Basta levantar un pico de la alfombra para que inevitablemente surjan preguntas clave:
¿Por qué se atrevieron los bancos a ser tan codiciosos?
¿Por qué lo permitieron los gobernantes en vez de controlar el desenfreno, del mismo modo que controlan los productos alimentarios o las medicinas?
¿Por qué el público ha seguido votando a políticos tan descuidados en la defensa del pueblo?
Y, si seguimos levantando un poco más, tirando del otro pico ya encontramos algunas respuestas:
La primera que se me ocurre es que los actuantes en la crisis (desde el gobierno hasta el que pide el crédito y el desempleado), todos somos piezas de algo mucho más complejo que es nuestra sociedad, nuestro sistema de vida, nuestra cultura europea.
La segunda es que Europa está, pero ya no es. Ni siquiera es el “pequeño cabo de Asia”, como la definiera hace un siglo Paul Valéry. Europa está en coma, como así lo demuestra su apatía ante los grandes problemas. Incluso parece simbólico que siendo Bruselas la capital europea, Bélgica lleve más de medio año sin gobierno.
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Pero lo más grave y lo más destructivo para una civilización es, en mi opinión, la pérdida de los valores morales superiores y, con ello, de las más altas referencias para la conducta humana. Esa decadencia es la máxima barbarie y es muy perceptible en la situación actual. El alto ideal de justicia, por ejemplo, aparece viciado con frecuencia y, sobre todo, el derecho internacional ha sido violado repetidamente según ocurrió con Irak. El desdén por la difusión de la educación y la sanidad en los países más pobres, la sobreexplotación de los más débiles, como la infancia o la mujer, violan valores, supeditándolos a los intereses materiales. El concepto de libertad es tergiversado irresponsablemente para permitir abusos de los poderosos como ocurre en la desregulación financiera o en la globalización incontrolada. Más que en la economía de mercado vivimos en una sociedad de mercado donde todo tiene su precio en vez de considerarse su valor. El sistema, como expresó tajantemente Marx, lo convierte todo en mercancía. Ejemplo de ello es la corrupción generalizada que, en definitiva, significa que hasta los hombres mismos (y los más responsables por los puestos que ocupan), se ofrecen en venta, con otros dispuestos a comprarlos. Y lo que es peor, ese tráfico ya ni siquiera escandaliza, se toma como algo natural, sin repercusión electoral alguna. La Rochefoucauld afirmaba que “la hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud”. Pues bien, actualmente la hipocresía ha sido sustituida por el cinismo y hasta altos dignatarios se pavonean de sus conductas inmorales, se consideran modelos dignos de admiración y de seguimiento por los ciudadanos. ¡¡Y son votados!! He aquí otro descubrimiento debajo de la alfombra que empieza a revelar una maraña de injusticias, irracionalidades, y hasta delitos, impunes o encubiertos, dejando la impresión desoladora de que tanta brillantez de la técnica y la ciencia es realizada por un organismo social vivo, pero cuyas contradicciones internas lo están descomponiendo. De ahí la sensación de ocaso y de barbarie, entre cuyos componentes se encuentra la crisis.
Pero el ocaso no es el fin de la historia, sino el del sistema. porque el mundo sigue adelante. La barbarie no es destrucción sino una mutación, una fase violenta del cambio. El mundo no es un compuesto de innumerables equilibrios, sino de interdependencias desequilibradas que se compensan unas con otras en el funcionamiento, aunque a veces hay distorsiones.
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La crisis financiera estalló por el abuso de los beneficios, pero el hecho de que los daños no los hayan sufrido los causantes sino sus víctimas (con pérdidas o con desempleo) es consecuencia de la estructura del sistema, cuyas reglas permitieron los atropellos y cuyas autoridades no los controlaron a tiempo. La raíz de los daños no radica en los préstamos mismos, sino en el poder dominante de los bancos, libres para poner condiciones al crédito. Más que un problema económico se trata de una desigualdad de poder, un hecho político que, si no se remedia, provocará crisis ulteriores.
Pese a ello, los gobiernos no han hecho gran cosa para regular mejor el crédito, desoyendo todas las propuestas de reformas importantes. Esa pasividad de las autoridades obliga a reflexionar sobre la jerarquía real de poderes, a darnos cuenta de que si el capital logra evitar los necesarios controles es porque su poder no solo supera al de los clientes, sino que también es más fuerte que el de los gobiernos. Dicho de otro modo, en nuestro sistema quien manda es el capital. También en los casinos las reglas de juego de la ruleta permiten a veces que se enriquezca algún cliente, pero en el conjunto de operaciones siempre gana la empresa. Los gobernantes dependen del capital que, entre otras cosas, financia sus campañas electorales. Las técnicas de ventas se han extendido a la esfera política (recuérdese: todo es mercancía). Publicidad, creación de imagen, manejo de relaciones e influencias y otros medios se adaptan a las competiciones electorales. Con ello la democracia sólo lo es nominalmente. En realidad el poder lo ejercen los grupos dominantes.
¿Democracia?
Es verdad que el pueblo vota y eso sirve para etiquetar el sistema, falsamente, como democrático, pero la mayoría acude a las urnas o se abstiene sin la previa información objetiva y la consiguiente reflexión crítica, propia de todo verdadero ciudadano movido por el interés común. Esos votos condicionados por la presión mediática y las campañas electorales, sirven al poder dominante para dar la impresión de que se somete al veredicto de la voluntad popular expresada libremente en las urnas. En ocasiones, como se ha visto, sirven incluso para avalar la corrupción. Se confunde a la gente ofreciéndole libertad de expresión al tiempo que se le escamotea la libertad de pensamiento.
Ya en la primera infancia se inculcan al niño creencias, que la mente infantil no puede sino asumir. Así continúa la formación mental de súbditos, en las sucesivas etapas de una enseñanza orientada a formar productores competitivos y consumidores, que son los que interesan a los dominantes. Fuera de las aulas los medios audiovisuales siguen inculcando las ideas del mando, sugieren preferencias políticas y desvían el interés de las personas hacia los atractivos del consumismo y los espectáculos. Es imposible enumerar la infinidad de argucias contra el pensamiento crítico, sin el cual la famosa libertad de expresión pierde su valor. Con un somero repaso a los programas y resultados electorales de nuestro entorno descubriremos fácilmente bajo la alfombra, etiquetada y vendida como ”democracia occidental”, un sistema oligárquico en manos de las minorías dominantes.
Resumiendo: queda claro que la crisis -en principio problema económico- nace de una dominación política (gobiernos sumisos al poder financiero) en la que influye el problema social de los votantes condicionados por la propaganda. En la degradación de esos tres niveles del suelo bajo la alfombra –económico, político, social- se encuentran las respuestas a nuestras tres preguntas iniciales. En la terna, sin duda, el poder del dinero es el más fuerte.
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En conclusión: debajo de la alfombra aparece un suelo corroído que no va a mejorar remendando la alfombra para taparlo mejor. Occidente puede correr la misma suerte de otros imperios extinguidos, dejando un vacío bajo la palabra Europa.
Pero la Historia no admite vacíos: imparable la Vida los llena. Todo ocaso ofrece una ocasión. Así aprovechó Carlomagno el de Roma bajo los bárbaros y erigió su imperio, semillero de Europa. Ha llegado el tiempo del cambio, de un cambio que va más allá de la restauración del estado del bienestar en retroceso y de la defensa de los derechos conseguidos por nuestros antecesores. El sistema reclama un cambio profundo que los jóvenes entienden y deberán acometer mejor que los mayores atrapados aún en el pasado.
Este ocaso es el momento de la acción entre todos porque otro mundo no solo es posible, es seguro. Si mejor o peor, dependerá de nuestra reacción. Mi mensaje a los jóvenes es que es llegado el momento de cambiar el rumbo de la nave. Aunque sus líderes sigan en el puesto de mando y al timón, aunque desde allí sigan dando órdenes anacrónicas, los jóvenes puestos al remo pueden dirigir la nave. Solo necesitan unirse y acordar que a una banda boguen hacia delante, mientras en la otra cíen hacia atrás y el barco girará en redondo, poniendo proa hacia un desarrollo humano”.
*Son solo fragmentos de la pieza maestra y tan premonitoria que José Luis Sampedro escribió para Reacciona (Aguilar 2011). Pasados dos años, estamos peor. Y así seguirá en tanto no se detenga el germen y rumbo de este deterioro en cascada. Buen momento para recordarlo hoy, cuando hace tan poco que el gran pensador nos ha dejado.









