iglesia católica. Como dios manda, dicen, sí, el dios medieval que oprimía a la población y la sumía en la miseria y la ignorancia para mayor gloria de las clases privilegiadas. Exactamente igual que ahora.

“Pero aquí no acabamos de enterarnos de nada de esto. Aquí llega uno a la Moncloa, le dan unas tijeras y se cepilla 600 millones del presupuesto de ciencia y tecnología. Le copió la idea al que le pasó las tijeras. Aquí no se aspira al porcentaje del PIB que invierten en investigación los países más desarrollados (3%), ni siquiera al del montón de la Unión Europea (2%), sino al campante y bajante 1,4% de los colistas profesionales. Aquí el centro que investiga en energía y medio ambiente amenaza cierre por cicatería administrativa, y el CSIC en su conjunto se hunde en el pesimismo. Aquí a los científicos que hemos formado con esmero les decimos lo que Lola Flores a sus hinchas: “¡Si me queréis, irse!”. Esto lo escribía en un alarido el científico Javier Sampedro en El País, quien, como es lógico, también aportaba datos:

“El gran arranque de la industria estadounidense solo se produjo en los años veinte, cuando el Gobierno federal y el recién creado National Research Council atizaron a todas sus grandes empresas –Westinghouse, Kodak, Standard Oil, Du Pont, AT&T, General Electric– para que apostaran en firme por la investigación.

Tras la Gran Guerra, las grandes empresas occidentales empezaron a dedicar esfuerzos sistemáticos a la actividad científica, y fruto de ello fue la implantación de la radio, el coche y el aeroplano en la vida cotidiana. Cada país es hoy líder allí donde financia a sus científicos y a sus ingenieros. Estados Unidos puso sus recursos en aeronáutica, satélites y ordenadores, y en ese mundo estamos. Japón los puso en videojuegos, videocámaras y coches, como cualquiera puede ver en su casa”.

Jesús Rubio Malagón. Malagonadas.

Hoy el único dios es el dinero, dirigida la sociedad por mentes conservadoras que se apoyan en el dios primigenio de cuando no había ni carreteras, ni aviones, ni teléfonos, sino masas de dinero a amasar y el más grande desequilibrio social. Por el dinero de unos pocos se corta el progreso, apoyados en el “Efecto Mateo”:

Nuevo Testamento. Mateo, capítulo 13, versículos 11-13

“A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos, no. Porque al que tiene se le dará más y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran, y no ven; oyen, pero no escuchan ni entienden”.

El amigo Lucas redundaba en el capítulo 19, versículo 26

“Pues yo os digo que a todo el que tiene, se le dará; mas al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará”.

Hachazos también por tanto a la cultura, cuyo ministerio desaparece. En peligro el Estado del Bienestar que aporta, entre otras cosas, educación universal y gratuita. “La cultura es la mejor revolución. Seguramente por eso a los Gobiernos mediocres y dictatoriales les espanta la posibilidad de un pueblo educado, culto, con preparación, con criterio”, escribía en este caso Javier Pérez de Albéniz en Reacciona. Y concretaba: “Hemos aceptado sin reservas que los líderes políticos transmitan ignorancia. No nos escandalizamos ante la imagen grotesca de altos cargos que no hablan idiomas, se expresa con dificultad, leen como chavales de primaria o se insultan y faltan al respeto”.

Pero es que en el dios casi del Cuaternario, en el medieval, tampoco había televisión ni periódicos. No había presunta “objetividad” y no se apisonaban los datos reales con opiniones disuasorias. “El otro” no era llamado invariablemente a decir lo contrario y llamar a equívoco. Entonces el pueblo malvivía a favor de los protegidos divinos y como mucho se escapaba a escribir anónimamente “El Lazarillo de Tormes”, para que generaciones enteras luego justificaran la corrupción y el latrocinio endémicos de la sociedad española.

El progreso lo trajo la ciencia, la cultura, el conocimiento. Todo lo que los adoradores del “dios dinero para unos pocos” -vestidos en España “como para una boda”-  quieren y están consiguiendo cercenar.

Estrellas fallidas, planetas de medio pelo

Fuente: El País

“Las enanas marrones son cuerpos celestes peculiares, a mitad de camino entre las estrellas y los planetas. Pero ni son estrellas normales (porque no tienen suficiente masa para encender en su interior las reacciones nucleares necesarias para brillar), ni son planetas (porque no están en órbita de un astro, sino flotando libremente en el espacio)”. Así lo explica la noticia que da cuenta de un hallazgo de científicos de la Universidad de Toronto por el que se han topado con más de dos docenas de estas estrellas enanas marrones, a las que llaman en realidad “estrellas fallidas”.

Las pobres no pueden ser clasificadas en las etiquetas preexistentes. No brillan que es un grave inconveniente para ser estrellas de primera y no puede ser planetas porque para ello precisan tener un astro alrededor del cuál girar. Van por libre. Sin brillo, sin astro regidor y a su aire ¿Cómo podían considerarlas dentro de la ortodoxia?

En modo alguno es una crítica a los científicos a quienes adoro. Entiendo perfectamente que mientras se determinan características comunes para hacer un grupo o definición se obre con cautela. Por lo que voy leyendo ocurre que probablemente hay más estrellas enanas marrones de las que se creía, sin embargo, pero es más difícil dar con ellas por aquello de su opacidad y porque se apartan de los esquemas conocidos.

Igual peco de la osadía del profano, pero me parece entender que el patrón para medir cuerpos estelares es Júpiter que vendría a ser al espacio como Alemania para Europa, para el Euro y para el modelo de rectitud. Como el “todo el mundo” de la España conservadora.

Desde 1963 en el que un científico que ni tiene página en wikipedia, Shiv Kumar, se dedicó a buscar cuerpos celestes que no cumplieran las normas, se conoce la existencia de las enanas marrones. Y yo sin saberlo.

Parece que su error de comportamiento se produce porque queman deuterio (un componente del hidrógeno que debe ser el que permite brillar) en su juventud. Del todo, se quedan sin él. Tras ese dispendio, las enanas marrones siguen brillando por un tiempo debido al calor residual de las reacciones y a la lenta contracción de la materia que las forma, pero ya sin remedio para sus resplandores.

No tengo muy claro si no brillar y no tener un comportamiento gregario son condiciones para ser considerado quien quiera que sea un acto “fallido”. En esta soleada mañana de otoño -de fulgores y gritos, opacidades sin fin- encuentro sugerentes sin embargo a esos cuerpos celestes, vagando a su aire en tierra de nadie.

La cultura es la mejor revolución

El PP ha sacado el bulldozer aún antes de haber recibido las llaves de prácticamente todo el poder en España (En la UE que nos destruye ya lo tiene también).

   Tras el acoso a la educación pública (a la educación no mediatizada ideológicamente y dentro de lo que cabe porque el conservadurismo marca tendencia en nuestro país) añade ahora los hachazos a la cultura. Fuera el Festival de Cine de Valencia, mientras se mantiene un circuito de F1 pagado con dinero público. Un Alvárez Cascos desgajado del PP se carga el Centro Niemeyer en Asturias. Y es sólo el principio.

 “La cultura es la mejor revolución. Seguramente por eso a los Gobiernos mediocres y dictatoriales les espanta la posibilidad de un pueblo educado, culto, con preparación, con criterio”, escribe Javier Pérez de Albéniz en Reacciona.

 En el mismo libro, los científicos Carlos Martínez y Javier López Facal plantean varias ideas altamente interesantes:

“En el ranking Scimago de universidades del mundo, figuran seis universidades alemanas entre las doscientas primeras, frente a una sola española”.

“Alemania produce el 41% de patentes solicitadas ala Oficinade Patentes Europeas, frente al 1,2% de España”.

 “No es una extravagancia propia de ricos ociosos, el hecho de que los países de mayor producción tecnológica y mayor dinamismo económico sean también los que más invierten en investigación básica. Se trata más bien de que  los países son ricos porque investigan, no investigan porque ya son ricos”.

 “Conseguir el nivel educativo y el nivel científico de Finlandia y Suecia no es imposible: es una cuestión de diseño estratégico, de consenso político y social, de reformas en la arquitectura institucional y de esfuerzo económico sostenido”.

¿Y la información? Aquí me remito a José Luis Sampedro: “Se confunde a la gente ofreciéndole libertad de expresión al tiempo que se le escamotea la libertad de pensamiento”.

   España arrastra un castrador retraso en estas materias esenciales. En valentía también pese a cacareados mitos patrios. El alcalde de Nueva York cita al 15M para explicar las protestas estadounidenses contra los bancos, sí, pero una amplia mayoría esta acogotada en un rincón viendo cómo, de venir mal dadas, salva sus propios muebles. Entretanto quienes se comprometen en la defensa del bien común sufren un auténtico asedio de requerimientos a pronunciarse y participar más allá de sus fuerzas (léase el caso del citado José Luis Sampedro). Y no es justo, ni siquiera digno. Como dijo alguien en este blog, la pasividad es otra forma de violencia contra el conjunto de la sociedad.

   El camino de cercenar educación, cultura e información es el peor escenario posible para solucionar nuestros problemas pero hay que sumar fuerzas para combatirlo. Y usar la cabeza. Y la dignidad que, seguro, reposa en algún lado. ¿O tiramos todos la toalla? Muchas veces dan serias tentaciones de hacerlo.

  Recurro de nuevo a la foto de las prohibiciones de paso sobre un muro de cemento. ¡Es la propiedad privada, señores! La de unos pocos a la que protegen con los instrumentos del poder las políticas conservadoras.

 

Hotel abandonado en Alhama de Aragón (Zaragoza)

A la luna de la razón

Margherita Hack

No le debió ser fácil a esta mujer en los años treinta del siglo pasado decidirse a estudiar astrofísica, y menos en un período en el que el ser humano demostró la degeneración a la que podía llegar. Se llama Margherita Hack, es italiana y tiene 90 años. La primera mujer que dirigió un observatorio astronómico en su país. Su prestigio hizo que llamaran con su apellido a un asteroide. Yo no sabía de su existencia. Me he enterado por una de mis cadenas favoritas de televisión: Euronews. Informa en su auténtico sentido de la palabra. Sin estridencias. No hay cuotas, ni “rifirrafes”. Y sitúa en ese continente europeo que es mucho más que la UE y sus instrumentos de función… o disfunción.

Todo lo que dice y pueda decir esta mujer de vida plena y serena, parece interesante. Inermes ante el desconocimiento, los periodistas sin embargo le preguntan por lo que se puede abarcar. Incluso por la vieja amiga: la luna. Porque, aunque inalcanzable con las manos, forma parte de nuestro imaginario. Margherita no pierde la paciencia aun respondiendo que buena parte de los atributos que se otorgan a nuestro satélite son supersticiones. Si influye en nuestras vidas a veces es sólo porque –llena en particular- ilumina más la noche y si uno no tiene la precaución de bajar las persianas impide dormir a quienes necesitan oscuridad para ese cometido.

La mayor parte de su fascinación reside -como en tantas otras cosas- en lo que nosotros vemos. La luna ni se entera: es la misma sea cual sea su posición respecto a la tierra y al sol. Y, aún así, se le atribuyen propiedades que no tiene. Quizás, sobre todas, un poder generador de romanticismo y melancolía. La vida sería algo más tediosa si no fuéramos capaces de ilusionarnos pero ¿con la autosugestión? ¿Con… la mentira?

Me confieso hechizada por la ciencia, por cómo logra explicar lo que no sabemos, en esa rara mezcla de razón y pasión inherente al ser humano.

¿La luna? Al final no es más que una bombilla de mágicas luces. El resto lo ponemos nosotros. Tampoco está tan mal.

La investigación, subordinada al mercado

Carlos Martínez Alonso y Javier López Facal, mis queridos científicos coautores de Reacciona a los que cada día me alegro más de haber tenido el privilegio de conocer, escriben un maravilloso artículo en El País. Quiero con él despegarme un poco de la basura que nos circunda…

Empieza así:

Durante los primeros siglos de la ciencia moderna, su cultivo solía corresponder a caballeros de posibles, bien por su patrimonio familiar o por algún generoso mecenazgo. Ocurría también que el sabio podía obtener alguna sinecura regia, que le permitía dedicarse a su pasión secreta de escudriñar lo desconocido e inexplicado.

A medida que la ciencia se fue desarrollando y empezó a descubrir fenómenos y objetos que podían reportar alguna utilidad e incluso algún beneficio económico, la actividad de los sabios dejó de ser una ocupación de excéntricos visionarios para convertirse en una posible fuente de soluciones a problemas reales y en una herramienta útil a la sociedad y al poder.

Cuando Galileo presentó su recién construido telescopio al senado de la república de Venecia, en 1609, a los senadores les impresionó tanto que desde el campanile de San Marcos se pudiera ver Murano como si estuviese al lado, que lo hicieron fijo en su cátedra de Padua y le doblaron el sueldo. No es que a las autoridades venecianas les interesase mucho el estudio de los planetas del sistema solar, pero aquel artilugio tenía un evidente interés militar para la defensa de la República Serenísima.

Obviamente, el interés de las autoridades fue a más durante aquel siglo, que vio nacer las primeras academias y sociedades científicas, y se fue incrementando a lo largo del siglo XVIII, cuando prácticamente todos los monarcas ilustrados crearon reales gabinetes, jardines botánicos y museos, financiaron expediciones científicas, fundaron academias, observatorios astronómicos y centros de estudios superiores especializados.

Así, cuando Wilhelm von Humboldt creó la Universidad de Berlín en 1810, en un palacio donado por el rey Federico Guillermo III de Prusia, le propuso ya la doble misión de la enseñanza superior y la investigación, e introdujo en el currículo académico materias como la química, la física, las matemáticas o la medicina, además de las materias clásicas, habituales en todas las universidades. Esta universidad habría de servir de modelo a todas las que se irían creando en Europa y en América durante el siglo XIX, y de su eficacia como institución de enseñanza superior e investigación puede dar cuenta el hecho de que entre sus alumnos se encuentran 29 premios Nobel, entre ellos Albert Einstein o Max Planck. El siglo XIX, así pues, vio cómo la actividad de los científicos se convirtió en un asunto de interés general, para los gobernantes y los empresarios, que constataban que de su cultivo se podían obtener ventajas competitivas y negocios saneados.

En ese siglo, la ciencia empezó a llegar incluso al gran público y a los escritores, que crearon un género nuevo, la ciencia ficción. Cuando Mary Shelley publicó en 1818 su Frankenstein o el moderno Prometeo, no solo estaba inaugurando un género literario, sino también sentando las bases para la concepción popular, todavía ampliamente extendida, del científico como persona desequilibrada y potencialmente peligrosa para la sociedad.

El siglo XIX fue testigo de cómo la investigación científica se convertía en una actividad de interés público y, por lo tanto, en una cuestión política….

Completo aquí.

“Un móvil se puede recargar rezando”

Anda el mundo revolucionado porque el físico Stephen Hawking ha dicho que Dios no creó el Universo y que el Big Bang es una consecuencia inevitable de las leyes de la física. En realidad lo que explica, matizado, es: “dado que existe una ley como la de la gravedad, el Universo pudo crearse a sí mismo -y de hecho lo hizo- de la nada. La creación espontánea es la razón de que exista algo, de que exista el Universo, de que nosotros existamos”. Por tanto, “no es necesario invocar a Dios” para que haya cosmos.

Apenas voy a entrar en el fondo del asunto, por más que se vea bastante claro, y que mis dolientes neuronas matutinas sean espoleadas sin piedad con aguijones de cordura, cultura y debate, dando algún fruto (espero), sino en lo que más me llama la atención: vivimos tiempos de una profunda subjetividad al contemplar la ciencia. Y esa circunstancia desvirtúa la realidad. Y, en consecuencia, nos debilita.

Hawkings es un físico, no un teólogo, ni siquiera un filósofo; busca explicaciones tangibles a los dilemas que le genera la investigación científica. Y por tanto (científica, digo) plantea hipótesis y comprueba. Ni de lejos anda buscando a Dios por las esquinas. Pero este británico atado a una máquina empieza a ser el hombre más “interpretado” de la Historia. En su libro, de irónico título, “Breve historia del tiempo”, menciona “El principio de incertidumbre de Heisenberg”, formulado en 1927. Otro argumento científico, profusamente usado, hoy, para afirmar que todo es relativo y pare Vd. de contar. Puede uno estar hablando de Garzón o de la economía, que Hawking (como intérprete, en este caso, de Heisenberg, otro físico, alemán, de carne y hueso hasta su muerte) aparece para justificar que coexisten realidades alternativas y en el mismo plano. Sí, por ejemplo, Dios y una explicación científica del Universo. Pues si todo es relativo, no me cuente Vd. tampoco su creencia. Y no olvidemos que la incertidumbre parte de elementos físicos, reales.

 Dice mi hijo (el de los aguijones matutinos) que nos mandan personas que creen que “un móvil se puede recargar rezando”, cuando pocas veces en la Historia se ha dedicado tanto dinero a investigar en ciencia. Por ejemplo, en el acelerador de partículas, el Gran colisionador de hadrones, que tampoco busca a Dios, por más que al bosón de Higgs perseguido con tesón, se le llame -en los medios informativos, claro está-, “la partícula… de Dios”, precisamente. Lo que trata de hallar es el esclarecimiento racional de qué hacemos aquí y qué elementos de los que se tocan con las manos, se huelen, y se ven –siquiera con microscopio o telescopio, con los existentes y los futuros que se construyan- afectan a nuestra vida. Para mejorarla si se puede. Para caminar con los pies en el suelo y no entre ensoñaciones y entelequias. Lo que existen son cosas… aún no explicadas.

Hasta no hace mucho, un rasgo diferente, cualquier hecho inexplicable a las creencias religiosas, llevaba a la víctima a la hoguera, para ser quemado vivo sin piedad, purgando el peligroso pecado de pensar e innovar. Por el momento, eso se ha terminado (al menos en el mundo desarrollado). Pero, ahora, asistimos a un espectacular renacimiento de las supercherías mágicas. Desde la pulserita engañabobos, usada por el heredero al trono de España (sí, los móviles se deben recargar rezando), a todo tipo de conspiraciones asumidas pies juntillas.

Lo peor son las consecuencias: la confusión entre realidad y fantasía hace al ser humano más vulnerable a los ataques a los que es sometido por los distintos poderes. Porque ellos, los que mandan, aunque en el fondo de su corazón crean que cualquier portátil funciona con “avemarías”, tienen especial cuidado en enchufarlos a la corriente… por si acaso.

 (Dedicado a David y a Piezas)

El integrismo religioso vuelve a frenar la investigación con células madre

Un juez federal de EE UU ha ordenado la paralización cautelar de la financiación pública para investigar con células madre embrionarias. Un grupo de adopción religioso ha logrado detener el proyecto presentando una demanda que ese juez admitió a trámite.

La investigación con células madre fue impulsada por Barack Obama, tras los 8 años de mandato de George Bush que supusieron la congelación de estos experimentos. Bush, llamado en su día “el carnicero de Texas”, firmó, durante sus casi 6 años como Gobernador de este Estado, la ejecución de 152 reos de pena de muerte, el 30% de las llevadas a cabo en todo el país.

Vinieron después los miles de muertos de Afganistán desde el 11S, daños colaterales en la búsqueda infructuosa de Bin Laden y en combate con los integristas talibanes, los mismos que el propio EEUU se había encargado de alimentar previamente. Y los de Irak, por miles también sin precisar, dado que a la piel oscura, extranjera y pobre asesinada se la cuenta muy mal. Pero las “células madre embrionarias” -células, como su propio nombre indica-, han de ser preservadas.

Una de las primeras medidas de Obama fue restablecer la financiación pública de esta investigación que se considera vital para el tratamiento de muchas anomalías y enfermedades. EEUU es motor de experimentación ciéntífica y lo que allí se haga, o no se haga, influye en el resto del mundo. Pero el juez federal ha prestado oídos a la demanda de paralización ¿De qué nos suena esto? Curioso además es la causa de oposición de Nightlight Christian Adoptions argumentando que el uso de ese tipo de células supone la destrucción de embriones y, consecuentemente, una reducción en la cantidad de niños que podrían ser entregados en adopción a parejas que los soliciten. Por millones se mueren de hambre seres vivos de todos los tamaños a lo largo y ancho del mundo, sin que les echen un ojo.

Veo estos días la serie “Los Tudor”, y en ella se contempla con crudeza lo que tanto hemos sabido: el poder omnímodo de la Iglesia en nombre de la religión, sentada en Parlamentos e imponiendo a la sociedad como norma de vida unos postulados que deberían ser estrictamente privados y opcionales. Pero no, han de ser obligados y exigidos a toda la ciudadanía y su ordenamiento como grupo. Así fue durante gran parte de la Historia de la Humanidad. Lo sigue siendo, al parecer.

Las células humanas, las embrionarias en particular, son uno de los tabúes de los que hablaba ayer. De encendida controversia. Caracterizadas por su indefinida autorrenovación, mediante múltiples divisiones con carga genética, llevan en sí la capacidad de formar todos los tipos celulares de un organismo adulto. Sirven los embriones de 4 días. Pura célula, poco más que el óvulo fecundado por un espermatozoide salvado de la millonaria carrera al suicidio de cualquier eyaculación. Creados, además, en este caso, en laboratorio. Un inconcebible absurdo rechazar su uso científico.

Entre los Neandertales y el ruido

He apagado el insistente ruido que suena entremezclado y chirriante, en el que se reiteran sonidos como zapatero, rajoy, debate, economía y varias otras agrandadas según la ideología que marca al medio que las emite. Gritan las letras en el ordenador en similar onda. Y casi sólo llama mi atención el artículo sobre los neandertales en la excelente sección de ciencia en Público.

Lo creeréis o no pero me han interesado mucho estos homínidos toda mi vida. La evolución de especies sobre la tierra fue dejando muchas en el camino, hasta llegar a los homínidos que a su vez también fueron desapareciendo para dejar al mando al Homo Sapiens y sus descendientes: nosotros.

En prodigiosa tarea, las diferentes especies fueron aprendiendo a mantenerse en pie, a adquirir una visión frontal que facilitara su agudeza transformando incluso su morfología, a adaptarse al medio, a adquirir un comportamiento social, no solo para sobrevivir sino quizás para tratar de llevar una existencia placentera. Grandes proezas. Me fascina que la mayoría de los primates dispusieran de uñas planas en lugar de garras, porque eso prestó mayor sensibilidad a las yemas de sus dedos. Así, tocar cuanto les rodeaba, esencialmente a los otros, a sus crías, a sus compañeros sexuales, les enseñó probablemente a amar y cuidarse de los demás.

Pues bien, toda la vida menospreciando a los neandertales por toscos y obtusos -sobre todo en comparación con los cromagnones y en su día, sobre todo, con el Homo Sapiens-, y resulta que ahora sabemos que hablaban, se maquillaban, construyeron dormitorios separados de otras estancias, se llevaban restos de comida para tomar antes de dormir –lo que Público llama “tapas”-, realizaban oficios funerarios o enterraban a sus muertos con flores. Es decir, casi como actúan ahora muchos humanos, a excepción de comprar compulsivamente.

Ocurre que los neandertales desparecieron como poco hace 30.000 años, sin que nadie sepa por qué –se han esbozado distinta teorías-, pero lo que parece seguro es que su último reducto fue España. Me inquietaba que –aunque parece que no hubo cruce alguno con nuestra especie- el suelo patrio hubiera sido la última morada de unas bestias que habían aportado tan poco a la evolución a diferencia de otros colegas. Llegué a preguntarme qué restos de esa característica habían dejado en la imperecedera tierra que sigue dando frutos con los que alimentarnos.

Leo en Público también que The Guardian, el gran periódico inglés, llegó a publicar el mes pasado nada menos que un editorial pidiendo disculpas a los neandertales y no es ninguna broma. Porque también ellos habían usado la simbología neandertal para calificar a quienes consideraban retrógrados.

Conocer de la capacidad de los neandertales para organizarse, de su sensibilidad –con esas flores de despedida entristecida en la muerte- abre ciertas esperanzas. Igual hay que ahondar en el subsuelo para plantar lo que nos nutre.

Hace bien poco hablábamos aquí de que es la psicología humana y su forma de relacionarse con los otros casi lo único que no ha cambiado en la historia de la humanidad. Amamos y odiamos de la misma primitiva forma, para bien o para mal. Las piedras para lidiar afrentas o dominar al contrario han sido sustituidas por misiles y armas químicas, que supone precisamente una involución. Dudo incluso si no habremos perdido la sensación placentera del tacto, del gusto, del habla, aturdidos por tanto ruido, tanto ruido.

Dicen los investigadores que comemos lo mismo que nuestros antecesores obligados a un gran esfuerzo físico. El sedentarismo y la gula en consecuencia nos están matando. Nuestro lenguaje se acorta y empobrece, parecen hacerlo nuestras ideas y el afán por descubrir se limita a unos pocos que trabajan en ello para el resto que sestea. El ser humano se encorva de nuevo como muestra el difundido dibujo con el que ilustro este texto.

Inicio una huelga contra el ruido. Y dudo de si no será mejor volver a empezar desde una casa en paz y cómoda –aprovechando los avances de la civilización como muestra de inteligencia evolutiva-,  un barco en el mar, una parada en el desierto, para buscar el eslabón perdido del comportamiento humano. Hay esperanzas: la esencia neandertal aún debe andar bajo nuestros pies.

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