La guerra de los libros


Navidad. Un libro envuelto en papel brillante colgará del árbol junto a otros regalos (la bufanda, las gafas triples) entre las bolas rojas y el espumillón plateado. Para llegar hasta ahí ha tenido que sortear una durísima competencia: se publican 70.000 libros al año en un país en el que casi la mitad de sus ciudadanos no abre un libro nunca o casi nunca. La edición se concentra en dos temporadas que huelen a ventas: las ferias del libro de junio y, mucho más, en diciembre, cuando, entre costumbres propias y foráneas, dedicamos tres semanas a comprar regalos. Los de la siega veraniega aspiran a pasar de la lectura de sus tapas en la placidez de las vacaciones, mientras que los libros de Navidad llevarán, probablemente, la vida de una mascota que se arroja al frío de la estantería, sin despegar sus hojas, en cuanto pase la sorpresa.

El autor se sienta ante la página en blanco después de haber meditado intensamente sobre lo que va a escribir. Sigue la senda de un concepto, ha acumulado datos que se esparcen en papeles extendidos por la mesa y en los archivos del ordenador y trata de hallar la palabra más precisa con la idea, la que más atrape la atención de sus lectores y más satisfacción propia le cause. Cambia «fruta» por «mandarina», «fácil» por «operativo» y se lanza por los abismos del riesgo retorciendo lo convencional. El cuerpo se altera al escribir: una concentración desusada, paz y aceleración alternativas, enfado y felicidad, y una especie de comunión entre uno mismo y el resto del planeta. Probablemente, el autor se saltará comidas y no contestará al teléfono hasta llegar a la conclusión del texto, a la que seguirán repasos y correcciones casi interminables.

Viene después la búsqueda de editorial, entes mercantiles que, salvo esforzadas excepciones, sólo se abren al amor del lucro. Porque la aspiración irrenunciable de un escritor —salvo, también, casos raros— es que le lean, encontrar interlocutores, fuera de su círculo de amigos y familiares, que vibren con él en lo que ha pensado y sentido, porque algo tan intenso no puede quedar para uno solo si ha sabido expresarlo. Frente a este proceso, algunos paren productos de éxito asegurado, incluso con la asistencia de la comadrona.

Unos y otros se topan, al final, con las librerías. Con cientos y miles de títulos que los dueños de los establecimientos casi no saben dónde ubicar. Los que aspiran al estrellato colgarán al lado de tomates y botes de fabada en las grandes superficies comerciales, donde el trasiego de potenciales compradores es masivo. Los demás asistirán a una segregación jerárquica en función de la fama del autor o del tema abordado.

Todos los escritores de renombre han de tener su libro listo por Navidad. José Saramago, Premio Nobel, pelea por el liderato con cuatro libros cuatro de una avispada narradora estadounidense que nos habla de románticos vampiros enamorados. Médicos como Fuster y Rojas Marcos, divulgadores científicos como Eduardo Punset, filósofos —en el caso de Savater y Marina—, se baten con la reina de España, traducida por una periodista para mayor gloria económica de una férrea institución católica. Y con los sempiternos libros de fantasías pseudocientíficas —llamados de autoayuda— o pseudohistóricos —todas las familias templarias del mundo habido—. Sólo por milagro, de vez en cuando, surgen niños vestidos con pijamas de rayas.

La participación en esta difícil lotería de números marcados ha costado un enorme esfuerzo, pero compensa en satisfacción personal. Se vende barato, al precio de un menú diario, mucho menos que los abalorios que, como tantas cosas, no rebajan su precio aunque sí lo hagan la gasolina y el IPC.

¿Sufren los libros en este trasiego? El escritor francés Pierre Jourde se molestó en seguirles la pista una vez que cumplen su, salvo excepciones, fugaz paso por las librerías. Acaban en una trituradora y luego se reciclan en, por ejemplo, envases para pizzas, al menos en el civilizado país vecino: «10.000 veces el objeto único, el precioso relicario de confesiones íntimas y de pensamientos delicados. Un bulldozer empuja las 10 toneladas de palabras hacia una cinta transportadora. La cinta transportadora las sube hasta el cilindro de la trituradora, que los devora. Desaparecen. Se oye el ruido de las ruedas dentadas que los rasgan. Se acabaron los remilgos», relata en el periódico Le Nouvel Observateur.

El 58% de los españoles se declara lector o, al menos, comprador de libros. La cifra ha subido con la incorporación de niños a la lectura. Harry Potter les ha iniciado en el hábito. Aunque el último informe PISA nos cuenta que muchos no entienden lo que leen: la imagen triunfa sobre la expresión escrita. El sistema mundial, que se resquebraja por momentos, precisa, más que nunca, el pensamiento elaborado. Sólo las ideas —y firmes— podrán oponerse a la degeneración de un liberalismo que todo lo vende y lo tira, y que además comete errores imperdonables.

En un libro entendí que el amor me «llenaba los huesos de espuma», porque así lo escribió Gabriel García Márquez. Y que «el primer año de la era Ford T» nos traería seres clonados y adormecidos, como había advertido Aldous Huxley ya en 1932, o que nada cambiará si no variamos los métodos, porque los cerdos también construyen tiranías tras derribar al granjero, en la historia de George Orwell, y que un sombrero en realidad es una serpiente boa digiriendo un elefante, porque esa fue la idea, al pintarla, del Principito de Saint—Exupéry. La imagen desencadenando conceptos. Cuelgue libros del árbol de Navidad, y del que florece en primavera, germina en verano y se derrama en otoño. Algunos contienen ideas.

Artículo publicado en Público el 24 del 12 de 2008

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